Sertorio, el elegido de la diosa blanca 124 #2
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Los dos Lavemos más jóvenes intercambiaron una mirada y pusieron los ojos en blanco. Si tenían alguna réplica mordaz, se la guardaron. Oráculo aprovechó su silencio para arrancar con el relato.

Había ocurrido hacía más de tres lustros, cuando Gayo Graco servía por segunda vez como tribuno de la plebe.

Desde hacía un par de años, en cada sesión de gladiadores del Foro Boario se levantaban tribunas de madera, y los espectadores pagaban por sentarse en ellas.

Graco presentó un decreto para que las quitaran o para que, al menos, se permitiera entrar gratis a los ciudadanos humildes.

Al no sacarlo adelante, la víspera de los juegos envió a un grupo de seguidores con la orden de desmantelar las gradas.

Gradas de cuyo arriendo se encargaba…

—Habéis acertado —dijo Oráculo, aunque ninguno de los otros dos le seguía la corriente ni hacía intento de adivinar sus palabras—. ¡Nuestro patrón! ¿Y sabéis qué ocurrió?

—Lo sepamos o no, nos lo vas a contar igual —respondió Botronio con cara de fastidio. Llevaba un rato rascándose el brazo con insistencia y después mirándose los dedos, como si tuviera hormigas bajo la piel. Después lo dejó estar y volvió a aplicarse al vino.

—Calla, que yo sí quiero enterarme —intervino Crines.

—Pues que en ese turno les tocaba vigilar a Cilurno, que era galo como tú, ya…

—¿Galo? ¿Ah, sí? ¿De dónde coño era?

Oráculo resopló. Sus dos compañeros de guardia estaban cada vez más borrachos, con lo que resultaba complicado hilvanar el relato sin perderse.

Además, a él también se le nublaba la vista. Incluso le daba la impresión de que las imágenes ondulaban como si las viera reflejadas en una charca.

«Que no, que no. Que es la niebla».

Se frotó el puente de la nariz y entrecerró los ojos, como si eso pudiera ayudarle a enfocar la memoria.

—Cilurno era… Sí, era de una aldea cerca de Mediolano.

—¡Ja! ¡Un ínsubre! De los Alpes para acá, esos que se dicen celtas no son más que romanos con bigote —saltó Crines, muy ufano de pertenecer a los alóbroges, los más auténticos de todos los galos.

En opinión de Oráculo, no tenía motivos para alardear tanto. El propio Crines había sido apresado en una escaramuza —ni siquiera en una auténtica batalla— cuando, tres años atrás, el ejército del cónsul Silano regresaba del lago Lemano maltrecho y derrotado tras su enfrentamiento con los cimbrios.

Que los alóbroges hubieran sido vencidos por unas legiones diezmadas y con la moral por los suelos no parecía motivo para sacar pecho.

En cualquier caso, no sería él quien se lo dijera. Crines no era un gladiador tan letal como Stígmata, pero sí lo bastante fuerte, diestro y, sobre todo, violento como para que no conviniera provocarlo.

Trató de recuperar la narración donde la había dejado.

—Como iba diciendo, los que vigilaban eran Cilurno, otro al que llamábamos Cíclope porque en una borrachera se clavó un puñal en el ojo…

—¡Hay que ser mendrugo! —se rio Botronio.

—… y Vulcano. Ese tenía el mote porque Septimuleyo hizo que le cortaran los tendones de la pierna izquierda, y desde entonces cojeaba como el dios herrero.

—Mientras fuera la pierna izquierda y no la de en medio…

En realidad, Vulcano no vigilaba las gradas aquella noche. Tal vez Oráculo lo confundía porque había muerto casi al mismo tiempo que Cilurno y Cíclope, aunque cada cual en circunstancias distintas. Últimamente, los recuerdos se le enredaban unos con otros como hilos de una madeja mal devanada.

Gajes de la edad. Y del abuso del vino, aunque eso no quería admitirlo. «Con la cultura que yo tenía», se lamentaba a veces.

También en eso se engañaba. El barniz de erudición del que tanto alardeaba no era más que lo que escuchaba de refilón mientras barría el patio o avivaba los braseros de la escuela del maestro Aquilino.

Este lo había medio prohijado, sin adopción oficial, cuando Oráculo se quedó huérfano.

No podía decirse que lo hubiera tratado con cariño, pero con él disponía de techo y comida. Había padres carnales mucho peores.

En cualquier caso, comparado con el resto de los Lavemos, él era un auténtico Eratóstenes.

De ahí que lo llamaran Oráculo desde hacía tanto tiempo que ya casi nadie recordaba su verdadero nombre.

El apodo nació como burla, no como muestra de respeto, pero a él no le importaba.

Con los motes ocurría como con los padres.

Siempre podía tocarte uno peor.

—La cosa —continuó, encajando sus recuerdos— es que aquellos tipos se emborracharon a conciencia. No contentos con ello, se pusieron a fornicar con unas putas…

—¡Bravo por ellos! —exclamaron Crines y Botronio al unísono.

—… y luego, entre el vino y la relajación después del coito, se quedaron dormidos sobre las mismas gradas que tenían que vigilar.

—¿La relajación después de qué? —preguntó Crines.

—Después de follar —respondió Oráculo, con voz paciente—. Justo entonces se presentaron los hombres de Graco. Cilurno y los otros estaban tan borrachos que no solo no pudieron impedir que destrozaran la tribuna, sino que ni siquiera fueron capaces de salir corriendo para avisarnos a los demás.

—Pringados —dijo Botronio—. ¿El patrón no los despellejó?

—No llegó a tanto, pero no se fueron de rositas. Ese de ahí —Oráculo señaló a Tambal, que seguía en cuclillas— les propinó veinte latigazos a cada uno. Además, tuvieron que alimentarse a base de pan de cebada una temporada, como se castiga en el ejército a los legionarios cobardes.

—¡Entonces, los soldados romanos deberían comer siempre pan de cebada! —dijo Botronio—. No son más que unos mariquitas que, en cuanto ven a un caudino, se lo hacen encima.

Botronio era de la tribu samnita de los caudinos, los mismos que dos siglos antes derrotaron a un doble ejército consular y después humillaron a los legionarios vencidos obligándolos a desfilar desarmados y medio desnudos bajo un yugo de lanzas.

Cuando bebía de más, solía jactarse de aquella hazaña como si la hubiera protagonizado él mismo.

Eso sí, por borracho que estuviera, tenía la precaución de no hacerlo delante de Septimuleyo.

Desde que lo habían inscrito en el censo como miembro del orden ecuestre, el hampón no toleraba bromas con la ciudadanía romana y se comportaba como si descendiera de un linaje ancestral de los tiempos de Rómulo y Remo.

Oráculo no había servido en el ejército, pero era romano y la chanza de Botronio no le hizo ninguna gracia.

Incluso notó que se le aceleraban las pulsaciones y que en el centro de la frente le latía una vena como si estuviera a punto de reventar.

A Crines, en cambio, la burla le pareció muy divertida y la celebró con una risa entre floja y convulsa que, más que a lo ingenioso del comentario de su compañero, se debía al efecto de aquel vino tan especiado.