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«Qué cambiada está Berenice», pensó Stígmata.
Incluso de lejos, podía advertir que los cabellos de su amiga, que siempre fueron negros como plumas de cuervo, se habían agrisado.
Bajo el manto se apreciaba que había ganado unas cuantas libras, sobre todo en las caderas, y era de suponer que la piel de su rostro ya no seguiría siendo tan suave y tersa como la última vez que se vieron.
¿Habría logrado librarse de Septimuleyo?
«Ojalá».
Ni Berenice se había acercado a hablar con el hampón, ni este había dado muestras de reparar en la presencia de ella. Quizá Septimuleyo, al ver que la más hermosa y cotizada de sus prostitutas iba cumpliendo años, se había desprendido de ella pensando que ya no le interesaba ni le rentaba.
La ropa que vestía no parecía de mala calidad.
Stígmata quiso pensar que su antigua amiga y amante llevaba una buena vida.
Que quizá se había casado y había tenido hijos que pudieran acompañarla y cuidarla en su vejez.
Si alguien en el Hórreo de Laverna se merecía al menos una brizna de felicidad, era ella.
Poco después de que hubieron desaparecido Septimuleyo y el resto de su tropa, Berenice también se marchó. Antes de hacerlo, dijo adiós con la mano. En respuesta, Stígmata movió los dedos lo poco que le permitían las sogas, aunque dudaba de que ella pudiera apreciar aquel mínimo gesto desde lejos.
Cuando llevaba caminados unos diez pasos en dirección a la puerta Viminal, Berenice se detuvo.
Por un instante, él pensó que se iba a dar la vuelta para despedirse de nuevo.
En lugar de hacerlo, se quedó así un rato, con la mano derecha apoyada sobre una estela.
Por la forma en que su espalda se encorvaba y agitaba como si sufriera convulsiones, Stígmata comprendió que estaba llorando de forma inconsolable.
A él también se le humedecieron los ojos. Puesto que no podía enjugarse las lágrimas con los dedos, cerró los párpados y dejó que resbalaran por sus mejillas.
El viento las secó. Si hubieran llegado hasta sus labios, Stígmata habría sacado la lengua para lamerlas y mitigar con ellas la sed que lo acuciaba.
¿Cuándo había llorado por última vez? No recordaba haberlo hecho ni siquiera cuando enterró a Iris, la tabernera de Masaba con la que vivió doce años. Su esposa en la práctica, aunque nunca llegaron a tener hijos.
Que no hubiese llorado no significaba que su muerte no lo hubiese afectado.
Pasados tres años, todavía se despertaba a menudo buscando a Iris en la cama y hablándole como si pudiera escucharle.
Sin embargo, por el motivo que fuere, no derramó ni una lágrima.
En aquel momento llegó a pensar que las penalidades soportadas desde pequeño, los sufrimientos que él mismo había infligido a otros y las vidas truncadas por su mano habían secado sus ojos para siempre.
Las lágrimas que brotaban de ellos ahora, para su propia sorpresa, no se debían a que lamentara las pérdidas del pasado, ni al temor por la terrible muerte que lo aguardaba.
La razón de su congoja era que, al ver llorar a Berenice, había imaginado…
, no, había sentido el dolor que sin duda la afligía viendo en la cruz al niño al que había cuidado cuando ella misma era tan pequeña que deberían haber sido otros quienes la cuidaran.
Pensar en el desconsuelo de Berenice le había roto ese corazón que creía a prueba de todo.
—¿Sabes que he visto el mar? —musitó, rezando a los dioses para que el viento llevara sus palabras hasta los oídos de Berenice.
El mar.
Todavía se acordaba de aquel día. Tan lejano y, sin embargo, más diáfano en su memoria que muchos recuerdos de los últimos años.
En aquel entonces ella aún se llamaba Neria y él todavía era Lucio. Sin cicatrices, aunque pocas horas después el viejo Albucio le marcaría la cara para siempre.
Aquella mañana, ajeno aún a su inminente destino, se había puesto de puntillas para asomarse a la ventana. Neria, que le sacaba tres años de edad y un palmo de estatura, le dijo que más allá del horizonte se hallaba el mar. Él le preguntó qué era eso.
Después de describírselo, y de dejar que él la mirara a los ojos para que contemplara cuál era el color del mar, Neria le dijo:
—Algún día lo veremos juntos.
—¿Me llevarás?
—¡Claro!
Desde entonces, los dos recordaron a menudo aquella promesa, que les servía para animarse mutuamente en los momentos más oscuros.
No habían tenido ocasión de realizar su sueño.
Después de huir de Roma, Stígmata no solo vio el mar, sino que lo surcó en más de una ocasión. Cada vez que lo hacía y se acodaba en la borda para contemplar las olas, volvía a pensar en Berenice y sonreía con una tristeza dulce como un vino añejo de Quíos.
«Seguro que ella también lo ha visto», se dijo ahora. Quizá, solo quizá, si volvían a encontrarse en las moradas del inframundo, podrían hablar del mar y fingir que habían cumplido su promesa.
Abrió los ojos. Berenice ya había desaparecido tras una curva del camino, tapada por los ciprés es.
Quien seguía allí, algo más alejada de donde había estado Berenice, era otra mujer de su pasado.
Sierpe.
Cuando Stígmata se despidió de ella, no era más que una niña.
A esa distancia y tantos años después, no la habría reconocido ahora de no ser porque la había visto unas horas antes, en el Hórreo de Laverna.
Mientras Tambal se disponía a azotarlo, Septimuleyo la llamó a voces y ella se asomó a la barandilla de la galería.
En el último recuerdo que Stígmata guardaba de Sierpe, ella era tan pequeña que tenía que colar la cabeza entre los barrotes.
Ahora había crecido. No mucho —seguía siendo delgada y tirando a menuda—, pero era lo bastante alta para apoyar las manos en la balaustrada y contemplar desde allí el piso de abajo.
Habían cruzado la mirada un instante. Después empezaron los fustazos. Stígmata cerró los ojos, se mordió los labios y se concentró en no gritar, por negarle a Septimuleyo aquella satisfacción.
Cuando volvió a abrir los párpados, Sierpe había desaparecido.
Para reaparecer horas después aquí, en el Esquilino.
Atado a la cruz, con la cabeza a más de diez pies del suelo, Stígmata gozaba de un punto de vista privilegiado —qué sarcasmo—.
Gracias a ello, alcanzaba a ver la parte superior de las dos cabezas que se ocultaban tras aquella estela.
Eran las de Sierpe y un muchacho que se había unido a ella después.
Llevaban allí un largo rato. De vez en cuando se asomaban, cada uno por un lado, y se volvían a esconder. Ni Septimuleyo ni sus secuaces habían llegado a verlos. Seguramente porque tenían su atención puesta en la dirección contraria, en Stígmata.
¿Quién era aquel muchacho? ¿Se había buscado Sierpe un amante entre los Lavemos?
Parecía poco probable. De haber sido uno del clan, se habría reunido con los demás al pie de la cruz para burlarse de Stígmata o, como en el caso de Tambal, para limitarse a guardar silencio.
Los Lavemos.
Después de quince años, Stígmata creyó que había dejado atrás a aquel siniestro clan, junto con todo lo que representaban. Pero resultó que, por bajito que fuera Septimuleyo, su sombra era mucho más alargada de lo que parecía.
Cuando llegó a Herculano, a bordo de un mercante de grano que se había atrevido a desafiar el invierno, pensó que podría pasar inadvertido. Estaba convencido de que, entre la barba, las doscientas millas que lo separaban de Roma y, sobre todo, los tres lustros transcurridos, nadie lo reconocería.
El problema fue el mal tiempo, peor incluso de lo habitual en aquella época del año.
El patrón de la nave en la que había sacado pasaje para Siracusa, primero, y después Cirene —desde donde pensaba embarcar de nuevo para viajar a la soñada Alejandría—, se negaba a zarpar mientras las condiciones del mar no mejoraran.
Para desgracia de Stígmata, en Herculano vivía un personaje de su pasado a quien creía muerto.
Hercato, el gladiador que se enfrentó en el puente Sublicio a los dos hombres que trataban de cubrir la huida de Graco, y que acabó en el Tíber, arrastrado por la crecida salvaje que al final terminó derribando el propio puente.
De algún modo, se las había arreglado para sobrevivir. Tras retirarse como gladiador, él mismo se convirtió en lanista y se estableció en Herculano.
Pese a vivir lejos de Roma, Hercato mantenía vínculos de clientela con Septimuleyo. Por eso, al reconocer a Stígmata en la posada donde este se había alojado, no tardó en enviar un mensaje a su antiguo patrón.
La respuesta de Septimuleyo no llegó por carta, sino en forma de cuatro Lavemos que cabalgaron entre Roma y Herculano a marchas forzadas, como si fueran correos consulares.
Pero ni sumando a los cuatro, más Hercato, más dos pupilos reclutados por este, tuvieron agallas de enfrentarse cara a cara con Stígmata.
Así que le tendieron una trampa.
El encargado de prepararla fue el dueño de la posada, un tal Venidio. Aquella noche, cuando Stígmata había apurado ya dos copas de vino, se dio cuenta de a qué le recordaba aquel deje amargo en el paladar.
A Carcasona. Donde Artemidoro lo abandonó, después de sedarlo.
Al menos, a diferencia de Venidio, el griego le dejó dinero y no lo entregó a nadie.
Cuando Stígmata se dio cuenta de que el vino estaba drogado, ya era demasiado tarde. Los ojos se le cerraron…
… y cuando los abrió de nuevo, estaba encadenado, encerrado en una jaula y transportado en un carromato de camino a Roma, como si fuera una fiera de las que cazan en el Circo Máximo para diversión de la plebe.
A los leones, las hienas y los elefantes, al menos, les daban una oportunidad.
A él, obviamente, no se la habían dado. Septimuleyo no iba a correr riesgos poniendo una espada en sus manos.
Por eso estaba atado a una cruz, y esperando tormentos peores.
El sol estaba a punto de ocultarse tras el Janículo cuando Septimuleyo decidió marcharse. Como despedida, asestó un último pinchazo a Stígmata y le dijo:
—Cuídate, Cicatrices. ¡Mañana te espera un día grande!
Mientras el hampón se alejaba, seguido por la mayoría de sus sicarios, Tambal subió por una escalerilla para cubrir con un manto a Stígmata. Mientras se lo colocaba y hacía un nudo con los pliegues sobrantes para que el aire no se lo llevara, le dijo al oído:
—No te mereces esto. Pero si tienes valor, como siempre lo has tenido, pronto terminará todo.
Stígmata respondió con una frase que le había escuchado a Artemidoro antes de que este lo drogara y abandonara en Carcasona.
—No hay nada, por terrible que sea, que no podamos soportar.
Si esa afirmación tenía algo de verdad, no tardaría en averiguarlo. Al día siguiente, el cuchillo de Septimuleyo sería la piedra lidia en la que se iba a comprobar de qué material estaba forjado.
Por el momento, a la espera de las torturas que su antiguo patrón reservaba para él, la cruz estaba resultando un suplicio que parecía empeñarse en desmentir el aforismo de Artemidoro.
La carga de su propio peso, prácticamente inerte, le provocaba un intenso dolor en todas las articulaciones.
Rodillas, tobillos, muñecas. La peor parte se la llevaban los hombros.
Era como si dos tornos invisibles tiraran de sus brazos en direcciones opuestas, decididos a arrancarlos de sus articulaciones.
El frío.
No recordaba haber estado tan aterido ni en los peores inviernos de la ínsula Pletoria, cuando Berenice y él se acurrucaban tiritando entre los demás críos para ver si juntando los cuerpecillos extraían algo de calor.
Por si no bastara con haberse pasado varias horas desnudo, hasta que Tambal lo había abrigado con el manto, los únicos movimientos que podía hacer para tratar de calentarse consistían en doblar las rodillas lo poco que le permitían las ligaduras de los tobillos, flexionar los dedos de las manos una y otra vez y arquear la espalda apretando la nuca contra el madero.
¿Cómo se podía tener tanto frío y al mismo tiempo sentir la boca tan estropajosa como si hubiera naufragado en el desierto líbico?
Pues era posible.
Septimuleyo había ordenado que no le dieran ni una gota de agua.
«Nadie se muere por estar un día sin beber».
Entre la sed y el viento gélido, Stígmata notaba cómo la piel de los labios se le estaba agrietando, a la manera del lodo seco que se cuartea bajo el sol cuando este evapora los charcos en verano.
¿Verano? ¿Existía algo parecido o la existencia entera consistía en un perpetuo anochecer de invierno?
Al menos, ya respiraba un poco mejor, aunque fuera la atmósfera mefítica de aquel lugar.
Al principio, conforme iban apareciendo los dolores, sentía que apenas era capaz de llenar de aire los pulmones, y recordó haber oído que muchos crucificados morían de una lenta asfixia.
Después descubrió que, si se calmaba, se concentraba en inspirar despacio y procuraba llenar el abdomen en lugar del pecho, no resultaba tan dificultoso.
Lo habían crucificado mirando al este. Detrás de él, el sol debía de haberse ocultado, porque la alargada sombra que proyectaba la cruz se confundía con la oscuridad creciente.
Cuando volvió a mirar hacia la estela, Sierpe y el desconocido ya habían desaparecido de la vista.
Mientras trataba en vano de localizarlos en el camino que conducía a la puerta Esquilina, notó una vibración en el pecho, seguida de un calor repentino.
Era una sensación extraña y desconcertante, pero no desconocida.
El amuleto se estaba calentando sobre su piel. Tenía tanto frío a pesar del manto que, por contraste, le pareció que el metal ardía contra su pecho.
Sabía, por experiencia, que después no quedaban quemaduras.
Y también sabía que, tras el calor, llegaban las voces.
Llevaban muchos años en silencio. Ahora, una susurró en su oído derecho un mensaje aparentemente anodino:
«… vamos a por la escalera antes de que…».
Al mismo tiempo, otra voz, igualmente gélida e inmaterial, advirtió:
«¡Cuidado!».
Algo silbó surcando el aire —¿un proyectil?— y al momento se oyó un quejido de agonía.
¿Le habían disparado una flecha, una lanza? ¿Había sido él quien había dejado escapar ese lamento ahogado?
No. Todo era obra de las voces, comprendió. Algo iba a ocurrir, alguien iba a avisar a alguien antes de que le clavaran una flecha o una lanza. Al parecer, la advertencia iba a ser en vano.
¿Sería él el avisador o la víctima del proyectil? En el segundo caso, al menos sería una forma más rápida y menos dolorosa de acabar.
El amuleto se enfrió. Las voces callaron.
La noche empezó a caer.
La última de su vida.