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Antes de salir de la taberna, Sertorio pagó de su propio bolsillo la comida y la bebida consumidas y las que aún quedaban sobre la mesa.
Sierpe se fijó en las monedas que salían de la bolsa del muchacho.
Al oír cómo tintineaban las que quedaban dentro, no pudo dejar de pensar que bastaría un tajo rápido en el cordón y una carrera para hacerse con ese dinero.
Sonrió para sí, recordando una fábula que Stígmata le había contado cuando era niña. El escorpión, después de clavarle el aguijón a la rana que le hacía de barquero, se disculpaba mientras se hundían juntos en el río: «Lo siento, es mi naturaleza».
La de Sierpe consistía, entre otras cosas, en ser una descuidera extremadamente habilidosa. En el mismo momento en que Sertorio se guardaba la escarcela junto al cinturón, los dedos de la joven volaron veloces y cobraron una presa.
Helvio, que se había quedado sentado junto a sus dos satélites, Flaco y Minucio, alzó la copa con un gesto burlón y brindó:
—¡A tu salud, jefe! ¡Muy agradecido por todo!
—Si te asusta correr peligro con tus camaradas aquí, en Roma —dijo Remo, el gemelo que hablaba—, cuando te enfrentes a los cimbrios no vas a tener Galia para correr.
Rómulo apoyó las palabras de su hermano, imitando con los dedos la carrera de alguien que huía a toda velocidad.
—No me preocupa —respondió Helvio—. Me han dicho que la Galia es muy grande.
Los Mirmidones que se iban cruzaron algunas pullas más con los tres que se quedaban.
Aunque no llegaron a las obscenidades que intercambiaban los Lavemos en sus tertulias —y que en más de una ocasión acababan a puñetazos o incluso con algún navajazo—, a Sierpe le hicieron pensar que no todo era camaradería en aquella pequeña hermandad.
De hecho, todo indicaba que esa hermandad se había roto.
Así debió de verlo también Sertorio, que apaciguó a sus seguidores más fieles y después se dirigió a los tres disidentes:
—Dices que estás agradecido, Helvio. Pero agradecido lo estoy yo. A ti, y también a ti, Flaco, y a ti, Minucio, por todo este tiempo juntos. Aunque separemos nuestros caminos, espero que los vuestros sean largos y prósperos.
Helvio se ruborizó un poco y pareció a punto de responder algo. No debió de encontrar nada lo bastante sarcástico, de modo que agachó la mirada y se limitó a alzar la copa de nuevo y dirigirla hacia Sertorio, sin mirarlo a la cara.
Mientras subían la escalera, Sierpe, que iba justo detrás de Sertorio, vio cómo Quirinio se volvía hacia él y oyó cómo le decía:
—Has sido magnánimo.
—No han sido más que unas monedas.
—No me refiero a eso, y lo sabes.
«Magnánimo». Sierpe juraría no haber oído esa palabra en su vida. Y no por incultura, sino por falta de personajes cercanos a los que se les pudiera aplicar.
El pago de Sertorio en la taberna incluía llevarse una gallina.
Viva, no braseada ni en pepitoria. Tinila, la hija de Faustino que lo ayudaba por las noches, entró en el corral y regresó con el ave de plumaje más negro que pudo encontrar, tal como le habían encargado.
La gallina cacareó un instante, pero cuando Sertorio la tomó en brazos, acunándola como a un niño, ahuecó el plumaje del pecho, soltó un cloqueo bajo, metió el pico en el hueco del ala y se tranquilizó.
Al ver aquello, Sierpe se acordó de la escolopendra que había trepado por la mano del joven, tan mansa como si la hubiera domado.
¿Qué extraño poder poseía Sertorio sobre los animales?
Una vez en la calle, se dirigieron hacia la muralla, buscando un recoveco solitario y discreto para su ritual. La noche había caído y el rincón que Sertorio eligió era tenebroso incluso de día. No obstante, por no llamar la atención, solo encendieron una de las antorchas que llevaban.
Tuvieron que esperar un poco, ya que el recodo estaba ocupado por una prostituta y su cliente, que fornicaban contra los sillares.
El hombre estaba tan borracho que en más de un envite parecía a punto de desplomarse.
En su estado, pensó Sierpe, era muy probable que estuviera introduciendo la mentula entre los muslos de la mujer, convencido de que era su vagina.
Algo típico del Sumenio. Al cabo de unos cuantos empujones más, el tipo —bien fuera porque remató la faena o porque se dio por rendido— se dio la vuelta tambaleándose y se alejó, mientras la prostituta se arreglaba la ropa y se marchaba en dirección contraria.
Ya sin testigos, Sertorio le entregó a Quirinio la gallina y le pidió que la sujetara por las patas y la pusiera cabeza abajo.
Él mismo sacó un cuchillo, le agarró el cuello y la degolló sin vacilar, con un tajo certero que mereció la aprobación de Sierpe.
El ave se agitó con espasmos breves y de la herida empezó a manar sangre.
Uno tras otro, los jóvenes pasaron la mano por debajo para mojarse los dedos.
—Tú también, Sierpe —le dijo Sertorio.
Aunque la sangre no era humana, la joven se estremeció al sentir su contacto tibio en la piel, anticipando la que se podría derramar después. Aquello que en la taberna parecía un juego de críos estaba a punto de convertirse en algo muy distinto.
Por primera vez, ella iba a apostar contra los suyos. Y la cuadra de Septimuleyo no era un equipo contra el que conviniera perder.
Sertorio alzó la voz con solemnidad. Los demás fueron repitiendo sus palabras en la misma nota, como un coro entonando un himno lúgubre.
—Por Proserpina, reina de los muertos, por Hécate, señora de las encrucijadas y las sombras…
—Por Proserpina…
—Por los lares, novensiles e indigetes…
—Por los lares…
—Por los manes y las Furias que vigilan desde abajo…
—Por los manes…
—Juro no revelar jamás a nadie lo que esta noche acontezca.
—Juro no revelar…
Sertorio hundió el puñal en el cuerpo de la gallina. Del pecho emplumado brotó otro chorro de sangre, negro como la pez a la luz de la antorcha.
—Si alguna vez quebranto este juramento…
—Si alguna vez quebranto este juramento…
—¡Que se abran las puertas del Mundus Cereris, que me trague el infierno, que me maldigan los hombres y me castiguen los dioses con las penas eternas del Tártaro!
—¡Que se abran las puertas del Mundus Cereris…!
Una vez pronunciado el terrible voto, todos juntaron las manos en el centro. Sierpe vaciló y reculó un poco, pero Sertorio volvió a decirle:
—Tú también.
Ella obedeció. Cuando su mano se posó sobre la de él y las de los demás, sintió que se le erizaba el vello de la nuca. No habría sabido decir si era de emoción por sentirse, por primera vez en mucho tiempo, parte de algo distinto, o por temor a lo que los aguardaba.
El juramento estaba hecho.
Sertorio decidió que había llegado el momento. Tragó saliva, pues se sentía mucho menos seguro de lo que quería aparentar, y les reveló por fin en qué consistía aquella misión que él mismo, por inspirarlos con tonos épicos, había descrito como «el último trabajo de los Mirmidones».
Al principio lo escucharon con los ojos muy abiertos, como si siguieran bajo el influjo de la sangre y las terribles invocaciones.
Después, a medida que comprendieron lo que se les pedía, el hechizo empezó a disiparse y algunos torcieron el gesto.
Tigelio no dejaba de resoplar, Rómulo y Remo conversaban en silencio con gestos agitados, Atalanta ponía los brazos en jarras y apretaba los labios, y Horriblius movía la cabeza a ambos lados como si discutiera consigo mismo.
¿Estaba a punto de perderlos? ¿Los había perdido ya?
Sierpe, por su parte, se mantuvo un poco apartada, con los brazos cruzados y observándolos a todos. En cierto momento, cruzó una mirada con Sertorio que parecía decir: «¿Ves? Tus amigos son más sensatos que tú».
Fue Quirinio quien rompió el silencio.
—¿A qué esperamos? Lo hacemos y volvemos a la taberna a tiempo de terminar la cena que tan amablemente ha pagado Sertorio y bebemos hasta el agua de los abrevaderos.
¡Ah, Quirinio! Siempre a su lado. Sertorio se dio cuenta de que llevaba un rato conteniendo el aliento y, por fin, exhaló.
La tensión se quebró. Los demás soltaron risitas nerviosas y trataron de infundirse valor con chanzas frívolas, como si lo que les proponía Sertorio fuera una aventura más, una correría de adolescentes igual que tantas otras de las que habían salido indemnes.
Al cabo de un rato, daba la impresión de que lo habían conseguido, de que habían conjurado el miedo. Cuando echaron a andar hacia casa de Antiodemis —primera parada del plan que Sertorio todavía estaba concibiendo en su mente—, lo hicieron con la cabeza erguida y el paso firme.
Al verlos avanzar a la luz de la antorcha que Tigelio llevaba en alto, como si fuera el portaestandarte de la unidad, Sertorio miró a Sierpe y sonrió —«Serán más sensatos, pero me siguen»—, mientras se decía que ni Mario tenía en África unos soldados como aquellos.
Después, al recordar algo que le había dicho Lucilio, el orgullo se le desinfló un poco.
«Hay muchos generales que se creen que sus soldados son piezas de latrunculi .
Pero cada uno de ellos es un hombre como tú, con sus sueños y sus temores, con sus padres, con los hijos que tiene o los que podría tener.
Si han de morir, que así sea, pues es noble y decoroso dar la vida por la patria y por los tuyos.
Pero no olvides que no son fichas en un tablero ni reses de un rebaño».
Sertorio respiró hondo. No era momento de dejarse arrastrar por emociones, fueran de orgullo o de temor. Había inspirado a los Mirmidones como si fuera Aquiles. Ahora le tocaba ser cerebral y convertirse en el astuto Odiseo.
Pero diseñando un plan más sutil que el del caballo de Troya. Pues sus Mirmidones no iban a tener a una Casandra con su maldición, incitando a los enemigos a hacer lo contrario de lo que les aconsejaba.
«¡Casandra!», repitió para sí.
Acababa de tener una idea que quizá fuera la clave para el éxito del germen de plan que estaba pergeñando.