Sertorio, el elegido de la diosa blanca 121
87%

121

—¿Sabes ya qué vas a necesitar? —preguntó Sierpe.

Sertorio y ella describieron un rodeo hacia el este para alejarse de los sicarios que vigilaban la cruz.

Una vez que llegaron al Aqua Marcia Tepula, aprovecharon que los gruesos pilares de sus arcos los resguardaban de la vista y cambiaron de dirección, hacia la puerta Viminal.

De camino, atravesaron el pinar que rodeaba el santuario de Venus Libitina, manteniéndose a cierta distancia del templete.

Sertorio parecía saber en todo momento dónde pisaba y adonde se dirigía. Cuando dijo que conocía el Esquilino como la palma de su mano, Sierpe lo tomó por una fanfarronada. Al parecer, era cierto. ¿Ocurriría lo mismo con la seguridad con que había afirmado que descolgaría a Stígmata de la cruz?

—¿Cómo piensas hacerlo?

—Cuando se haga de noche.

—He preguntado cómo, no cuándo.

—Con ayuda.

—Estoy pensando en ello —dijo él. Había tardado tanto en responder a la pregunta que debió de notar el gesto de perplejidad de Sierpe y precisó—: Pensando en lo que vamos a necesitar. Es evidente que tenemos que librarnos de los guardias, pero no quiero matarlos.

—¡Ja! ¿Que no quieres matarlos?

—Eso he dicho.

—¿Quiénes os habéis creído que sois tú y tus Mormolones?

—Mis Mirmidones y yo somos ahora mismo lo único que tiene tu amigo.

—Esos que hemos dejado allí son Lavemos, ¿te das cuenta? Ellos sí que querrán mataros si os acercáis.

—Ahora hablas como si te sintieras orgullosa de ellos. ¿No decías que no estabas…?

—Sé muy bien lo que he dicho.

Atravesaron la modesta puerta Viminal. Al otro lado se extendía el sector intramuros del Esquilino.

Sin ser uno de los barrios aristocráticos de Roma, al menos no era el estercolero que habían dejado al otro lado de la muralla.

En la parte alta de la colina incluso empezaban a levantarse algunas domus de lujo para miembros del orden ecuestre y nuevos senadores.

Los dos jóvenes subieron por la cuesta que marcaba el primer tramo del Vicus Patricius, una de las avenidas más largas de Roma, pero la abandonaron rápidamente para desviarse a la izquierda y descender hacia las zonas más populares del distrito.

A esas horas, los puestos callejeros ya se habían retirado, aunque aún quedaban abiertas algunas tiendecillas donde se vendían calderos de cobre, ánforas de barro, quesos en aceite, velas, antorchas y un sinfín de objetos más, siempre que no fueran de lujo.

De vez en cuando se veía un termopolio, con los últimos clientes consumiendo allí la cena que no podían preparar en sus viviendas angostas y miserables.

Conforme se adentraban en el Esquilino Inferior, el entorno se iba degradando.

Como ocurría en casi todas las zonas bajas de la ciudad, más propensas a las inundaciones en invierno y a los mosquitos y otras plagas en verano, allí las casas eran humildes cuando no sórdidas y se hacinaban unas contra otras en un trazado caótico en el que no faltaban establos y corrales.

Todo se veía más sucio y deteriorado —cal bofada en las paredes, puertas combadas por la humedad—, y en el aire flotaba una combinación de olores que competían entre sí sin llegar a anularse, para desgracia de los olfatos sensibles: humo de leña mal quemada, col fermentada, estiércol sin recoger, paja mojada y una mezcla acre de orines y de pescado en descomposición tan persistente que parecía haberse incrustado en las losas del suelo, allí donde estas se conservaban.

Con todo así, pensó Sierpe, esos olores eran preferibles a los hedores nauseabundos que emanaban del pudridero junto al que Stígmata sufría su tormento.

Aunque el sol ya se había puesto y en el cielo turquesa del este despuntaban las primeras estrellas, quedaba luz suficiente para callejear sin linternas ni antorchas.

No obstante, convenía mirar bien dónde se pisaba para no torcerse un tobillo en un socavón, resbalar en un charco —la mayoría no eran de lluvia— o pisar algún excremento evacuado por cualquiera de los animales que deambulaban por las calles.

Incluyendo entre estos a los que se desplazaban sobre dos patas.

—Este barrio es aún más cochambroso que el Aventino —murmuró Sierpe.

Aquel laberinto le resultaba familiar y extraño a la vez.

Una mugre parecida, pero encrucijadas nuevas, rincones escondidos, escaleras tortuosas que no había pisado en su vida.

Recordó una frase de alguien cuyo nombre había olvidado: «Roma no deja de sorprenderte.

Es como una mujer que nunca se deja conocer del todo».

En cierto momento, se cruzaron con un pequeño rebaño de ovejas al que su dueño conducía de recogida.

Eso los obligó a dar un rodeo —«¿Adónde vais, zagales?

¡Que mis ovejas no muerden!»—, ya que la vía era tan estrecha que no quedaba espacio ni para apartarse a un lado.

El desvío los hizo pasar junto a un andamio que prácticamente cruzaba de lado a lado de la calle.

Al observar que Sierpe se pegaba a la pared frontera para no pasar por debajo, Sertorio le preguntó:

—¿Eres supersticiosa?

—Conocí a uno que no lo era y que murió aplastado bajo un andamio como este —respondió ella.

Tras algunas vueltas y revueltas más, llegaron a un callejón que los superaba a todos en angostura.

Se detuvieron ante una puerta baja, con las tablas arqueadas por la humedad.

Sobre una lápida reutilizada que fungía de dintel, unas letras pintadas en un rojo desvaído y apenas legibles en la penumbra rezaban FAVSTINII·CAVPONA .

Aunque Sierpe no era precisamente letrada —había aprendido a leer tarde y mal—, le dio la impresión de que a ese Faustinii le sobraba una «i».

—¿Aquí es donde te reúnes con tus amigos?

—A veces.

—¿Un local agradable?

—Un antro de mala muerte. A nosotros nos encanta.

Sierpe alzó una ceja, desconcertada por la paradoja.

Sertorio se lo aclaró. Aquella taberna, con toda su cutrez, no era tan peligrosa como la de Vibio, junto al Tíber —ella la conocía más que de sobra, pues era el tugurio favorito de los Lavemos—, o la de Apolo, que, pese a llevar el nombre de un dios tan aristocrático y luminoso, congregaba a lo peor de la Subura.

Allí no tenían que disputar el espacio con bandas más numerosas ni con tipos de más edad y, por tanto, de colmillo más retorcido.

Los Mirmidones sabían muy bien que eran pocos y que no imponían tanto respeto como las cuadrillas viejas de la Subura o el Aventino.

—Además, el vino y las raciones son baratos.

—Y supongo que infames.

—Por eso siempre hay mesas libres.

Como ventaja adicional, Faustino no ponía pegas a que cantaran, rieran y armaran jaleo hasta altas horas.

Las paredes del reservado donde se reunían eran gruesas, y por encima de ellos solo dormía Faustina, la mujer del tabernero.

Aunque no se llamaba así, todo el mundo se dirigía a ella por ese nombre.

—Como es sorda del oído izquierdo, lo único que tiene que hacer es apoyar la mejilla derecha en la almohada y así deja de oírnos.

—Seguro que se pierde grandes conversaciones.

—Si transcribiéramos las mejores, dejaríamos a Platón a la altura del barro.

Como no sabía de qué estaba hablando Sertorio, Sierpe se limitó a guardar silencio.

Antes de llamar con la aldaba, el muchacho le dijo que se apartara del quicio.

«Colócate aquí, a mi izquierda». Sierpe comprendió enseguida por qué.

La calle era tan estrecha que la puerta, al abrirse hacia fuera, casi chocaba con el muro de enfrente.

Si se hubiera quedado a la derecha, junto a los goznes, habría quedado bloqueada sin poder pasar.

En el vano, recortándose contra la luz mortecina del interior, apareció el tal Faustino, un hombre rollizo y de aspecto bonachón que en ese momento estaba secando una cazuela.

A juzgar por los lamparones del mandil que utilizaba para tal menester, lo más probable era que la vasija acabara más sucia que antes.

El tipo sonrió al ver a Sertorio y lo hizo pasar, palmeándole la espalda.

—Adelante, adelante, los otros ya están aquí. Dile a tu amiga que tenga cuidado con el escalón.

—Amiga, ten cuidado con el escalón —dijo Sertorio.

Sierpe estuvo a punto de contestar: «No hace falta que lo repitas, no estoy sorda». Comprendió enseguida que se trataba de una muestra del peculiar sentido del humor de aquel muchacho no menos peculiar, y no dijo nada.

El peldaño era de bajada, ya que el suelo de la taberna se hallaba a un nivel inferior al de la calle.

Por dentro, el local resultaba pequeño y tirando a lóbrego.

Las escasas velas que ardían en las mesas suponían, en el fondo, una ventaja.

Nada limpia mejor la mugre que la oscuridad.

Lanariz, empero, informaba de aquello que se ocultaba a los ojos.

Olía a humedad, a moho y a fogones mal ventilados.

No era, desde luego, la mejor taberna de Roma, pero Sierpe había entrado en garitos mucho peores.

—¡Faustino, bribón! ¿Me vas a traer esos buñuelos antes de las calendas? —protestó un viejo sentado a una mesita con otros tres clientes tan arrugados como él. Eran los únicos del salón.

—¡Ahora, ahora! ¿A qué tanta prisa? ¿Es que tenéis algún sitio mejor donde estar? —respondió el tabernero, doblando el lomo con un gruñido para meterse tras el mostrador.

—¡En mi tumba, donde al menos me esperan con la cena servida! —replicó otro de los viejos, ocurrencia que fue saludada por sus comensales con una combinación de carcajadas y toses, casi indistinguibles unas de otras.

Sertorio guio a Sierpe por unas escaleras empinadas y angostas que se abrían a la derecha y descendían a un reservado subterráneo.

Mientras bajaban, le contó que Faustino era un bendito, pero también uno de los hombres más vagos de Roma.

Durante el día, le sacaba las castañas del fuego su mujer, que era quien limpiaba, cocinaba y servía las mesas.

—¿Para quiénes? He visto funerales con más animación que este sitio.