Sertorio, el elegido de la diosa blanca 131
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Cuando Sertorio y Sierpe salieron de la Torre Mamilia por la misma ventana por la que habían entrado, la bruma ya empezaba a caer sobre la ciudad. A modo de comitiva fantasmal, los estuvo siguiendo mientras desandaban el camino, arrastrándose tras ellos por las calles y las encrucijadas.

—Esta niebla nos vendrá bien —dijo Sierpe, que caminaba detrás de Sertorio, tocándole la espalda de vez en cuando para no perder el camino en aquella calígine cada vez más condensada—. Será más difícil que nos descubran.

—Eso significa que los dioses apoyan nuestra causa —respondió Sertorio. Se trataba más de un deseo que de una constatación.

Cuando llegaron a casa de Antiodemis, los Mirmidones, con la ayuda de la actriz, ya tenían preparado el material para su pequeño espectáculo.

Faltaba el detalle que convertiría la farsa en una representación a lo grande.

Gulud, el criado gétulo de Antiodemis, cogió el odre de más capacidad que guardaban en casa y lo llenó de vino.

—No es el mejor que tenemos —dijo el mayordomo, Procopio, que observaba los preparativos con su habitual cara de estatua.

—Ni falta que hace. Lo importante es que esté bien especiado para disimular el sabor de esto.

Sertorio abrió el frasco que había traído de casa y espolvoreó en el pellejo una dosis prudente de su contenido.

Después se lo pensó mejor y añadió un poco más.

La cuestión no era ser cautelosos, sino eficaces.

Tras encajar bien el tapón, agitó el odre con brío para que el polvillo de color marfil se disolviera bien.

Salieron de la domus cargados con toda la utilería.

Y acompañados por los tres perros, a los que conducía el propio Sertorio con una trailla triple.

La niebla no dejaba de espesar. En cierto momento, se vieron obligados a agarrarse de las manos y formar una hilera detrás de Sertorio, que avanzaba en vanguardia reconociendo el camino. Llevaban aún más antorchas que antes, pero no las encendieron todavía para no delatar su presencia.

Un carretero que acababa de entrar por la puerta Viminal se cruzó con ellos. Sobre su vehículo cabeceaban seis tinajas enormes, ceñidas con aros de hierro. En sus panzas, pintado en rojo, se leía: PISCES·VIVI [47] .

Al ver a Sertorio y sus amigos, el conductor soltó una maldición y azuzó a los bueyes con la aguijada.

Los animales apretaron el paso, las ánforas tintinearon y se oyó cómo dentro de ellas chapoteaba el agua donde nadaban los peces destinados al mercado.

El pobre diablo, a juzgar por la forma en que torció el cuello a un lado mientras se tapaba la cara para no verlos ni ser visto por ellos, debía de haber pensado que se había topado con una procesión de espectros.

Sertorio quiso creer que era una buena señal. Sin necesidad de recurrir todavía a drogas, habían conseguido asustar a alguien.

Una vez en el Esquilmo, se internaron en una zona de tumbas que, sin ser tan lujosas como los hipogeos que las familias nobles construían junto a la vía Apia, al menos resultaban más dignas que la fosa común del puticulum .

Allí se alzaban estelas y cipos que brindaban buenos escondites.

Se hallaban a unos treinta pasos de la cruz.

Distancia que Sertorio calculaba por su conocimiento de aquel paraje, ya que la niebla apenas dejaba ver cinco palmos más allá.

Había llegado el momento de empezar la representación.

El primero en entrar en acción, al modo de los mensajeros de las tragedias que presentaban el argumento a los espectadores, fue Tigelio.

El más alto y corpulento de los Mirmidones era también quien mejor podía hacerse pasar por lictor.

Para evitar que más tarde lo delataran sus cabellos rubios y su tez pálida, Antiodemis en persona lo había maquillado para oscurecerle la piel, complementando el disfraz con una peluca y una barba, negras y rizadas, que ella misma había usado en un mimo sobre Tiresias, el adivino ciego que nació hombre y por un tiempo fue mujer.

Como remate, para deformarle aún más los rasgos, le rellenó la boca con trocitos de trapo que debía mantener apretados contra las mejillas y entre los dientes y el labio superior.

—¡Listo! Ahora pareces otro.

Las fasces eran obra de la mañosa Atalanta, que cortó unos palos a la medida justa y los ató con cintas rojas. Como detalle adicional, había colocado entre las varas un hacha.

—¿Seguro que tengo que llevar el hacha? —había preguntado Tigelio.

—Si te lo cuestionan, les dices que fuera del pomerio sí —respondió Sertorio.

Aun disfrazado, el papel de Tigelio seguía siendo el más arriesgado. Tenía que acercarse a los Lavemos que vigilaban la cruz y convencerlos de que el vino que llevaba era un regalo del cónsul Quinto Servilio Cepión.

—¿Y si alguno me tira de la barba y descubre quién soy?

—No lo harán —dijo Sertorio.

—¿Y si lo hacen?

—No ocurrirá.

Y no ocurrió. Sertorio, que se acercó lo suficiente para escuchar sin ser visto, comprobó que los Lavemos se tragaban el cebo junto con el anzuelo y el sedal.

Tigelio estuvo espléndido. «Antiodemis habría estado orgulloso de mí», se ufanó más tarde.

Al retirarse, no obstante, los nervios lo traicionaron un poco y poco faltó para que echara a correr antes de tiempo.

No lo hizo. Y solo cuando estuvo bien lejos de la vista se permitió detenerse para vomitar todo lo que había comido y bebido en la taberna de Faustino.

La tensión siempre le afectaba al estómago.

Después, Tigelio tendría que volver a entrar en juego, esta vez convertido en la mitad inferior de un cíclope. Encaramado a sus hombros, Horriblius se pondría una máscara con un solo ojo y una boca enorme y sanguinolenta, que la compañía de Antiodemis había utilizado en su obra Ulises y Polifemo .

—Igual les darías más miedo sin la careta —le dijo Quirinio mientras preparaban el tinglado.

—¿Has oído ese rumor que asegura que los graciosos también se mueren? —respondió Horriblius.

Cubiertos ambos con una larguísima túnica negra, improvisada a partir de un telón, y con dos palos que Tigelio debía mover por debajo del disfraz a modo de brazos, podían dar el pego.

Pero solo en el teatro, donde los espectadores aceptaban de buen grado la ilusión.

La única forma de que la audiencia a la que estaba destinada aquella obra dejara en suspenso su incredulidad era el extracto de hongo psicagógico que Marta le había dado a Sertorio justo un año antes.

El joven confiaba en que la advertencia de la adivina estuviera justificada.

—Bajo ningún concepto debes mezclarlo con vino —le había dicho ella cuando Sertorio, por fin, se resignó a aceptar su regalo.

—¿Por qué?

—Si lo haces, en lugar de ascender a las esferas superiores de la existencia, recibirás visiones espantosas. Todo lo que veas y oigas se deformará de una manera tan grotesca, tan ajena a la razón humana que puedes llegar a enloquecer de puro terror.

—¿Como le ha pasado a Kiru? —preguntó Sertorio, mirando de reojo a la esclava cuya mente acababa de ser destruida por el experimento de su ama.

—Lo que le ha ocurrido a ella ha sido por contemplar una verdad para la que la mente humana no está preparada.

Lo que sucede si el sombrero de Casandra se diluye en vino o se mezcla con drogas es distinto.

En lugar de ascender a las alturas de la realidad prístina, el alma se hunde en sí misma, en sus propias mentiras y, sobre todo, en sus miedos. ¿Hay cosas o seres que te den miedo?

—Claro —reconoció Sertorio.

«Tú, por ejemplo».

—Pues imagina que esos seres crecen y se multiplican, como si una de esas culebras que tanto asco le dan a tu madre…

¿Cómo demonios sabía eso?

—… se convirtiera en una hidra escupiendo veneno. Eso es lo que le ocurrirá a quien, de forma consciente o inadvertida, mezcle el sombrero de Casandra con el jugo de Dioniso. Que sus temores se convertirán en monstruos, y esos monstruos los devorarán desde dentro.

Monstruos imaginarios devorando la mente de otros monstruos reales, los sicarios de Septimuleyo.

Pura justicia poética.

Solo quedaba averiguar si la mezcla funcionaría.