Sesión doble Capítulo 3
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Capítulo 3

La notaría de don Casimiro es lo que sería una notaría si la dibujara un niño que odia a los notarios: paredes color hueso, un reloj de pared que hace tic con demasiada personalidad, tomos encuadernados en piel que nadie ha abierto desde la Transición y una planta de plástico a la que alguien, en un acto de fe conmovedor, le ha puesto un platito de agua.

Llego cinco minutos antes. Darío ya está.

Cómo no. Sentado muy recto en una silla, con una camisa que ha planchado él, se nota, y las manos quietas sobre las rodillas.

Este hombre sabe estar quieto de una manera que a mí me parece brujería.

Yo llevo veinte segundos en la sala de espera y ya he medido las salidas, contado las sillas y calculado que por la ventana se baja bien si hiciera falta, que nunca hace falta pero una nunca sabe.

Me siento dejando una silla de por medio, la distancia de seguridad reglamentaria entre dos personas que se dieron un casi-beso hace dieciséis años y llevan tres días fingiendo que aquello no existió.

— Buenos días — digo.

— Buenos días.

Fin de la conversación. Somos un festival de la elocuencia. El reloj hace tic. La planta de plástico sigue muerta con dignidad.

La puerta se abre y entra un tercer invitado que yo no había pedido.

Cuarenta años mal llevados, traje que fue caro hace dos tallas, sonrisa de comercial de plazo fijo y una colonia que llega a la sala tres segundos antes que él, como el trueno después del rayo pero al revés.

Chus. Mi primo Chus. Otro sobrino nieto de Tino, hijo de un primo de mi madre, al que veía de niña en las comuniones y que ya entonces cambiaba cromos con trampa y lloraba si perdía a las canicas.

— ¡Primaaa! — Me abre los brazos de par en par, muy de íntimos que no somos.

— Cuánto tiempo. Menuda pena lo del tío, ¿eh?

Un santo. Un santo. — Se sienta, se sube el pantalón por la raya para no arrugarlo, mira a Darío de arriba abajo como quien tasa un local en el que va a poner un bazar. — El proyeccionista. Qué haces tú aquí.

— Trabajar — dice Darío. — ¿Y tú?

— Yo vengo por la familia. — Chus se ríe con una risa que no le llega a los ojos ni en vacaciones pagadas. — La sangre es la sangre, ¿eh, prima?

La sangre es la sangre. Me acuerdo de que a los ocho años este me convenció de cambiarle mi bici por un tamagotchi muerto. La sangre es la sangre, sí. Sobre todo la que te chupan.

—

Don Casimiro entra con una carpeta, se sienta, se coloca las gafas, mira el reloj de pared, lo compara con su reloj de pulsera, ajusta algo mentalmente que solo él sabe, y carraspea.

— Bien. Están todos. Procedo. — Abre la carpeta.

— Última voluntad de don Faustino Nistal Prieto, otorgada ante mí hace catorce meses, encontrándose el testador en pleno uso de sus facultades.

— Levanta la vista. — De sobra, diría yo.

En cuarenta años de profesión no he conocido a nadie más en uso de sus facultades. Y a alguno de más, incluso. Continúo.

Lee. Y a las primeras de cambio ya entiendo por qué Tino le cayó bien a este hombre de mármol: porque el testamento está escrito con la mala idea de un guionista y el sentido del ritmo de un humorista de radio.

— "A mi querida Visitación, por sesenta años de aguantarme sin cobrarme las horas extra, le dejo la máquina de palomitas, que es suya desde siempre aunque figurase a mi nombre, y el derecho vitalicio a sentarse en la butaca que ella quiera, menos en la mía."

Sonrío sin querer. Chus consulta el móvil por debajo de la mesa con el pulgar, disimulando fatal.

— "A Nel, el chaval, le dejo mi colección de carteles originales y una única instrucción: que no cite mal 'Casablanca' en mi funeral. Si lo ha hecho, y lo conozco y lo habrá hecho, que le quiten un cartel. El que él más quiera."

Nel no está en la sala, pero yo ya sé que ha citado mal Casablanca. Se le ve en la cara desde niño que citaría mal hasta su propio nombre.

— "A Benedicto, el de la taberna, le dejo pagada la última ronda. Él sabrá cuál."

— "Al gato Fellini le dejo la butaca que ya ocupa, el derecho a subirse a la falda de quien él quiera, y que nadie, nunca, le eche de la sala aunque maúlle en la escena buena."

Chus resopla y consulta el reloj de pulsera con un gesto teatral.

— Perdone, don Casimiro, ¿esto va para largo? Porque tengo una comida.

— Va para lo que don Faustino dejó escrito, ni una línea más ni una menos — responde el notario sin levantar la vista, con una frialdad de mármol que me hace quererlo un poco. — Y como usted sale bastante más adelante, señor Nistal, le conviene la paciencia. Continúo.

Chus se calla y se traga la prisa con una mueca. Yo disfruto el momento más de lo que debería en un testamento.

Don Casimiro pasa la página. Cambia el tono. El reloj de pared hace tic más fuerte, o me lo parece.

— Y ahora — dice, mirándonos por encima de las gafas— lo gordo. Cito textualmente. Don Faustino insistió mucho, muchísimo, en que citara textualmente. Me hizo repetirlo dos veces en voz alta aquí sentado para asegurarse de que le ponía la entonación.

—

— "El Cine Capri, el edificio entero, la sala, la cabina, las máquinas Marlon y Rita, el almacén de bobinas y el piso de encima, se lo dejo, a partes iguales, mitad y mitad, a las dos personas que más quiero en este mundo y que son, las dos, más cabezotas que Rita en agosto: mi sobrina nieta Jara Robledo Nistal y mi hijo de acogida, aunque nunca firmáramos papeles, Darío Colinas. "

Se me para el aire en algún sitio del pecho. Miro a Darío. Darío mira la planta de plástico con una concentración que la planta no merece.

— Bonito — dice Chus, y no lo dice bonito. Lo dice con la boca torcida.

— Hay condición — avisa don Casimiro, y levanta un dedo, como un director subiendo la batuta. — Y aquí don Faustino se explayó. Cito. "Se lo dejo a los dos con una única condición, que es la más importante de mi vida y la última broma que os voy a gastar: que se casen."

Silencio. El reloj hace tic. Yo oigo el tic dentro de la cabeza, rebotando.

— ¿Perdón? — digo.

Don Casimiro no se inmuta. Lee como quien lee el pronóstico del tiempo para el fin de semana.

— "Que se casen antes de que pasen tres meses desde mi muerte.

Boda legal, de las que valen, con papeles y jueza.

Y que sigan casados, viviendo los dos juntos en el piso de encima del cine, con el Capri abierto al público y funcionando como el cine que ha sido siempre, durante un año entero, día por día, sin trampa ni cartón.

Si al cabo del año siguen cumpliendo, el cine y el piso son suyos, para siempre, para que hagan con ellos lo que les dé la real gana. "

— ¿Y si no? — salta Chus, que se ha inclinado hacia delante tanto que casi besa la mesa del notario.

Don Casimiro pasa la hoja con una parsimonia deliberada, saboreándolo. Este hombre también tiene lo suyo de showman, aunque lo disfrace de funcionario.

— "Y si no se casan, o si se casan y se divorcian antes del año, o si cierran el cine aunque sea un día, o si me hacen la jugarreta de casarse de mentira y no cumplir lo de vivir juntos y llevar el Capri como Dios manda, entonces se vende todo, y el dinero, íntegro, va a parar a mi otro sobrino nieto, Jesús Nistal, alias Chus, que buena falta le hace, pobre, pero que Dios me perdone. "

Chus se recuesta en la silla con la sonrisa del que ya ha ganado la porra antes de tirar los dados.

— Qué barbaridad — dice, chasqueando la lengua con una pena de plástico peor que la de la planta.

— Casarse. A ver quién se cree hoy en día una boda así, por un cine viejo.

— Nos mira. Me mira a mí, y mira a Darío, y en esa mirada hay un cálculo que conozco bien de los rodajes: la mirada del jefe de producción que ya está midiendo el presupuesto.

— En fin. Yo, por si acaso, esta tarde voy pidiendo tasación del solar. Que tampoco quiero pecar de optimista.

Yo hago lo que sé hacer cuando algo me supera: reparto el plan.

Tres meses para casarme. Un año viviendo con un desconocido que no lo es del todo, encima de una sala de cine, fingiendo delante de un barrio entero.

Coreografía imposible, cero ensayos, sin colchoneta debajo.

En un rodaje, un plan así lo rechazo y me voy a otra película.

Aquí no hay otra película. Aquí solo está esta, y el guionista lleva tres días muerto.

Miro a Darío de reojo, buscando en su cara la misma alarma que noto yo subiéndome por el cuello.

Pero Darío no reparte planes ni calcula salidas.

Darío mira la planta de plástico con las manos quietas sobre las rodillas, y solo se le mueve un músculo de la mandíbula, una vez, despacio.

Es todo lo que este hombre deja salir. Un músculo.

Y con eso me basta para saber que por dentro está tan del revés como yo, aunque por fuera parezca un cartel pegado a la pared.

Y me acuerdo, sin querer, de aquel verano, de un tejado, de un casi-beso que corté yo. Y pienso que Tino, el muy granuja, no nos ha juntado por casualidad. Que esto lo ha calculado mejor que yo un descuelgue.

—

— Falta una cosa — dice don Casimiro, imperturbable, y saca de la carpeta un sobre acolchado que parece pesar más de lo que debería.

— Don Faustino dejó también depositadas unas bobinas.

Películas caseras, grabadas por él. Cintas de verdad, de las de proyector.

— Las señala con la barbilla. — Con instrucciones muy precisas sobre cuándo se pueden proyectar.

La primera, en cuanto se preparen para la boda.

Las demás, a lo largo del año, en fechas que él marcó una a una.

Y una última que solo puede verse, cito, "cuando estén los dos y se acabe el plazo, ni un día antes, que os conozco".

— ¿Y qué hay en las bobinas? — pregunto.

— No tengo ni la más remota idea, señorita Robledo.

— Junta las manos sobre la carpeta. — Yo soy notario, no acomodador.

Mi trabajo es certificar que la cláusula se cumple: que el matrimonio sea real, que vivan juntos bajo el mismo techo y que el cine funcione.

Vendré a comprobarlo yo mismo, sin avisar, cuando me parezca.

— Mira a Chus de reojo, sin girar la cabeza, solo los ojos.

— Y no seré el único que venga a comprobarlo, me temo.

Chus se pone de pie, se abrocha la chaqueta que le tira de los botones.

— Yo os deseo lo mejor, primos. De verdad.

Lo mejor. — Nos da la mano a los dos, una detrás de otra, con un apretón húmedo que me dan ganas de limpiarme en el pantalón.

— Que seáis muy felices. Un año entero. Juntitos.

— En la puerta se gira, y por un segundo se le cae la máscara de comercial y asoma lo que hay debajo, que no es mucho más bonito.

— Aunque, entre nosotros, y con todo el cariño: yo ya me veo poniendo aquí apartamentos con encanto.

"Loft Catedral", lo voy a llamar. Con vistas al campanario, exposición sur, cocina office.

Un pastón, prima. Un pastón que tú y yo podríamos repartirnos como Dios manda, sin tanto teatro. Piénsalo.

Y se va, dejando la colonia flotando en la notaría como una amenaza con feromonas.

—

Nos quedamos Darío y yo, sentados, con una silla vacía entre los dos y un notario delante que recoge sus papeles con la parsimonia del que ha soltado la bomba y ahora se aparta educadamente de la explosión para no mancharse la gabardina.

— Les dejo un momento — dice don Casimiro, y sale, cerrando la puerta con un clic exacto.

El reloj hace tic. La planta de plástico sigue muerta. Yo miro a Darío. Darío me mira a mí, por fin, de frente, y en esa cara hay tantas cosas apiladas que no sabría revelarlas todas de una sola pasada: Tino, dieciséis años, el cine, un tejado, una noche de agosto, y ahora esto.

— Hija de... — murmura, y no termina. Se pasa una mano por la cara. — Nos ha casado desde el ataúd. Menudo era. Debe de estar partiéndose ahí arriba. O ahí abajo, según cómo se lo tomen.

— No pienso casarme — digo, y me sale a la primera, con una firmeza que llevo puesta de fábrica desde niña.

— Con nadie. Nunca. No es contra ti, que quede claro.

Es un principio. Vi lo que le hace el matrimonio a la gente.

A mis padres. Se gritaban por las noches con un repertorio que ya lo quisiera un doblaje. No, gracias. Yo, de eso, ni de lejos.

— Ya. — Se mira las manos con grasa, no a mí.

— Yo tampoco. Yo no le pido a nadie que se quede un año conmigo.

Ni fingiendo. — Aprieta las manos, esas manos con grasa que no se le va ni con estropajo.

— Además, tú tienes tu vida en Madrid. Tus saltos.

Tu billete de vuelta, que seguro que ya lo tienes comprado.

Lo tengo comprado. En el bolsillo lateral. Me da rabia que lo sepa sin saberlo.

— Exacto. Mi billete.

— Exacto.

Nos quedamos callados. El tic del reloj cuenta los segundos como quien pasa fotogramas de una película que no queremos ver.

Y entonces vuelve don Casimiro, se sienta, junta las manos, y pregunta con la neutralidad de un semáforo en ámbar:

— ¿Y bien? ¿Aceptan la cláusula, sí o no? Es para el acta. Necesito una respuesta que pueda anotar.

Y Darío y yo, que no hemos ensayado nada, que llevamos dieciséis años sin cruzar una palabra de más, que somos el matrimonio más improbable de la provincia de León y parte del extranjero, contestamos exactamente a la vez, con exactamente la misma voz y exactamente el mismo tono:

— Ni de coña.

Nos miramos. Nos hemos vuelto a pisar la frase. Es la tercera vez en tres días. Don Casimiro anota algo despacio, sin inmutarse. El reloj hace tic.

Y en algún cajón de esa notaría, lo juro por lo que haga falta, oigo a Tino reírse.