Sertorio, el elegido de la diosa blanca 127
92%

127

El alarido que detuvo a Tambal cuando estaba a punto de clavar la lanza en el pecho de Stígmata sonó tan agudo, tan desgarrado, tan irracional que solo podía haberlo emitido la garganta de un animal, de una bestia enloquecida de pavor.

Al mismo Oráculo, que era quien acababa de proferirlo, lo asombró que aquel chillido hubiera brotado de su boca.

Durante unos instantes, su grito adquirió vida propia y se quedó flotando y ondulando delante de él, una serpiente de luz teñida de sangre, la misma que había arrancado de sus pulmones al salir de ellos con tal violencia.

Eso era imposible. Los sonidos no se pueden ver, ¿no?

Pero también era imposible la criatura que había surgido de la niebla, provocando su baladro inhumano.

Oráculo se maldijo a sí mismo. ¿Por qué había tenido que pensar en su madre? Traer a la memoria a una hechicera en un lugar como aquel equivalía a invocarla.

Y allí estaba ella, en la confusa tierra de nadie entre el círculo de luz de la hoguera y la oscuridad de la niebla. Aquella mujer había salido de la tumba convertida en algo mucho peor que lo que Oráculo recordaba, ya de por sí malo.

Los rasgos de la vieja bruja estaban contraídos en una espantosa mueca de odio y de su boca rezumaban regueros de sangre que le chorreaban por la barbilla.

Lo peor no era la cara, sino lo que la rodeaba.

La cabellera rala y apelmazada como pelo de rata que Oráculo recordaba se había transformado en un espeso manojo de serpientes, que se agitaban siseando y clavando en él decenas de pupilas incandescentes y humeantes.

En la mano derecha empuñaba una antorcha cuyas llamaradas se elevaban al cielo en violentas espiras rojas que se convertían en verdes antes de desvanecerse, desprendiendo un tufo a azufre, mientras que en la izquierda blandía un flagelo que restallaba en el aire con ondas de luz.

¡Una Furia! Su madre se había convertido en una de aquellas criaturas que brotan de las profundidades del infierno para atormentar a los mortales cuando duermen y enloquecerlos cuando velan.

—¡Herenio! —chilló la aparición—. ¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste, mal hijo?

¡Tisífone! Sin necesidad de que ella le dijese su nombre, Oráculo comprendió que su madre se había encarnado en Tisífone, la más cruel de las Furias. Era una convicción tan material, tan tangible como la textura de aquella voz rugosa cuyas palabras le raspaban la piel como esparto.

Oráculo cayó de rodillas y se tapó los ojos. Si no la veía a ella, quizás ella no lo viera a él.

Algo peludo y provisto de garras se posó en su hombro.

—¡Suéltame! —gritó Oráculo, sacudiéndose de un manotazo aquella especie de tarántula repugnante.

—¡Soy yo, imbécil! ¡Mira allí! ¿Qué coño es eso?

Era Crines, pero al mismo tiempo no era Crines. El galo tenía la mirada tan desencajada que los globos oculares se le habían salido fuera de las órbitas y ahora flotaban por delante de su frente como las antenas de una langosta.

El truco infantil de Oráculo de cubrirse los párpados solo funcionó en parte.

La encarnación infernal de su madre había desaparecido, pero en su lugar acababa de brotar de la niebla una sombra de tamaño descomunal.

Al acercarse más a la luz de la hoguera, la silueta se solidificó en un gigante, un coloso ataviado con una túnica negra.

Las manos que remataban sus brazos desproporcionados agitaban antorchas cuyas llamas alumbraban un rostro de pesadilla.

En el centro de la frente, un solo ojo supuraba lágrimas de sangre, y de su boca asomaban unos colmillos largos y curvados como los de un jabalí.

—Es un cíclope, un cíclope ha venido a devorarnos —gimió Oráculo.

El monstruo estaba profiriendo amenazas en una lengua desconocida. Crines, cuyos ojos parecían haber regresado a sus cuencas, levantó a Oráculo del suelo tirándole del brazo y le salpicó de saliva al gritarle en la cara:

—¡Dice que huele mi sangre! ¡Dice que quiere mi sangre!

—¿Qué es eso? —gritó Botronio—. Me cago en la memoria de mi padre, ¿qué es eso?

El samnita se había sumado a los gritos de terror. Mientras el cíclope volvía a esfumarse entre la bruma, a apenas unos pasos se encendieron unas luces llameantes que giraban en el aire dejando estelas de fuego. Por delante de aquellas luces se acababa de materializar una nueva pesadilla.

Un enorme perro de tres cabezas, las tres aullando, las tres provistas de colmillos aguzados como puñales que brillaban en la oscuridad.

—¡Es Cerbero, el guardián del Averno! —gritó Oráculo.

En ese instante empezaron a sonar las voces, mezclándose con los aullidos del perro infernal.

De haber tenido la sangre fría suficiente como para poner en común lo que experimentaba cada uno, habrían descubierto que a cada uno le hablaban en su idioma: en latín a Oráculo, en celta a Crines y en el dialecto del Samnio a Botronio.

—¿Qué hacéis aquí? ¡Fuera! ¡Blasfemos, impíos! ¡Fuera del terreno sagrado!

No hizo falta que las voces repitieran la orden.

Oráculo fue el primero que giró sobre sus talones y puso pies en polvorosa.

Crines y Botronio lo siguieron al instante.

Dotados de piernas y pulmones más jóvenes, no tardaron en adelantarlo, buscando entre los vapores de la bruma el camino que conducía a la puerta Viminal.

En su borrachera, Oráculo se trompicó un par de veces, pero el terror que se había apoderado de él era tan grande que, ebrio y todo, se levantó al instante.

—¡Esperadme, cabrones! —gritaba, pero sus dos compañeros pronto se convirtieron en sombras y desaparecieron en la niebla.

Sin detenerse en su huida, Oráculo volvió la vista atrás para comprobar si lo perseguía el perro de las tres cabezas o alguna de las otras criaturas.

Quien corría tras él era otro monstruo de pesadilla, un enorme minotauro negro que arrojaba llamaradas por las fauces.

—¿Adónde vas? ¡Vuelve aquí! —rugió la bestia.

Oráculo volvió a caer. En esta ocasión no había tropezado con nada: fueron sus piernas las que lo traicionaron. De bruces en el suelo, trató de reptar para huir de la nueva amenaza.

Su corazón ya no podía latir más rápido. El torrente de sangre que atravesaba sus oídos era tan ensordecedor que ya ni siquiera oía los aullidos del perro tricéfalo.

Unas zarpas lo agarraron y lo obligaron a darse la vuelta. Oráculo quiso gritar: «¡Suéltame, no me toques!», pero ya no le quedaba voz.

—¿Qué te ocurre? ¿Qué te pasa, Herenio?

Mientras Tambal lo sujetaba de la nuca y de un hombro para intentar levantarlo, la mente alucinada de Oráculo solo veía un rostro cubierto de plumas negras, un pico amarillo y curvado y unas alas enormes y tenebrosas que se cernían sobre él para llevarlo al Averno.

Instantes después de que una arteria reventara dentro de su pecho y lo anegara de sangre, el último pensamiento de Oráculo fue: «Jueces del infierno, tened compasión de mí».