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Sertorio y Sierpe recorrieron de nuevo el camino por el que ya habían transitado dos veces esa misma noche.
En esta ocasión, sostenían entre ambos a Stígmata, que iba prácticamente arrastrando los pies.
Las pocas personas con las que se cruzaban los miraban con gesto de extrañeza, sobre todo por el insólito séquito que los acompañaba, tres perrazos negros y de aspecto fiero que, sin embargo, los seguían mansamente como ovejas detrás del pastor.
Dos hombres que parecían sirvientes de los tresviri , creyendo que a Stígmata le había sentado mal el vino, se ofrecieron a acompañarlos, pero Sertorio y Sierpe los convencieron de que no era necesario.
Cuando llegaron a casa de Antiodemis y llamaron a la puerta, Sertorio comprobó que su predicción había sido acertada.
La actriz no solo los acogió, ordenando a Gayano que abriera la puerta a aquellas horas —todavía más intempestivas que antes—, sino que ella misma relevó a Sierpe para sujetar a Stígmata por el lado izquierdo y conducirlo al interior de la casa.
—Vamos a mi habitación. Lo acostaremos en mi cama.
—¿En tu cama, señora? —preguntó Mírrina, que acababa de salir del cubículo que compartían ella y Trife y traía los cabellos revueltos como una ménade drogada.
—¿Te has despertado con sordera? Venga, espabila y trae vendas, aguja e hilo, ungüento para las heridas y agua caliente. ¡Es para hoy!
Una vez que acostaron a Stígmata y mientras Mírrina se encargaba de reunir aquel material, Antiodemis mandó a Trife que llevara a Sierpe al baño para que se lavara la sangre, que aún le llegaba hasta los codos, y que de paso le diera ropa limpia.
—En cuanto a ti, jovencito —dijo, volviéndose a Sertorio—, tú también te vas a quitar esa sangre, y después te acostarás en la habitación de invitados.
—Prefiero irme a casa.
—Ni se te ocurra. Tienes cara de ir a desplomarte en cualquier momento.
—Yo no estoy herido como él —respondió Sertorio, señalando con la barbilla a Stígmata, que tenía los ojos cerrados y, exhausto o dormido, no se movía.
Antiodemis negó con la cabeza.
—Hay heridas que no se ven y son peores.
—Pero…
—Ni pero ni pera —zanjó la actriz, copiando una expresión de Rea—. Además, no quiero que vuelvas a andar por las calles esta noche, después de lo que ha ocurrido.
Sertorio comprendió que ella llevaba razón.
Podía ser muy peligroso. Había cuatro esbirros de Septimuleyo muertos junto a la cruz derrumbada, más otros tres en paradero desconocido.
Cuando aparecieran los hombres del siguiente turno de guardia y descubrieran lo sucedido, no tardarían en buscar a los responsables.
Por el momento, lo más prudente era no asomarse demasiado por las calles.
Sierpe, que se había aseado tan deprisa que volvía goteando agua, le pidió a Antiodemis que la dejara ayudarla a curar la herida de Stígmata. No se le daba bien coser vestidos, pero había zurcido más de un tajo y más de una puñalada.
—Incluida esta —añadió, levantándose la túnica para enseñarle a Antiodemis una cicatriz en el interior del muslo, medio palmo por encima de la rodilla.
Mientras salía por la puerta para lavarse y retirarse después al cubículo que le habían asignado, Sertorio no pudo resistir la tentación de girarse un instante para mirar, y encontró la breve visión de aquella pierna desnuda extrañamente perturbadora.
Tanto como la expresión de los ojos de Sierpe cuando se cruzaron con los suyos.
Pese al agotamiento, Sertorio no lograba dormirse. Cada vez que estaba a punto de lograrlo, lo asaltaba la imagen de Quirinio cayendo en sus brazos, con esa última mirada de perplejidad y decepción. «Esto no me puede pasar a mí».
Y entonces despertaba.
Pensó en retirarse a su pradera. Aunque no era exactamente dormir, la calma de Limenia le serviría para serenarse.
Lo disuadió el temor de lo que podría encontrarse allí. Y en esta ocasión no estaba pensando en Marta.
Unos meses atrás, la madrugada en que Thot murió, Sertorio lo supo antes de que los esclavos hallaran su cuerpo.
Había entrado en trance para calmar sus nervios después de una noche particularmente movida con los Mirmidones, y al llegar a la pradera se encontró con el gato bebiendo del estanque, rompiendo la quietud de espejo de sus aguas con su lengüecita áspera.
En aquel momento, comprendió que su viejo amigo ya no estaba entre los vivos y que había hecho esa parada para despedirse de él antes de partir adonde fueran los espíritus de los gatos.
Si regresaba ahora a Limenia, ¿lo estaría esperando también Quirinio?
No se sentía con valor para averiguarlo.
En algún momento, por fin, debió de quedarse dormido. No podía haber sido mucho rato. Se despertó al oír un leve rechinar, y cuando abrió los párpados atisbo una rendija de luz bajo la puerta.
Una sombra se dibujó en el umbral.
Por un instante, se preguntó si corría peligro. Después reconoció a Sierpe. A esas alturas, no creía que intentara apuñalarlo.
Ella cerró la puerta tras de sí y avanzó hacia la cama.
Con la ventana y la puerta cerradas, sin lamparillas encendidas y con los carbones del brasero ya moribundos, la estancia estaba sumida en una oscuridad casi total. Incluso para los ojos de Sertorio.
Aun así, los cerró para concentrarse mejor en las demás sensaciones.
Entre el olor de los rescoldos y el de las sábanas limpias que las esclavas habían puesto para él, percibió el de una túnica recién lavada. Natrón y perfume de lirio.
También notó en el aire el desplazamiento de Sierpe, con pasos cortos y sigilosos. Era algo mucho más sutil que si ambos se bañaran en un río y ella agitara el agua contra su cuerpo, y aun así Sertorio lo sentía como una leve presión sobre la piel.
La respiración de la joven se había acelerado. ¿Estaba nerviosa?
Él, desde luego, sí.
Sierpe se hallaba ya tan cerca de la cama que, si Sertorio estiraba el brazo, podría tocarla.
Dos tenues chasquidos metálicos, casi inaudibles, le revelaron que la joven acababa de abrir los prendedores de la túnica. Luego, un levísimo frufrú cuando la prenda se deslizó hasta el suelo resbalando por su piel.
Sertorio sintió en el rostro una corriente de aire tan inmaterial y efímera como la respiración de un espíritu, y al mismo tiempo le llegó a la nariz un aroma de aceite de rosas, mezclado con el olor natural de la propia Sierpe.
Ya lo había percibido horas antes, detrás de la lápida, a pesar de los hedores del pudridero.
¿Llevaba algo debajo de la túnica?
Estaba a punto de averiguarlo.
El propio pensamiento bastó para que una sensación extraña y desconocida atravesara su cuerpo.
Era un calor líquido que partía de sus ijares y se extendía por sus venas y sus músculos.
Sin apenas ser consciente de ello, estiró los brazos y las piernas para rozarse con la sábana que lo cubría y sentir la suavidad del lino en toda la piel.
Se arqueó como un gato y, al hacerlo, casi le dio un tirón en la espalda.
Todo era nuevo, desconcertante.
Ella levantó la manta y se deslizó a su lado.
Sin decir nada.
Solo se oía el crujir del lecho y la respiración de Sierpe, unos jadeos cortos y cada vez más rápidos que provocaron la misma reacción en Sertorio.
Girando el cuerpo hacia él, la joven le cogió una mano y la posó en su cadera desnuda.
Después la guio hacia arriba, recorriendo todo su costado hasta el pecho, y la apretó para que él, a su vez, le apretara a ella la carne tibia y firme del seno.
La punta de este se erizó contra la piel de Sertorio y le hizo cosquillas cuando ella le movió la mano arriba y abajo, obligándolo a acariciarla.
Algo a lo que él no se resistió.
El aliento de Sierpe le rozó la boca.
Y entonces lo besó.
¿Cómo pudo ocurrir aquello precisamente esa noche?
Sertorio se lo preguntaría a la mañana siguiente y, después, muchas otras veces.
Quizá no había otro momento más apropiado. La excitación del peligro, el dolor por su amigo. La convicción de que él mismo iba a morir, primero a manos de Tambal, luego ante los otros tres sicarios.
Todo aquello se había combinado en un afrodisíaco más poderoso que cualquier filtro que hubiera podido elaborar Marta la siria.
O quizá, más probablemente, el verdadero afrodisíaco había sido la piel desnuda de Sierpe.
Sumado al hecho de que, para Sertorio, era la primera vez que hacía el amor, como decían los poetas refinados, o que follaba, como decían esos mismos poetas cuando no querían parecer tan elegantes.
Para ella, en cambio, no era la primera vez. Eso a Sertorio le resultó evidente enseguida.
Mientras se revolvían en diversas posiciones entre las sábanas y la manta —que, acalorados, acabaron tirando al suelo—, no cruzaron ni una palabra. Días más tarde, sin embargo, cuando Sertorio volvió a ver a Sierpe, le preguntó:
—¿Para ti fue tan placentero como para mí?
Otros hombres interrogaban así a las mujeres con las que se acostaban para hinchar su vanidad, convencidos de ser magníficos amantes. Eso, claro está, los hombres a quienes les importaba, no los que se limitaban a usarlas para desahogarse. Que eran bastantes.
En el caso de Sertorio, la pregunta se debía a su curiosidad, tan tenaz como ávida.
Simplemente, quería saber cómo lo había vivido ella.
Suponiendo que la afirmación de Tiresias, el adivino que fue hombre y mujer en épocas distintas de su vida, fuera cierta —«Divide el goce del amor en diez partes, y una será para el varón y nueve para la mujer»—, y tomando en cuenta el intenso placer que él mismo experimentaba al copular, ¿qué no sentiría Sierpe?
La respuesta de la joven fue lacónica.
—No estuvo tan mal.
—¿No estuvo tan mal, por ejemplo, como que te claven alfileres en los ojos, o tan mal como que te hagan comer excrementos de rata?
Ella, al menos, se rio con la ocurrencia, pero no por eso le ofreció más detalles.
Sierpe no le reconocería nunca que no solo no había estado «tan mal», sino que había estado muy bien.
Y aún mejoraría con el tiempo.
Ella, que a diferencia de otras mujeres del clan de Septimuleyo solo se acostaba con quien quería —aunque a veces aceptara algún que otro regalo—, nunca había disfrutado del sexo como empezó a hacerlo con Sertorio a partir de esa noche.
¿Qué tenía él de especial?
Era curioso, activo, atento. Lo que más la sorprendía era la agudeza de sus sentidos, que lo convertía en un amante increíblemente sutil, como si el cuerpo de ella fuera un arpa alejandrina de infinitas cuerdas y él un virtuoso que supiera cuál tañer en cada momento.
Y eso con solo quince años.
Unos meses después, Sierpe averiguó su verdadera edad preguntándole a Antiodemis, que desde aquella noche les ofreció cobijo ocasional para sus encuentros.
No como la típica alcahueta que cobra alquiler a los amantes por dejar que se citen en su casa, sino como una especie de Afrodita protectora de su amorío.
—¿Quince años y ya folla así? —se le escapó al escuchar la respuesta de Antiodemis.
La actriz se tapó la boca para disimular la risa.
El placer que obtenía Sierpe de sus encuentros con Sertorio era tan intenso que procuraba espaciarlos. Cuando se acostaban juntos, sin darse cuenta, se abandonaba totalmente a sus besos y sus caricias.
Eso la hacía sentirse débil.
Un lujo que no se podía permitir.
Por eso, cada vez que follaban —ella prefería llamarlo así, tal vez por hacerlo menos sentimental y más puramente corporal—, se convencía a sí misma de que había sido la última.
Y lo era.
Hasta la siguiente.