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El odre al que no dejaban de dar tientos, cada vez más seguidos y prolongados, les había llegado hacía cosa de media hora, enviado nada menos que por el cónsul Quinto Servilio Cepión.
No lo había traído él en persona —tanto honor habría sido excesivo—, pero tampoco se lo confió a cualquier ganapán, sino a uno de sus lictores.
El emisario era un mocetón con una barba negra y rizada que le daba más aspecto de heraldo griego que de funcionario romano.
En un hombro cargaba el pellejo de vino, tan voluminoso y henchido que daba gloria verlo, y en el otro las fasces propias de su oficio.
A Oráculo le llamó la atención que entre las varas de abedul asomara la cabeza de un hacha, así que le preguntó al recién llegado a qué venía ir armado, si ni había salido de Roma ni estaba escoltando a un magistrado.
El lictor, con una voz grave y engolada con la que bien podría ganarse la vida en el teatro, respondió que, en primer lugar, aunque era cierto que no había salido de Roma, sí se encontraba fuera del pomerio.
Y que, en segundo lugar, de noche las calles escondían peligros «de toda laya y jaez», así que prefería llevar el hacha no solo como símbolo de su colegio oficial, sino como arma para intimidar a posibles asaltantes.
—¿Quieres compartir un trago con nosotros y libar en honor del noble cónsul? —preguntó Oráculo, arrogándose la potestad de recibir el odre en sus manos antes de que los otros le echaran la zarpa encima.
—Os lo agradezco, como el cónsul os agradece vuestra importante misión en defensa del buen orden de la República, pero he de regresar ya.
Tras despedirse, el lictor emprendió el camino de vuelta. Sus pasos eran ahora rápidos y nerviosos, mucho menos solemnes que las cadenciosas zancadas con las que había llegado.
—¡Míralo cómo va! —había exclamado Botronio—. ¡Qué prisa tiene por ponerle el culo al cónsul!
—No seamos desagradecidos —dijo Oráculo, abriendo el tapón del odre y olisqueándolo. Empinó el pellejo, cató su contenido, lo apartó, olfateó de nuevo y volvió a probar.
Aquel vino tenía un sabor peculiar. Oráculo, que se las daba de entendido en la cuestión, captó en él varios matices.
Un regusto a la resina con que se untaban por dentro los odres, un aroma de regaliz, una pizca de lentisco que picaba levemente en la nariz y una dosis generosa de miel que dejaba en la lengua un dulzor pastoso seguido de cierta aspereza en la garganta.
Por debajo de todo eso, empero, flotaba un sabor que no conseguía identificar.
No agrio como la posea, sino tirando a amargo, casi acre.
¿Azufre? Tampoco. Algo distinto, huidizo.
Mientras procedía a aquella degustación, cuyos sutiles matices se guardó para sí, no dejaba de acaparar el odre, lo que no tardó en provocar las protestas de sus compañeros.
—¿Te lo piensas pimplar tú solo o vas a pasar el pellejo de una puta vez? —preguntó Botronio.
—Mira cómo lo soba, se cree que son las tetas de la Partenia —dijo Crines.
Oráculo les pasó el pellejo, dolido por el comentario. La referencia a Partenia, una de las prostitutas veteranas de los Lavemos, que por más años que cumplía y por más que se le caían los pechos seguía rechazándolo a él, era un golpe bajo.
—Os contaría todo lo que he aprendido con solo dos traguitos de este vino, pero los dioses no crearon la ambrosía para que la degusten los mortales.
Había pensado en decir: «A un cerdo le da igual que le eches bellotas que mierda, se lo come todo igual», pero se mordió la lengua.
Durante las primeras rondas en que volvió a recibir en sus manos el odre, Oráculo siguió revolviendo en la boca cada buche de vino y preguntándose cuál era aquel saborcillo que lo seguía eludiendo.
Por momentos creía identificarlo, solo para olvidarlo al instante, como si se deshiciera en su mente igual que la bruma en el aire.
«Si alguien te regala un burro, no vas a andar contándole los dientes, ¿no?», se decía, tratando de olvidar aquella pequeña comezón mental.
Después, cuando entre los tres —con algunas aportaciones de Tambal— ya habían dado cuenta de más de medio pellejo y el vino le entraba no ya a sorbitos sino a tragos largos como agua de la fuente, dejó de hacerse preguntas.
Ahora, tras escuchar la historia de Oráculo sobre los peligros de combinar el vino con las órdenes de Septimuleyo, Botronio levantó el odre, agarrándolo del cuello con una mano mientras con la otra lo apretaba como si ordeñara una vaca.
—No hay peligro de que nos pase lo mismo que a esos pringados —dijo—. Esto tiene como mucho medio congio. Además, es muy suave.
¿Medio congio? En aquel pellejo cabía por lo menos el doble, calculó Oráculo. Vaya ojo tenía Botronio. ¿Qué se podía esperar de un samnita que, para colmo, se ganaba el sustento golpeando cabezas y dejando que otros aporrearan la suya?
Oráculo se levantó para estirar las piernas.
Tras escuchar cómo sus rodillas soltaban dos satisfactorios crujidos, se dispuso a sentarse de nuevo.
Un segundo después, aquel proyecto tan simple, tan inmediato —sentarse—, se desvaneció de su mente y fue sustituido por otro.
Dándose la vuelta, se acercó más al fuego y, sin llegar a acuclillarse como Tambal, se agachó un poco para calentarse el trasero, que se le había quedado helado en la losa.
Tras enderezarse, le tendió la mano a Botronio para que le pasara el pellejo. Era su turno.
El samnita amagó con dárselo. En lugar de hacerlo, se lo cambió de mano un par de veces y se lo lanzó a Crines, que lo atrapó al vuelo.
—Con esto no se emborracharía ni un enclenque como tú, no hay cuidado —dijo Botronio.
—Este enclenque os puede tumbar bebiendo cuando queráis.
—¡Si no eres capaz de tumbar a la Partenia para tirártela, vas a tumbarnos a nosotros!
Esta vez la ocurrencia fue del galo, pero el samnita la volvió a festejar como si fuera suya.
Qué molesto era sentirse tratado así, todo el rato rozando la humillación. Y, encima, por unos pipiolos que, entre ambos, no juntaban sus años.
Oráculo se volvió a sentar, agachó la cabeza y no dijo nada. Mientras se quedaba absorto mirando las llamas, que no dejaban de cambiar de forma —y de color, ¡parecían un arco iris!—, Crines se levantó, le entregó el odre y le dio una palmada en el hombro.
—No te enfades, viejo, tenemos que reírnos para que la guardia pase rápido. Así no nos dormimos, y el patrón contento, ¿no crees?
Oráculo levantó la vista, cogió el pellejo y asintió.
Algo se movió tras el galo. Por un instante…
¿Una bandada de luciérnagas, una nube de pavesas?
No, no era eso. Le había parecido ver algo más extraño todavía.
Una mujer que corría con una antorcha en la mano. Lo más desconcertante era que sus pies no tocaban el suelo.
Cuando parpadeó de nuevo, la mujer había desaparecido.
El corazón se le aceleró, y sintió cómo una marea de sangre subía por sus oídos y luego trepaba por su cráneo, levantándole el cabello como si por debajo de su piel hubiera una multitud de gusanos horadando una red de túneles.
«¿Qué me ocurre?».
Aquella sensación pasó, pero era tan desconcertante que dejó como eco palpitante un temor que no podía entender, una aprensión que se le aferró a las tripas.
¿Un hechizo?
Pensando en las brujas que merodeaban por el Esquilino en noches como aquella, Oráculo cruzó los dedos y bizqueó, gestos para ahuyentar el mal que le había enseñado su madre.
Ella debía de saber bien si funcionaban o no, ya que se dedicaba a la hechicería.
Presa de un nuevo impulso que tardó en comprender, Oráculo dirigió la mirada hacia la cruz.
Mejor que no lo hubiera hecho.
Por unos segundos aterradores, se vio a sí mismo a través de los ojos del gladiador, contemplando a un atónito Oráculo desde lo alto de la cruz.
Durante ese breve lapso de tiempo en el que estuvo en el cuerpo de Stígmata, experimentó una oleada de dolores que lo atravesaron de pies a cabeza, saltando por sus músculos y sus nervios como las chispas en la fragua de un herrero.
Aquello pasó también, tan rápido como la visión anterior que había despertado su miedo. Como eco, le dejó una profunda congoja que le llenó de lágrimas los ojos. ¿Qué horribles padecimientos estaba sufriendo Stígmata?
¿Y por qué pensaba en ellos justo ahora, cuando no había sentido hasta entonces la menor conmiseración por su antiguo compañero?
«Es por mi madre», comprendió.
Ahora que ella había vuelto a su memoria, no era tan fácil expulsarla de nuevo a las tinieblas del olvido.
Cuando Oráculo era niño, su madre solía castigarlo recurriendo a su propio método de crucifixión.
Le obligaba a quedarse con la espalda pegada contra la pared, los brazos en alto y una bolsa de garbanzos de dos libras en cada mano. Al poco rato, el dolor se volvía insoportable. Si bajaba los brazos antes de tiempo, aquella mujer cruel le retorcía la nariz hasta hacerle saltar lágrimas y mocos.
Si levantar los brazos en el aire durante un rato dolía tanto, ¿cómo sería estar crucificado?
—¡Así te vas acostumbrando! —le decía ella—. No eres bueno para nada y acabarás colgado en una cruz, ¡como tu padre!
Oráculo no recordaba nada de su progenitor, todo lo que sabía eran las versiones contradictorias que le ofrecía su madre: que lo habían crucificado, que lo habían decapitado por desertor, que había perecido en un naufragio, o que simplemente había huido de Roma.
El final de ella, en cambio, estaba claro.
Una noche de «negocios» —así llamaba ella a profanar tumbas, recoger sudor de yegua en celo, enterrar tablillas de maldiciones junto a una casa o surtir de veneno a alguna vecina que quería enviudar antes de tiempo—, rodó borracha por las escaleras de la ínsula y se partió el cuello justo en el último peldaño. ¡Mala suerte!
La vieja debía de estar enterrada no muy lejos de allí. Oráculo nunca había ido a visitar su sepulcro, si es que podía llamarse así al agujero infecto donde, por lo que le contaron los vecinos, se hallaban depositados sus restos.
Recordando aquello, se levantó de un brinco. ¿Y si daba la casualidad de que ella estaba enterrada justo debajo de la losa donde se había sentado?
Peor todavía, ¿y si era su madre, enojada por el olvido y la desatención de su propio hijo, quien se acababa de aparecer hacía unos instantes?
Al pensar en ello, el corazón se le volvió a acelerar. Con tanta violencia que sintió cómo le retumbaban los tímpanos, y el pecho le dolió como si le clavaran pequeñas agujas.
No, no podía ser. Era imposible. Solo se trataba de una ilusión, un efecto del vino, igual que cuando se había creído por un instante que él era Stígmata. Tras repetir los gestos contra el mal con la mano derecha, la extendió y le dijo a Crines:
—Dame el pellejo.
Si el vino era el problema, ¿podía también ser el remedio?
—Ya te lo he dado —respondió el galo—. ¿Se puede saber qué te pasa? ¿Por qué estás haciendo esas cosas tan raras con la cara, poniéndote bizco como un gilipollas?
Oráculo se miró la mano izquierda. Tenía los dedos agarrotados en la boca del odre, como si quisiera estrangularlo. Durante unos instantes había olvidado que esa mano le pertenecía.
Con la otra, se tocó el rostro. Era el de siempre, ¿no? No tenía cicatrices, no se había convertido en Stígmata.
Mientras Oráculo se palpaba las mejillas, Crines dirigió su atención a Tambal.
—¿Qué estás haciendo? ¡El patrón ha dicho que ni una gota de agua!
Oráculo no entendió a qué se refería el galo. Podría haberlo hecho de haber vuelto la mirada hacia la cruz. Pero ahora era incapaz de apartar los ojos del pellejo de vino.
«Ni una gota —ni una gota— ni una gota…».
Las palabras de Crines se habían quedado reverberando en su cabeza. ¿Gotas? Eso eran, sí. Cayendo de una estalactita, plop, plop, plop .
«Quizá no debería beber más», se dijo Oráculo.
Pero lo hizo.
Aquello solo empeoró las cosas.