Sertorio, el elegido de la diosa blanca 130
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Después de decirle a Gayano que abriera la puerta al resto del grupo, Antiodemis los acompañó a la bodega. Allí, desde que se había convertido en directora de su propia compañía teatral, guardaba túnicas, mantos, máscaras, postizos, zancos y todo tipo de atrezo.

Mientras los demás rebuscaban entre el utillaje y se probaban ropajes y aditamentos varios, Sierpe se limitaba a observar con los brazos cruzados. Ella no iba a disfrazarse. Sertorio había insistido. «Te conocen demasiado bien y podrían descubrir quién eres».

Cuando Sertorio dijo a los demás que tenía que marcharse, y que aguardaran hasta su regreso, Sierpe se acercó a él y le preguntó:

—¿Adónde vas?

—Aún hay otra cosa que necesitamos. Sin ella, esta fiesta de disfraces no nos servirá de nada.

—¿Y qué es esa cosa tan importante?

—El sombrero de Casandra.

—¿Un sombrero? Aquí tienes sombreros y gorros para elegir, todos los que quieras.

—Se llama así, pero no se trata exactamente de un sombrero. Es algo que me dio Marta.

Al oír ese nombre, los ojos de Sierpe se agrandaron durante un instante fugaz.

—¿Has dicho Martia?

—No, Marta. La adivina siria.

La joven desvió la mirada a un lado, como evocando un recuerdo.

«También conoce a Marta», comprendió Sertorio.

¿Había algo que no estuviera enmarañado en aquella madeja?

—Voy contigo —dijo Sierpe.

—Es mejor que te quedes aquí.

—De noche, las calles son peligrosas para una sola persona.

—Son casi igual de peligrosas para dos.

Sierpe volvió a sacar el cuchillo. Esta vez, en lugar de usarlo para acabar con una escolopendra, lo hizo girar ante los ojos de Sertorio en un malabar vertiginoso y se lo guardó de nuevo con la misma rapidez con que lo había desenvainado.

—No si yo soy una de esas dos personas.

—¡Guau! Si te dejo venir conmigo, ¿me enseñarás a hacer eso?

La joven frunció las cejas, como si le hubiera sorprendido su petición. Después bajó la mirada y murmuró con voz casi inaudible:

—«Serás su maestra».

—¿Maestra? ¿De quién? ¿Mía?

—¿Me has oído? ¿Tienes orejas de ciervo o qué?

«No, pero un antojo en forma de cierva sí», pensó Sertorio, y respondió:

—Cuando el árbol que hay al otro lado de mi ventana deja caer las hojas en otoño, me desvelo.

—No me cuentes trolas.

Sertorio se encogió de hombros.

—Como quieras. Pero dime, ¿qué significa «serás su maestra»?

—Fue algo que me dijo alguien hace mucho tiempo.

—¿Quién?

Sierpe sonrió. Cuando lo hacía con sinceridad y se le marcaban los hoyuelos, más que joven parecía una niña entre traviesa y adorable.

Una niña que, eso sí, manejaba el cuchillo como un sicario profesional.

—Cuando tenga suficiente confianza contigo, te lo contaré.

Tras salir de la domus de Antiodemis, se encaminaron hacia la Torre Mamilia.

Por el camino se cruzaron con varios grupos y hasta con un par de transeúntes solitarios, todos provistos de teas o, al menos, dé linternas.

Ellos dos, en cambio, marchaban sin luz.

Aunque Gayano les había ofrecido una antorcha, Sertorio le había asegurado que no la necesitaban.

La luna, casi llena, se alzaba tras ellos mientras descendían hacia las Fauces de la Subura y, de allí, al Argileto.

Incluso cuando su resplandor azogado se perdía en los callejones más estrechos, Sertorio seguía avanzando con paso seguro.

Conocía bien aquel barrio y, además, en la noche se sentía en su elemento, como un caballo en la llanura o un ciervo en el bosque.

La luz del sol en un día despejado lo obligaba a entornar los párpados, mientras que en la oscuridad veía con una nitidez que a los demás les parecía sorprendente.

Lo sorprendente, para él, era que al resto de la gente no le pasara igual.

Sierpe, pese a su suficiencia habitual, le pidió que fuera un poco más despacio. Él se volvió, la tomó de la mano confiando en que no le cortara los dedos con su cuchillo por tal atrevimiento, y tiró de ella.

—Cuidado ahí —la advirtió cuando estaba a punto de pisar una bosta de buey ya aplastada por los pies de transeúntes menos precavidos.

—¿Cómo puedes ver por dónde andas? ¿Además de orejas de ciervo, tienes ojos de lechuza?

—Según mi madre, son más bien ojos de gato.

Cuando se detuvieron ante la Torre Mamilia, Sierpe le preguntó:

—¿Tú vives aquí?

—Así es. —Señalando a la ventana de la esquina izquierda, que se alzaba una planta por encima de la calle—: Esa es mi casa.

—Ahí vivía Antiodemis.

—Vaya, qué de información tienes.

—Conozco Roma como la palma de la mano.

La chica parecía tener una memoria excelente para recordar cada frase que él pronunciaba y devolvérsela en el momento oportuno. Más que molesto, a Sertorio le resultaba divertido.

En lugar de probar la puerta principal, rodearon el edificio subiendo por la cuesta del Erizo.

Al doblar la esquina siguiente, la primera ventana que había era la de su alcoba.

Según le había contado Antiodemis, durante años fue el dormitorio de Procopio, su mayordomo.

«Hasta que ocurrió cierto incidente nocturno, no nos dimos cuenta de que por ella se podía colar cualquier intruso».

Después de aquello, Antiodemis le pidió al casero que instalase una reja.

Pero, como la asustaba la idea de quedar encerrada en caso de incendio y no poder salir por allí, encargó que los barrotes se pudieran abrir y cerrar mediante un candado cuya llave tenía siempre a mano, en una mesita junto a la ventana.

Cuando se mudaron a la Subura, Rea decidió guardar esa llave en su propia habitación, al otro lado del apartamento. Sertorio no había tardado en procurarse una copia para sus escapadas, tanto las diurnas como las nocturnas.

—Mi madre está fuera de Roma. Pero tampoco hace falta que los criados se enteren de mis andanzas —explicó, mientras hurgaba dentro del monedero.

—Y menos si son andanzas como estas —dijo Sierpe—. ¿Qué estás buscando?

—La llave del candado. ¡Por mil lamias! No la encuentro.

Se desató la bolsa del cinturón y rebuscó entre las monedas, la yesca y el pedernal que siempre llevaba consigo. ¿Cómo podía ser tan idiota de haberse olvidado la llave en casa? ¿Iba a fracasar su plan por un detalle tan nimio y, al mismo tiempo, tan estúpido?

No le hacía ninguna gracia tener que llamar a esas horas y sacar de la cama a Numerio, el portero de la pierna de palo.

No era tan cotilla como la mayoría de sus colegas de oficio, pero tampoco podía decirse que, a la hora de guardar secretos, fuese un sarcófago.

Y menos después de las dos primeras copas de tinto.

—Si me dejas a mí, creo que puedo ayudarte.

—¿También sabes usar el puñal para abrir cerraduras?

—Para eso tengo herramientas más delicadas.

La joven abrió su propia bolsita y sacó de ella una ganzúa y unos alambres. En menos tiempo del que tardaba Sertorio en memorizar una estrofa sáfica, ya tenía abierto el candado.

Se colaron por la ventana sin grandes dificultades.

Una vez en la habitación, Sertorio, sin molestarse en encender una lámpara o una vela, buscó entre sus cosas.

La llave no estaba donde podría haberla dejado, lo que le hizo temer que no se le había olvidado, sino que se le había caído al pagar en la taberna de Faustino.

—¿Qué es ese ruido que suena? ¿Alguien se dedica a aserrar árboles a estas horas?

—Es Dagulfo —respondió Sertorio—. Cuando duerme boca arriba, ronca así de fuerte. No creo que tarde mucho Edetana en levantarse y ponerlo de lado. Pero no creas que es tarea fácil.

—¿El hombre que oye las hojas caer puede dormir con ese estruendo?

—He conseguido acostumbrarme con los años. Incluso me adormece.

—Como nana, las he oído mej…

—Chssss. Oigo algo más.

Se quedaron callados y quietos durante unos instantes.

Por la rendija de la puerta se filtró una tenue luz.

Sertorio, que conocía los ritmos y los sonidos de cada habitante de la casa, comprendió que no era Edetana quien caminaba por el pasillo, sino Polión.

Con un leve rechinar, el esclavo abrió la puerta del cuarto de Dagulfo.

Se oyeron algunos gruñidos, un par de maldiciones en voz baja y, por fin, los ronquidos dejaron de sonar.

Instantes después, la ranura de luz desapareció y todo volvió a un silencio que, para Sertorio, era siempre relativo.

—Y yo que creía que Búfalo roncaba fuerte —murmuró Sierpe.

Sertorio abrió el arcón que tenía junto a la cama y, rebuscando en el fondo, no tardó en encontrar el Frasquito de vidrio de Marta.

Mientras recolocaba los objetos que había removido dentro del baúl, Sierpe se inclinó sobre él.

Al hacerlo, apretó los senos contra el hombro de Sertorio.

Eran pequeños, sí, pero no dejaban de ser pechos femeninos.

Al sentir el contacto, las pulsaciones se le aceleraron un poco.

¿Lo habría hecho a propósito?

—¿Ya tienes lo que buscabas? —susurró ella. Su aliento le hizo cosquillas en la oreja, pero eso por sí solo no podía explicar la forma en que se le acababa de erizar el vello de la nuca—. Yo no veo nada.

—Ojos de gato, recuerda —dijo con el tono más frío que pudo para disimular su turbación.

Cuando Sertorio iba a guardar el frasco en la bolsa, Sierpe le puso algo en la mano. No necesitó mirar para darse cuenta de lo que era.

La llave.

—Se te había caído.

—Entre tus dedos, ya veo. ¿Cuándo me la has quitado, que ni me he enterado?

—¿No has oído que los magos no revelan sus trucos? Si tú tienes ojos de gato y oídos de ciervo, yo tengo dedos de comadreja.

—De una forma o de otra, ya veo que puedes entrar en mi dormitorio siempre que quieras.

—¿Eso también te va a quitar el sueño, como las hojas en noviembre?

Sertorio tragó saliva, tratando de alejar una imagen que no era la más oportuna si quería mantenerse concentrado en su plan.

Sierpe colándose por la ventana en la noche, acercándose a su cama, soltándose los cierres de la túnica…

Corrió el telón sobre esa fantasía. Se acercaba el momento de representar otra.