Sertorio, el elegido de la diosa blanca 129 - Unas horas antes
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129 - Unas horas antes

U NAS HORAS ANTES

La idea de aquella estrambótica obrilla había empezado a cuajar en la mente de Sertorio relativamente tarde, mientras estaban al pie de la muralla empapándose las manos en sangre de gallina para invocar a las potencias del Averno.

En aquel instante, se le ocurrió que aquella cruenta y tenebrosa escena habría sido digna de una tragedia griega al estilo de Las Euménides o Medea .

¿Por qué no montar su propia representación? Muchas batallas se ganan con teatro y engaño, como bien sabían los compañeros del tebano Pelópidas, que se disfrazaron de hetairas para colarse en un banquete y asesinar a los oficiales espartanos que ocupaban su ciudad.

Ahora bien, ¿cómo convertir una simple farsa —lo máximo que podían improvisar en una noche— en una tragedia aterradora?

Había un elemento concreto, cortesía de Marta la adivina, que podía conseguir ese milagro. Cuando se le ocurrió la idea —el sombrero de Casandra—, Sertorio casi dio un brinco de alegría.

Pero antes, necesitaban atrezo. Para ello, ¿a quién recurrir, sino a Antiodemis?

La actriz vivía no muy lejos de la muralla, a cuatrocientos pasos como mucho. Así y todo, cuando llegaron ante su casa ya había caído la noche.

—¿Crees que es buena hora para hacer visitas? —preguntó Horriblius.

Rómulo, mientras tanto, hacía gestos. Su gemelo lo tradujo:

—Dice: «Yo quiero verla. Es muy guapa». ¡Y yo secundo la moción!

—Primero hablaré yo con ella, a ver si nos quiere recibir —dijo Sertorio.

Pese a la hora, estaba seguro de que Antiodemis no se había acostado. En una ocasión, ella misma le comentó:

—Hay personas que son como las gallinas y otras que son como los búhos. Tu tío Mario, que no me oiga decirlo, es de la raza de las gallinas, que se acuestan y levantan cuando se lo dicta el sol. Nosotros, en cambio, somos más criaturas de la luna, igual que los búhos.

Pero que Antiodemis siguiera despierta no significaba que fuera a ayudarlos.

Por mucho cariño que le tuviera a Sertorio.

Sus camaradas Mirmidones —dos tercios de ellos, para ser precisos— habían confiado en él a ciegas, pronunciando un voto solemne y terrible sin saber todavía el peligro que iban a correr. A Antiodemis, en cambio, no podía exigirle juramento ninguno.

Cuando Sertorio llamó a la puerta, se oyeron unos ladridos en el zaguán.

No tan fuertes como habrían sonado antaño.

Los molosos con los que había crecido, hasta que se cambiaron de casa y Rea se los regaló a Antiodemis, eran ya venerables ancianos.

Sertorio sospechaba que no tardarían en acompañar al difunto Thot correteando por las praderas esmeralda del Elíseo, por las llanuras cenicientas del Hades o dondequiera que fuesen los animales al morir.

Había otro perro en la casa, un cruce de varias razas, tan negro y casi tan grande como los molosos. Era más joven, pero la castración lo había vuelto más apacible y evitaba que se enfrentara con sus compañeros.

Sertorio apoyó las manos en la puerta y dijo:

—Coto, Briareo, Gíes, tranquilos, soy yo.

Aunque apenas levantó el tono, su voz surtió efecto. Los perros se callaron.

Instantes después, el postigo se abrió. El rostro familiar de Gayano asomó por el hueco.

Familiar, pero nunca amable. Cuando Sertorio le preguntó por Antiodemis, el portero respondió:

—Sí, el ama sigue levantada. Quien no debería estar en la calle a estas horas eres tú.

Gajes de que los esclavos lo conocieran desde que era un renacuajo. A veces se tomaban confianzas excesivas. No obstante, Gayano le franqueó la entrada.

Antes de pasar al atrio, Sertorio se acercó un momento a las casetas de los perros y los saludó.

Al verlo, los tres menearon sus colas, que en el caso de ambos molosos estaban reducidas a sendos muñones.

Briareo, el más grande y en tiempos el más feroz, se tumbó boca arriba y se despatarró como tenía por costumbre cada vez que veía al joven.

Sertorio se acuclilló junto a él para hacerle cosquillas en la tripa, mientras repetía entre dientes los nombres de los tres.

—Coto, Briareo, Gíes. Coto, Briareo, Gíes…

Eran los nombres de los tres Hecatónquiros, los terroríficos gigantes de cincuenta cabezas y cien manos que custodiaban las puertas del Tártaro para evitar que los horrores allí encerrados salieran a la luz.

¿Y dónde estaba el Tártaro?

En el Hades.

Cuya puerta, a su vez, vigilaba Cerbero.

—¡Gracias, Briareo! —dijo Sertorio, incorporándose—. Tus hermanos y tú me habéis dado una idea.

Antiodemis se hallaba en su tablino, la estancia que en otras casas solía reservarse al paterfamilias y que a ella, que vivía sin la compañía de más varones que sus esclavos, le servía de despacho.

Sentada en un taburete, con la espalda recta como un mástil, estaba ensayando o tal vez componiendo una pieza con la lira.

Al ver a Sertorio se levantó, dejó la lira sobre el escritorio y lo saludó con dos besos, como era su costumbre. Cuando le preguntó a qué se debía aquella visita un tanto extemporánea —«Pero siempre bien recibida»—, Sertorio respondió:

—Lo que te voy a pedir te parecerá absurdo. Pero es muy importante, de verdad.

Antiodemis sugirió pasar al modesto triclinio y compartir una copa de vino —«Bien aguada para ti», añadió—. Sertorio contestó que prefería seguir de pie y explicarse cuanto antes.

—Adelante, entonces —dijo Antiodemis, intrigada.

Conforme él fue desgranando sus peticiones, algunas de las cuales se le iban ocurriendo sobre la marcha según urdía su plan, la expresión en el rostro de la actriz se tornaba más y más escéptica.

Al final, tenía una ceja tan levantada que Sertorio creyó encontrarse ante una versión de su madre con algunos años menos.

—Jovencito, no sé qué me estás ocultando, pero no me hace gracia la idea de ayudarte para alguna de esas trastadas que soléis preparar tus amigos y tú.

—Se trata de una cuestión de vida o muerte.

—¡Nada menos! ¿No te parece que aún no tienes edad para eso?

Antiodemis, que ya era amiga de su madre cuando esta se quedó embarazada de Sertorio, sabía perfectamente que él solo tenía quince años recién cumplidos, no los dieciocho que proclamaba ante todo el mundo fuera de su círculo familiar.

Finalmente, Sertorio no tuvo más remedio que sincerarse y desvelar para qué necesitaba todo aquel material teatral. Lo hizo poco a poco y casi conteniendo el aliento, como si caminara descalzo y de puntillas por un suelo sembrado de cristales rotos.

El primer nombre que salió a colación fue el de Septimuleyo. Al oírlo, Antiodemis puso un gesto de repugnancia.

—Todo lo que sea perjudicar a ese criminal me parece bien. Pero ¿tienes idea de lo peligroso que es?

—Lo sé.

El siguiente a quien mencionó fue Servilio Cepión. No ignoraba que él y Antiodemis eran amantes intermitentes desde hacía años. Sin embargo, llevaba mucho tiempo espiando conversaciones entre ella y su madre. Gracias a eso, conocía las verdaderas opiniones de la actriz sobre el nuevo cónsul.

Lo que terminó de decidir a Antiodemis, para sorpresa de Sertorio, fue la identidad del hombre al que pretendían salvar de la cruz.

Al oír el nombre de Stígmata, las pupilas de la actriz se dilataron, las aletas de su nariz se ensancharon y un tenue rubor subió a sus mejillas.

Sertorio incluso captó un levísimo cambio en su olor.

La intensidad de su reacción hizo que Sertorio se preguntara, una vez más, qué secretos ocultaba el hombre de las cicatrices y qué relación guardaba con su propio pasado y con el de las personas que lo rodeaban.

Lo averiguaría. Pero antes tenía que rescatarlo, tal como le había prometido a Sierpe.

Finalmente, Antiodemis accedió a colaborar cuando él la convenció de que la necesitaba porque lo que pretendía evitar, por encima de todo, era que Septimuleyo y sus esbirros descubrieran quiénes eran los Mirmidones.

—Y para ocultar nuestra identidad, ¿qué mejor que disfrazarnos como si fuéramos actores?