Capítulo 2
El entierro es a las once y llueve esa lluvia fina de León que no moja, empapa.
Un cura joven dice cosas correctas sobre un hombre al que no conoció, y el barrio entero, apretado bajo paraguas negros, va poniendo caras de saber más que el cura.
Cuando bajan la caja, Bene, el tabernero, se saca una petaca del abrigo, le da un trago, y la levanta un centímetro hacia el hoyo. Brindis de despedida. Muy Tino.
No lloro. Nunca lloro en el sitio donde toca. Lloro dos días después, en un baño, cuando ya no me mira nadie. Es una cuestión de coreografía: el llanto lo hago sin público, igual que las caídas de verdad, que las buenas no se ven porque llevan el airbag escondido debajo del plano.
Darío está enfrente, al otro lado de la fosa, con una corbata que le queda como a un gato un lazo.
No nos hemos dicho nada. En el tanatorio, ayer, fue un "hola" mío y un movimiento de cabeza suyo, y luego una hora entera esquivándonos entre coronas de flores con una precisión que, si la ensayáramos, ganaríamos un premio de coreografía.
Se nos da bien evitarnos. Es lo único que hemos practicado juntos en dieciséis años.
Cuando termina, la gente se disuelve despacio hacia Casa Bene, porque en este país un entierro sin caña después es un entierro a medias, un montaje sin banda sonora.
Yo me quedo un momento sola bajo el paraguas, mirando la tierra removida, y me doy cuenta de que no sé despedirme.
Nunca he sabido. Sé caer de un tercer piso y aterrizar de pie sin que me tiemble un músculo.
Sé rodar por unas escaleras y levantarme sonriendo.
Lo que no sé es decir ciertas cosas —adiós, quédate, te quiero— sin que me tiemble la voz como a una novata en su primera toma.
Por eso no las digo. Por eso, hace dieciséis años, me fui sin decir ninguna.
Así que hago lo de siempre. No me despido de la tumba. Recojo el paraguas y bajo hacia el barrio.
Al pasar por delante de Casa Bene, el tabernero me ve desde la puerta y no me deja seguir de largo.
— Ni se te ocurra pasar de largo, niña. Entra, que hace un día de perros y aquí dentro se está de Dios.
— Ya me está sirviendo una caña antes de que yo diga nada, con su tapa gratis de cecina al lado, que aquí la tapa viene sola aunque estés de luto.
— La primera la paga la casa. Bueno, y la segunda. Hoy, todas.
La taberna huele a leña, a vino derramado de sesenta años y a guiso. Está llena de gente del entierro, con los abrigos aún mojados humeando por el calor de la estufa. Bene me pone la mano en el hombro, el bueno por casualidad, y baja la voz.
— Tu tío hablaba de ti, ¿sabes? Aquí, en esa mesa de ahí, la de la esquina.
Presumía de sobrina. "La mía se cae de los edificios y no le pasa nada", decía, con un orgullo de quien presume de un premio, el pobre.
— Se ríe con la nariz. — Y el Darío, callado, oyéndolo.
Ese chico te ha esperado más que tú a él, y mira que tú no has esperado nada.
Le doy un trago a la caña para no tener que contestar a eso. Bene, satisfecho, se va a atender a otro, y yo me quedo con la cecina, el calor de la estufa y una frase clavada que no había pedido.
—
El Capri está a cuatro calles, en una esquina del casco viejo, camino del Húmedo. Lo veo de lejos y se me encoge todo, porque sigue igual y no sigue igual.
Es un cine de una sala, de esos que ya casi no quedan, con la fachada de baldosa color crema y una marquesina de letras que se cambian a mano, subido a una escalera, letra a letra.
De pequeña me pasaba las tardes viendo a Tino colocarlas con una pértiga, discutiendo con Visi si "MÁSCARA" llevaba tilde o no la llevaba, y a mí me dejaban subir a la escalera si prometía no hacer el bruto, promesa que rompía sistemáticamente.
Hoy la marquesina tiene una cinta de luto cruzada y un cartel que alguien —Nel, seguro— ha escrito a mano con la última película que puso Tino. Y debajo, en las letras móviles, se lee:
CINE CAPRI - CERRADO POR DUE O
Falta la ele y la o de "duelo". Y falta la ene de "dueño", que también anda por ahí.
Miro mejor. En el suelo, junto a la puerta, hay tres letras tiradas en un charco: una E, una L y una eñe.
Unos críos le han robado las letras a un cine de muerto.
En cualquier otro sitio me daría rabia. Aquí, no sé por qué, me dan ganas de reír y de llorar a la vez, que es exactamente lo que produce este barrio, un cóctel raro que en Madrid no venden.
— Se las llevan cada dos por tres — dice una voz detrás de mí. — La semana pasada pusimos "CENTAUROS DEL DESIERTO" y a la mañana siguiente ponía una guarrada que no te repito. Tino se partía. Decía que era el único cine de España con público que participaba en la cartelera.
Me giro. Es un chaval de veinte años, delgado, con una sudadera de un festival de cine y los ojos rojos de haber llorado sin disimulo ninguno. Lleva un gato naranja en brazos, gordo, con cara de estar muy por encima de todo esto.
— Tú eres Jara. La sobrina de Tino. La especialista. — Lo dice con una veneración que no me merezco. — Yo soy Nel. Becario, ayudante, lo que haga falta. Y este es Fellini.
— Hola, Nel. Hola, Fellini.
Fellini me mira, evalúa mi caché, y decide que no llego. Aparta la cara con dignidad de estrella.
— No te lo tomes a mal — dice Nel. — Es un gato muy de su familia.
Visi dice que solo se sienta en las faldas de los suyos.
A mí llevo dos años y aún no me ha dado ni la hora.
— Se le tuerce el gesto y se le humedecen otra vez los ojos.
— A Tino le encantaba. Se le subía a la butaca a ver las películas.
Bueno, a dormirlas. — Traga. — ¿Sabes que ayer, en el tráiler que puse en el velatorio, lloré?
Un tráiler. Es que los tráileres me pueden, Jara.
Te ponen tres acordes y una voz grave y ya estoy fuera de combate.
Y ahí, en la puerta de un cine cerrado, con la lluvia fina cayendo, este chaval que llora con los tráileres me cae bien de golpe, sin previo aviso, que es como me caen bien las personas o no me caen.
—
Dentro, el Capri huele a lo que ha olido siempre: terciopelo viejo, palomitas de otra década, humedad noble y ese fondo dulzón que yo, de niña, creía que era el olor del cine y que ahora sé que es el olor del celuloide y la grasa de las máquinas.
Un olor que no se fabrica. Que solo lo tienen los sitios que llevan mucho tiempo siendo lo mismo.
Visi está en la taquilla, que es una garita de madera con un cristal redondo y un cartel de "AGOTADAS" amarilleado que lleva décadas ahí de adorno, porque agotar, lo que se dice agotar, hace años que no agota nada. No vende. Ordena papeles con las gafas en la punta de la nariz.
— Ya la has conocido a la fiera — me dice sin levantar la vista, por el gato. — Pasa, anda. Pasa a tu casa.
El patio de butacas me recibe a oscuras, con esa penumbra de terciopelo granate que ni la luz del día consigue del todo.
Filas y filas de asientos abatibles, algunos con el relleno saliéndose por una costura reventada, la pantalla grande al fondo tapada con una cortina roja de flecos.
Piso el pasillo central y el suelo cruje en los mismos sitios que crujía cuando yo tenía diez años.
Los suelos, en un rodaje, los mides para saber por dónde escapar.
Aquí los mido y me dicen otra cosa: me dicen que este sitio se acuerda de mí aunque yo me haya ido.
Porque yo aquí fui niña. Antes de todo, antes del oficio, antes de aprender a irme.
Venía algún verano suelto de Madrid, cuando mis padres necesitaban un sitio donde dejarme para gritarse a gusto, y Tino me sentaba en la fila cuatro, me daba una bolsa de gusanitos y me dejaba ver la sesión de las seis dos veces seguidas.
Aquí aprendí a distinguir a los malos por la música antes de que hicieran nada.
Aquí me enseñó Tino que, cuando la peli daba miedo, no había que taparse los ojos: había que quedarse mirando, que el miedo dentro de un cine es un miedo con red, un miedo que se acaba cuando salen los títulos.
Le hice caso con las películas. Con la vida, ya no tanto.
Paso la mano por el terciopelo de un respaldo y el tacto me devuelve, entero, un verano de gusanitos y sesión doble, y me tengo que morder el carrillo por dentro para no ponerme tonta en mitad de un cine vacío.
En la fila F, la butaca doce, hay una cinta negra atada al reposabrazos.
— Esa era la de Tino — dice Visi, que ha aparecido a mi lado sin que la oyera, con ese don que tienen las mujeres de sesenta y ocho años para materializarse.
— Fila F, butaca doce. La del centro exacto.
Decía que era el único sitio del mundo donde el foco caía justo donde tenía que caer, ni un dedo a la izquierda ni un dedo a la derecha.
Nadie se sienta ahí. Ni Darío. Que mira que Darío se sienta en todos lados. En esa no.
Y ahí está otra vez el nombre, soltado sin querer en mitad de una frase sobre butacas, y yo hago como que miro la pantalla para que no se me note nada en la barbilla, que se me nota todo en la barbilla.
—
Lo encuentro arriba, en la cabina.
No sé por qué subo. Sí lo sé, pero prefiero no saberlo, que es distinto.
La cabina de proyección es un cuarto estrecho, caliente, con dos proyectores enormes de metal negro y latón, de esos de bobina que ya no fabrica nadie, y una banqueta, y estanterías con latas redondas apiladas hasta el techo.
Huele a aceite y a café. Es el cuarto más pequeño del cine y, sin embargo, es desde donde se ve toda la sala por un ventanuco, como el puesto del francotirador de la felicidad ajena.
Darío está de espaldas, con un trapo en la mano, limpiando el engranaje de una de las máquinas con la delicadeza de quien peina a un niño para una foto.
Se ha quitado la corbata del entierro. Lleva las mangas subidas, y le veo en el antebrazo una quemadura vieja, brillante, del tamaño de una moneda.
— No sabía que hubiera alguien — digo, y mi voz suena rara en la cabina, apagada, porque el cuarto se traga los ruidos.
Se gira. Se sube las gafas con un dedo.
— Estaba con Marlon. — Da una palmadita al proyector. — Se le atasca la cruz de malta. Lleva atascándosele desde el noventa y cuatro. Cabezón, como su padrino.
— ¿Marlon?
— El de la derecha es Marlon. El de la izquierda, Rita. Los bautizó Tino. — Una pausa. Me mira y no me mira, reparte la mirada entre yo y la máquina. — No has cambiado de moño.
Me llevo la mano al pelo sin querer. Sigo con el moño alto y tirante de siempre, el de trabajo, el que no molesta cuando te caes ni se te mete en los ojos cuando ruedas por una escalera.
— Tú has cambiado de todo — digo, y me sale más agrio de lo que quería. — Antes no llegabas ni a la bombilla.
— Antes tú tampoco te ibas de los sitios sin avisar. — Vuelve a lo de Marlon. — Ah, no. Perdona. Eso sí. Eso lo hacías igual de bien que ahora.
Lo dice sin subir la voz, sin mala leche aparente, con la misma calma con la que limpiaría un engranaje.
Pero ahí está. Dieciséis años metidos en una frase de doce palabras.
La víspera de irme, en el tejado de este cine, hubo un casi-beso que yo corté, y a la mañana siguiente me subí al primer autobús sin dejar ni un adiós.
Ninguno de los dos lo nombra. Flota entre las dos máquinas, entre el olor a aceite, tan presente que casi se podría proyectar.
Se me seca la boca. Podría contestar mil cosas.
Podría contarle que a los dieciséis años una no se despide porque no sabe, no porque no quiera.
Podría explicarle lo del billete de vuelta siempre en el bolsillo, lo de la mochila hecha desde niña, lo de que quedarse me da más vértigo que cualquier descuelgue.
No digo nada. Cuento suelos, cuento salidas.
La cabina solo tiene una puerta, y la tapa él.
— He venido al entierro — digo al final. — Mañana me vuelvo a Madrid.
— Ya. — Ni sorpresa ni nada. Enfoca el engranaje, no a mí. — Tú siempre te vuelves.
—
Bajo las escaleras con la excusa perfecta que es marcharse, y en el hall me choco casi de frente con un señor bajito, con gabardina beige, maletín y cara de estar cronometrando el universo.
Setenta y pocos, quizá menos, imposible saberlo: hay hombres que nacen ya con edad de notario y mueren con la misma.
— ¿Señorita Robledo? ¿Jara Robledo Nistal? — Consulta un papel, no vaya a ser que le mienta con mi propio nombre.
— Sí.
— Casimiro, notario. Don Casimiro para el papeleo.
— Me da la mano con un apretón de exactamente dos segundos, ni uno más.
— Buscaba a la familia. Tengo que citarles para la lectura de la última voluntad de don Faustino Nistal.
— Abre una agenda. De papel. De papel de verdad, con gomilla.
— ¿Le vendría bien el jueves a las diez?
— Sí, claro. — Pienso en el billete de vuelta. El jueves. Habrá que cambiarlo. Un día más. Otro más. — ¿Tengo que llevar algo? ¿Documentación?
— El documento nacional de identidad. — Cierra la agenda con un chasquido milimétrico.
Y entonces, girando ya sobre sus talones, suelta la frase que me deja plantada en mitad del hall como un decorado que se han olvidado de retirar al acabar el rodaje: — Ah.
Y avise usted al señor Colinas, por favor.
Que venga también. La cita es para los dos.
Parpadeo.
— ¿Para los dos?
— Para los dos. — Don Casimiro me mira por encima de las gafas, con la paciencia infinita de quien lleva cuarenta años dando noticias raras a gente con cara de póker.
— Don Faustino fue muy específico. La lectura se hace en presencia de ambos herederos, o no se hace.
Fue muy insistente en el "ambos". Lo subrayó dos veces. Con regla.
Y se va, taconeando exacto sobre el suelo del hall, dejándome con una palabra dándome vueltas en la cabeza como una bobina que se ha soltado del eje y gira sola, escupiendo cinta.
Ambos.
Arriba, en la cabina, oigo el zumbido de Marlon arrancando.
Darío ha puesto una película para nadie, en una sala vacía, a media tarde.
Y yo me quedo escuchándolo desde el hall, con el paraguas goteando en el suelo, preguntándome desde cuándo un hombre que no espera a nadie proyecta películas para una sala sin público.