Sertorio, el elegido de la diosa blanca 134
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Si aquello hubiera sido un combate de gladiadores y Sertorio hubiese tenido que obedecer a la lógica, habría apostado por los sicarios de Septimuleyo.

A un lado estaba Stígmata. Desnudo, descalzo, armado con una lanza que no era suya y que acababa de recoger del suelo.

Con la espalda marcada por los azotes y los brazos y las piernas por los nudos de las sogas.

Llevaba casi doce horas en una cruz, sin comer y sin beber más agua que la que había podido sorber de una triste esponja.

Contra él se enfrentaban tres hombres armados con espadas y cuchillos, abrigados, descansados y bien alimentados.

Pese a la desventaja, fue Stígmata quien primero entró en acción.

Sin alardes ni florituras. Aquello no era la arena del Foro Boario, donde los contendientes seguían una especie de coreografía, mitad ensayada, mitad improvisada, pensada para alargar los combates y ofrecer a la plebe un espectáculo vistoso.

Aquí no había más espectadores que Sertorio y Sierpe.

Quirinio y Tambal no contaban como tales, aunque sus cadáveres seguían calientes y era posible que sus espíritus merodearan aún por las cercanías antes de emprender el viaje al otro lado del río Aqueronte.

En su primera maniobra, Stígmata atacó al enemigo que tenía por el flanco izquierdo, tirándole un lanzazo que lo alcanzó en la entrepierna y usando el brazo libre para arrebatarle la espada.

Pero, aunque fue rápido, no se hallaba en las mejores condiciones físicas y no pudo evitar que el sicario que se hallaba en el centro, el más alto del grupo, lo hiriera en el hombro derecho.

Al ver que Stígmata empezaba a sangrar y que su mano dejaba caer la lanza, Sertorio pensó que ya no tenía nada que hacer. Si él se hubiera visto obligado a manejar un arma, la que fuera, con la izquierda, su derrota habría sido inmediata.

—Tenemos que ayudarlo —musitó, aunque por el momento sus pies no se dieron por aludidos y siguieron clavados en el suelo.

—Espera —dijo Sierpe, apretándole el brazo—. Ya verás.

Al parecer, el hombre de las cicatrices era igualmente hábil con ambas manos. Y más eficaz todavía con la espada que con la lanza.

El adversario que lo había herido en el hombro levantó su arma para atacar de nuevo y descargó un potente tajo vertical dirigido a la clavícula de Stígmata.

Este, en lugar de bloquearlo con su propia hoja, se ladeó a tiempo y dejó que el golpe pasara de largo.

En el instante en que el brazo de su adversario descendía y la punta de su espada rozaba el suelo, lo golpeó en el antebrazo.

El filo de acero abrió un corte profundo por encima de la muñeca del sicario y le hizo soltar el arma con un grito de dolor.

Aprovechando el impulso, Stígmata embistió a su enemigo con el hombro y lo empujó contra el tercer Laverno.

Este trató de mantener el equilibrio, pero, apenas se hubo librado del cuerpo de su compañero, Stígmata hizo una entrada a fondo, estirando la pierna derecha y doblando la izquierda en una pose perfecta que habría servido para ilustrar un manual de esgrima, y le hundió dos palmos de acero bajo el esternón.

Cuando Sertorio entrenaba en el Campo de Marte con la rudis , Mario, que se había hecho cargo de sus primeras lecciones, solía decirle: «Los galos hieren con el filo. Nosotros, los romanos, lo hacemos con la punta. Una estocada siempre es más difícil de detener y más letal que un tajo».

Stígmata, al parecer, dominaba ambas suertes.

Lo que siguió fue más tarea de matarife que de gladiador.

Una vez que sus adversarios estaban en el suelo, Stígmata se apresuró a rematarlos uno a uno por el mismo orden en que los había derribado.

En los tres casos, les clavó la espada entre las clavículas.

Unicamente el segundo, el que había recibido el tajo en el antebrazo, tuvo fuerzas para implorar clemencia antes de morir.

Solo entonces, por fin, Stígmata apoyó una rodilla en tierra para recuperar el resuello. Pasado el fulgurante estallido de violencia, las fuerzas parecían haberlo abandonado.

Sertorio, que había estado conteniendo el aliento, exhaló y respiró hondo al mismo compás que veía moverse el pecho del gladiador. Mientras asistía a la escena apenas había pestañeado.

Una vez más, el olor a cobre caliente de la sangre le revolvió el estómago.

Pensó en Mario, allá en Numidia. ¿Vomitaría después de una batalla al contemplar el suelo sembrado de cadáveres, entre ellos los de sus propios hombres?

Seguro que no.

Tragó saliva y logró contener las arcadas, aunque el contenido del estómago que estuvo a punto de arrojar fuera le dejó una sensación ardiente en la garganta.

Mientras luchaba contra sus propias reacciones ante la carnicería que acababa de presenciar, Sierpe fue más rápida, corrió junto a Stígmata para sostenerlo y le ofreció su cantimplora.

—¡Estás herido!

Stígmata se pasó la mano izquierda por el hombro, estudió con gesto tranquilo, casi distante, la sangre que le manchaba los dedos y respondió:

—No te preocupes. No será de esto de lo que muera.

Sertorio decidió que él también debería hacer algo útil.

Stígmata no podía seguir desnudo con aquel frío agravado por la humedad de la niebla.

El más alto de los Lavemos era el de talla más parecida al exgladiador, de modo que empezó por quitarle las botas y el cinturón.

Cuando trató de despojarlo de la túnica, que estaba ensangrentada pero, al menos, no tenía desgarrones, comprobó que no era tan fácil desvestir a un cadáver.

Sierpe acudió en su ayuda y, entre ambos, no tardaron en dejar al sicario casi desnudo.

No llegaron a quitarle el subligar, porque Stígmata hizo un gesto que les dejó claro que no pensaba ponérselo.

Considerando que el cuerpo empezaba a oler a algo que no era solo sangre, Sertorio comprendió por qué.

El exgladiador, que parecía haberse repuesto un poco, se quedó con la espada que había usado en el combate y también con la del hombre al que acababan de desnudar. Las guardó en sus respectivas fundas y se las colgó a ambos lados de la cintura.

—Expolios de guerra —se limitó a decir.

—¿Conocías a estos tipos? —preguntó Sertorio.

A él mismo le pareció que su curiosidad estaba fuera de lugar en aquel momento. Aun así, mientras se envolvía en el manto que había dejado caer al principio del combate, el antiguo gladiador le contestó.

—No me suenan de nada. Deben de haber ingresado en los Lavernos cuando yo ya no estaba.

A quien sí conocía Stígmata era a Tambal. Acercándose al nubio, se arrodilló junto a él, le puso la mano en la frente como si fuera una madre comprobando la fiebre de su hijo y, tras musitar una plegaria, le cerró los ojos.

—Yo no quería matarlo. A él no —dijo Sierpe. Al dirigirse a Stígmata, su voz sonaba de pronto más infantil, como si pidiera perdón por haber robado un pastel de la despensa—. No he tenido más remedio que hacerlo.

Stígmata se limitó a asentir y se incorporó, haciendo una mueca al enderezar las rodillas. Qué dolores no estaría sufriendo después de tantas horas en la cruz, se dijo Sertorio, sumadas ahora al violento esfuerzo del combate y la herida en el hombro.

—¿Qué hacemos con los cuerpos? —preguntó Sertorio.

—Dejarlos aquí —respondió Sierpe—. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

—Pero, si Septimuleyo nos relaciona con sus cadáveres…

—Pensarán que he sido yo —dijo Stígmata. Su voz sonaba cada vez más baja y monocorde, como una lira con las cuerdas destensadas.

A quien no podían abandonar allí era a Quirinio. Stígmata se ofreció a llevarlo, pero estaba demasiado débil. Pasado el momento de la acción, caminaba envarado, doblando las rodillas con dificultad, y a ratos necesitaba apoyarse en Sierpe.

Fue Sertorio quien cargó con el cuerpo de su amigo, echándoselo sobre los hombros.

Cuando eran más críos, a menudo jugaban a peleas de caballos con otros chicos del barrio, y a veces era él quien hacía de montura y Quirinio de jinete.

Ahora el peso se le antojaba el doble. No solo porque se trataba de un cuerpo inerte, sino porque él mismo, tras los vertiginosos momentos de exaltación y de miedo, se había quedado tan vacío como un odre exprimido hasta la última gota.

Pensó que así debía de sentirse Atlas sosteniendo la bóveda del cielo.

Pero tenía que hacerlo.

Avanzando entre la niebla, se dirigieron hacia su punto de reunión, la cueva Lupercal. Antes de llegar a ella, a mitad de camino, se toparon con sus compañeros. Preocupados por la tardanza, habían salido a su encuentro sin aguardar a su llegada.

Cuando vieron que venían con Stígmata, estuvieron a punto de prorrumpir en gritos de júbilo por el triunfo de su misión.

Solo fue un instante, el que tardaron en darse cuenta de cuál era la carga que transportaba Sertorio. Atalanta se apresuró a ayudarlo, y Rómulo colaboró con ella para bajar el cuerpo de su amigo al suelo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Horriblius.

Sertorio movió la cabeza a ambos lados, sin saber qué decir, mientras Coto y Gíes se acercaban a olisquearlo y Briareo le lamía una mano, manchada con la sangre de Quirinio.

Tigelio fue el primero que rompió a llorar, con un llanto que, en ese corpachón tan grande, resultaba tan desconcertante que partía el corazón. Horriblius se abrazó a él, tratando de consolarlo, pero lo único que consiguió fue que le contagiara su pena para acabar llorando contra su pecho.

—¡Le he dicho antes que los graciosos también se morían! —sollozó—. ¿Cómo se me ha ocurrido decirle eso?

Sertorio miró a sus Mirmidones de uno en uno, convencido de que iban a recriminarle que los hubiera metido en aquella misión tan peligrosa.

Nadie pronunció palabra durante un buen rato.

Él no lloró. Quizá lo haría más tarde, quizá no.

Ahora no era el momento. Lo más perentorio era decidir cómo actuar a continuación.

Al ver que nadie tomaba la iniciativa, pidió a los demás que se hicieran cargo del cadáver de Quirinio. Mientras tanto, él y Sierpe se ocuparían de Stígmata. Estaba tan débil que por momentos parecía a punto de desmayarse.

—Solo se me ocurre un lugar seguro —dijo Sertorio—. La casa de Antiodemis.

—¿Crees que ella nos abrirá la puerta esta vez? —preguntó Sierpe.

Basándose en la expresión que Sertorio había captado en el rostro de la actriz cuando le habló de Stígmata, estaba casi seguro de que sí.