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Algo era incorrecto. Algo no encajaba.
No, algo no, comprendió Sertorio.
Todo.
Empezando por él mismo. Su cuerpo estaba inclinado hacia delante. Más aún, doblado de un modo imposible. Era incapaz de enderezarse. No porque los músculos necesarios para erguirse se negaran a obedecerlo. Era que, sencillamente, no los encontraba.
Debajo de él podía notar un suelo que ya no era de losas, sino de hierba y tierra húmedas y de hojas caídas. Aunque no llevaba botas ni sandalias, como hasta hacía un instante, tampoco sentía el contacto en la planta de los pies, sino a través de algo más duro, más estrecho. ¿Las uñas?
No. Demasiado crecidas, demasiado duras.
Lo más desconcertante eran las manos. Porque, en realidad, no eran manos.
Las tenía también apoyadas en el suelo, como los pies.
Podía levantar una o la otra, pero si intentaba hacerlo con ambas, su propio peso las devolvía a la tierra.
De cualquier modo, mal le habrían servido.
Solo percibía dos dedos, rígidos, pegados entre sí y terminados, igual que los pies, en unas uñas duras como piedras.
Había algo a los lados que tal vez fueran el vestigio de otros dos dedos, pero ¿adónde habían ido a parar sus pulgares?
No se atrevía a mirar para averiguarlo.
Era incluso más perturbador lo que ocurría dentro de su cuerpo. ¡Le sobraban cosas! El estómago y los intestinos ocupaban demasiado espacio y se movían sin cesar, con un burbujeo constante que no era doloroso, pero que resultaba imposible de ignorar.
A veces, cuando Sertorio comía mucho o lo hacía demasiado deprisa, sus tripas protestaban después con gases o retortijones.
Lo que le ocurría ahora no tenía nada que ver con atracones ni empachos.
Era como si la mitad de su cuerpo estuviera consagrada a una actividad propia y constante, ajena por completo a su voluntad. Una digestión perpetua.
Hacía unas horas, en el Esquilino, tuvo que contener las arcadas para no vomitar. Ahora el alimento regresaba solo a su boca, y él no lo expulsaba, sino que lo masticaba despacio, lo revolvía y lo tragaba de nuevo. Olía y sabía ácido, vegetal.
¿Y qué comida era esa? ¿Era madera lo que estaba masticando? ¿En qué momento se le había ocurrido mordisquear la corteza de un árbol?
No todo eran añadidos en su cuerpo. Había ausencias. Entre las piernas, que ni siquiera se encontraban donde debían, habían desaparecido la mentula y los testículos, sustituidos por algo distinto y extraño que, en lugar de colgar de su cuerpo, parecía formar parte de su interior.
El mundo exterior también se había transformado. No se hallaba ya en casa de Antiodemis ni en Roma, sino en la linde de un bosque que se asomaba a un lago.
No se trataba solo de que se encontrara en un lugar desconocido, sino de cómo lo percibía.
¿Cuáles eran las palabras de Marta?
«Te abruma la riqueza inabarcable de la realidad».
Ahora esa riqueza invadía sus sentidos con tal fuerza que era casi una agresión.
Los aromas y los sonidos le llegaban con una intensidad y una nitidez asombrosas.
Sobre todo los primeros, un arco iris olfativo que en lugar de siete colores desplegaba decenas, quizá cientos de gamas.
El aire era un río invisible cargado de mensajes, la conversación constante de una muchedumbre que hablaba en mil idiomas diferentes.
Sin saber cómo había llegado a conocerlos, podía distinguir los olores de una multitud de animales.
No muy lejos de él había un zorro, varias ciervas y un ciervo macho, unos cuantos mirlos inquietos en sus árboles, un erizo que se acababa de refugiar bajo unos helechos, unas ranas que ya no croaban.
Más toda clase de criaturas minúsculas, reptando entre la hierba, las raíces y los guijarros de la orilla.
La mayoría de esos animales estaban escondidos, agazapados para ocultarse de otros seres que, a diferencia de ellos, no se molestaban en ocultar su presencia.
Hombres.
Aunque no los veía, podía oír sus voces y el chapoteo de sus pies en la orilla, y también los olía. A ellos y a sus ropas.
Estaba sediento. Debía de ser por eso por lo que se encontraba allí, tan cerca del agua.
Avanzó hasta la orilla. «Caminar» no parecía un verbo apropiado, porque no lo hacía como estaba acostumbrado.
Aunque se desplazaba sobre las cuatro extremidades, aquella forma de moverse no tenía nada que ver con el torpe y lento gateo de un niño.
Antes de beber, miró en derredor. Al principio, había pensado que se hallaba junto al lago Nemi.
Pero este era más pequeño y, en lugar de tener forma de caldera rodeada de colinas por todas partes, lindaba con una zona desnuda de vegetación donde las laderas boscosas se interrumpían para abrirse a una llanura.
Con todo, no fue tanto la naturaleza del lugar lo que más llamó su atención, sino la forma en que su visión lo percibía.
Apenas había necesitado mover la cabeza a los lados para abarcar el lago de una orilla a otra.
De pronto, el mundo visible se había ensanchado de una forma desmesurada.
A cambio, el centro de su visión era menos preciso, los perfiles menos cortantes, los colores más apagados.
El mismo sol parecía diferente. Aunque el cielo estaba despejado de nubes que pudieran ocultarlo, su luz se veía extraña, como si sus rayos atravesaran un tamiz ceniciento.
Normalmente, cuando bebía de un arroyo o una fuente y no llevaba vaso ni cantimplora, usaba las manos a modo de cuenco. Aquí no tenía manos, así que agachó la cabeza para meter la boca en el agua.
Solo entonces verificó lo que llevaba un rato intuyendo.
El rostro que le devolvió la mirada desde el agua no le era desconocido. Lo había visto antes, reflejado por detrás de su cabeza en la charca de Limenia.
Solo que ahora su cabeza ya no estaba.
Unicamente la de la cierva blanca.
Él era la cierva.