137
Cuando salió de la alcoba, nadie supo darle razón de Sierpe. Debía de haberse marchado poco antes de amanecer, aunque nadie la había visto. Se habría ido, pensó Sertorio, de la forma clandestina, casi fantasmal en que se escabullen los gatos.
Poco después vio a Antiodemis salir de su alcoba y cerrar la puerta tras de sí con cuidado. Acercándose a ella, le preguntó:
—¿Cómo está Stígmata? ¿Puedo hablar con él?
La actriz sonrió. A Sertorio le bastó con observar cómo el gesto le iluminaba el rostro, borrándole años conforme ascendía de los labios a los ojos y la frente, para confirmar su primera sospecha.
Antiodemis sentía algo por Stígmata.
¿Cómo era posible, si él llevaba quince años fuera de Roma?
Imaginando que esa noche entre ella y Stígmata podía haber ocurrido lo mismo que entre Sierpe y él, sintió una punzada de celos. En parte eran por Antiodemis, con la que tantas veces había fantaseado en la oscuridad de su dormitorio.
Pero también por Stígmata.
Sertorio había diseñado un plan para salvarlo de la cruz, y por llevarlo a cabo había arriesgado su vida y perdido la de Quirinio.
Sin embargo, era Antiodemis quien acaparaba al antiguo gladiador.
—Se encuentra bien —respondió ella—. Ahora duerme. Deberías dejarle descansar.
Sertorio insistió tanto en verlo que Antiodemis volvió a asomarse a la habitación. Desde dentro, se oyó la voz del exgladiador. No sonaba tan débil como unas horas antes.
—Que entre, no importa.
Antiodemis asintió. Luego se volvió hacia Sertorio y le hizo un gesto para que pasara.
Justo antes de que cruzara el umbral, lo detuvo un instante, le puso una mano en la barbilla, le alzó el rostro y lo miró a los ojos.
Algo debió de percibir en ellos, porque sonrió con una extraña complicidad.
«Sé lo que ha ocurrido esta noche entre Sierpe y tú», parecía decir.
—Anda, pasa. No lo vuelvas loco con tus preguntas, que te conozco.
Aunque Sertorio visitaba con frecuencia aquella casa, era la primera vez que accedía al dormitorio de Antiodemis.
Su mirada, como siempre que traspasaba un umbral, fuera nuevo para él o ya conocido, recorrió la estancia deteniéndose en cada detalle bajo la luz grisácea que se filtraba por las celosías.
El espejo grande que ella usaba para ensayar no estaba allí, pero había otros dos más pequeños sobre el tocador: uno cuadrado, con la pátina gastada, y otro redondo, sostenido sobre un pie de bronce tallado que representaba a Hermes.
Junto a ellos se desplegaba un pequeño ejército de frascos de vidrio y cerámica que debían de contener aceites, ungüentos y perfumes, además de dos peines de marfil, un cepillo, pinzas y otros utensilios de cosmética.
Aparte de la cama, completaban el mobiliario una silla de cedro con un respaldo primorosamente tallado, un armario de puertas enrejadas, un arcón forrado de cuero con bollones de cobre, más un pequeño mueble con una jofaina y una jarra de agua.
En captar y situar todo esto en el mapa de su cabeza, Sertorio tardó apenas cuatro latidos. Enseguida dirigió su atención a Stígmata.
El antiguo gladiador estaba sentado en el lecho, con una manta hasta la cintura y la espalda apoyada en varios almohadones.
Por la forma en que ocupaba solo un lado del colchón y por las sábanas levantadas en el otro extremo, Sertorio dedujo que Antiodemis no le había cedido la cama, sino que la había compartido con él.
Lo que hubiese ocurrido o dejado de ocurrir entre ellos era otra cuestión en la que, de momento, prefería no pensar.
—¿Qué tal la herida? —preguntó, señalando el brazo derecho de Stígmata, vendado desde el hombro hasta el codo.
—Sierpe la ha cosido mejor que un cirujano.
Bastó escuchar el nombre de la joven para que Sertorio sintiera un calor interno extrañamente placentero. Se sorprendió a sí mismo con una sonrisa que trató de borrar, sin conseguirlo del todo, y con un intenso deseo de interrogar a Stígmata para averiguar más cosas sobre Sierpe.
«No puede saber gran cosa», se dijo. Al fin y al cabo, no la había visto en los últimos quince años.
¿Cómo podía experimentar ese calor que un poeta habría descrito como enamoramiento y, al mismo tiempo, la incomodidad por Antiodemis y Stígmata que otro poeta —o incluso el mismo— habría identificado con los celos?
En lugar de seguir pensando en ello, se concentró en estudiar a Stígmata.
«El hombre que te dio la vida».
Lo primero que le llamó la atención fue la intensidad de su rostro.
Sus facciones se veían muy marcadas, como si un cable maestro le tensara la piel por dentro, resaltándole los pómulos y afilándole la mandíbula.
Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, de modo que la mirada, al salir de sus ojos grises, parecía a punto de chocar con el arco de las cejas.
Aquello le daba un aire de fiera asomando la cabeza desde el borde de una guarida, dispuesta a replegarse en las sombras o a saltar a la menor amenaza.
Aunque la barba de pocos días las disimulaba, las cicatrices que le habían valido el sobrenombre seguían siendo visibles.
Dos líneas gemelas que partían a poca distancia de las comisuras de su boca, se curvaban hacia abajo hasta el borde de la mandíbula y después ascendían hacia las orejas, cuyos lóbulos estaban pegados a la piel sin separación alguna.
Sin ser, evidentemente, bellas, aquellas marcas le daban a su rostro un atractivo entre enigmático e inquietante.
La simetría de ambas era prácticamente perfecta y no se apreciaba vacilación ninguna en el trazado de las curvas.
Quien le hubiera infligido las heridas lo había hecho con un pulso y una precisión sorprendentes, como un pintor manejando un pincel sobre un lienzo de carne.
Stígmata estaba desnudo de cintura para arriba —y acaso también de cintura para abajo—.
Sus músculos no eran tan voluminosos como los de Dagulfo, pero se veían firmes y perfectamente delineados bajo la piel y el vello.
Este no era demasiado abundante. Sobre todo, si Sertorio lo comparaba con la imagen que tenía de su padre cuando se quitaba la túnica y exhibía una hirsuta maleza negra que bajaba hasta la cintura y que subía por los hombros, uniéndose con los pelos de la espalda.
Esperaba no heredar aquel rasgo paterno.
Un cierto vello, como en el caso de Stígmata, confería un aire viril.
La espesura selvática que envolvía el cuerpo de su padre, en cambio, recordaba más bien a un oso o a un mono.
Puestos a escoger, prefería seguir como ahora, con el pecho tan lampiño como el de una doncella.
Aparte de estudiar músculos y pilosidades, el examen del torso de Stígmata le reveló otros dos detalles que llamaron su atención.
El primero era que había girado el colgante del cuello y ahora lo llevaba a la espalda.
Por lo que Sertorio pudo ver la noche anterior, se trataba de una bula como la que él mismo había ofrendado a los dioses al tomar la toga viril.
Que un hombre hecho y derecho conservara aquel amuleto propio de la infancia le resultaba extraño.
Quizá se debía a que Stígmata, como miembro de una profesión infamante, nunca había llegado a celebrar la ceremonia de imposición de la toga.
En cualquier caso, ¿por qué ocultaba ahora el colgante? ¿Existía algún motivo por el que no quería que Sertorio lo viera? ¿Se avergonzaba de conservar aquel vestigio de la niñez?
El segundo detalle era otra cicatriz, una línea blanca y alargada en el costado izquierdo que bajaba desde la tetilla hasta el final de las costillas.
—¿Te la hicieron combatiendo como gladiador?
Stígmata bajó la barbilla para examinar la marca.
—Pensé que no se veía. Berenice la cosió muy bien. —Recorriendo la línea blanca con los dedos, añadió—: Las bridas ya no se notan al tacto.
—La verdad es que casi no se distingue. Es muy fina.
—Tú la has visto.
—Sí.
—Me han dicho que eres muy observador.
«Eso es que Antiodemis le ha hablado de mí».
Pensando que la actriz había mencionado su nombre en una conversación con Stígmata, en lugar de un pinchazo de celos notó el mismo calor interno que antes sintió acordándose de Sierpe.
Qué contradictorio y desconcertante todo.
Mejor seguir interrogando al hombre de las cicatrices.
—¿La herida te la hizo Nuntiusmortis?
El exgladiador entrecerró los ojos.
—¿Qué te hace pensar que fue él?
—Sé que solo perdiste un combate en toda tu carrera, y que fue con Nuntiusmortis. Por eso he imaginado que la herida podía ser esa.
No debía de ser un recuerdo agradable para Stígmata, que no respondió. Pero la curiosidad de Sertorio pudo más que su prudencia, e insistió.
—Sierpe dice que no entiende cómo perdiste el combate. Está convencida de que hubo algo de magia.
Aunque el rostro de Stígmata era más impenetrable que el de la mayoría de la gente, un rictus fugaz reveló que Sertorio había vuelto a meter el dedo en una úlcera sin curar.
No obstante, el exgladiador recurrió al sarcasmo para responder.
—¿Hablas de magia de verdad o de la que utilizasteis anoche?
—Sé que hay algo oscuro en ese hombre. Muy oscuro —dijo Sertorio. Sacudiendo la cabeza, añadió—: Es un hombre malo.
Sonaba a comentario infantil, pero no encontraba una forma más adecuada de describirlo.
Cuando evocaba las tinieblas que anidaban en los ojos de Nuntiusmortis, se le venía a la mente la imagen de Marta, reuniendo todo lo que había de malvado en el mundo para mezclarlo en el caldero de su sótano y, después de cocerlo a fuego lento, extraer la esencia más negra del fondo y verter una gota en cada una de aquellas pupilas sin fondo.
—Hay muchos hombres malos, no solo él —respondió Stígmata—. Entre los que viste ayer al pie de la cruz, Septimuleyo y Servilio Cepión son de los peores.
—¿Cómo sabes que los vi?
—Vuestro escondite no era tan bueno.
Sertorio se alarmó.
—¿Crees que ellos se dieron cuenta de que estábamos allí?
—Ellos no. Si tú y tus amigos sois discretos, nadie sabrá lo que hicisteis.
—Claro que seremos discretos. Hemos hecho un juramento.