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No era Sierpe la única que se guardaba cosas. Si Sertorio le hubiera confesado a ella que el hombre que se le había aparecido en el sueño era Gayo Graco, y si Sierpe le hubiera revelado a él que Stígmata había dado muerte a Graco para poner fin a su tormento, ambos habrían podido atar cabos.
Por el momento, cada uno se calló lo suyo y los cabos quedaron sueltos.
Tras unos instantes de silencio, volvieron a asomarse por ambos lados de la tumba.
Septimuleyo estaba dando instrucciones a sus hombres, acompañando sus palabras con ostentosos aspavientos.
—Parece que se marchan —dijo Sertorio—. Pero Septimuleyo está diciendo que tres de ellos se tienen que quedar de guardia. Que antes de medianoche les mandará un relevo. Que ni se les ocurra dormirse.
—¿Cómo puedes oírlo desde aquí? Yo no he entendido ni una palabra.
Sertorio se ahorró su contestación, «¿Cómo es que tú no lo oyes?
». Tenía más que asimilado que tanto su vista como su oído superaban en agudeza a los de la mayoría de la gente.
Su capacidad para percibir con una intensidad desmesurada los estímulos del exterior continuaba siendo una carga que debía aliviar de vez en cuando, retirándose al universo reducido y simple de Limenia, su pradera fuera del mundo.
Pero también era un don del que procuraba sacar provecho.
Sin alardear demasiado de ello.
Tras impartir unas últimas órdenes, entreveradas con amenazas, Septimuleyo se marchó finalmente.
Lo siguieron todos sus esbirros, salvo los tres a los que dejaba de guardia.
También abandonó el lugar una mujer que había permanecido todo el rato algo apartada, contemplando la cruz en silencio, pero sin esconderse como Sertorio y Sierpe.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó Sertorio.
La joven se limitó a contestar:
—No lo sé. No la conozco.
«No es verdad. La conoces de sobra», pensó Sertorio.
El brevísimo tiempo que llevaba con Sierpe le bastaba para captar indicios de que le estaba mintiendo.
El modo fugaz en que acababa de desviar la mirada hacia la derecha.
La breve contracción de sus pupilas, pese a la creciente penumbra.
El gesto, interrumpido a media trayectoria, de taparse la boca con la mano izquierda.
¿Era importante conocer la identidad de aquella mujer?
Probablemente no. Tampoco iba a ganar nada diciéndole a Sierpe: «Eso no es verdad». Seguramente, ponerla en evidencia como mentirosa no era la mejor manera de granjearse su confianza.
«¿Su confianza? ¿Eso es lo único que quieres de ella?», se preguntó.
Salvo en el hecho de que ambas eran delgadas, Sierpe no se parecía en nada a Antiodemis, la musa de las fantasías sentimentales y eróticas de Sertorio.
Sin embargo, desde el mismo momento en que acercó a ella, se dio cuenta de que la joven ejercía sobre él un efecto instantáneo.
No se trataba solo del impulso de abrazarla y protegerla como a un cachorro desvalido (a sabiendas de que no lo era en absoluto). Había algo más.
«Sí, que te quieres acostar con ella».
Según Lucilio, Sertorio se hallaba en esa edad en que los jóvenes varones no discriminan en sus gustos y están dispuestos a cepillarse cualquier cosa con tal de que tenga formas vagamente femeninas.
Él no estaba de acuerdo. Ese comentario se podía aplicar a sus compañeros Mirmidones, siempre calientes como ciervos en berrea. Quizá no tanto a Horriblius, quien, pese a su fealdad, tenía para elegir entre las mujeres y no necesitaba conformarse con «cualquier cosa».
Como fuere, Sertorio no era igual que los demás en eso.
¿O sí?
Resopló. Qué complicado era todo.
Trató de pensar en otra cosa. No era el momento más oportuno para distraerse imaginando desahogos carnales.
Volvió a asomarse tras el borde de la lápida. Uno de los hombres que vigilaban la cruz miró en su dirección. Aunque no pareció verlo, Sertorio se apresuró a esconderse.
Su movimiento coincidió con el de Sierpe, que había hecho lo mismo por el otro lado. Sus frentes chocaron y sus narices se rozaron. Faltó una fracción de pulgada para que sus labios también lo hicieran.
Para sorpresa de Sertorio, a la joven le pareció divertida aquella mezcla de coscorrón y beso fallido, y se le escapó una risita. Aquello pareció quitarle parte de los años de más con los que cargaba.
Sertorio también se rio. Nada más hacerlo, pensó que se le debía de estar poniendo cara de bobalicón y apartó la mirada.
Volvió a sacar la cabeza, con más cautela esta vez.
—¿Tres hombres? ¿No parecen muchos para vigilar a uno que está atado y que no se puede mover?
—Le siguen teniendo miedo —respondió Sierpe.
De aquellos tres tipos, uno resultaba fácil de distinguir por el color de su piel.
Cuando Sertorio preguntó por él, Sierpe le informó de que era nubio y se llamaba Tambal.
«Es el más decente de todos». Era él quien le había propinado los azotes a Stígmata, pero Sierpe estaba segura de que no había disfrutado haciéndolo.
Sertorio se quedó un rato pensativo.
Solo tres hombres.
Sus «tropas», si conseguía convencerlas para que lo ayudaran, eran más numerosas.
¿Bastaría con esa superioridad numérica para reducir a los tres vigilantes?
Lo dudaba.
Hasta ahora, los Mirmidones no habían matado a nadie en ninguna de sus correrías. Huesos rotos, dientes saltados, alguna que otra cabeza descalabrada. Pero, que él supiera, nadie había muerto como resultado de aquellas escaramuzas.
En cambio, los tres hombres que vigilaban a Stígmata estaban más que avezados a la violencia. Según Sierpe, todos ellos cargaban con cadáveres a sus espaldas.
—Tambal podría haber sido un gladiador de primera si se hubiera dedicado a ello. ¿Ves su lanza? Te podría ensartar con ella en menos que canta un gallo. De cerca o de lejos.
—¿Y el otro, el que abulta el doble que él?
—Búfalo. De joven fue pugilista.
El apodo no resultaba precisamente tranquilizador.
—Una bestia —continuó Sierpe—. No es el más rápido del mundo, pero para dejarlo fuera de combate tendríamos que tirarle encima una lápida el doble de grande que esta.
—¿Y el otro?
—Fausto. Es el más joven. No se le da mal el cuchillo. Sobre todo, si te lo puede clavar por la espalda.
—Septimuleyo ha dicho que más tarde enviará un relevo. ¿Crees que serán hombres menos peligrosos que Búfalo y Tambal?
—No lo sé. Todos los Lavemos son peligrosos, cada uno a su manera.
Un roce al pie de la lápida hizo que Sertorio girara la cabeza.
Una escolopendra de casi un palmo de longitud estaba saliendo de una grieta bajo la piedra.
No era un tipo de ciempiés que uno se encontrara con frecuencia.
Curioso como siempre, interceptó su trayectoria con la mano.
La criatura trepó primero por sus dedos y después por la palma, cosquilleándole la piel con sus cuarenta y dos patitas, que Sertorio contó casi de forma automática.
La sensación no resultaba del todo desagradable.
—Vamos a verte un poco mejor —susurró Sertorio.
Como si entendiera sus palabras, la escolopendra se arqueó, alzando los segmentos delanteros de su cuerpo, y agitó las antenas, de un vivo color naranja, al tiempo que abría y cerraba unas pinzas que tenían todo el aspecto de ser venenosas.
Satisfecho momentáneamente su afán de investigación, Sertorio volvió a posar la mano en el suelo y la escolopendra descendió con la calma de un jinete que desmonta de su caballo.
—¿Tú también lo eres? —preguntó, como si entre el comentario de Sierpe y el suyo no hubiera pasado nada.
El puñal que Sierpe llevaba escondido apareció de repente y atravesó a la escolopendra con tal precisión que la partió en dos. La joven lo removió un instante contra la tierra, para cerciorarse de que ninguna de las dos mitades seguía con vida.
—¿Peligrosa? La que más —dijo.
Por la manera en que manejaba la daga, Sertorio pensó que no era una baladronada sin más.
—Peligrosa ya veo que eres, pero me refería a si tú también eres de los Lavemos.
—Qué remedio —respondió ella, limpiando la daga en el manto y guardándola de nuevo.
«Qué remedio». Sertorio pensó que esas dos palabras lo decían todo.
¡Con lo orgullosos que estaban los Mirmidones de serlo! Incluso Helvio, siempre el más problemático, se animaba y alzaba la copa con los demás cuando brindaban por tres veces con los versos de Homero que Sertorio les había enseñado.
«Myrmidónes! Takhípoloi! Eríeres hetaîroi!».
«¡Mirmidones de veloces caballos! ¡Mis leales compañeros!».
Orgullosos, sí. Pero Sertorio seguía sin verlos preparados para matar a esos tres hombres, o a quienes les dieran el relevo.
No quedaba otra solución que recurrir a la astucia.
Siguiendo, como otras veces, el consejo de Lisandro el espartano: «Donde no llega la piel del león, hay que coser un parche de piel de zorra».
Tenían que liberar a Stígmata burlando la vigilancia de sus guardianes. Pero no bastaba con desatarlo y salir corriendo. Era imprescindible que los Lavemos no llegaran a conocer, ni siquiera a sospechar, la identidad de los rescatadores.
Sertorio sabía demasiado bien lo peligroso que era Septimuleyo. No solo por su reputación, sino por propia experiencia. A fin de cuentas, aquel hampón se había enriquecido a costa de su padre.
Incluso Sila, que no temía ni a dioses ni a hombres, aseguraba que era mejor alejarse de aquel individuo. Él mismo había dejado de tener tratos con Septimuleyo desde la partida de latrunculi en la taberna de Vibio.
Durante un tiempo, a Sertorio se le siguieron revolviendo las tripas cada vez que se acordaba de aquella partida.
A partir de cierto instante, sin embargo, comprendió que la muerte de su padre y el quebranto económico no habían arruinado ni su vida ni la de su madre, sino más bien al contrario, y fue capaz de reflexionar sobre los hechos con más frialdad.
Aun así, una imagen seguía provocándole escalofríos de repugnancia.
La cara de satisfacción de Septimuleyo cuando levantó la copa para dedicarle un brindis burlón desde el otro lado de la cantina.