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Esa primera noche de sexo, Sertorio se durmió por fin cuando ya se acercaba la hora del galicinio. Mucho más relajado de lo que habría podido esperar junto al cuerpo tibio, y ahora también sudoroso, de Sierpe.
Incluso en sueños, sintió que ella abandonaba el lecho y trató de estirar la mano para agarrarla e impedírselo. Pero el cuerpo no quiso obedecerlo.
Después, cuando Sierpe cerró la puerta tras de sí, alguien más entró en la habitación.
Sertorio sabía que se trataba de un sueño, pero eso no significaba que no fuese real.
Simplemente pertenecía a otro plano de la existencia, la región vasta y cambiante que él había bautizado «país de Óneiros», donde incluso en la oscuridad los ojos de su mente soñante captaban cada detalle bajo una luz preternatural que no proyectaba sombras.
El visitante que se plantó a los pies del lecho no era Quirinio, como en parte esperaba y en parte temía, sino otra vez el hombre de la toga roja.
El mismo que se había presentado la noche anterior, en otra alcoba y ante otra cama, y que con sus palabras —«El hombre que me quitó la vida fue el mismo que te la dio a ti»— había puesto en marcha los acontecimientos.
Gayo Graco.
Antes de que el difunto tribuno pudiera abrir la boca, Sertorio le reprochó:
—Si no me hubieras dicho nada, Quirinio todavía estaría vivo.
—Si no te hubiera dicho nada, el hombre que te dio la vida ahora estaría muerto.
Ese argumento no le sirvió de consuelo. Aunque hubiera salido de la boca de Gayo Graco, no añadía nada a lo que él mismo había razonado en su interior para justificarse por la muerte de su amigo.
¿Aquella aparición pensaba revelarle algo nuevo o iba a limitarse a simples obviedades?
Una pregunta acuciaba a Sertorio. Una que hasta entonces no se había atrevido a hacerle a su visitante nocturno.
—¿Por qué vienes a verme tantas veces? ¿Por qué a mí?
Graco frunció el ceño. Sertorio pensó que le había molestado y que no iba a responderle. En realidad, era más un gesto de concentración para evocar sus propios recuerdos.
¿Cómo funcionaría la memoria de los muertos? Si los recuerdos muchas veces son tenues y huidizos como jirones de niebla, ¿hasta qué punto se deshilachan los de espectros que, de por sí, están compuestos de una materia tan vaporosa como los sueños?
—Eso mismo me preguntaba yo en vida —respondió Graco.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando mi hermano fue asesinado, quise huir de un final violento como el suyo. Me oculté, evité los cargos públicos y fingí ser un ciudadano como cualquier otro. Pero él no dejaba de presentarse en mis sueños, igual que yo me aparezco ante ti ahora.
—¿Te decía algo?
—Al principio, solo me miraba, con gesto severo.
Hasta que una noche me habló: «¿Por qué te resistes, Gayo?
». «¿Qué quieres decir?», le pregunté yo.
«No tienes escapatoria —me respondió—. Las Parcas han decidido por nosotros que llevemos una misma vida y que suframos una misma muerte por servir al pueblo romano».
Entonces comprendí que, por más que me esforzara, no podía resistirme a mi destino. Como tú no puedes oponerte al tuyo.
—¿Y cuál es mi destino?
—Cuando cerraron la boca de mi hermano, yo hablé por él. Cuando cerraron la mía, fue Gayo Mario quien tomó su relevo. Cuando Gayo Mario…
El rebuzno de un asno irrumpió con estrépito en el país de Óneiros y acalló las palabras de Graco. Sertorio sintió esa frustración que lo asaltaba cada vez que comprendía que los dedos de la vigilia tiraban de él para arrancarlo de los brazos de Hipnos.
Era inútil resistirse a ellos.
—Cuando Gayo Mario ¿qué?
Tanto su pregunta como las últimas palabras de Gayo Graco se disolvieron juntas en la nada que, en cada despertar, absorbía el escenario de los sueños como un sumidero implacable.
Ya era de día.
Por las rendijas de la ventana y la puerta se filtraba una luz mortecina. La niebla, al parecer, seguía sin despejarse.
En cualquier caso, no podía haber dormido mucho. Lo notaba en el escozor de los ojos y en cómo le dolían todos los músculos, que en las últimas horas había ejercitado de maneras muy variadas, para rematar en ese mismo lecho.
Cerró los ojos y trató de recordar la sensación de plenitud que lo embargó justo antes de quedarse dormido, al acoplarse contra la espalda desnuda de Sierpe, al notar la tibieza y suavidad de su piel, al acomodar su erección entre las nalgas de ella.
Una erección que ahora regresó mientras, sin abrir los párpados, su memoria se remontaba una hora más en el tiempo y representaba en el teatrillo de su mente lo que ambos habían hecho antes de dormirse.
Lo malo fue que no pudo evitar que sus recuerdos continuaran retrocediendo por sí solos, hasta llegar a aquel momento al pie de la cruz.
Quirinio.
¿Cómo era posible que hubiera pensado antes en Sierpe, la mujer a la que conocía desde hacía apenas unas horas, que en su mejor amigo, al que había visto morir entre sus brazos?
El remordimiento, sin embargo, no duró demasiado.
Sierpe volvió a su mente rápidamente. Habría sido difícil hacerla desaparecer del todo.
El olor de la joven se había quedado pegado a las sábanas, a la manta, incluso a su piel.
Si hubiera estado en su casa y no en la de Antiodemis, probablemente Sertorio se habría dejado llevar por la mezcla de imaginación y recuerdo y, aprovechando la sangre que había vuelto a afluir a su todavía bisoño miembro, habría acabado manchando la ropa que cubría la cama de algo más que del sudor que las impregnaba.
Decidió, en cambio, que era momento de levantarse.