Sertorio, el elegido de la diosa blanca 133 - Ahora
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A HORA

Mientras seguía esforzándose por cortar la soga apelmazada, Sertorio volvió a alzar la mirada. Stígmata estaba dando, por fin, señales de vida. Había levantado la cabeza y la tenía vuelta hacia la izquierda, en dirección a la puerta Viminal.

Con una voz ronca como cascajo seco, dijo:

—Cuidado.

Sertorio, que seguía cortando entre los pies de Stígmata casi a ciegas, ya que él mismo se tapaba la poca luz que llegaba de la hoguera, pensó que a lo mejor le había dado un tajo sin querer. Se detuvo un instante.

—¿Qué ocurre? —preguntó Quirinio.

Sin responder, Sertorio apartó el pie de Stígmata todo lo que pudo con la mano izquierda para no herirlo y con la otra dio un último corte. ¡Por fin! Los tobillos de Stígmata seguían rodeados por lazos, pero ya no estaban unidos entre sí.

—¡Magnífico! —dijo Quirinio—. Ahora vamos a por esa escalera antes de…

No llegó a terminar la frase.

A la vez que Stígmata volvía a advertir «¡Cuidado!», algo silbó en la oscuridad.

De pronto, Quirinio se arqueó hacia delante como si alguien le hubiera propinado un empujón brutal por la espalda.

Sertorio abrió los brazos para sujetarlo. Al hacerlo, se le cayó el cuchillo. Su amigo, con la cara prácticamente pegada a la suya, intentó decirle algo. Lo único que salió de su boca fue un jadeo áspero, como el de quien recibe un puñetazo en el estómago y se queda sin aire.

Durante un brevísimo instante, Sertorio recordó cómo se habían levantado juntos del suelo el día en que los matones les dieron una paliza. Igual que ahora, Quirinio se había abrazado a él para apoyarse.

Pero esto era distinto. Algo iba mal.

Peor que mal.

Quirinio boqueó, intentando tragar aire. Un gorjeo extraño, ronco y húmedo a la vez, le brotó de la garganta. Una bocanada oscura le manchó los labios y chorreó por la barbilla.

«Sangre». Sertorio comprendió al instante que era eso lo que empapaba su mano izquierda. La derecha, al intentar sostener a Quirinio, se topó con el astil de una lanza y con el engarce metálico de la punta, hundida en la espalda de su amigo.

Los ojos de Quirinio, muy abiertos, estaban fijos en los suyos.

—¡Aguanta! —exclamó Sertorio—. ¡Aguanta un momento! ¡Aguanta, por favor!

Quirinio esbozó una sonrisa, o tal vez un rictus.

Tosió, volvió a escupir sangre y esta vez salpicó la cara de Sertorio.

Por un instante, se aferró a él con más fuerza, apretándole los hombros.

Después, sus dedos se aflojaron, su mirada perdió toda expresión y su cuerpo se convirtió en un peso inerte.

Poco a poco resbaló de entre sus brazos y acabó desplomándose de bruces.

Acompañando la caída de Quirinio, sin fuerzas para detenerla, Sertorio se quedó de rodillas en el suelo.

Sabía que ya no había nada que hacer, pero el instinto le gritaba que no podía dejar a su amigo así, con la lanza sobresaliendo de su cuerpo a modo de mástil. Todavía de rodillas, tiró de ella para extraerla. Era inútil, la hoja se enganchaba en algo duro.

Ese algo eran las costillas. A través de la madera del asta sintió el roce áspero del hierro contra el hueso. El contacto, mezclado con el olor a cobre de la sangre, le arrancó una arcada que casi lo hizo vomitar.

—¡Cuidado! —avisó Stígmata por tercera vez.

Sertorio levantó la vista.

Una sombra emergía de la niebla, trotando hacia él.

Tambal. El hombre que no debía estar allí.

El mismo que acababa de matar a Quirinio.

El nubio llevaba en la mano derecha un machete enorme, apenas más corto que una espada.

Sertorio buscó en el suelo su cuchillo, un arma patética en comparación, y se levantó.

A sabiendas de que no tenía nada que hacer contra aquel enemigo, reculó y se puso en guardia con el puñal por delante del cuerpo.

Tambal refrenó su carrera y se detuvo a un par de pasos.

Primero miró a Sertorio, después a Quirinio.

Aferrando el astil de la lanza, la giró para desengancharla, la arrancó del cadáver con una insultante facilidad y la blandió en el aire, todo ello con una sola mano, la izquierda, mientras en la derecha seguía empuñando el machete.

«¿De qué me defiendo primero?», se preguntó Sertorio. Intentó tragar saliva. Lo único que notó en la garganta fue la acidez del vómito que había estado a punto de arrojar por la boca.

—Son niños, Tambal —dijo Stígmata—. Niños.

El nubio alzó los ojos hacia la cruz. Sertorio dudó. Abalanzarse sobre Tambal aprovechando su instante de indecisión o huir a toda velocidad.

En el primer caso, debería superar el obstáculo del cuerpo de Quirinio, que se interponía entre ambos. Aunque no hubiera sido así, el nubio era un adversario formidable, fuera de sus posibilidades.

Pero, si se daba la vuelta y echaba a correr, su espalda iba a ofrecer un blanco perfecto para la lanza que ya había dado muerte a Quirinio.

No tenía escapatoria.

La tentación de cerrar los ojos, volar lejos de allí y refugiarse en su pradera privada era más intensa que nunca. Sería tan fácil como decirse a sí mismo «¡Despierta!», igual que hacía en sueños cuando lo acechaba alguna amenaza terrible de la que quería escapar.

Pero sabía de sobra que, en sus trances, su cuerpo siempre quedaba atrás, inerme, más vulnerable todavía.

El tiempo pareció congelarse. Sertorio respiró hondo y apretó los dientes.

Mejor morir con una herida de frente.

Se dispuso a atacar.

La niebla se desgarró otra vez. Una segunda sombra se materializó de la nada por detrás del nubio.

Sierpe.

Ágil y silenciosa como un gato, la joven dio un salto y se encaramó a la espalda de Tambal. Mientras con el brazo izquierdo se aferraba a su cuello, con la mano derecha le hincó el cuchillo en la unión entre el hombro y la clavícula.

Esa solo fue la primera estocada.

Si Sertorio hubiera asestado ese golpe, quizá habría girado el arma dentro de la carne para hacer más daño.

Sierpe actuó de otra manera, con una mezcla imposible de precisión metódica y rabia animal, apuñalando una y otra vez a Tambal en el mismo punto, a tal velocidad que resultaba casi imposible seguir el movimiento de su brazo.

Tambaleándose bajo la lluvia de cuchilladas, Tambal dejó caer la lanza y el machete y trató de agarrar el brazo de Sierpe para quitársela de encima.

Ella, aferrada como una remora a un tiburón, siguió clavándole la hoja una y otra vez —¿cuántas puñaladas le había asestado ya, diez, quince, veinte?

—, en un silencio más escalofriante que cualquier grito.

Al ver que no conseguía zafarse, el nubio probó otra táctica y arremetió de espaldas contra la cruz, tratando de aplastar a la joven entre su cuerpo y el poste.

El golpe fue tan violento que el madero entero se estremeció.

Tambal, pese a la sangre que perdía a borbotones, todavía encontró fuerzas para embestir dos veces más.

A la tercera, el suelo de cascajos y tierra suelta donde los Lavemos habían hincado el poste no aguantó más.

La cruz crujió primero y después se vino abajo con estrépito, levantando terrones de arena y gravilla.

Tambal cayó con ella, y Sierpe, que no se había soltado en ningún momento, quedó atrapada entre su cuerpo y el madero.

Todo ocurrió tan rápido que Sertorio apenas tuvo tiempo de reaccionar. El nubio se convulsionó una, dos veces más, y, por fin, se quedó rígido. Debajo de él, Sierpe apenas se movía, aturdida por el golpe.

«Tengo que ayudarla», se dijo Sertorio.

Apretó con fuerza el puñal, dispuesto a clavarlo en el cuerpo a Tambal si este hacía el mínimo ademán de moverse, y se acercó a la cruz derribada.

En ella Stígmata, con los pies ya desatados, tenía el cuerpo torcido en un escorzo extraño, la cintura y las piernas giradas a un lado, los brazos aún amarrados al travesaño.

Tras la caída, su cabeza se hallaba prácticamente al borde de la zanja del pudridero.

Las sorpresas no habían terminado. Una voz gritó a su espalda:

—¿Qué está pasando aquí? ¡Tú, no se te ocurra moverte!

Pese a la orden, Sertorio se dio la vuelta para mirar.

Primero distinguió un resplandor difuso que oscilaba en la niebla.

El resplandor no tardó en dividirse para convertirse en dos antorchas que abrían un claro tembloroso entre la bruma.

De aquel resplandor brotaron unas sombras que se convirtieron primero en siluetas y, después, en cuerpos de contornos más nítidos.

Eran tres hombres. Dos de ellos portaban teas, y el tercero avanzaba un paso más atrás. Se acercaban por el camino que venía del sur, desde la puerta Esquilina.

No eran los vigilantes que habían huido despavoridos una eternidad antes, cuando Quirinio seguía vivo y Sertorio aun creía que todo podía a salir bien.

Pero eran Lavemos, de eso no cabía duda.

El relevo había llegado antes de lo previsto. Sertorio contaba con que los Lavemos se atuvieran a una organización estricta, casi militar. Por desgracia, el clan de Septimuleyo no era el ejército.

Los tres hombres venían embozados y arrebujados en gruesos mantos. Los abrieron al mismo tiempo, como si ejecutaran una danza siniestra, y desenfundaron sus armas. Un cuchillo tan largo como el de Tambal y dos espadas de legionario.

Al menos, no llevaban arcos ni jabalinas. Si giraba sobre sus talones y huía ahora mismo, Sertorio aún tenía alguna posibilidad de perderse entre la niebla y alcanzar el refugio de la gruta Lupercal.

Pero eso significaba dejar atrás el cadáver de Quirinio.

Y abandonar a Sierpe, que acababa de salvarle la vida.

Los tres hombres avanzaron hacia él con cautela, desplegándose en abanico para atacarlo por los flancos y de frente.

Sertorio flexionó las rodillas, arqueó la espalda y abrió los brazos.

Sin ser consciente de ello, estaba actuando como Thot cuando erizaba el lomo para parecer más amenazador.

Incluso levantó el labio superior, mostrando los colmillos con un gruñido feral que hizo que le vibrara el paladar.

Llevaba ya un tiempo entrenando con otros futuros soldados en el Campo de Marte.

Allí blandía una espada de madera y se protegía el cuerpo con un escudo de mimbre.

Ahora, lo único que podía interponer entre los hierros de sus adversarios y su propia carne era una fina hoja de diez dedos de longitud.

Los tres Lavemos seguían abriendo su formación. Los dos de las antorchas se las arrojaron a Sertorio, que tuvo que apartarse a un lado para que una de ellas no lo alcanzara. Las chispas prendieron unos hierbajos junto a sus pies. Los aplastó a pisotones y retrocedió.

—Ten cuidado, chico, no te quemes —dijo uno de ellos, con una sonrisa torva. Los otros dos rieron entre dientes.

Era obvio que no lo consideraban una amenaza.

No tenían razones para ello.

Incluso en esas circunstancias, Sertorio era incapaz de dejar de prestar atención a todos los detalles. El diseño de las armas, la forma en que las hojas reflejaban las llamas conforme se acercaban a las antorchas que habían tirado.

Sus rostros, sus cuerpos. Sus estaturas.

Uno de ellos era alto y espigado, con los labios gruesos, los ojos estrechos y el cabello encrespado. Los otros dos eran algo más bajos que Sertorio, uno calvo, de barriga prominente y piernas flacas, mientras que el tercero, al que le faltaba media oreja, exhibía una complexión de atleta.

Cualquiera de ellos parecía capaz de matarlo. Y, después, volverlo a matar dos veces más.

Sertorio retrocedió un paso, y luego otro. «Cuidado», se dijo. Si seguía cediendo terreno sin mirar atrás, podía acabar tropezándose con el cuerpo de Tambal.

A su espalda oyó un leve movimiento. ¿Sierpe? ¿Se había recuperado?

Los tres sicarios se detuvieron.

Y dejaron de sonreír.

Sertorio sintió unos pasos detrás de él. Una mano dura y fría como mármol se posó en su hombro.

—Échate a un lado.

No era la voz de Sierpe.

El hombre de las cicatrices apartó a Sertorio con suavidad.

Después dejó caer el manto con el que lo había abrigado Tambal y avanzó lentamente hacia los tres sicarios.

En la mano derecha empuñaba la lanza del nubio, que acababa de recoger del suelo.

Su paso mullido y silencioso, la aparente relajación de sus gestos y la manera en que sus músculos se dibujaban bajo la piel desnuda en cada movimiento hicieron que Sertorio volviera a acordarse de Thot, y de cómo el gato podía pasar de la quietud absoluta a la acción fulgurante en una décima de latido.

Sertorio reculó un par de pasos más. Al hacerlo, casi se chocó con Sierpe. La joven empuñaba su daga. «Vespa», la llamaba. La avispa que había aguijoneado de muerte a Tambal. A diferencia del puñal de Sertorio, su hoja, ennegrecida de sangre, no brillaba a la luz de las antorchas.

Sus ojos, en cambio, sí. Abiertos de par en par, relucían de fervor mientras miraba a Stígmata, como si el hombre de las cicatrices fuera el dios único de su religión.

—Tenemos que ayudarle —susurró Sertorio.

—Le estorbaríamos —respondió ella, sin apartar la vista de Stígmata.

—Hace un momento estaba crucificado. ¿Cómo va a enfrentarse a esos hombres?

En las pupilas de Sierpe, dilatadas hasta devorar los iris, se reflejaban dos diminutas llamas.

—Tranquilo. Es Stígmata.

«El hombre que me quitó la vida fue el mismo que te la dio a ti», se dijo Sertorio.

Ahora, ese hombre del que le había hablado Gayo Graco se disponía a arrebatar más vidas.