Sesión doble Capítulo 5
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Capítulo 5

Organizar una boda de mentira en tres semanas tiene una parte fácil y una parte imposible. La parte fácil es el papeleo: cita en el juzgado, dos testigos, un formulario con casillas. La parte imposible es mi madre.

Merche llega de Madrid el martes en el ALSA de las once, con dos maletas para un fin de semana y una energía que debería estar regulada por ley y quizá prohibida en según qué provincias.

La veo cruzar la estación de autobuses como un frente atlántico bien formado: sesenta años, el pelo teñido de un caoba que ella llama "castaño natural", un pañuelo al cuello que sí o sí ha planchado esta mañana, y los brazos ya abiertos desde el andén, antes incluso de bajar del escalón.

— ¡Hija de mi vida! — Me estruja del lado malo, porque mi madre no consulta partes médicos, mi madre abraza a discreción. — ¡Ay, mi niña, que te casas! ¡Que te casas! Si es que lo sabía yo. Lo llevaba diciendo desde que eras pequeña, que a ti te iba a cazar uno de León, ya verás.

— Mamá. — Me despego con cuidado. — Tenemos que hablar de eso. Es importante.

— Hablamos por el camino. — Ya ha cogido el carro de una de las maletas y avanza hacia la parada de taxis con paso de desfile.

— He traído los pendientes de la abuela, los de perla, que te van a quedar de muerte.

Y un vestido, por si acaso, que una nunca sabe.

Y le he dicho a tu tía la de Ponferrada que no venga, que la boda es íntima, y se ha ofendido, claro, ya la conoces, pero es que si viene ella viene con las tres hijas y aquello se convierte en las Vegas.

— Mamá. Escúchame. — La paro en seco en mitad de la estación, entre un señor con una jaula de pájaros y un panel de horarios que parpadea.

— Esto es un apaño. Un arreglo. Por el cine.

El tío Tino puso en el testamento que, para que no lo tirasen abajo y lo convirtieran en pisos, teníamos que casarnos Darío y yo y aguantar un año.

Es de mentira, mamá. Un contrato. En septiembre nos separamos y cada uno para su casa.

No hay boda de verdad. No hay amor. Hay una cláusula.

Mi madre me mira. Se hace un silencio raro en mitad del bullicio de la estación. Y por un segundo, uno solo, un fotograma, creo que lo ha entendido de verdad.

— Claro, hija — dice, dándome unas palmaditas en la mejilla con una ternura infinita y demoledora.

— De mentira. Como todas al principio. — Y sigue andando hacia el taxi tan pancha.

— Anda que no empezó de mentira lo mío con tu padre, y mira, treinta años.

Bueno, mal ejemplo, que acabamos como acabamos.

Pero tú me entiendes. Nadie se casa creyéndoselo del todo, hija, eso viene luego.

—

No me entiende. O me entiende demasiado bien y ha decidido no enterarse, que en mi madre viene a ser exactamente lo mismo. Merche tiene un sistema de audición selectiva que ya lo quisiera un radar militar.

Para el jueves, ha convertido "un trámite en el juzgado con dos testigos y de vuelta a casa" en un Acontecimiento con mayúscula.

Ha hablado con Visi por teléfono dos horas.

Ha hablado con Bene. Ha hablado, sospecho, con el cabildo de la Catedral y con la Junta de Castilla y León.

Cuando llego al Capri el jueves por la tarde, me la encuentro discutiendo con Visi sobre si el ambigú del cine da para poner canapés o si hay que traerlos de la pastelería de la esquina.

— Los de la esquina, Merche, que los tuyos de siempre son de gambas y a esta le da alergia la gamba.

— ¡No le da alergia la gamba, le daba de niña!

— Mamá, sigue dándome.

— ¡Ay, hija, qué exagerada, un poquito de gamba no ha matado a nadie!

Y las dos, mi madre madrileña de adopción y Visi leonesa de siempre, que se han conocido hace exactamente cuarenta y ocho horas, ya funcionan como un matrimonio bien rodado de cincuenta años.

Dos madres del alma organizándome la vida sin pedirme permiso ni datos.

Que Dios me coja confesada, que buena falta me va a hacer.

Darío aparece por la puerta con una bobina bajo el brazo y se para en seco en el umbral al ver el panorama: mi madre midiendo el hall con los brazos abiertos como un director de orquesta, Visi apuntando en una libreta con lengua de contable, Nel colgando una guirnalda de papel que no le ha pedido nadie y llorando un poco de la emoción, y Bene, desde la puerta de su taberna de enfrente, gritando por encima de la calle que él pone el vino y que ni se nos ocurra comprar vino de otro lado, que es un insulto al barrio.

— ¿Qué...? — empieza Darío, con la bobina colgando.

— Ha venido mi madre — digo, como quien informa de un fenómeno meteorológico adverso. — Corre. Sálvate mientras puedas. Aún estás a tiempo de coger un tren.

Demasiado tarde. Merche lo ha visto. Y cruza el hall directa a él, esquivando la guirnalda de Nel, y le coge las dos manos, esas manos con grasa de máquina, y se las mira, y se emociona de verdad, con lágrima gorda.

— Tú eres Darío. — Le tiembla la voz. — El niño del cine.

El que crió Tino. — Y le suelta, mirándolo fijo, con esa puntería que tiene para lo importante, una de sus frases lapidarias, de esas que caen como una losa y encima aciertan: — A ti la vida te ha quitado gente, ¿verdad, hijo?

Se te nota en cómo agarras las cosas. Las agarras con miedo, con cuidadito, con esa manera de agarrar de quien ya ha visto irse a lo que quería.

— Le da un beso en la mejilla. — Pues a mi hija la agarras normal, sin ese miedo, que esta no se va a ninguna parte.

Darío se pone rojo hasta las gafas. Yo también, dos tonos por debajo. Y ninguno de los dos dice que mi hija sí se va, que se va el año que viene, en septiembre, que hay un billete de vuelta en el bolsillo lateral de una maleta que sigo sin deshacer en el piso de un cine.

—

Lo de los testigos es un capítulo aparte. Hacen falta dos, mayores de edad, con DNI, y resulta que reunir dos testigos para una boda de mentira es más difícil que para una de verdad, porque en una de verdad la gente se pelea por salir en la foto.

— Yo — se ofrece Nel el primero, con la mano levantada como en clase. — Yo quiero. Nunca he sido testigo de nada. Bueno, de un accidente de patinete, pero me fui antes de declarar.

— Vale, Nel. Uno.

— Y yo pongo el otro — dice Bene desde la puerta de la taberna, secándose las manos en el mandil. — Que en este barrio, para las cosas serias, el testigo lo pongo yo. He sido testigo de tres bodas, dos peleas y un divorcio. Doy fe de lo que haga falta.

— Bene, tú en la boda te vas a poner a llorar y no vas a firmar.

— Firmo antes de llorar. Tengo el orden.

Mientras tanto, Merche me obliga a probarme el vestido color hueso en mitad del hall del cine, subida a una silla, con Visi haciéndome el bajo con alfileres que tiene en la boca y una cinta métrica al cuello, y Gadea sentada en el suelo dando su opinión no solicitada sobre el escote.

— Un dedo más y parece de comunión — dictamina Gadea. — Un dedo menos y parece de despedida de soltera. Ahí, quieto, en el término medio.

— El término medio no existe en esta familia — murmura Visi con los alfileres en los labios.

Y en esas estamos, yo subida a una silla como un maniquí con hombro operado, las tres mujeres discutiendo mi escote a voces, cuando entra Darío del almacén con una bobina bajo el brazo, nos ve, se para en seco, se pone rojo, dice "perdón, yo...

la bobina... el viernes", y da media vuelta y se va sin la bobina, que se le olvida en una butaca.

Y las tres se ríen. Y yo, subida a la silla, con los alfileres pinchándome, me río también, y me doy cuenta de que hacía años, muchos, que no me reía tanto preparando algo tan absurdo.

Lo del banquete de invitados lo resuelve mi madre a su manera, que es sin resolverlo. Cuando le pregunto quién viene, saca una lista y empiezan los problemas de siempre.

— Viene tu padre — suelta, como quien deja caer un plato.

— ¿Papá? ¿Y quién lo ha invitado?

— Yo. — Levanta la barbilla. — Que estemos divorciados no quiere decir que sea un salvaje. Es tu padre. Ayudó a Tino en este cine de joven, tiene derecho. — Baja la voz. — Además, lo he sentado lejos de mí. En la otra punta. Con Bene, que lo distrae.

— Mamá, la última vez que os juntasteis en una boda acabasteis discutiendo por el aparcamiento.

— Eso fue en la de tu prima, y tenía razón yo con lo del aparcamiento.

— Me da unas palmaditas. — No te preocupes, hija.

Por un día hacemos las paces. Por ti. Que para eso te casas.

— Y añade, más bajo, sin mirarme: — Ojalá lo tuyo con el chico no acabe como lo nuestro.

Ojalá aprendáis vosotros lo que nosotros no supimos.

No le digo que lo mío no va a acabar de ninguna manera porque no ha empezado, que es un contrato. No se lo digo porque, de repente, con los alfileres pinchándome y mi madre planeando sentar a mi padre lejos de ella, me da una pereza infinita romperle la ilusión.

—

La primera bobina la vemos el viernes por la noche, en la sala, los pocos que somos de la familia de verdad: Visi, Nel, Merche, Bene, Darío y yo. Fellini en un reposabrazos, presidiendo, juzgándonos a todos por igual.

Don Casimiro la ha traído en persona, con guantes de algodón blanco, y ha comprobado tres veces en su agenda de papel que la fecha es la correcta antes de entregársela a Darío, no vaya a ser que proyectemos el celuloide un día antes de lo estipulado y se hunda el orden natural del universo y de la jurisprudencia.

Darío sube a la cabina. Se apagan las luces de la sala, esas luces que se apagan despacio, en degradado, como Tino las regulaba.

Y Marlon arranca con ese ronroneo de motor viejo que coge temperatura, y en la pantalla, entre polvo y rayas y ese temblor cálido y vivo del treinta y cinco milímetros, aparece Tino.

Vivo. En la pantalla. Sentado en su butaca, la de la fila F, la doce, mirando a cámara con una sonrisa de granuja de setenta y ocho años y una manta de cuadros sobre las piernas.

A Visi se le escapa un sollozo pequeño. Merche le coge la mano en la oscuridad.

— Bueno, bueno, bueno. — La voz de Tino llena la sala, cascada y guasona, con ese punto de showman de barrio que tenía para todo, hasta para pedir el pan.

— Si estáis viendo esto es que la he palmado.

Qué le vamos a hacer. He tenido una vida de cine, así que no me lloréis mucho, que se os corre el rímel y en pantalla grande eso no queda nada bien.

Media sala ríe entre lágrimas. Así era. Exactamente así.

— Jara, niña. — Mira a cámara, y juraría por mi hombro operado que me mira a mí, en la fila diez, dieciséis años después.

— Sé que has vuelto. Y sé que estás pensando en irte ya, que tienes esa cara.

No lo hagas todavía. Hazle caso a un viejo por una vez en tu vida.

— Un guiño lento. — Y Darío, hijo, deja de limpiar a Marlon un segundo y siéntate, que te conozco y sé que estás de pie ahí arriba, con el trapo en la mano, sin sentarte.

Darío, en la cabina, se sienta. Lo oigo. Oigo la banqueta.

— Os he liado bien, ¿eh? — Tino se ríe, tose, se ríe más de su propia tos.

— Casaditos. Como en las películas buenas.

Ya sé que os habréis puesto de los nervios, y que habréis dicho eso de "ni de coña".

Lo habréis dicho a la vez, además, seguro, que sois tal para cual y ni os dais cuenta de lo tal para cual que sois.

— Se inclina hacia la cámara, y baja la voz, cómplice, como quien va a contar el final de una peli sin destriparla del todo.

— Escuchadme una cosa los dos. Y escuchadla bien.

Las mejores historias no pasan con las luces encendidas.

Pasan cuando se apagan. Cuando la sala se queda a oscuras y ya no puedes fingir que no sientes nada porque nadie te ve la cara.

Por eso monté un cine y no una ferretería, que daba más dinero.

Y por eso, todos los sábados, sesenta años, metí gratis a los críos del barrio: para que aprendieran pronto a quedarse a oscuras sin miedo.

Eso no se toca cuando yo falte. Ni un sábado. Es lo único que os pido de verdad.

Se me pone la piel de gallina y no sé de qué canal me viene.

Tino se recuesta en su butaca, se sube la manta de cuadros, coge aire despacio. Y suelta, con una sonrisilla que me va a perseguir toda la noche, la frase que nos deja a todos mirando la pantalla como bobos cuando ya no hay más que polvo y luz blanca temblando:

— Ah, y una cosa más, que casi se me olvida y es la importante. — Sonríe, granuja hasta el final. — El Capri no era lo que os dejo. Ni de lejos. Pero eso... eso ya lo veréis vosotros dos. Cuando toque. Que aún no toca.

Y la imagen se corta en seco. La cola de la película chasquea al salir del proyector. Marlon sigue girando en vacío, escupiendo luz blanca sobre la pantalla, y nadie se levanta a pararlo. Nadie se atreve a encender.

Miro hacia el pasillo. Darío ha bajado sin que lo oyera y está de pie al fondo, mirando la pantalla en blanco con una cara que no consigo revelar del todo, entre la pena y otra cosa que no sé nombrar.

— ¿Qué ha querido decir? — pregunto, y mi voz suena rara en la sala vacía. — Si el Capri no es lo que nos deja... ¿entonces qué narices nos deja?

— Ni idea. — Se pasa una mano por la barba descuidada. La luz blanca del proyector le da de lleno en la cara y lo deja pálido, de cine mudo, de galán antiguo. — Con Tino nunca se sabía hasta el final. Y a veces ni en el final.

Arriba, Marlon sigue girando solo, paciente, sin película, iluminando una pantalla que no dice nada. Y yo, por primera vez desde que bajé de aquel tren en Chamartín, no pienso en el billete de vuelta que llevo en el bolsillo.

Pienso en qué me estará dejando un muerto que hasta muerto sabe montar mejor el suspense que la mayoría de los guionistas con los que he trabajado.