Sertorio, el elegido de la diosa blanca 122
88%

122

Antes, mientras se dirigían a la taberna, Sertorio le había contado a Sierpe el motivo por el que los Mirmidones se reunían aquella noche.

Se trataba de una despedida. Varios de ellos se habían alistado en las legiones y en un par de días empezarían la instrucción en el campamento, ya bajo la disciplina de los estandartes, antes de partir de Roma en dirección a la Galia.

—¿Van a servir en el ejército de Servilio Cepión?

—Así es.

Sería casualidad, o burla de un geniecillo travieso, pero coincidió con el momento en que pasaban junto a una pintada que rezaba:

Q·SERV·CAEPIONEM·CONSULEM·FACITE

VICINI·ESQUILIARUM·ROGANT

«Los vecinos de las Esquilias piden que hagáis cónsul a Q. Servilio Cepión».

Encima de aquellas dos líneas, pinceladas en rojo con elegantes letras de molde, alguien había escrito otro mensaje con negro de humo y una caligrafía mucho más tosca: F UTUE·TE·IPSUM·CINAEDE , «Jódete, bujarrón».

Sierpe volvió la cabeza hacia la izquierda y escupió contra la pared. No fue un gesto para alejar el mal, sino de puro desprecio. Su salivazo cayó justo sobre la C de consulem y resbaló por la R de Esquiliarum .

—Deduzco que, si fueras hombre, no lo votarías —dijo Sertorio.

—Eres muy perspicaz.

—¿Lo conoces? —preguntó Sertorio.

—Demasiado bien.

Siete años tenía la primera vez que le tocó hacer de copera para Cepión en el Hórreo de Laverna. Al menos, debía reconocer que no le había intentado meter mano como hacían con ella, ya a tan tierna edad, algunos de los esbirros de Septimuleyo.

—¿Personalmente?

—¿Crees que no soy lo bastante importante para tratarme con un cónsul?

Sierpe sabía de sobra que no lo era y que un cónsul se hallaba casi a la altura de un dios, aunque se tratara de uno tan canalla como Cepión. Pero en el tonillo del muchacho se traslucía cierta incredulidad que la había molestado.

—Lo que creo —respondió Sertorio— es que es él quien se cree demasiado importante para el resto del mundo entero.

—Hablas como si tú también lo conocieras.

—Más de lo que desearía.

—¿Tú no te has presentado voluntario como tus amigos?

—No, no lo he hecho.

—Aunque no te presentes, te pueden reclutar a la fuerza, ¿no?

—Si resultas elegido en el sorteo de tu tribu, sí.

—El caso es que a ti no te han reclutado.

Él contestó sin mirarla a la cara.

—Mi nombre no salió en el sorteo.

—Pero tienes la edad.

—Claro. Ya he cumplido dieciocho.

«No sé yo». Sierpe seguía dudando. Si Sertorio decía la verdad, ya debería de asomarle aunque fuese la sombra de un bozo.

Por otra parte, algunos hombres eran más lampiños que otros. Y su estatura, la seguridad con que se movía, su forma de hablar…

«¿Qué importa?», se dijo. Si Sertorio era capaz de ayudar a Stígmata, daba igual que fuese un niño de teta o un anciano desdentado.

—Si ya has cumplido la edad, ¿por qué no te has presentado voluntario entonces? ¿Es que no quieres ser legionario?

—Tú misma tienes la respuesta.

—Servilio Cepión.

—No serviré nunca a sus órdenes.

—Si puedes evitarlo.

—Si puedo evitarlo —había contestado él, cruzando los dedos.

En la taberna, después de las presentaciones, Sertorio levantó una mano para indicar que quería tomar la palabra. La algarabía se fue apagando poco a poco. Una vez que se hizo el silencio, se dirigió a sus compañeros.

—Mirmidones…

Ellos respondieron alzando las copas, entrechocándolas —con tal ímpetu que Sierpe comprendió por qué eran de madera y no de barro— y exclamando:

—Takhípoloi! Eríeres hetaîroi!

Aunque Sierpe tenía cierta familiaridad con el griego a fuerza de oírlo en las calles, la única palabra que entendió fue la última, «camaradas».

—Tranquilos, ahora no es un brindis —dijo Sertorio—. Os tengo que pedir algo realmente importante, y por eso necesito saber si estáis conmigo.

—¿Cómo de importante es? —preguntó Helvio.

—Cuando sepa si vais a seguirme, os lo diré.

Helvio miró a uno y otro lado y respondió:

—Creo que todos preferimos saber de qué estás hablando antes de decir que sí.

Poniendo a prueba la autoridad de Sertorio, tanteando los límites, observó Sierpe.

Por menos de eso, Septimuleyo habría despellejado alguna que otra cara.

Pero no estaban en el Hórreo de Laverna.

Curiosamente, se dio cuenta de que se encontraba más a gusto allí, con aquellos chicos, de lo que lo había estado en mucho tiempo en cualquier otro sitio. A pesar de Helvio, o de Atalanta, que de vez en cuando la miraba de reojo con una sonrisilla irónica.

—Lo que os voy a proponer es una empresa —dijo Sertorio—. Una misión. Un érgon , como los de Hércules.

—Con eso no nos aclaras nada —insistió Helvio.

Sertorio le hizo caso omiso y continuó:

—Si decidís seguir conmigo, será lo último antes de separarnos. El último trabajo de los Mirmidones. Nuestra hazaña final.

—¿Por qué no la hazaña de seguir bebiendo hasta que salga el sol? —respondió Horriblius, alzando su copa.

Todos brindaron por Hércules, por Baco y por Líber. Pero enseguida se dieron cuenta de que Sertorio no lo hacía, así como tampoco sonreía.

—Estás hablando en serio —dijo Quirinio.

—Estoy hablando en serio.

«Esto es absurdo. Imposible», pensó Sierpe. En cuanto Sertorio les destapara que su intención era rescatar de la cruz a un reo castigado por uno de los hombres más poderosos y, sin duda, el más cruel de los bajos fondos de Roma, todos se negarían.

Ella misma habría salido huyendo.

El espacio era demasiado angosto para ponerse en pie sin doblar el cuerpo, así que Sertorio permanecía sentado.

Había adelantado un poco el torso para dirigirse a sus compañeros, de modo que Sierpe solo le veía la cara de refilón.

Aun así, notó que los demás estaban mirándolo a los ojos, toda su atención concentrada en él.

«No es más que un crío —se dijo—. ¿Por qué lo tratáis como si fuera el puto cónsul?».

No se trataba únicamente de la mirada. La voz del joven, ahora que se dirigía al grupo y no solo a ella, sonaba aún más impregnada de confianza, incluso de autoridad.

Al mismo tiempo, había una cualidad sedante en ella.

Sin ser monótona ni soporífera, transmitía una serenidad contagiosa.

Sierpe se dio cuenta de que, pese a sus dudas, su propia respiración se acompasaba con las palabras de Sertorio y se hacía más lenta, más profunda.

—¿Qué idea has tenido esta vez? —preguntó Atalanta.

La mano de Flaco reposaba en el hombro de la chica, tamborileando con los dedos en un jugueteo que pretendía parecer inocente. Ella se la sacudió de encima como quien se despoja de un manto empapado y adelantó el cuerpo, apoyando los codos en la mesa para escuchar mejor a Sertorio.

La intensidad con que clavaba los ojos en él no dejaba lugar a dudas.

A Atalanta le gustaba Sertorio. Por eso había recibido a Sierpe con hostilidad.

—No os lo puedo decir antes de que me juréis que lo vais a hacer —respondió Sertorio.

—¿Sin saber de qué se trata? —dijo Helvio.

—Sin saber de qué se trata.

—¿Jurar, nada menos? —intervino Quirinio. No había oposición en su tono, solo sorpresa y un punto de intriga—. ¡Qué misterioso!

—No irás a hacernos jurar primero para decirnos después que el trabajo consiste en que nos dejemos encular por un toro —dijo Horriblius.

Algunos de los otros muchachos respondieron con carcajadas. Helvio, por su parte, miró a Flaco poniendo los ojos en blanco por un segundo.

Aquello le confirmó a Sierpe que allí había una facción disidente, aunque fuera exigua en número.

—Podemos pedirle a Dédalo que nos fabrique un disfraz de vaca, a ver si así duele menos —respondió Quirinio.

Sierpe no tenía ni idea de qué estaban hablando, ni de quién era ese tal Dédalo. ¿Algún amigo que no había asistido a la reunión?

—Hablo en serio. Ella y yo vamos a hacerlo —dijo Sertorio, señalando a Sierpe con el pulgar—. Pero no creo que lo consigamos los dos solos. —Tras una pausa, añadió—: Va a ser peligroso.

—Si aplicamos la escala de peligro de Hércules —dijo Quirinio—, ¿de qué estamos hablando? ¿Un Augías?

Sertorio negó con la cabeza. Sierpe seguía sin saber a qué demonios se referían.

—¿Un Estínfalo, una Hipólita?

Sertorio volvió a negar. Ahora los demás preguntaron a coro:

—¿Una Hidra?

—Me temo que no, mis hetaîroi .

—¡Un Cerbero!

Sertorio asintió. Los demás lo celebraron con aplausos y exclamaciones: «¡Un Cerbero, nada menos!», «¡Con dos cojones!».

Todos menos Helvio, Flaco y Minucio.

El cisma parecía servido.

—¡Calma! —dijo Sertorio, haciendo gestos para apaciguar las voces—. Es peligroso de verdad. Si lo hacemos todo como he planeado, puede salir bien. Pero a veces…

—A veces las cosas no salen como se planean —completó Quirinio—. Como nos pasó en nuestro segundo Caballo de Octubre.

—Por eso mismo, me alegro de haberos pillado antes de que os acabéis esa jarra.

—Es la segunda —dijo Horriblius.

—Ya me lo imaginaba. Habría sido peor si fuese la tercera.

—¿Qué hacemos, entonces? —preguntó Atalanta. Se la veía tan entregada a la causa como el que más.

—Para empezar, marcharnos de aquí. Antes de que os explique nada más, tenemos que jurar solemnemente que nadie revelará lo que va a ocurrir esta noche. —Recorriendo la mesa con la mirada y escrutándolos de uno en uno, Sertorio añadió—: Jamás.

Hubo un largo silencio durante el que todos cruzaron miradas interrogantes.

Fue Helvio el primero en romperlo.

—Lo siento, no me gusta. Esto me da malos augurios.

—«El único augurio, el mejor, es combatir por los amigos» —replicó Quirinio—. ¿No dijo eso Homero?

Homero. De ese sí había oído hablar Sierpe. El que contaba las aventuras de Ulises, y de Circe, la maga que revelaba la verdadera naturaleza de los hombres como cerdos.

—Dijo eso, o algo parecido —contestó Sertorio.

—Me sirve con que sea parecido. ¡Cuenta conmigo!

—Pues conmigo no —insistió Helvio—. Bastantes peligros voy a correr ya en el ejército contra esos putos cimbrios. Quiero tener una última noche tranquila y divertirme, sin más.

Mientras hablaba, se dedicó a rellenar copas, primero la suya, después las de Flaco y Minucio. Sertorio lo observaba en silencio.

Cuando Helvio estiró el brazo para servir a Atalanta, esta puso la mano sobre su vaso.

—No más vino. Tenemos un trabajo.

Los demás imitaron su gesto.

Sertorio volvió la mirada a Sierpe y sonrió. En respuesta, las comisuras de la boca de ella se alzaron casi sin querer.

No estaba mal. Siete Mirmidones iban a ayudar a Stígmata.

Con ella, eran ocho. ¿Un número de buena suerte?

Esperaba que sí. Por si acaso, rogó a Hécate, señora de las encrucijadas y de las tinieblas de la noche, que los amparara.