Sertorio, el elegido de la diosa blanca 137 #2
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Stígmata pareció a punto de decir algo, pero se lo calló. Aquel hombre se guardaba más de la mitad de lo que pensaba.

Sertorio habría apostado diez denarios a que la frase que no había llegado a pronunciar era: «Los juramentos a veces se rompen».

Por el bien de todos los Mirmidones, incluso de los que no habían participado en la operación, Sertorio esperaba que todos cumplieran con su voto.

—No te he dado las gracias todavía —dijo Stígmata—. Te debo la vida.

—Tenía que hacerlo. Era lo justo.

—¿Lo justo?

Sertorio buscó otra palabra más exacta.

No había problema. Tenía decenas de miles almacenadas en la cabeza, como solía recordarle su madre.

—Quiero decir que era una cuestión de reciprocidad. En sueños, vi a alguien que me decía: «El hombre que me quitó la vida fue el mismo que te la dio a ti». Si era verdad que me diste la vida, no podía dejar que murieras en esa cruz. Por eso quiero saber qué…

Stígmata levantó una mano para interrumpirlo.

—¿Por qué piensas que la aparición de tu sueño se refería a mí?

—Porque después añadió algo más. «El hombre de las cicatrices».

—Hay mucha gente con cicatrices.

—Lo sé. Pero también sé que hablaba de ti.

—¿Cómo estás tan seguro?

Esta vez fue Sertorio quien se reservó la respuesta. A decir verdad, no se le ocurría una que sonara lógica, razonable. Tan solo una intuición casi visceral.

—¿Quién era el hombre de tu sueño?

—Alguien que ya estaba muerto.

—«El hombre que me quitó la vida» —repitió Stígmata, pensativo—. Dices que se refería a mí.

—Sí —respondió Sertorio. Lo dijo tratando de demostrar una seguridad que, por dentro, empezaba a tambalearse.

—He matado a más hombres de los que debería, pero los recuerdo a todos. ¿Quién era el de tu sueño?

Sin saber muy bien el motivo, Sertorio prefirió no mencionar que su visitante nocturno era Gayo Graco.

—No lo sé. Lo que quiero saber es qué significa el final de la frase, lo de que tú me diste la vida.

Stígmata se quedó callado. No parecía un hombre a quien fuera fácil arrancarle información.

Ya que la muralla no cedía por esa puerta, Sertorio decidió probar con otra.

—¿Me vas a decir qué ocurrió aquella noche?

—¿Cuál? He vivido más noches que a hombres he dado muerte.

Sertorio advirtió una contracción casi imperceptible en las pupilas de Stígmata.

«Está disimulando, sabe perfectamente a qué me refiero».

—La noche en la que nací.

—Deberías preguntárselo a tu madre. Ella lo recordará. Una mujer nunca olvida cómo dio a luz.

—Ella no me quiere decir nada de esa noche.

—¿Tú confías en tu madre?

—Yo quiero mucho a mi madre.

—No es lo que te he preguntado.

Sertorio se quedó pensando unos segundos.

—Supongo que sí. Confío en ella.

«Más o menos», añadió para sí.

—En ese caso, deberías pensar que, si tu madre se calla cosas cuando habla contigo, debe de ser por una buena razón. Si no te quiere contar algo…

—… es por mi propio bien. Lo sé, es lo que suele decir.

—No voy a llevarle la contraria a ella en eso.

—Hablas como si la conocieras.

Una levísima sonrisa asomó al rostro de Stígmata. Sertorio leyó en ella: «Lo siento, chaval, necesitas algo más para pillarme».

Decidió dejar de probar puertas y asaltar la muralla a golpe de ariete.

—Estás en deuda conmigo.

—Lo estoy y lo estaré siempre. Ya te he dicho que te agradezco lo que hiciste.

—No quiero que estés en deuda conmigo siempre. Quiero que me la pagues ahora.

—Juegas fuerte. ¿Nuestra deuda quedará saldada si respondo a tus preguntas?

Sertorio dudó un momento. Después asintió.

El exgladiador esbozó una sonrisa tan leve que alguien menos perceptivo que Sertorio ni siquiera la habría captado.

—Sería un aprovechado si aceptara ese trato. Puede que llegue el momento en que yo haga algo por ti, Quinto Sertorio. Pero incluso entonces seguiré estando en deuda contigo.

—¿Eso significa que vas a responderme o que no?

Stígmata se quedó pensando. Por reservado que fuera, Sertorio casi podía ver cómo los engranajes de su mente giraban por detrás de sus ojos grises.

Por fin, contestó. Lo hizo hablando con rapidez, como si quisiera desprenderse de las palabras antes que le diera tiempo a arrepentirse de ellas.

—Estuve en tu casa la noche en que naciste. Yo fui tu comadrona, porque no había nadie más.

—¿Mi comadrona?

«El mismo que te dio la vida a ti».

Ahora lo entendía.

—Cuando te tenía en mis brazos, recién salido del vientre de tu madre, llegó Artemidoro. Él era médico de verdad, y se encargó de ti cuando yo me marché.

¡Artemidoro! El hombre que se había alojado antes que ellos en su vivienda, y después en la segunda planta, en el apartamento maldito.

Así que el autor de la Geografía que Sertorio conocía había atendido a su madre en el parto.

—¿Por qué estabas en mi casa?

—Eso te quedarás sin saberlo.

Sertorio comprendió que aquella era una puerta que Stígmata no iba a abrir.

Si quería saber lo que se escondía detrás, tendría que ser él quien forzara la cerradura.

De momento, probó con otra puerta.

—Esa noche le ocurrió algo a Dagulfo. Fuiste tú, ¿verdad?

Por más difícil de descifrar que fuese el rostro de Stígmata, por sus ojos pasó una sombra, como una nube arrastrada por el viento que tapara por un instante el sol.

En su caso, el símil resultaba más apropiado con la luna. A aquel hombre le cuadraban mejor la noche y el misterio.

«Como a mí», pensó Sertorio, recordando lo que le decía siempre Tifilnia: «Eres un elegido de Arutimi, la diosa blanca».

—Lo lamento —dijo Stígmata—. Supongo que le tendrías cariño a ese esclavo. Tenía un corazón noble.

—Lo sigue teniendo.

—¿Cómo?

—¿Crees que lo mataste?

—¿No fue así?

—Si lo hubieras matado, yo no podría haberlo conocido.

Stígmata levantó los hombros, respiró hondo y después exhaló lentamente. No sin un leve gesto de dolor.

Pero su alivio parecía patente.

Sertorio imaginó que acababa de tachar un nombre de la larga lista de gente a la que había enviado al Hades.

Al menos, él no se grababa una muesca en el brazo por cada muerto como hacía Nuntiusmortis.

—Cuando oí cómo le crujía el cráneo contra el suelo pensé que lo había matado.

—No lo mataste, pero le dejaste una hondonada en la frente así de grande —dijo Sertorio, juntando el pulgar y los demás dedos para formar un círculo—. ¿Cómo pudiste hacerlo? Dagulfo es el hombre más fuerte que he visto en mi vida.

Stígmata se señaló el codo.

—Si alguna vez tienes que golpear a alguien de verdad y estás lo bastante cerca, usa el codo. No encontrarás un arma más dura en tu propio cuerpo.

Sertorio parpadeó dos veces, como solía hacer para guardar anotaciones en su memoria.

Tenía más preguntas. Otra cosa era que Stígmata las contestara. Pero en ese momento se abrió la puerta y entró Antiodemis.

—Deja de atosigarlo ya, venga. Necesita descansar.

Stígmata dijo que se encontraba bien, aunque era cierto que su voz empezaba a sonar de nuevo más átona. Cuando Antiodemis le puso las manos en los hombros, evitando la herida del pecho, y lo empujó suavemente para tumbarlo, no solo no protestó, sino que incluso sonrió.

«¿Y tú? ¿Le vas a dejar descansar tú cuando yo me vaya?», se preguntó Sertorio.

Antiodemis lo acompañó hasta la puerta de la alcoba y se despidió de él besándolo en la mejilla. Por encima de su hombro, Sertorio tuvo una fugaz visión de Stígmata dando la vuelta a su colgante y colocándoselo de nuevo sobre el pecho. Durante un instante, le pareció ver un destello verde.

No era exactamente verde. Ni azul. Ni púrpura.

Era…

No podía describirlo.

Al mismo tiempo que la puerta se cerraba, Sertorio entró en trance.

Pero esta vez no apareció en Limenia, junto a su charca circular, sino a las orillas de un lago.

Y enseguida comprobó que no estaba solo.