Sertorio, el elegido de la diosa blanca 140
99%

140

—¿Qué te ha pasado?

Sertorio era otra vez él.

En realidad, nunca había dejado de serlo.

Pero ahora volvía a tener manos y pies, por no hablar de otros apéndices, y sus vísceras ya no se removían.

El mundo era otra vez nítido y colorido, aunque a cambio había dejado de ser un mar de sonidos y un arco iris de aromas.

Durante un instante, Sertorio experimentó una extraña melancolía, como si hubiera perdido algo irrecuperable, pero la sensación se desvaneció como un olor pasajero.

Estaba tumbado en un triclinio. Se incorporó. Lo hizo demasiado deprisa y la cabeza le empezó a dar vueltas. Tuvo que cerrar los ojos un instante, apoyando las manos a ambos lados del diván, esperando a que el mundo dejara de girar.

Recuperado ya, abrió los párpados de nuevo. Se hallaba en casa de Antiodemis. De donde, estaba seguro, su cuerpo no había salido en ningún momento.

La actriz lo observaba con gesto de preocupación. A su lado se encontraba Stígmata, descalzo y envuelto en una túnica, y también estaban Mírrina y Gulud.

—¿Qué te ha pasado? —repitió Antiodemis.

—No lo sé —respondió él.

¿Cómo explicarlo sin que pensaran que se había vuelto loco?

Fue Mírrina quien ofreció las explicaciones.

Se había asustado mucho, dijo, al ver a Sertorio inmóvil de repente, rígido como una estatua, sin apenas parpadear y sin responder cuando le dirigían la palabra.

Tras avisar a su ama, lo habían llevado entre todos hasta el triclinio para tumbarlo allí, sin que él reaccionara en ningún momento.

Antiodemis se acercó y le puso la mano en la frente.

—No estás caliente. ¿Ha sido uno de esos momentos tuyos?

La actriz conocía sus trances de oídas, e incluso fue testigo de alguno de ellos cuando Sertorio era pequeño. Con los años, él había aprendido a dominarlos para no alarmar a quienes lo rodeaban.

Lo ocurrido ahora era muy distinto.

Radicalmente distinto.

En lugar de materializarse en Limenia, su mundo privado, más simple y desnudo que la celda más austera que uno pudiera concebir, la experiencia lo acababa de transportar a un lugar real.

Un lago de aguas de verdad y no imaginarias, rodeado de una espesura tangible, desbordante de vida.

Allí, con los sentidos acrecentados de un cuerpo que no le pertenecía y al mismo tiempo era el suyo, cada olor, cada sonido, cada movimiento le habían resultado más intensos y complejos que nada que hubiera conocido hasta entonces.

Sertorio miró a Stígmata. El hombre de las cicatrices había vuelto a girar el colgante para dejarlo escondido a su espalda. Podía haberse limitado a taparlo bajo la túnica, pero no debía de haberle parecido suficiente para ocultarlo a sus ojos.

Era el amuleto lo que había provocado en él aquel trance tan distinto, tan vivido e intenso. De eso estaba seguro.

Stígmata, aunque no dijera una palabra, también lo sabía. Y por eso no quería que Sertorio lo viera de nuevo.

—¿Has oído lo que te he preguntado? —insistió Antiodemis, tirando de su barbilla para obligarlo a mirarla.

—Perdona. Sí, ha sido como tú dices. Uno de esos momentos. Pero ya estoy bien.

Tuvo que mentir. Si decidía contar algo más, no sabría por dónde empezar.

Por ejemplo, ¿cómo explicarles que, sin tener ningún argumento racional para sostenerlo, estaba convencido de que acababa de ver a Artemidoro de Éfeso, al hombre que había cortado su cordón umbilical, convertido ahora en un sacerdote bárbaro que hablaba con los cuervos?

Artemidoro.

Don de Ártemis.

Regalo de Diana.

Ahora comprendía que Tifilnia llevaba razón. La cierva de su espalda no era un simple antojo ni una marca de nacimiento más.

En cuanto abandonara la casa de Antiodemis, subiría al alto Aventino para ofrecer un sacrificio en el templo de Diana. Aunque los dominios de Septimuleyo estaban cerca, la diosa sabría protegerlo.

Como hacen las divinidades con aquellos a los que han elegido.