Sesión doble Capítulo 1
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Sesión doble

Sesión doble

Por Victoria Mars

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Capítulo 1

En la pantalla me caigo de un tercer piso y el cine entero contiene la respiración por mí.

Por mí no. Por Nora Belmonte, que ahora mismo tiene mi columna, mis rodillas y mi forma de girar en el aire para repartir el golpe, pero la cara que la cámara recoge al aterrizar es la suya.

Pómulos de anuncio. Ojos que lloran a la primera.

Yo estoy nueve filas más atrás, con un vestido prestado que me tira del hombro operado, viendo cómo aplauden mi caída.

Aplauden bien, eso sí. Fuerte. Un señor con pajarita al que no conozco de nada le dice a su acompañante que "qué peligro, madre mía, esta chica".

Esta chica soy yo. Esta chica está a diez metros, con el brazo todavía medio agarrotado y una copa de cava templado en la mano, y el señor de la pajarita no lo sabe ni tiene por qué saberlo. Para eso me pagan. Para que no se note.

La toma dura tres segundos en pantalla. A mí me costó cuatro meses de preparación, dos colchonetas de descuelgue, un arnés que me dejó los muslos morados una semana y, de propina, una vértebra que ahora me avisa cuando va a llover.

La caída de la película es limpia, elegante, sin colchoneta a la vista.

Magia de montaje. En el rodaje había un airbag del tamaño de un descapotable justo debajo del encuadre, y un ayudante de dirección de veintitrés años gritando "¡y acción!

" con la voz temblándole, porque era su primera peli grande y le daba pánico que la especialista se le partiera en dos delante de todos.

No me partí. Nunca me parto en las peligrosas. Ese es el secreto que nadie quiere oír: las caídas grandes salen bien porque las preparas hasta el aburrimiento. Las que salen mal son las tontas. Ya volveremos a eso.

En los créditos, dentro de una hora y media, cuando la gente esté buscando el abrigo debajo de la butaca, aparecerá mi nombre en letra de tres milímetros: Jara Robledo, especialista.

Especialista. Nunca Jara a secas. La cara siempre es de otra, el nombre siempre en pequeño, y una servidora poniendo el cuerpo para que el aplauso caiga en otro sitio.

Llevo toda la vida en ese reparto. Se me da de miedo.

Bebo. El cava sabe a boda de conveniencia. No es que haya ido a muchas, es que sabe a eso: a algo que finge celebración.

—

Llevo tres meses de baja y todavía no me acostumbro a estar sentada.

Fue una caída tonta. Ya lo he dicho. Las peligrosas nunca salen mal, salen mal las tontas, y aquella era tontísima: un descuelgue de cuatro metros para cubrir a una compañera con lumbago, una toma que ni siquiera era mía, un punto de anclaje que llevaba fatal el mantenimiento y decidió jubilarse antes de tiempo justo cuando yo colgaba de él.

Aterricé de hombro. Crac. El sonido lo oyó hasta el de sonido, que ya es decir, y el de sonido en un rodaje va con cascos y no oye ni cuando le llamas para comer.

Operación, dos clavos, rehabilitación, y una frase del traumatólogo que me acompaña a todas partes como una banda sonora que no elegí: "Un año sin arriesgar, Jara.

Como mínimo". Un año. A una especialista le dices "un año sin arriesgar" y es como decirle a un pez "un año sin agua, pero con buena actitud".

Duna, mi mejor amiga, que maquilla heridas de mentira para ganarse la vida —le pone sangre falsa y prótesis de latex a gente que luego se va a casa entera—, me lo resume mejor que ningún médico:

— Tía, tú sin saltar eres como yo sin sangre. Un drama con patas.

Está sentada a mi lado en el estreno, con un mono negro y las uñas pintadas de un rojo que ella llama "hemoglobina festiva". Se inclina hacia mí sin dejar de mirar la pantalla.

— Esa de ahí eres tú.

— Esa de ahí es Nora.

— Esa de ahí es tu coxis. Reconocería tu coxis en una rueda de reconocimiento. — Le da un sorbo a su copa. — ¿Ves cómo cae de lado y mete el hombro? Eso lo haces tú desde los veinte. Nora no sabe ni caerse de la cama.

Me río por lo bajo y me duele el hombro de reírme, que ya es tener el cuerpo mal repartido, que hasta la risa me pase factura.

En la fila de delante, la propia Nora Belmonte se recoloca en su butaca cuando termina la secuencia, orgullosa, y mañana una revista digital le hará una entrevista donde contará "el trabajo físico tan bestia que ha hecho para el papel".

El trabajo físico tan bestia lo hice yo.

Ella hizo los primeros planos, la escena de llorar y una entrevista.

No la culpo, que conste. Es el reparto de siempre: unas ponen la cara, otras ponemos el cuerpo, y en el mundo hay gente que nace protagonista y gente que nace doble. Yo sé de qué lado caí.

Me sé el papel de memoria. Se me da de miedo estar cerca de la escena sin salir en ella.

Duna me lee la cabeza, que para eso me maquilla desde hace diez años y me conoce el pulso.

— Deja de pensar lo que estás pensando — dice.

— No pienso nada.

— Piensas eso de "yo pongo el cuerpo y la cara es de otra". Lo piensas con la barbilla. Se te tuerce.

Me suelto la barbilla. Bruja.

—

Lo del cuerpo de otra no es solo del trabajo. Empezó mucho antes, en una casa de un barrio de Madrid donde mis padres se gritaban por las noches con una técnica digna de dobladores profesionales.

Yo tenía ocho, nueve, diez años, y hacía de doble entre los dos.

En serio. Traducía a mi madre para mi padre y a mi padre para mi madre, ponía el cuerpo en medio de cada bronca, sostenía a la que lloraba mientras el otro daba un portazo.

Aprendí a caer sin hacerme daño antes de saber que eso tenía un nombre y un sueldo.

Y aprendí una cosa más, la que me ha durado hasta hoy: que quedarse en una casa es quedarse atrapada, y que la que se queda es la que se rompe.

Así que decidí, con doce años y una maleta mental siempre hecha, que yo no me quedaría en ningún sitio el tiempo suficiente para romperme.

Y no me he quedado. En dieciséis años he dormido en más hoteles que camas, he tenido más equipos que familia y he dejado a más gente en más andenes de los que puedo contar. Se me da de miedo irme. Es mi otra especialidad.

—

El móvil vibra en el bolso a la altura del clímax, cuando en la pantalla el edificio explota —eso ya no soy yo, eso es pirotecnia y ordenador— y aprovecho la explosión para agacharme y mirar quién es.

Número de León. Prefijo 987. Se me encoge algo antes incluso de descolgar, porque en León solo tengo dos cosas: a mi tío abuelo Tino y un cine. Y a Tino no lo llamo yo desde hace demasiado, así que si León me llama a mí, malo.

Salgo al pasillo enmoquetado, con la explosión retumbando a mi espalda y el acomodador mirándome con cara de "ya podía usted aguantarse". Descuelgo en el hall, entre carteles gigantes de la película y una mesa de canapés que nadie ha tocado porque en los estrenos nadie come, todos posan.

— ¿Jara? Soy Visi. Del Capri.

La voz de Visi la conocería en mitad de un terremoto. Grave, con esa manera leonesa de apoyar las palabras despacio, colocando las letras una a una, como quien las pone en la marquesina subida a una escalera.

— Visi. ¿Qué pasa?

Ya sé que pasa algo. Visi no llama a las diez de la noche para preguntar qué tal el hombro.

— Niña. Tino se nos ha ido esta tarde. En la butaca, viendo una película. Se durmió y no despertó. — Hace una pausa que dura lo que dura tragar entero un nudo. — Se fue como él quería. Con la sala a oscuras y una peli buena puesta.

Me apoyo en la pared. El cartel de la película me queda justo al lado de la cara: Nora Belmonte, enorme, cayéndose de mi tercer piso con gesto de sufrimiento fotogénico.

— ¿Cuándo... cuándo es? — Ni "lo siento" ni "cómo estás" ni nada. Directa al plan de rodaje, como hago siempre que algo me duele demasiado para tocarlo de frente. Es un mecanismo. Es feo. Lo sé.

— Mañana lo velamos. Pasado, el entierro. — Otra pausa. — Deberías venir, Jara. Aquí te queríamos aunque no vinieras.

El "aunque no vinieras" me entra por el hombro bueno y me sale por el malo.

Porque es verdad. Hace dieciséis años que no piso León.

Dieciséis. Tino me llamaba cada septiembre por mi cumpleaños, me mandaba postales de la Catedral con una letra que le temblaba más cada año, me guardaba el sitio en un cine al que yo nunca volví.

Y yo le contestaba desde donde estuviera rodando —Almería, Budapest, un polígono de Getafe disfrazado de Nueva York— con un "el año que viene voy fijo, tío". El año que viene. Trece años que viene.

— Voy — digo. Y por una vez no es mentira.

Cuelgo. Duna ha salido detrás de mí sin que la oyera, con las dos copas.

— ¿Quién era?

— Se ha muerto mi tío. El de León. El del cine. — Lo digo así, en plano, sin música. — Me voy mañana.

Duna no dice "lo siento". Duna me conoce. Me quita la copa de la mano, la deja en el suelo del hall al lado de la suya, y me abraza del lado bueno, que hasta para consolarme la gente tiene que consultar el parte médico.

—

Cojo el tren de las siete y media desde Chamartín. Duna me acompaña al andén con dos cafés de máquina y una bolsa de gominolas, que es su idea del kit de duelo.

— ¿Quieres que vaya?

— No. Es un fin de semana, un entierro y vuelvo.

— Eso dijiste de tu ex y estuviste dos años.

— Duna.

— Vale, vale. — Me abraza otra vez, con cuidado. — Escríbeme. Y come algo que no sea de máquina. Y, Jara. — Me sujeta un segundo por el brazo antes de soltarme. — Ve al cine antes de decidir nada. Aunque sea a despedirte. ¿Vale?

No sé de qué habla. O sí lo sé, pero prefiero subirme al tren.

El tren sube por la meseta y el paisaje se va poniendo serio: castilla amarilla, algún castillo de fondo, el cielo ancho y sin decidirse.

A la altura de Palencia empieza la niebla, esa niebla de León que no es tristeza, es puntualidad; llega cuando tiene que llegar y no antes.

Apoyo la frente en el cristal frío y hago lo que hago siempre para no pensar: reparto la escena.

Bajar del tren. Taxi. Tanatorio. Cara de circunstancias. Un día. Otro día, entierro. Papeleo, si hay. Abrazo a Visi. Tren de vuelta. Madrid. Rehabilitación el lunes.

Plan de rodaje de un fin de semana. Entro, hago mi toma, y me voy antes de que la escena se ponga fea. Como en todo. Como siempre.

En el hotel no deshago la maleta. La dejo cerrada encima de la cama, con el billete de vuelta metido en el bolsillo lateral, ese que abro y cierro sin darme cuenta, como otros se muerden las uñas.

La salida siempre lista. Es lo primero que aprendí de niña: ten la mochila hecha, que en esta casa nunca se sabe cuándo hay que salir corriendo.

—

El tanatorio de León huele a flores y a café de máquina, que es como huelen todas las despedidas de este país. Hay más gente de la que esperaba. Mucha más.

Reconozco caras del barrio que llevaba dieciséis años sin ver y que han envejecido a la vez que yo, aunque yo me lo noto menos porque a mí me maquillan para caerme, no para vivir.

Está Bene, el tabernero de enfrente del cine, más viejo y más colorado, con una corbata negra que le aprieta el cuello de tabernero.

Está gente de esa que no sabes de qué la conoces pero la conoces.

Y hay algo que no me esperaba en un tanatorio: risas bajitas.

Resulta que Tino se ha muerto y la gente cuenta anécdotas suyas y se ríe entre lágrima y lágrima, porque hay muertos que dejan pena y hay muertos que dejan función. Tino era de los de función.

— ...y entonces le dice al del ayuntamiento: oiga, que yo el cine no lo cierro ni muerto. Y mira, ha cumplido. — Bene se ríe y se le saltan las lágrimas a la vez, que es un arte.

Me acerco al corro sin querer, atraída por las historias.

Una señora cuenta que Tino le fiaba las entradas cuando ella era joven y andaba mal de dinero, y que nunca le apuntó la deuda en ninguna parte.

Un hombre mayor cuenta que Tino, el día que se murió su mujer, cerró el cine una tarde entera, la única en sesenta años, y se sentó con él en la fila F a no ver ninguna película, solo a acompañarlo a oscuras.

Y otro recuerda la vez que un distribuidor le mandó una copia estropeada y Tino, en vez de suspender la sesión, se subió al escenario y les contó la película entera de memoria, escena por escena, poniendo él las voces.

Yo escucho y me doy cuenta de una cosa que me sienta como un mal aterrizaje: que toda esta gente conocía a mi tío mejor que yo. Que yo tengo postales de la Catedral y llamadas de cumpleaños, y ellos tienen esto. Sesenta años de esto. Yo tengo la versión corta. Ellos tienen la película completa.

Visi me ve entrar y viene derecha. Sesenta y ocho años, el pelo blanco cortado a lo práctico, un broche con forma de rollo de película en la solapa que le regaló Tino hace mil años. Me coge la cara con las dos manos, me mira despacio, revelando una foto y esperando a ver qué sale en el papel.

— Estás más flaca. Y más triste. Y has venido. — Me da un beso en cada mejilla. — Dos de tres, no está mal.

— Visi. Lo siento muchísimo.

— Lo sentimos todos, niña. Pero él no. Él se fue contento. — Baja la voz, cómplice. — La película que estaba viendo era en blanco y negro, de las suyas. Se durmió en la mejor escena. Menudo era. Hasta para morirse tuvo buen gusto.

Y entonces la sala se me para.

No es una cosa de novela. Es literal: yo, que mido cada suelo al entrar en cualquier habitación, que calculo salidas y esquinas sin querer, me quedo clavada en mitad del tanatorio como una idiota, porque al fondo, junto a una corona de flores, hay un hombre alto que está colocando bien una cinta que se había torcido.

Y sé quién es antes de verle la cara. Lo sé por la manera de tocar las cosas.

Con cuidado. Con esa delicadeza de quien toca todo como si fuera celuloide y se pudiera rayar.

Darío Colinas.

La última vez que lo vi tenía dieciséis años, las manos demasiado grandes para el cuerpo y una linterna que sujetaba con la boca mientras rebobinaba.

Le sacaba yo media cabeza de descaro y él a mí un palmo de silencio.

Y ahora mide uno ochenta y ocho de hombre hecho, con algún gris en las sienes que no le pega a la edad que yo le tengo guardada, unas gafas que se sube con un dedo, y la barba de quien no ha pensado en la barba en varios días.

Levanta la vista. Me encuentra a la primera, sin buscar, como quien ya sabía por dónde iba a entrar la luz en la sala.

Y me mira.

No me mira mal. Ojalá me mirara mal. Me mira como se mira a la persona que una noche de agosto, hace dieciséis años, se fue a la mañana siguiente sin despedirse y dejó una nota que nunca escribió.

Me mira como quien reconoce a la que se fue.

Y yo, que sé caerme de un tercer piso sin hacerme un rasguño, que he ardido con un traje ignífugo y he saltado de un coche a sesenta por hora, me quedo en mitad de un tanatorio de León sin saber qué narices hacer con las manos.