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Se acercaba la medianoche, momento en que se darían por terminados los idus de enero y empezarían a descontarse jornadas hasta llegar al siguiente hito cronológico, las calendas de febrero.
Una forma de llevar la cuenta de los días, hacia atrás —diecinueve, dieciocho, diecisiete…
—, muy propia de la mentalidad romana. Devorando terreno no solo al espacio sino también al tiempo, lanzando sus zarpas hacia el futuro con ansia de conquistadores.
Un par de horas después de la caída del sol, se había levantado una brisa fría del oeste que, mezclada con la humedad del Tíber, empezó a arrastrar los vapores de una niebla que se fue espesando conforme progresaba la noche.
Tras recorrer las calles y posarse en las zonas bajas, como el Foro y el Argileto, la bruma se dejó empujar por el viento y ascendió la cuesta de la Subura.
Al llegar a la muralla no se detuvo ante el obstáculo, sino que saltó por encima, derramó sus dedos esponjosos y blanquecinos por el terraplén y por la ancha fosa convertida en pudridero, y acabó enseñoreándose del vasto cementerio del Esquilino.
Pasado un rato, el aire se calmó, pero la niebla permaneció allí, aferrada al suelo de aquel lúgubre paraje.
Aunque la cruz de la que colgaba Stígmata se hallaba apenas a cuatro pasos de él, Décimo Herenio, más conocido como Oráculo, la veía cada vez más borrosa, como si se alejara por sí sola del círculo de luz de la hoguera donde él y otros dos compañeros cumplían con el segundo turno de vigilancia.
Oráculo entrecerró los párpados, preguntándose si aquella falta de nitidez era realmente obra de la bruma o si era el vino lo que le emborronaba la vista.
Al volver la mirada al fuego, le pareció por un instante que las brasas se multiplicaban en pequeños puntos de luz a los que les brotaban alas y levantaban el vuelo como luciérnagas incandescentes.
«Es la niebla —se dijo, dándole otro tiento al odre—. La niebla me hace ver cosas raras».
A ras de suelo la bruma se veía aún más densa, como si la propia tierra respirara, exhalando un hálito turbio y pútrido que se elevaba en pequeños remolinos y se enroscaba en torno a las tumbas hasta envolverlo todo en un velo fantasmal.
A ratos, los vapores borraban la base de la cruz y esta parecía flotar, como si Stígmata se dispusiera a abandonar ya el reino de los vivos.
Con la imaginación excitada por la bebida, la niebla, la hora avanzada y aquel escenario fúnebre que olía a descomposición y muerte, Oráculo casi esperaba que entre la bruma se materializara Hermes —a él le gustaba llamarlo por su nombre griego—, dispuesto a asir el travesaño de la cruz y, con el impulso de sus sandalias aladas, llevarse a Stígmata a las moradas de Hades.
Él y sus dos compañeros llevaban allí, según calculaba, casi dos horas.
Su manera de montar guardia era un tanto laxa, por decirlo con indulgencia, ya que lo hacían sentados alrededor del fuego y pasándose de mano en mano un pellejo de vino que habría servido para agasajar al mismísimo Polifemo.
Si los hubiera visto un centurión, no habría tardado en espabilarlos a golpe de sarmiento.
Pero, se decía Oráculo, custodiar a un hombre atado a un madero en un descampado solitario no era lo mismo que patrullar el perímetro de un campamento militar amenazado por hordas de bárbaros.
Había un cuarto vigilante. Tambal se mantenía algo apartado, formando un triángulo entre los otros tres hombres y la cruz, sin perder de vista ni a sus compañeros ni al crucificado.
En lugar de buscarse una piedra lisa y arrimarla al fuego, o de sentarse en un cipo funerario como había hecho el galo Crines —a quien parecía importarle poco aposentar su trasero sobre los huesos de un difunto—, el nubio permanecía en cuclillas.
Podía pasar así horas, inmóvil, con los glúteos a apenas medio palmo del suelo.
A Oráculo no dejaba de sorprenderle que Tambal aguantara tanto tiempo en aquella postura.
Si él se hubiera sentado así tan solo el rato que tardaba el pellejo de vino en darle la vuelta a la hoguera —un lapso breve, considerando que lo compartían tres bebedores entusiastas—, habrían tenido que levantarlo con una cabria, entre chasquidos de todas sus articulaciones.
Los dos hombres que lo acompañaban al calor del fuego, el galo Crines y el samnita Botronio, habían hecho amago de burlarse del nubio a costa de aquella postura.
—¿Qué le pasa? —murmuró Crines, a quien llamaban así por sus trenzas, tan largas como grasientas—. ¿Es que está estreñido y no le acaba de salir la cabeza de la tortuga?
Oráculo se llevó un dedo a los labios y respondió en voz baja:
—Te recomiendo que lo dejes fuera de tus bromas.
—¿Ah, sí? ¿Y qué puede hacerme?
Pese a su tono chulesco, el galo había respondido sin levantar la voz, y ya no insistió más en sus comentarios.
El nubio no era gladiador como Crines ni pugilista como Botronio, y los doblaba a ambos en edad. Pero con los años no había perdido un ápice de musculatura ni había adquirido una sola libra de grasa, y seguía siendo rápido y flexible como un látigo.
Oráculo no recordaba haberlo visto recurrir a la violencia más que dos o tres veces, sin contar cuando empuñaba el flagelo o la verdasca por orden de Septimuleyo.
Con lo que había presenciado le bastaba.
Si los allí presentes se vieran obligados a combatir a muerte entre sí, no albergaba la menor duda de que el único superviviente sería Tambal.
(Stígmata, inmovilizado en la cruz, no contaba).
Bien fuera por imaginar aquel posible duelo en el que, sin duda, él mismo sería el primero en caer, o bien por cierta camaradería —Tambal y él eran de los Lavemos más veteranos—, Oráculo se levantó y se acercó al nubio para tenderle el pellejo de vino.
Tambal era el que menos bebía de ellos. Sin embargo, ahora aceptó el ofrecimiento. La noche era fría. Y más larga para él, que, después de cubrir el primer turno de guardia, cuando le llegó el relevo se empeñó en quedarse.
—Pero, entonces, ¿vas a pasarte la noche en vela? —le había preguntado Oráculo.
—Es lo mínimo que él se merece —fue la respuesta de Tambal, apuntando con la lanza en dirección a Stígmata.
—¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Nadie a quien…? —había dicho Crines, imitando con los dedos el acto de copular.
Tambal, como era de esperar, no se dignó contestarle.
Ahora, tras dar un largo trago, el nubio le devolvió el odre a Oráculo y le dio las gracias con un levísimo gesto de la barbilla. Él era así, mayestático como una escultura tallada en basalto.
Entretanto, Botronio y Crines discutían sobre las virtudes y defectos de sus respectivas artes de combate. El primero le decía al segundo que los gladiadores estaban sobrevalorados, que en sus peleas había mucho tongo, mientras que en el pugilato todo era auténtico.
—Nuestros golpes son de verdad. Solo hay que ver cuántas cicatrices tienes tú y cuántas tengo yo.
El celta se rio de él.
—Eso es porque yo soy mucho mejor que tú.
—Eso es porque procuráis que los golpes pasen así.
Botronio lo escenificó.
—Mira, esta mano eres tú —dijo, levantando la izquierda—, y esta otra la espada de tu rival. Ahora, mira.
La mano que representaba la espada pasó a más de un palmo de la otra, mientras el samnita silbaba imitando el sonido de la hoja al cortar el aire. Luego, dejó caer a un costado la mano que supuestamente era Crines y exclamó:
—¡Ay, qué dolor, me han dado! ¡Que vengan los cirujanos!
—Idiota, ¿y la sangre qué? ¿Cómo va a salir sangre de las heridas si la espada no llega a tocarte?
—Bah, trucos, trucos.
—¿Qué trucos? Dímelo tú, listo.
—Como que te los voy a decir a ti…
—¡Vosotros sí que fingís y hacéis tongo!
—¿Ah, sí? ¿Y estas orejas, por qué las tengo así? —dijo Botronio. Como a tantos otros púgiles, se le veían tan deformadas por los golpes que parecían repollos.
—¡Eso es de cada vez que le intentas comer el coño a tu hermana, que cierra esos muslos de vaca que tiene y te aplasta las orejas!
En lugar de ofenderse, el samnita se tronchó de risa. Al ver que Oráculo volvía junto al fuego, extendió la mano.
—¡Trae acá eso, que el vino se agria si no se le hace correr!
Oráculo le entregó el pellejo, no sin darle un consejo que no se estaba aplicando a sí mismo.
—Es mejor moderarse con la bebida. Recordad que estamos de servicio.
—¡Bah! ¡Esto no es el ejército! ¿Qué va a hacer ese de ahí? ¿Descolgarse?
—A lo mejor sabe desatar nudos con la polla —intervino Crines.
La ocurrencia hizo que tanto él mismo como Botronio se desternillaran. Las carcajadas resonaron más estridentes de lo normal. A Oráculo le dio la impresión de que el timbre de sus voces se modificaba a cada instante, como si en vez de reír ulularan.
«Empiezan a estar demasiado borrachos», pensó.
A él también se le había subido un poco la bebida. Se dijo que no tenía importancia, que era lo justo para entrar en calor y animarse.
Y el caso era que la cruz parecía flotar de nuevo…
«Tonterías, estoy bien».
—Hablando de estar de servicio y de pasarse con el vino —dijo Oráculo—, ¿Morfeo no os ha contado nunca lo que ocurrió con las gradas del Foro Boario?
—Si lo ha contado alguna vez, yo no me he enterado —respondió Crines.
—Normal —dijo Botronio—. No hay mejor forma de quedarse dormido que dejar hablar a ese vejestorio.
—Pues ya que no conocéis esa historia, os la contaré yo.
—¿No dices que estamos de guardia? —preguntó Botronio.
—Eso he dicho, sí.
—¡Entonces, no nos duermas tú con tus batallitas!
A Crines le hizo tanta gracia la ocurrencia de su compañero que le palmeó el muslo repetidas veces, como si tocara un tambor, mientras emitía una especie de gorjeos agudos, entre la risa de una hiena y el ulular de un búho.
—Deberíais escuchar y respetar a vuestros mayores.
Los tres se volvieron, sorprendidos. Tambal había roto su mutismo para pontificar con voz grave y un tono tan sentencioso como un oráculo. En este caso, auténtico.