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Retrocedió de golpe, sobresaltado por su propia imagen. Después se obligó a acercarse de nuevo al agua y se miró.
Los ojos, grandes y separados, eran verdes, igual que los suyos. No como los de otros animales albinos, que eran prácticamente rojos.
¡Y esas orejas! Grandes y puntiagudas, se movían arriba y abajo, e incluso giraban, buscando y atrapando los sonidos que llegaban de todas partes.
Bebió, por fin, vencido por la sed. Imaginó que lo haría lamiendo, como un perro o un gato, pero, sin tan siquiera pensar en ello, su boca succionó el agua, usando la lengua a modo de guía para subir el líquido hasta su garganta.
Las voces humanas sonaron de nuevo. La cierva —él— enderezó las orejas y miró a su izquierda.
En esa dirección, la espesura de árboles, matas y juncos iba raleando poco a poco hasta desaparecer, dejando paso a una franja de tierra desnuda y guijarros donde cualquier movimiento quedaría expuesto a la vista.
El impulso de huir y esconderse fue inmediato, tan físico e inevitable como la respiración o los latidos de su corazón.
«Quiero saber quiénes son esos hombres», pensó.
Las patas de la cierva ya se habían girado para escapar en dirección contraria, pero Sertorio consiguió imponer su voluntad y se dirigió hacia las voces.
Mientras caminaba, trató de tranquilizar a su anfitriona, de tranquilizarse a sí mismo.
«No corremos peligro. Esto no es más que un sueño. No nos pueden hacer daño».
Sabía que no era cierto. En los sueños todo se transforma sin cesar, incluida la propia identidad, y las sensaciones llegan amortiguadas, como a través de un velo. Allí no ocurría nada de eso. Todo era intenso. Todo permanecía tal como era.
Incluso la cierva en que se había convertido él.
Aunque pareciera imposible, aunque era imposible, se hallaba en el mundo real.
Pero ¿dónde?
Siguió avanzando, luchando contra la resistencia que le ofrecían a cada paso sus nuevos músculos. Si había aparecido a la orilla de aquel lago, debía de existir una razón para ello. Quería saber cuál era, y para ello tenía que vencer el pavor de aquel cuerpo animal.
Finalmente, dejó atrás el último árbol que podría haberlos escondido. El corazón de la cierva palpitaba tan deprisa que los latidos resonaban por todo su pecho, casi ensordecedores.
«Tranquila, no nos acercaremos más», le prometió.
Ya estaba lo bastante cerca para contar a aquellos hombres.
Eran diez. Todos iban armados. Vio lanzas, hachas, espadas, algún que otro escudo.
No eran soldados romanos ni aliados, así que tenían que ser guerreros de alguna tribu bárbara.
Vestían ropas bastas y se cubrían con pieles de oso.
La cierva reconocía aquel olor, aunque no se trataba de osos de aquellas tierras, sino de algún otro lugar lejano.
Algunas pieles conservaban aún la cabeza de su antiguo dueño, como en las representaciones de Hércules envuelto en el pellejo del león de Nemea.
Había un hombre que destacaba entre los demás, no porque pareciera un caudillo, sino porque su figura no se parecía a ninguna de las otras.
Llevaba un abrigo largo, entre pardo y gris, y un sombrero de alas anchas, extrañamente picudo.
Caminaba con una leve cojera y se apoyaba en un báculo tan alto que habría podido pasar por una lanza, de no ser porque no terminaba en una punta de hierro, sino en una empuñadura nudosa que a Sertorio le recordó la cabeza de una serpiente.
Debía de tratarse de una especie de sacerdote.
Un druida, como los llamaban los celtas.
El idioma que hablaban entre ellos aquellos hombres no era latín ni griego, ni tampoco un dialecto galo de los que se escuchaban por las calles y tabernas de Roma.
Y, sin embargo, Sertorio comprendía buena parte de lo que decían, aunque solo había oído expresarse en aquella lengua a otra persona.
A Dagulfo.
Si no era exactamente la misma, se le asemejaba mucho. Desde que se supo que entre los pueblos que acompañaban a los cimbrios en su migración marchaba una tribu de teutones, Sertorio había obligado a Dagulfo a hacer memoria de su infancia para enseñarle a él el habla de sus paisanos.
O lo que Sertorio llamaba «el dagulfés», una variante que solo incluía pronombres de tercera persona.
Aquel empeño lo había alentado Mario, convencido de que tarde o temprano dirigiría la guerra contra los invasores del norte.
—Cuando sirvas a mis órdenes, nos vendrá bien que conozcas la lengua de los invasores —le había dicho.
Por el momento, ni los guerreros ni el supuesto druida parecían haber reparado en la presencia de la cierva. Todas las miradas estaban vueltas hacia el lago.
Un hombre estaba saliendo del agua. Al principio, Sertorio creyó que iba desnudo, pero cuando se acercó a la orilla vio que llevaba pantalones de piel.
Sostenía algo contra su pecho desnudo, acunado como un bebé. Era una piedra, tallada en forma de huevo con la base truncada. Medía al menos un pie y medio de alto por uno de ancho, y todo indicaba que su peso era más que considerable.
Los hombres de la orilla corearon el nombre del compañero que se había adentrado en el lago.
—¡Starkudhar! ¡Starkudhar!
Cuando el llamado Starkudhar salió por completo del agua, Sertorio pudo apreciar que, aunque no era más alto que la mayoría de los demás guerreros, su cuerpo velludo era mucho más ancho y compacto.
Incluso empapado como estaba, le llegó su olor.
Era distinto al de sus compañeros. Intenso, feral.
Por alguna razón, le evocó la imagen de una estirpe antigua, anterior incluso a los primeros hombres moldeados por Prometeo.
Uno de los hombres oso, más alto que Starkudhar y de brazos más largos, se ofreció para relevarlo sosteniendo la piedra.
El interpelado soltó una carcajada áspera y le advirtió de que tuviera cuidado.
Cuando le entregó la carga, el guerrero alto se dobló bajo el peso con un gruñido y estuvo a punto de dejarla caer sobre sus propios pies.
La reacción del bárbaro sorprendió a Sertorio. Aquella imitación de huevo debía de estar tallada en una roca mucho más densa y pesada que la toba con la que se habían construido las murallas de Roma, e incluso que el propio mármol.
Antes de que la piedra tocara el suelo, Starkudhar la cogió de nuevo y la levantó en vilo con tanta facilidad como si estuviera hueca. ¿Qué fuerza no tendría aquel hombre?
—¡No hagáis tonterías! —les reprendió el druida—. ¡El Ónfalos no es una baratija ni un juguete!
Había hablado en el idioma de aquellos bárbaros, pero la palabra que usó para referirse a la piedra era griega.
Ómphalos . El ombligo del mundo.
Sertorio sintió un escalofrío, que recorrió entero su cuerpo de cierva y lo hizo estremecerse. Aquella era la piedra sagrada de Delfos, robada del santuario de Apolo hacía casi diez generaciones.
En ese momento, dos cuervos pasaron volando sobre su cabeza, tan cerca que sintió el golpe del aire en su pelaje y en sus nuevas orejas, tan sensibles y puntiagudas.
Las aves se separaron, describieron círculos opuestos sobre el druida y, tras un breve aleteo, descendieron para posarse en sus hombros.
Eran prácticamente idénticas, pero una tenía el pico negro y la otra amarillo.
Sertorio recordó los relatos que narraban la primera batalla entre romanos y cimbrios. Aquel hombre no podía ser otro que el sacerdote que ofició de embajador ante el cónsul Papirio Carbón. Las descripciones coincidían. El sombrero extraño, el báculo alto y nudoso.
Sobre todo, los cuervos.
El ave que tenía el pico negro se acercó al oído del druida, ladeando la cabeza. Debió de decirle algo, porque el hombre se giró lentamente hacia su derecha y miró en dirección a la cierva.
Fue entonces cuando Sertorio distinguió el último rasgo que le faltaba para completar el cuadro.
Tal como habían contado los supervivientes de la batalla, aquel sacerdote era tuerto.
No se parecía, sin embargo, al hombre que Sertorio veía a veces reflejado en la charca de Limenia.
A aquel le faltaba el ojo derecho y se lo cubría con un parche negro.
El druida, en cambio, había perdido el izquierdo y no se cubría con un parche, sino con una medalla de oro, quizá una moneda, que relucía incluso a esa distancia.
Sertorio sintió un alivio tan inmediato como irracional.
No estaba contemplando una visión futura de sí mismo.
El hombre de los cuervos levantó el bastón hacia él y gritó:
—¡Fuera de aquí!
Al mismo tiempo, las dos aves levantaron el vuelo y se lanzaron en dirección a la cierva. Aquello fue más de lo que pudo soportar el animal, y esta vez no hubo fuerza de voluntad que pudiera dominar su pánico. Volviendo grupas, huyó a toda velocidad de aquellos hombres, y de pronto…