119 #2
Para que ni su rostro desollado ni los de sus Mirmidones acabaran formando parte de la colección de máscaras del hombre fauno, era vital que este no los relacionara con el rescate de Stígmata.
Ni ahora.
Ni nunca.
¿Merecía la pena correr semejante riesgo?
Una pregunta difícil de responder, cuando aún no sabía qué podía significar el enigmático mensaje de su sueño. «El hombre que te dio la vida…».
¿Quería hacerlo?
¿Se atrevía a hacerlo?
Su cuerpo le enviaba mensajes contradictorios. El retortijón en las tripas al imaginar lo que podría hacerles Septimuleyo era fácil de interpretar.
Pero también sentía cómo se le encendía en las venas esa especie de icor divino, la emoción de la batalla. Porque eso era lo que tenían delante, una auténtica batalla en la que había que derrotar al enemigo recurriendo a las tácticas que fuesen necesarias.
Recordando la jornada en que, gracias a los Mirmidones, los suburanos recuperaron la cabeza del Caballo de Octubre, Sertorio se dijo que no existía sensación comparable a la de la victoria.
—¿Te estás echando atrás? —le preguntó Sierpe, malinterpretando su momentáneo silencio.
—No he dicho eso.
—¿Sigues pensando en ayudarle?
Sertorio asintió y volvió a asomarse.
Tambal había apoyado una escalerilla en la parte posterior de la cruz y subía por ella. Le estaba poniendo un manto a Stígmata, enrollándoselo con cuidado y haciendo un nudo a la espalda para que el viento no se lo llevara.
A Sertorio le resultó llamativo. Aunque el exgladiador tenía muñecas y tobillos sujetos con sendas sogas, Tambal había preferido ponerle el manto por detrás, como si temiera una posible reacción de Stígmata.
Sin duda, el hombre de las cicatrices era un tipo peligroso.
Mientras tanto, los otros dos individuos recogían piedras para formar con ellas un círculo. Una vez cerrado, volcaron dentro un gran saco de cañamazo lleno de leña y de broza, y no tardaron en tener encendida una fogata.
Si el día había sido frío, la noche prometía serlo aún más.
—Menos mal que lo han abrigado —dijo Sertorio—. Si no, no creo que llegara vivo al amanecer.
—No vayas a creer que lo han hecho por compasión. Eso es que Septimuleyo quiere que dure vivo más tiempo.
Sertorio asintió. El concepto de compasión debía de resultarle tan exótico y ajeno a ese individuo como el de sobriedad a su difunto progenitor.
—Dicen que la muerte por frío es de las más dulces que hay —comentó Sierpe—. Yo no me lo creo. He pasado demasiado frío en mi vida para que me parezca algo dulce. —Pellizcó el manto de Sertorio, tanteando el grosor de la lana, y añadió—: Seguro que tú no sabes de eso.
Sertorio no respondió.
Durante años, no había sentido auténtico frío. Él creía que sí, pero no lo era. Tan solo una leve molestia que se le asemejaba.
Tiempo atrás, había escuchado a Mario decir que un general tenía que resistir las penalidades con más entereza que el más duro de sus soldados. A partir de entonces tomó la decisión de entrenarse y curtirse por su cuenta.
Hacía algo más de un año, en una noche ventosa de diciembre, había salido de casa subrepticiamente.
Algo que no suponía ninguna novedad. No muchos días después, lo haría de nuevo para visitar a Marta la adivina.
En esta ocasión, en lugar de escaparse a la calle, Sertorio subió a la azotea de la Torre Mamilia. Vestido tan solo con la subúcula interior, se sentó al pie de la estatua de Circe, atándose a su tobillo broncíneo por si alguna ráfaga de aire más violenta lo hacía resbalar.
Se había propuesto aguantar allí tres horas, las que duraba una guardia nocturna en el ejército.
Para llevar la cuenta del tiempo, se dedicó a recitar el canto vigesimotercero de la Ilíada , su favorito: los juegos funerarios en honor de Patroclo.
Lo había leído y memorizado en un volumen muy antiguo, cuyas anotaciones —según Pomponio— eran obra del mismísimo Aristóteles.
Previamente, con la ayuda de una clepsidra, calculó que los casi novecientos versos le tomaban media hora, así que necesitaba repetirlos seis veces.
Las dos últimas iteraciones fueron un suplicio.
Tenía tanto frío que ya no controlaba el castañeteo de los dientes y apenas lograba articular los hexámetros.
Por más que se metía las manos bajo las axilas para calentárselas, las notaba heladas e insensibles como mármol.
Si alguien le hubiera tocado los pies, no habría sabido distinguirlos de los de la estatua.
Cada bocanada de aire, paradójicamente, le abrasaba los pulmones.
Aun así aguantó, sin acelerar el ritmo del recitado, y no se desató de la estatua hasta pronunciar por sexta vez el último verso: «Y el héroe le entregó al heraldo Taltibio el espléndido premio».
De vuelta en su alcoba, pasó el resto de la noche tiritando, envuelto en mantas de las que solo sacaba los brazos para avivar el brasero con la badila. Al día siguiente se lo contó a Quirinio. La respuesta de su amigo consistió en darle una colleja y decirle:
—Pero ¿tú estás loco? ¿Qué pretendes, morirte de un garrotillo o una pulmonía?
No tenía nada que ver con la locura. Sertorio quería ejercitar no tanto su cuerpo como su voluntad. Cuando se hablaba de los grandes generales, tanto oradores como cronistas recurrían siempre al tópico: «Resistente al hambre, al frío y a la vigilia constantes».
Como él siempre había dormido a saltos, mantenerse despierto no le resultaba difícil. En cuanto al hambre, era de buen comer, pero estaba haciendo la prueba de acostarse algunas noches sin cenar. Práctica que, según comprobó, ayudaba bastante a mantenerse insomne después.
Lo peor había sido —y por eso comprendía a Sierpe mejor de lo que ella creía— su experimento con el frío.
Por el momento, no lo había repetido. Una vez demostrado que podía soportarlo, no le veía demasiado sentido a intentarlo de nuevo sin necesidad.
—¿Qué estás pensando?
Durante unos instantes, sin llegar a entrar en trance, Sertorio se había abstraído del mundo exterior.
—En todo lo que vamos a necesitar —respondió. No era cierto. Pero, apenas lo dijo, su mente empezó a hacer y desechar planes a toda velocidad.
—Como, por ejemplo…
—Más gente.
—No conozco a esos Mormelicones de los que hablas, pero espero que no se os ocurra enfrentaros a los Lavemos.
Sertorio negó vigorosamente.
—Claro que no. Es imprescindible actuar de modo que no solo no sepan quiénes somos, sino que nunca lleguen a saberlo.
—Imprescindible es poco.
—Ya sé que Septimuleyo es un hombre muy cruel. No tengo ningún deseo de comprobarlo en mis carnes.
—No sabes hasta qué punto.
—Si es tan cruel, ¿por qué le sirves?
Ella soltó una carcajada seca, entre el desdén y el sarcasmo.
—¿Crees que puedo hacer otra cosa? De todas las personas a las que odio, y son muchas, él es a quien más aborrezco. Pero no me queda más remedio que seguir a su servicio.
Sertorio pensó en Titipor, en cómo había ido alimentando el rencor contra su padre hasta que acabó matándolo, aun sabiendo que tendría que suicidarse después para no acabar en una cruz como la de Stígmata.
Solo que Titipor era un esclavo.
—¿Eres esclava de Septimuleyo?
—No.
—Entonces eres libre.
—Tampoco soy libre.
—Deberías serlo. Si no es tu dueño, deberías poder alejarte de él.
—No entiendes nada. Cuando sirves a Septimuleyo no te puedes licenciar, como si fueras un legionario. Stígmata lo intentó, y mira dónde se encuentra ahora.