Capítulo 4
Esa noche no duermo. Y no es por el hombro.
El hotel es uno de esos de León con moqueta que absorbe los pasos y un minibar con dos Coca-Colas a precio de champán francés.
Estoy tumbada encima de la colcha, vestida, con la maleta cerrada a los pies de la cama, tal cual la traje de Madrid.
No he sacado ni el neceser. Uso el del hotel, esas pastillitas de jabón que huelen a abuela.
Deshacer la maleta es admitir que te quedas, y yo llevo treinta y dos años sin admitirlo en ningún sitio, ni en pisos que pagué yo, ni en camas de gente a la que quise.
Y por primera vez en mucho tiempo, el gesto no me tranquiliza.
Llamo a Duna a las dos de la mañana, porque para eso están las mejores amigas y porque ella trasnocha maquillando muertos de mentira.
— O sea, que el tío te ha casado — resume, con la voz espesa de la que estaba a punto de dormirse. — Desde el más allá. Con el proyeccionista bueno.
— No he dicho que esté bueno.
— Has dicho "uno ochenta y ocho, gafas, manos con grasa, quemadura en el brazo". Tía, eso lo dices tú con esa vocecita y yo ya sé cómo te has quedado. Te maquillo desde hace diez años. Te conozco el pulso mejor que tú.
— Duna.
— Vale. — Bosteza sin disimulo. — ¿Y qué vas a hacer?
— Decir que no. Ya lo he dicho, además. En la notaría, los dos a la vez, un dúo. — Me paso la mano por la cara. — Me vuelvo el domingo. Que se venda el cine, que se lo quede el sanguijuela de mi primo, y a otra cosa. Yo tengo mi vida.
Hay un silencio al otro lado. Duna, cuando calla, es cuando más dice. Es como el silencio antes de una toma peligrosa: significa que va a pasar algo.
— Vale — repite al fin— Pues vuélvete. — Y luego, más bajo: — Aunque yo, si un tío al que quise me deja en herencia un cine y a un chico con manos de grasa, por lo menos iría a ver el cine antes de venderlo. Digo yo. Por respeto al muerto. Buenas noches, Robledo.
Y me cuelga, la muy bruja, dejándome con la frase clavada en mitad del pecho.
—
Voy por la mañana. Me digo que voy a recoger unas cosas, a despedirme de Visi como Dios manda, a cerrar el asunto con dignidad. Mentira. Voy a ver el cine antes de venderlo, como ha dicho Duna, que me conoce el pulso.
Es sábado. Y descubro por qué el Capri, muerto Tino, con crespón en la marquesina, sigue abriendo un rato los sábados por la mañana.
Hay críos. Una docena de críos del barrio, de seis a diez años, sentados en las butacas de las primeras filas, dando patadas al aire, peleándose por el reposabrazos del medio, y Nel arriba, en la cabina, poniéndoles dibujos animados antiguos, de esos que ya no ve nadie, en una copia rayada que tiembla en la pantalla y salta en los cortes.
Visi les reparte gominolas de una bolsa del tamaño de un saco de dormir.
— La sesión de los sábados — me dice, sentándose a mi lado en la penumbra, con un puñado de gominolas que también me ofrece.
— Gratis. De toda la vida. Tino no le cobró un duro a un crío de este barrio en sesenta años.
Decía que un niño que entra en un cine a oscuras ya no sale igual, que le has metido dentro un sitio al que volver.
— Señala a la pandilla con la barbilla. — Ese de la coleta es nieto de uno que venía aquí de crío, que venía con el padre, que también venía de crío.
Tres generaciones, niña. Tino los ha criado a todos a base de sesión matinal y chuche de a peseta.
En la pantalla, un coyote persigue a un correcaminos por un desierto de dibujo y se cae por un barranco, se estampa contra el fondo con un cartelito de "¡PLOF!
", y los críos se ríen con esa risa de tripa que no se puede fingir ni con el mejor guion.
Y a mí, que me caigo de barrancos de mentira para ganarme la vida de verdad, se me hace un nudo tonto, porque ese coyote soy yo: el que se estampa siempre para que otro corra y quede bien en el plano.
Una cría de la fila de delante, la de la coleta que ha dicho Visi, se gira hacia mí con toda la confianza del mundo, con la boca pintada de rojo de un caramelo.
— ¿Tú eres la sobrina del Tino? — me pregunta, sin saludar, que los críos van al grano. — La que sale en las películas.
— Salgo un poco. Por detrás.
— El Tino decía que tú te caías de los sitios y no te hacías pupa. — Me mira con una admiración que se me clava en un sitio raro. — ¿Es verdad?
— Es verdad.
— ¿Y el sábado que viene ponéis peli? Porque mi hermano dice que vais a cerrar y que van a poner pisos. — Se le tuerce la boca de caramelo. — Y a mí los pisos no me gustan. En los pisos no hay dibujos.
No sé qué contestarle. En los rodajes, cuando no sé qué hacer, salto. Aquí no puedo saltar. Aquí solo puedo mirar a una niña de siete años que me acaba de resumir, sin querer, todo el asunto: que hay sitios que son sitios, y sitios que son pisos, y que la diferencia son los dibujos de los sábados.
— El sábado que viene hay peli — me oigo decir, sin haberlo decidido. — Y el otro. Vete tú a saber cuántos sábados.
La cría asiente, satisfecha, y se gira otra vez hacia la pantalla, donde el coyote ya está tramando la siguiente forma de estamparse. Y yo me quedo con la frase colgando, como un descuelgue que se ha soltado antes de tiempo.
— ¿Y quién les pone la peli, si vendéis el cine? — le pregunto a Visi, sin pensarlo mucho.
Visi me mira de reojo, mastica una gominola, y no contesta. Que en Visi es toda una respuesta.
—
Salgo a la calle a que me dé el aire y ahí está Chus. Cómo no.
Con un tío de camisa de cuadros y una cinta métrica, midiendo la fachada del cine. El de la camisa apunta cosas en una tableta y hace fotos. Chus habla por teléfono, gesticulando, con esa energía de comercial que huele la comisión a tres manzanas.
— ...quitas la marquesina, tiras el techo de la sala, que es altísimo, y ahí te salen seis apartamentos, siete si haces los del fondo tipo estudio para guiris... sí, sí, "Loft Catedral"... el barrio está en alza, chaval, esto en dos años es oro, oro puro...
Me ve. Tapa el teléfono con la mano, por si yo no supiera lo que es una comisión.
— ¡Prima! ¿Reflexionando? Haces bien. No te compliques la vida por cuatro butacas viejas y un olor a humedad.
— Sonríe, dientes y encías. — Firma la renuncia, cobras tu parte limpia del solar y te vuelves a tus pelis de tortas.
Todos contentos. Yo el primero, no te voy a engañar, que para eso somos familia.
Miro la cinta métrica pegada a la baldosa color crema donde Tino colocó letras durante sesenta años. Miro al de la tableta calcular cuántas vidas de barrio caben en metros cuadrados de plusvalía. Miro a Chus, que ya está mentalmente cobrando y decidiendo el color de la fachada.
Y algo se me pone del revés. No es nobleza.
Que conste en acta. Yo no soy noble, yo soy una tía a la que le pagan por caerse.
Es que hay una cosa que no soporto desde niña, desde las canicas y el tamagotchi muerto, y es que el que hace trampa gane la partida solo porque los demás están demasiado cansados para seguir jugando.
—
Subo a la cabina sin llamar. Darío está pegando celuloide, inclinado sobre una mesa de luz, con una cuchilla diminuta y un pulso de cirujano de quirófano de guerra. No levanta la vista.
— Chus está midiendo la fachada — digo.
— Ya lo he visto. — Une dos fotogramas, sopla la unión, la comprueba al trasluz. — Lleva midiéndola desde antes de que se enfriara Tino. La semana pasada trajo a un aparejador. Le dije que se fuera. Se fue. Volverá.
— Y va a ganar. Si nosotros decimos que no, gana él. Se carga el cine, la sesión de los sábados, a Visi, todo, para poner "Loft Catedral" con exposición sur. — Me sale más rabia de la que esperaba, me sube por la garganta. — No pienso darle ese gusto. A ese no.
Ahora sí levanta la vista. Deja el trapo sobre la mesa. Me estudia un segundo largo, enfocando, esperando a ver si la imagen que tiene delante está nítida o le tiembla.
— ¿Me estás diciendo lo que creo que me estás diciendo?
— Te estoy diciendo que a lo mejor... — Trago.
Cuesta. Las palabras se me hacen bola. — A lo mejor lo hacemos.
Un año. De mentira. Nos casamos, cumplimos la cláusula, salvamos el Capri de las garras del sanguijuela, y en septiembre, cuando se acabe el plazo, nos divorciamos, cada uno para su lado, tan amigos, y santas pascuas. Cada mochuelo a su olivo.
Deja la cuchilla sobre la mesa de luz. Muy despacio, con cuidado, como deja él todas las cosas. En la cabina solo se oye el zumbido bajo de Rita, que está fría pero enchufada, ronroneando por lo bajo.
— Tú tienes tu vida en Madrid — dice, y no es una pregunta, es un aviso.
— Un año de baja. Un año en blanco. — Me encojo de hombros con el bueno.
— El cuerpo no me deja saltar, no me deja correr, no me deja hacer lo único que sé hacer.
Puedo pasar ese año aquí igual que en Madrid dando vueltas por un piso.
Y así el sanguijuela no gana desde el ataúd, y los críos tienen su sábado, y Visi no se queda en la calle.
— Le sostengo la mirada, que no es fácil, que este hombre mira despacio y hondo.
— Cada uno lo suyo. Tú tus máquinas, yo mis cosas.
Fingimos para el barrio, para el notario y para el pesado de mi primo.
Un contrato. Como un rodaje: entras, haces tu papel, cumples las tomas, y al terminar recoges y te vas.
— ¿Y los papeles del divorcio? — pregunta, práctico, que este hombre lo primero que ve es el detalle.
— Los firmamos ahora, con fecha en blanco, y en septiembre solo hay que poner el día. Como un preacuerdo. — Me encojo de hombros. — Lo hacen los futbolistas antes de casarse. Lo podemos hacer nosotros antes de fingir que nos casamos.
— Qué romántico.
— No he venido a ser romántica. He venido a un entierro. — Le sostengo la mirada. — ¿Y las cuentas? Del cine, digo. Yo no pienso poner dinero.
— De las cuentas me ocupo yo — dice, demasiado rápido, y baja la vista al celuloide. — Como siempre.
No le doy importancia entonces. Se la daré la semana que viene, cuando abra una carpeta azul y entienda lo que significa ese "como siempre". Pero eso todavía no lo sé, así que sigo a lo mío.
— Vale. Tú las máquinas y las cuentas. Yo, organizo, propongo y no me meto en tu cabina si tú no te metes en mi manera de hacer las cosas.
— Difícil.
— Imposible. Pero lo intentamos.
Darío se limpia las manos en el trapo que lleva siempre colgado del bolsillo, despacio, dedo por dedo, pensando.
Cuando este hombre piensa, se le ve trabajar por dentro.
No como yo, que decido en el aire, a mitad de caída, cuando ya no hay marcha atrás.
Él revela las cosas poco a poco, en el cuarto oscuro, esperando a que salga la imagen entera antes de decir nada.
— Vale — dice al fin. — Pero con una condición.
— Otra condición. Sois de condiciones en esta familia. Lo lleváis en la sangre, como Chus.
— Una sola. — Me mira serio, sin rastro de la broma de antes, y baja un poco la voz, que en la cabina retumba.
— Que esto no le haga daño a nadie. Que Visi no se entere nunca de que es de mentira, porque se le rompería el corazón, y ya bastante ha enterrado esta semana.
Que el barrio se lo crea de verdad, para que sean felices un año creyéndose una historia bonita.
Que la sesión de los sábados no se toca, pase lo que pase, ni un sábado.
— Coge aire. Y añade lo último sin apartar los ojos, con una tranquilidad que no le pega a lo que está diciendo: — Y que no me haga daño a mí.
— ¿A ti? — Se me escapa, sorprendida. — Si esto es un papeleo, Darío. Un trámite. Un contrato de un año con fecha de caducidad impresa. No hay daño que valga en un contrato.
— Ya. — Coge otra vez la cuchilla, se vuelve a inclinar sobre el celuloide, y da por cerrada la conversación con la misma naturalidad con la que apagaría una máquina al terminar la última sesión. — Pues entonces no hay problema. Firmamos. — Une dos fotogramas. — Buenas noches, especialista.
Aún es media tarde. Pero no le corrijo.
Bajo las escaleras. Salgo a la calle. La lluvia ha parado y la Catedral se recorta al fondo, iluminada, con esa luz de piedra que León se guarda para cuando menos te la esperas y te la suelta a traición, para dejarte tonta en mitad de una acera.
Y esa noche tampoco duermo. Pero ya no es por el cine, ni por Chus, ni por la maleta cerrada a los pies de la cama.
Es por una palabra suelta, de dos letras y un pronombre, que se me ha quedado dando vueltas en la cabeza como una bobina que gira sin encontrar el final.
A mí.
Que no me haga daño a mí, ha dicho el hombre que, según Visi, no le pide nunca nada a nadie. El hombre que no se sienta en la butaca de su padrino. El que proyecta películas para salas vacías.
Ha pedido una cosa. Una sola. Y me la ha pedido a mí, que soy experta mundial en irme antes de que la escena se ponga fea.
Y yo, que sé caer de un tercero sin romperme un hueso, no tengo ni idea de qué hacer con eso.