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—No quisiera ponerte nervioso, pero deberíamos terminar con esto antes de que canten los gallos —dijo Quirinio, mientras separaba los tobillos de Stígmata para que Sertorio deslizara el cuchillo entre ellos.
—No es fácil, no es fácil.
La soga tenía más de un dedo de grosor. Impregnada por la humedad de la niebla, se había apelmazado y se resistía al puñal. Era como cortar rebanadas de una hogaza de pan mojado con un cuchillo sin filo.
—Ponme la toga despacio, que tengo prisa —murmuró.
—¿Una toga ahora? Nunca digo que no a una prenda elegante, pero a lo mejor no es la más adecuada para una noche como esta.
—Es un refrán que suele decir Mario cuando ve que alguien se precipita y hace las cosas mal.
—A juzgar por cómo se tira la toga por encima, ya veo el caso que hace a sus propios consejos.
Quirinio volvía la cabeza cada pocos segundos a un lado y otro, alerta a cualquier movimiento, pero sin ponerse nervioso ni alterar el tono de su voz. Pese a la premura de la situación, Sertorio pensó que su amigo conservaba una serenidad admirable.
Por eso lo había elegido para este momento.
«Cuando sea general, Quirinio será mi legado», se prometió.
Apartó un poco la cabeza para dejar de dificultarse la tarea con su propia sombra y comprobó que el cuchillo ya había roto las primeras hebras de la soga.
—¿Quieres que lo intente yo? —preguntó Quirinio.
—Tú sigue sujetando. Necesito que la cuerda esté lo más tirante posible.
—No creo que esos tipos vayan a regresar —dijo Quirinio, oteando de nuevo en derredor—. ¿No te han dado ganas de recogerles los testículos del suelo y gritarles: «¡Volved, que os habéis olvidado esto!»?
Sin dejar de cortar, Sertorio alzó la vista un instante.
Stígmata tenía la cabeza inclinada sobre el pecho.
Entre los mechones de cabello que le caían sobre el rostro y las sombras que ocultaban sus ojos, resultaba imposible saber si los tenía abiertos.
¿Había bajado la cabeza porque los estaba mirando, porque había perdido el conocimiento, o por… ?
Quirinio pareció leerle el pensamiento.
—Tiene los pies como el mármol, pero está vivo.
—Ajá.
—Va a salir bien, jefe. Tus planes siempre salen bien.
Hasta ahora, el optimismo de su amigo parecía justificado. No obstante, Sertorio no las tendría todas consigo hasta que hubieran bajado a Stígmata de la cruz y se hubieran alejado de allí lo más posible.
No dejaba de incomodarlo un elemento imprevisto. Había contado con que no hubiera más de tres hombres vigilando, como al atardecer, cuando Sierpe y él estuvieron espiando desde detrás de una tumba.
Sin embargo, al llegar se encontraron con cuatro. Por el motivo que fuese, Tambal se había quedado en lugar de marcharse con los dos compañeros que compartieron con él el primer turno de guardia.
En cualquier caso, lo importante ahora era que los cuatro hombres habían huido para perderse entre la niebla. Tras oír sus gritos de pánico y contemplar la manera extraña, casi descoyuntada, en que corrían, Sertorio estaba de acuerdo con Quirinio en que tardarían en regresar.
Eso, si regresaban. Si el sombrero de Casandra no había destruido sus mentes.
Pero…
De nuevo Tambal.
Aunque el nubio también se había alejado a toda prisa, ni su modo de correr ni las voces con las que llamaba a los demás parecían las de un hombre dominado por el terror.
«Termina con esto y deja de darle vueltas», se dijo, mientras seguía mordiendo la soga con el filo del cuchillo.
Pese a que era Quirinio quien debía vigilar mientras él cortaba, no pudo evitar volver la mirada hacia el norte, por donde habían desaparecido los esbirros de Septimuleyo.
Sabía que era el norte porque era allí donde apuntaba el lado izquierdo de la cruz, no porque se distinguiera hito alguno.
Ni siquiera era posible localizar con exactitud la posición dela luna, aunque su luz tamizada por la bruma lo bañaba todo en un lánguido resplandor.
Por un instante, le vino a la memoria la nana que le cantaba su madre de pequeño.
Ut luna fulget, tu semper vales . «Mientras la luna brille, tú estarás bien».
El astro seguía brillando, pero lo hacía en algún lugar impreciso por encima de aquel velo nebuloso.
¿Con eso bastaba para cumplir la promesa explícita en el verso? ¿Iban él y sus amigos a estar bien?
«Tonterías», se dijo. Lo cierto era que la niebla se había convertido en una ventaja inesperada, un elemento que Sertorio adoptó rápidamente para su plan. Si se la hubiera encargado a Marta, no le habría venido más a propósito.
El nombre de la adivina le cruzó la mente como un chispazo. ¿Por qué había pensado en ella ahora? Sí, le debía el sombrero de Casandra, pero ¿acaso Marta tenía también, entre sus oscuros poderes, la potestad de invocar la niebla? ¿La había invocado para ayudarlo, aunque él no se lo hubiera pedido?
En el extremo occidental de la Galia, se decía, moraban las Galizenas, unas sacerdotisas capaces de conjurar tormentas, levantar bancos de bruma y manipular los vientos. Así lo contaba Artemidoro en el quinto libro de su Geografía .
El autor, que citaba al explorador Piteas de Masalia como fuente, se mostraba escéptico y ponía en duda que aquellas mujeres o cualquier otro mortal pudieran controlar el clima. Sertorio, sin embargo, llevaba demasiado tiempo en contacto con lo numinoso para negar categóricamente esa posibilidad.
Una vez infiltrada en su mente la idea de que Marta estaba involucrada de alguna manera, no conseguía librarse de ella. Sertorio estaba convencido de que la adivina siria, a la manera de los titiriteros del Foro, manejaba desde las sombras los hilos de aquellos que formaban parte de su vida.
Incluidos los del mismo Stígmata.
—¿Cómo vas? —preguntó Quirinio.
—Ya queda poco, ya queda poco. ¿Ha dicho algo nuestro hombre?
—Mudo como un pez.
—Me había parecido oír algo.
—Serán mis tripas. Helvio y los otros dos deben de haberse puesto morados a cuenta de la cena que hemos dejado en la mesa.
—¿Estás vigilando?
—Ni Argos el de los cien ojos estaría más atento que yo.
La niebla los había protegido, de eso no cabía duda. Ahora suponía un problema. Si los hombres de Septimuleyo regresaban, Sertorio y Quirinio no se percatarían de ello hasta tenerlos prácticamente encima.
Quizá no debería haberse dado tanta prisa en decirles al resto de sus compañeros y a Sierpe que se retiraran a la cueva Lupercal con los perros. Su presencia habría venido bien ahora, apostados como centinelas entre las sombras.
En contra de las enseñanzas de Mario, se había precipitado.
—Tranquilo —insistió Quirinio, como si siguiera el hilo de sus pensamientos—. Después de esa desbandada, ya te digo yo que esos tipos tardarán en volver.
—Eso espero.
—Es una pena que quede tanto para los Juegos Florales. ¡Seguro que nos habrían dado el premio a la mejor pantomima!
Sin dejar de cortar con el cuchillo, Sertorio sonrió. En sus fantasías heroicas, a veces se veía a sí mismo recibiendo de manos de Mario condecoraciones como la corona cívica, la mural o unas faleras de plata.
Lo que nunca había imaginado era que alguna vez pudieran concederle un galardón teatral.
Pero Quirinio llevaba razón. La representación no había estado nada mal. Tal vez, cuando bajaran a Stígmata de la cruz y se lo llevaran a un lugar bien seguro, podría saludar a un publico imaginario y, con una reverencia, anunciar:
—Acta est fabula, plaudite!
«La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!».