Sertorio, el elegido de la diosa blanca 132
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Mientras sus compañeros permanecían más alejados, aguardando el momento de entrar en escena, Sertorio se acercó a la cruz con cautela, prácticamente reptando, hasta distinguirla como una sombra gris recortándose contra la niebla.

Esta era tan densa a ras de suelo que ocultaba la base del madero, de manera que la cruz parecía flotar, suspendida en un mundo donde solo existían ella y, un poco más lejos allá, el resplandor vacilante de la hoguera y los bultos difusos de los Lavemos.

Desde allí, podía escuchar sus conversaciones.

Al cabo de un rato, juzgando por lo estentóreo de las risas y el tono quebrado de las voces, comprendió que la mixtura de vino y extracto de hongo ya estaba haciendo efecto.

No era la típica embriaguez que tan bien conocía desde niño por culpa de su padre, sino un estado de alteración diferente, más excesivo, más imprevisible.

Necesitaba comprobarlo de cerca para saber en qué momento dar la orden. Si sus compañeros se precipitaban, sus vidas correrían peligro.

Reptó un poco más, confiando en que, gracias a su aguda visión nocturna, distinguiría a aquellos hombres antes de que ellos advirtieran su presencia. Al llegar junto a una estela rota, la última antes de la zanja del pudridero, se detuvo y aguardó allí tendido.

Aunque los Lavemos seguían siendo perfiles borrosos, ahora pudo leer mejor sus gestos.

Cada vez hablaban de una forma más extraña, y se reían con carcajadas que no sonaban naturales.

Había uno de ellos que no hacía más que levantarse, pero enseguida se tambaleaba como si estuviera en el puente de una nave azotada por las olas y volvía a caer sentado.

Otro se arañaba los brazos con furia, tratando de arrancarse unos parásitos invisibles.

El tercero giraba en redondo, primero en un sentido y luego en otro, igual que una peonza desquiciada.

El cuarto, el inconfundible Tambal, se acababa de acercar a la cruz y estaba levantando en alto su lanza.

Sertorio temió que su intención fuera herir a Stígmata, lo que habría dado al traste con sus planes.

Otro de los Lavemos gritó algo con una voz ululante, deformada, como si por momentos hablara desde el fondo de una alberca.

Al final de la frase, entendió Sertorio, había dicho «ni una gota de agua».

La punta de la lanza se veía extrañamente roma, como si Tambal la hubiera cubierto con una de las bolas de cuero que se usaban para embotar los pila en los entrenamientos. Cuando la acercó a la boca de Stígmata, este inclinó la cabeza hacia ella y la mordió.

No era una bola, comprendió Sertorio, sino una esponja. El nubio se había apiadado de su antiguo camarada y le estaba dando de beber.

¿Y si esa compasión lo llevaba más lejos, hasta asestarle el golpe de gracia que a veces se concedía a los reos cuando se consideraba que ya habían sufrido bastante?

Sertorio prefería no arriesgarse. Era el momento de actuar. Mientras retrocedía reptando para alejarse de allí, ululó tres veces como un autillo.

Aquella era la señal.

La primera en entrar en escena fue Atalanta, transformada en criatura infernal, una mezcla de Furia y Gorgona.

En lugar de máscara, llevaba un maquillaje que distorsionaba sus facciones hasta volverlas irreconocibles.

El efecto más llamativo de su disfraz, y también el toque maestro, era la peluca, compuesta de largas trenzas de estopa pintadas imitando escamas de serpientes y reforzadas con varillas metálicas para que, en lugar de colgar, se levantaran como si tuvieran vida propia.

Algunas, las más rígidas y separadas del cuero cabelludo, terminaban en mechas embadurnadas de resina de pino mezclada con polvo de carbón, que al arder lentamente se consumían como brasas colgantes, balanceándose en la niebla al son de los movimientos de Atalanta.

La reacción fue inmediata. Nada parecido a las burlas que había temido Sertorio, ni siquiera a los típicos murmullos de admiración del teatro, los «oooooh» y los «aaaaah» tan habituales cuando un deus ex machina sobrevolaba el escenario.

Los gritos que brotaron de las gargantas de los Lavemos eran de auténtico pavor.

Si antes sus movimientos erráticos demostraban que la droga de Marta surtía efecto, ahora parecían poseídos, como celebrantes de un rito dionisíaco que se hubiera descontrolado del todo para convertirse en un frenesí de locura y horror.

El pánico creció con la aparición del Cíclope. Horriblius, montado a hombros de Tigelio, lanzaba amenazas en lengua celta que Sertorio le había hecho memorizar y que, amplificadas por la máscara, sonaban a rugidos monstruosos.

Aquello aún no había terminado.

Rómulo y Remo, sin disfraz, se cubrieron con capuchas negras y comenzaron a hacer malabares con antorchas, sin dejar de moverse a ambos lados, acercándose, alejándose e incluso brincando mientras lanzaban las teas llameantes al aire y las volvían a recoger.

Sertorio no podía saber qué veían los Lavemos bajo el trance del vino y el extracto de hongo, pero sospechaba que les debía parecer que las estrellas del cielo se estaban precipitando sobre sus cabezas, inflamadas como el carro de Faetón.

Los gritos se volvieron cada vez más histéricos.

Sertorio, que ya se había retirado a una distancia prudencial, se levantó y corrió hacia Quirinio.

Su amigo le confesó en susurros que, de no haber sabido que se trataba de sus camaradas, habría vaciado las tripas allí mismo. «Por arriba y por abajo», añadió.

—¿Pasamos al epílogo? —preguntó.

—Pasamos al epílogo —respondió Sertorio.

Quirinio le entregó la correa con que había mantenido sujetos hasta entonces a los perros de Antiodemis. Sertorio se agachó tras ellos, los apretó con la trailla para que se movieran como un solo cuerpo y susurró:

—Adelante, amigos, todos juntos. Despacio, despacio.

Los adiestradores de animales, acostumbrados a un repertorio seco y preciso de voces de mando, se sorprendían de que Sertorio hablara con las bestias como si fueran personas y de que ellas —fueran perros, caballos o mulos— obedecieran a los matices de su voz.

Algunos se enojaban, por envidia o por incomprensión, mientras que otros le preguntaban cuál era su secreto.

Él se limitaba a encogerse de hombros. «No lo sé».

La vieja Tifilnia afirmaba saberlo.

Velvinie makhatr.

Magia animal.

Fuera cosa de magia o de una afinidad natural entre Sertorio y los animales, los tres perros avanzaron hacia la hoguera, despacio y sin separarse, como se les había indicado.

Ahora Sertorio sí estaba seguro de lo que los sicarios de Septimuleyo creían ver.

A través del velo de la bruma y de las llamas, para ellos los tres canes no eran perros individuales, sino que se habían fundido en una sola criatura infernal.

Cerbero, el guardián del Hades.

«Cuando el enemigo huye, ponle una alfombra de púrpura», rezaba un dicho militar. Previendo la desbandada de los Lavemos, Sertorio había instruido a sus compañeros para que despejaran un corredor muy amplio, abierto hacia el norte.

Como remate de la actuación, Sertorio y sus Mirmidones empezaron a proferir maldiciones y amenazas en todas las lenguas que conocían. Latín, griego, celta, samnita. Incluso unas palabras en etrusco.

El mensaje de todas ellas se resumía en lo mismo.

«Fuera de aquí».

Y funcionó. Los hombres de Septimuleyo salieron corriendo entre gritos de pavor y no tardaron en desaparecer entre la niebla.