Sertorio, el elegido de la diosa blanca 126
91%

126

Tambal había escuchado en silencio el relato de Oráculo sobre las gradas del Foro Boario, incluyendo las interrupciones de aquellos dos jovenzuelos que creían saberlo todo y que, si seguían bebiendo así, no tardarían en caer de bruces.

Del mismo modo que la niebla emborronaba los perfiles de los cipreses y de las tumbas, el vino —no solo el de esa noche, sino el de tantos días y tantas noches a lo largo de los años— hacía que Oráculo mezclara y confundiera los recuerdos.

Tambal podría haberle corregido. Podría haber aclarado que el causante de la cojera de Vulcano no fue Septimuleyo, sino el viejo Albucio, su primer patrón, que le cortó los tendones de la corva izquierda cuando era niño para que inspirase más lástima y recibiera mejores limosnas.

El mismo motivo por el que aquel execrable personaje había marcado las mejillas de Stígmata con sendas cicatrices.

Podría haber añadido también que Vulcano no tuvo nada que ver con el asunto de las gradas y que, si Septimuleyo le arrancó el rostro, fue por traicionarlo.

Y haber precisado que los latigazos a Cíclope y Cilurno no habían sido veinte, como aseguraba Oráculo, sino quince, que —eso sí era cierto— les había dado él.

Todo eso podría haber dicho.

No lo hizo.

Tambal no era amigo de hablar por hablar. En general, no era amigo de hablar. A secas. No le agradaban las tertulias ruidosas, ebrias y pendencieras a las que tan aficionados eran los demás Lavemos.

En eso, se parecía mucho a Stígmata.

Los había conocido a él y a Berenice cuando ambos eran muy niños y todavía pertenecían a la familia Albucia.

Poco después, ya dentro del clan de los Lavemos, Stígmata, con apenas siete años, había tenido las agallas de enfrentarse a Septimuleyo.

Aquel desafío le costó doce azotes. Tambal lo recordaba bien. No porque en este caso se los hubiera dado él, sino porque le sujetó la muñeca a Mamerco, que se disponía a seguir adelante hasta los treinta golpes decretados por el patrón.

Hoy mismo, antes de atarlo a la cruz, Septimuleyo había vuelto a ordenar que azotaran a Stígmata. Había estado tentado de hacerlo él mismo, pero, después de reconocer: «Si empiezo, no voy a ser capaz de parar hasta dejarte las costillas al aire», delegó la tarea en Tambal.

El castigo había sido relativamente suave.

Tan solo ocho golpes con la vara, en lugar del flagelo de bolas de plomo.

No por compasión, sino por cálculo. Septimuleyo quería que Stígmata empezara a sufrir cuanto antes, pero no a costa de perder fuerzas o de sucumbir de forma prematura a un tormento que no era más que un aperitivo de lo que lo aguardaba.

Pensando en ello, Tambal recordó ahora lo que le había dicho Stígmata antes, cuando le puso el manto.

«No hay nada, por terrible que sea, que no podamos soportar».

Hasta el momento, el antiguo gladiador se estaba mostrando a la altura de aquellas palabras. Ni una queja, apenas un suspiro más alto que otro, aunque debía de estar sufriendo dolores cada vez más agudos.

Tambal había contemplado en varias ocasiones cómo funcionaba el tormento de la cruz.

Tenía grabada, en particular, la imagen de un esclavo castigado años atrás en plena canícula.

Desnudo bajo el sol, sin agua, resistió cuatro días antes de expirar, mientras el cuerpo se le llenaba de ampollas que acabaron reventando y supurando sangre.

Septimuleyo no permitió que lo descolgaran ni después de muerto, y dejó que los buitres se alimentaran con sus intestinos, los cuervos le picotearan los ojos y los perros salvajes del Esquilino le devoraran los pies.

Stígmata no correría esa suerte. Septimuleyo lo aborrecía hasta tal punto que planeaba combinar el suplicio de la cruz con su tortura favorita: el desuello.

—Eso no está bien. No señor —murmuró Tambal, negando con la cabeza.

Fue hasta su morral, rebuscó y sacó una esponja.

—¿Ahora vas a limpiarte el…? —empezó a decir Botronio.

Bastó con una mirada de reojo para que el samnita cerrara la boca.

Tambal empapó la esponja con su cantimplora, la ensartó en la punta de la lanza y la alzó hasta la boca de Stígmata.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Crines—. ¡El patrón ha dicho que ni una gota de agua!

Mientras Stígmata se mojaba los labios primero y después mordía y chupaba la esponja para extraerle toda el agua posible, Tambal volvió la mirada hacia los otros tres hombres.

Ninguno hizo ademán de detenerlo.

Quien menos habría podido hacerlo, sin duda, era Oráculo. Estaba rígido como un palo, con la mirada desencajada. Tambal había visto muchas veces los efectos de la bebida, pero aquel gesto se asemejaba más al de un enajenado que al de un borracho.

Los otros dos no ofrecían un aspecto mucho más presentable.

Botronio no paraba de rascarse el antebrazo mientras sacaba la lengua y la recogía de nuevo, una y otra vez, como un camaleón cazando moscas.

Crines, por su parte, llevaba rato de pie, apartado de su asiento improvisado en el cipo, y giraba sobre sí mismo en un extraño baile.

Si es que podía llamarse baile a aquellos movimientos convulsivos que recordaban a los coribantes en los ritos de la diosa Cibeles.

Si seguían así, no iban a acabar bien. Pero eso no era asunto suyo.

Devolvió la atención a lo que estaba haciendo.

Tras aliviar la sed, Stígmata apartó la cara y musitó un agradecimiento inaudible.

Tambal retiró la esponja y, durante unos instantes, se quedó inmóvil, contemplando la punta aguzada de la lanza.

Volvió a alzarla. Esta vez no la dirigió a la boca de Stígmata, sino a su pecho. El hierro hundió ligeramente la tela del manto en el punto donde terminaba el esternón.

Los dos hombres cruzaron una mirada.

«¿Quieres que lo haga?», preguntaba la de Tambal.

«Haz lo que tengas que hacer», respondía la de Stígmata.

Tambal recordó cómo aquel hombre había frustrado la sádica diversión de Septimuleyo a costa de Gayo Graco. Ahora pagaba en la cruz por ese y otros agravios.

¿Cómo se vengaría Septimuleyo de él si ahora se atrevía a empujar la lanza? ¿Dejaría alguna pulgada de su piel sin arrancar?

—Que sea lo que quieran los dioses —murmuró.

Pues a los dioses, fueran los de Roma o los de aquella patria lejana que apenas recordaba, no podía complacerles el destino que Septimuleyo le tenía reservado a Stígmata.

—No hay nada, por terrible que sea, que no podamos soportar —repitió para sí Tambal, disponiéndose a asestar el golpe de gracia.

Fue entonces cuando oyó el grito.