Sertorio, el elegido de la diosa blanca 121 #2
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—Por las mañanas suelen venir trabajadores del barrio, y también los enterradores del templo de Libitina.

«Una clientela encantadora», estuvo a punto de responder Sierpe. Pero, bien mirado, los enterradores no podían ser peores que mucha de la escoria que rodeaba a Septimuleyo.

Llegar al final de la escalera no significaba salir de las estrecheces.

El reservado que ocupaban los amigos de Sertorio tenía el techo bajo, carecía de ventanas y era tan reducido que, cada vez que uno de ellos quería ir a la letrina del piso superior, los demás debían levantarse y salir para dejarle paso.

Los bancos que rodeaban la mesa por tres de sus lados estaban pegados a la pared y no quedaba espacio para pasar por detrás de ellos.

Los Mirmidones no llevaban allí mucho rato.

Aunque se los veía alegres y dicharacheros, era más por el placer de estar juntos y por la perspectiva de divertirse esa noche que por efecto del vino, que aún no se les había subido a la cabeza.

En el centro de la mesa había una bandeja con albóndigas de almendras y cordero —según le explicó Sertorio, en el idioma de Faustino «cordero» era la traducción de «oveja añosa»—, una fuente con un guiso de habas y papada de cerdo, y una hogaza de panque, a juzgar por la forma en que los dedos de los muchachos se ponían blancos de hacer fuerza para arrancarle pellizcos, llevaba horneada más de un día y más de dos.

El único de los allí reunidos que lucía una barba cerrada y que, por eso mismo, aparentaba ser el mayor alzó la copa y saludó en tono grandilocuente:

—¡Bienvenidos! ¡Loor y gloria a nuestro jefe, príncipe de los Mirmidones!

Los demás entrechocaron sus copas y se apretujaron para hacer sitio a los recién llegados.

Sierpe se acomodó como pudo en el borde del banco, con medio glúteo fuera, mientras Sertorio le presentaba a sus compañeros de uno en uno.

Ella, que poseía una excelente memoria para los rostros, pero no tan fiable para los nombres, se esforzó por aprenderlos.

El de la barba era Helvio. Pese a ser el primero que había saludado con aquel brindis ampuloso, Sierpe no tardó en percatarse de que su entusiasmo era una máscara y de que era quien más en duda ponía la jefatura de Sertorio.

Después de la primera sonrisa, cuando la presentación ya había pasado a otro de los Mirmidones, Helvio se dedicó a escrutarla de arriba abajo con la nariz ligeramente arrugada, como si olfateara algo desagradable.

Sierpe tenía dos recursos para esas situaciones.

Si lo que buscaba era ganarse la confianza de un desconocido hostil —casi siempre para aprovecharse de ella—, levantaba las cejas como una V invertida, dejaba de parpadear y sacaba un poco el labio inferior como si estuviera a punto de hacer un puchero.

Con ese gesto sus ojos se veían aún más grandes y húmedos, y la persona en cuestión dejaba de considerarla una amenaza para percibirla como una muchacha indefensa, casi una niña.

Si, en cambio, quería marcar territorio y hacerse respetar, miraba fijamente al desconocido mientras imaginaba dónde podría clavarle el cuchillo. Bastaba con eso para que su cara y su cuerpo transmitieran un mensaje inequívoco: «Cuidado conmigo».

Con Helvio eligió la segunda opción. Al parecer, funcionó. El joven apartó la mirada con la excusa de girarse hacia la jarra para servirse más vino.

El grandullón rubio y pálido como un celta que estaba cantando cuando entraron, con una voz limpia y atenorada digna de lucirla en un escenario, era Tigelio.

A su lado se sentaba un joven cejijunto, con la nariz torcida y aplastada y un ojo mirando hacia el Janículo.

Lo llamaban, muy apropiadamente, Horriblius, pero tenía una sonrisa fácil que le iluminaba el rostro entero y que enseguida hacía olvidar su fealdad.

Cuando le dedicó a Sierpe una de esas sonrisas, ella se sorprendió devolviéndole otra insólitamente franca en una persona de natural tan precavido y receloso como era ella.

Había dos gemelos que respondían a los nombres de Quinto y Sexto Petronio, si bien los demás se dirigían a ellos como Rómulo y Remo.

Aunque eran prácticamente idénticos, Sierpe aprendió a distinguirlos enseguida, ya que existía entre ambos una diferencia más que llamativa.

Rómulo era mudo y, probablemente, sordo.

Debido a ello se expresaba con las manos, que aleteaban delante de su cuerpo como una bandada de pájaros, y mantenía la vista fija, casi sin pestañear, en los labios de quienquiera que llevase la voz cantante en cada momento.

—¡Bienvenida, Sierpe! —la saludó Remo.

Rómulo, por su parte, se descolgó del cuello un díptico, escribió algo en la cera a toda velocidad y después le dio la vuelta a las tablillas. En letras de buen tamaño se podía leer:

SALVE·AMICA·SERTORII·PULCHERRIMA·ES [45]

Sierpe no pudo evitar sonreír. Rómulo sí que era muy guapo, igual que su hermano. Ambos eran delgados, morenos, de cabello rizado, y la sonrisa que se dibujaba en sus labios carnosos parecía tan franca como la expresión de sus ojos grandes y oscuros. La suya era una belleza delicada, casi femenina.

En el Hórreo de Laverna se habrían disputado sus favores a puñaladas.

La única chica del grupo era Atalanta. Incluso sentada, se apreciaba que superaba en estatura a algunos de sus amigos varones.

Tenía los hombros huesudos y amplios y, sospechó Sierpe, las caderas estrechas.

Aunque no podía decirse que fuese fea al modo de Horriblius, su nariz y su barbilla eran demasiado anchas y rotundas para componer un rostro bonito.

Se la veía un tanto hombruna, pero la mirada de desconfianza y rivalidad que le dirigió a Sierpe fue genuinamente femenina.

A la izquierda de Helvio, el de la barba, había dos muchachos a los que Sierpe etiquetó como sus adláteres.

El llamado Flaco tenía unas enormes orejas de soplillo, en lugar de colganderas como sugería su apellido.

Minucio sí hacía honor al suyo, lo que hizo dudar a Sierpe si se trataba de su auténtico nombre o un apodo.

Era tan menudo que incluso sentado su cabeza se veía medio palmo más baja que la de los demás [46] .

Ambos cuchichearon entre sí mientras miraban a Sierpe.

Una burla, un comentario lascivo o ambas cosas a la vez.

No tenían pinta de atreverse a decirle nada en voz alta.

Marco Quirinio, el último muchacho que le presentó Sertorio, era, sin duda, su lugarteniente en el grupo.

Saltaba a la vista que entre ambos existían un afecto y una complicidad arraigados que los separaban del resto.

Tan alto como Sertorio, sus rasgos eran incluso más afilados, con una nariz larga y aguileña y una barbilla puntiaguda.

Su mirada chispeante y un punto irónica sugería que por dentro estaba siempre riéndose de alguna broma privada.

Mientras que los demás parecían haberse tirado la ropa por encima, él la lucía con elegancia incluso en aquel antro, como si dos esclavas se la acabaran de poner recién lavada y planchada.

Eso hizo conjeturar a Sierpe que pertenecía al orden ecuestre.

Más adelante, Sertorio le diría que la distinción y prestancia de Quirinio eran rasgos innatos en él, y no tenían nada que ver con la clase social, bastante más humilde, en la que estaba registrado en el censo.

Quirinio fue el único que, pese a las estrecheces del lugar, se levantó cuando le tocó el turno. Lo hizo con una reverencia deliberadamente exagerada, al mismo tiempo gentil y burlona, compartiendo con ella la broma.

A él también le devolvió la sonrisa.