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Como respuesta, Sierpe se encogió de hombros y apretó los labios en un gesto en el que había algo de candoroso, casi de infantil.
Por gracioso que fuera el mohín, Sertorio no se dejó engañar por él. Había observado cómo la joven, al verlo aparecer, metía la mano bajo la ropa de forma instintiva y palpaba algo. Un gesto que después repitió varias veces.
También había reparado en el bulto al que se dirigía aquel movimiento.
Un arma. A juzgar por la forma que se insinuaba a través del manto, una daga.
Él también llevaba un cuchillo. Hasta el momento nunca lo había empleado para agredir a nadie, solo como herramienta. Pero en aquellos arrabales no era prudente andar con las manos desnudas.
En todo caso, era la mirada de Sierpe, más que el hecho de ir armada, lo que desmentía el efímero candor infantil de su anterior gesto.
La chica tenía los rasgos finos y, aunque la piel de su rostro no estaba del todo limpia, se veía suave, sin granos ni marcas más allá de una minúscula cicatriz.
Los ojos enormes y oscuros, más la curva suave y abombada de una frente en la que no se insinuaba ni un apunte de arruga, le recordaron a Sertorio a la esclava que lavaba la ropa en la fuente, aquella de la que se había enamorado unos años antes.
La misma fragilidad aparente, la misma ternura que despertaba un impulso casi irresistible de protección.
(Bien recordaba cómo había terminado su intento de protegerla).
Al fijarse mejor, sin embargo, se descubría que Sierpe no tenía nada que ver con aquella otra muchacha.
Por debajo de la superficie, sus ojos ocultaban una dureza más propia de un lobo que de un cachorro.
Como si en dieciocho años —eran los que le calculó Sertorio, que se quedó corto en cuatro, pues el aspecto de ella engañaba en lo contrario que el suyo— hubiera contemplado lo que otras personas estaban destinadas a presenciar en una vida entera.
Aquella mujer, como iría descubriendo Sertorio, era una paradoja dentro de otra. Mayor de lo que aparentaba su rostro, mucho más joven que el peso que cargaba su alma.
Como Sierpe no parecía muy dispuesta a contestar a su comentario anterior, Sertorio añadió:
—Lo que ocurre es que la mayoría de la gente olvida lo que ha soñado en cuanto se despierta.
—¿Y tú? ¿Tú no los olvidas?
Él negó con la cabeza.
—Yo olvido muy pocas cosas. Por ejemplo, no he olvidado que hace un rato te pregunté quién es el hombre de la cruz.
—¿Pretendes ayudarle sin saberlo?
—Creo que tengo que hacerlo. Sé que tengo que hacerlo. Pero, antes, necesito conocer más cosas sobre él. Me gustaría saber a quién voy a ayudar.
Sierpe le habló al joven de aquel hombre al que pretendía rescatar.
Al principio lo hizo a regañadientes. Después, las palabras se encadenaron unas con otras, como en esas larguísimas sartas de cuentas que los magos callejeros se sacaban de la garganta para diversión de los espectadores del Foro.
La joven descubrió que le resultaba menos doloroso contar cosas sobre Stígmata si no veía la cruz, así que se dio la vuelta y se sentó con la espalda apoyada en la sepultura.
Comenzó relatándole a Sertorio de dónde procedían las cicatrices que le habían valido el apodo a Stígmata, cuyo verdadero nombre era Lucio Pítico, tal como rezaba en el colgante del que nunca se desprendía.
También le relató cómo, todavía niño, logró escapar del hombre que le había infligido aquellas heridas.
—Le cortó la polla, y aquel viejo cerdo se desangró.
Sertorio, en un acto instintivo, juntó los muslos y se protegió la entrepierna con las manos.
De poco le sirvió aquello a Stígmata. Había pasado de la cazuela a las brasas, ya que no tardó en caer en manos de un nuevo patrón, Septimuleyo.
A su servicio, se convirtió en un gladiador casi invencible.
—Sé por qué has dicho «casi».
—Si sabes tanto, ¿por qué me preguntas?
—No he dicho que sepa tanto, solo eso. Pero es que conozco al único hombre que derrotó a Stígmata.
—Nuntiusmortis.
—Ese mismo.
Sierpe cruzó los dedos y escupió a un lado. Lo primero era un gesto apotropaico. Lo segundo una muestra de desprecio hacia aquella bestia surgida del Orco.
—Yo presencié aquel combate.
—Pero eso debió de ser hace mucho… —dijo Sertorio.
—Mucho, sí. Yo tenía cinco años. —Sierpe dudó. A lo mejor eran seis. Cuatro seguro que no. Desechando esas precisiones, prosiguió—: Stígmata no debía haber perdido. Era mucho mejor gladiador.
—¿Entonces…?
—Estoy segura de que allí pasó algo raro.
—Pero ¿de verdad te acuerdas? Si eras tan niña…
—¿Tú no recuerdas las cosas que te pasaron con cinco años?
—Perfectamente. Pero es que yo no soy co… Da igual. ¿Por qué dices que ocurrió algo raro?
—No era normal que Stígmata se moviera tan… tan torpe, tan lento. Era como si lo hubieran drogado. Pero un instante antes de empezar el combate, se encontraba perfectamente. Tan ágil y rápido como siempre.
Sierpe se quedó pensativa un momento y después chasqueó los labios.
—Tuvo que ser cosa de hechicería. Algún conjuro, algún veneno. ¿Cómo iba a vencer Nuntiusmortis, si era mucho más lento que Stígmata?
—Sería lento, pero se retiró sin haber perdido un solo combate.
—Eso nunca lo he entendido. Yo misma podría colarme debajo de la espada de ese oso, cortarle las pelotas y llevármelas antes de que se diera cuenta.
—¿Tú? ¿En serio?
La mirada que le dirigió Sierpe debió de ser lo bastante expresiva, porque el muchacho levantó las manos como signo de disculpa y le pidió que siguiera.
Los servicios de Stígmata a Septimuleyo no se limitaban a combatir para él en la arena. Cuando Sierpe enumeró algunos de ellos, Sertorio volvió a interrumpirla.
—Entonces es… era un asesino.
—¡No, ni mucho menos! Bueno, sí. Pero también era mucho más.
«¿Lo soy yo?», se preguntó Sierpe. ¿Podía decir de sí misma que era algo más que una asesina y una ladrona al servicio de un amo despreciable?
Ahuyentó ese pensamiento.
—¿Mucho más? —preguntó Sertorio—. ¿Qué quieres decir?
Sierpe le contó que Stígmata siempre la había protegido.
Una protección que tenía mucho más mérito en los ambientes sórdidos y malsanos del Hórreo de Laverna, los muelles del Tíber y el Bajo Aventino, donde estaban rodeados por la calaña más rastrera de Roma.
Pero, además, Stígmata la trataba con más afecto que nadie que hubiera conocido.
Había sido casi —otra vez «casi»— un padre para ella.
—En ocasiones algunos que no son padres se comportan más como padres que otros que sí lo son —dijo Sertorio.
El comentario sonó a reflexión personal. Sierpe intuyó que el muchacho hablaba por propia experiencia.
En su caso, era la primera vez en su vida que expresaba estos pensamientos y emociones en voz alta.
Se dio cuenta de que tenía los ojos empañados y comenzaba a ver borroso.
Para evitar que esas primeras lágrimas se convirtieran en un llanto desatado y que aquel chico al que apenas conocía fuera testigo de un momento de debilidad, apartó la mirada y la volvió hacia la muralla.
El tono ocre de la piedra se empezaba a teñir con el cárdeno del ocaso.
No tardarían en caer las sombras.
Había más cosas que Sierpe habría podido contarle a Sertorio. Hechos que, sin duda, le habrían interesado.
Por el momento, se los guardó.
No le habló, por ejemplo, de la última noche en que vio a Stígmata, ni de su última conversación con él.
La recordaba con tanta nitidez como si hubiera sucedido ayer.
Ella le había devuelto las dagas arrojadizas con las que él acababa de matar a Gayo Graco.
Aquello no fue un asesinato, sino todo lo contrario, un acto de clemencia.
Lo único que pretendía Stígmata era acabar con la tortura a la que estaban sometiendo a Graco.
Eso le granjeó aún más el rencor de Septimuleyo, que estaba a punto de alcanzar el orgasmo viendo cómo sus esbirros derramaban plomo fundido en la boca del extribuno.
Aquella noche, Sierpe lloró.
A moco tendido, como si fuera aún más pequeña que los siete años que tenía.
Desde entonces, y hasta hoy, no había vuelto a derramar lágrimas auténticas. De cocodrilo sí, porque había aprendido a fingir llanto para inspirar compasión o confianza, a sabiendas de que sus ojos se veían incluso más grandes e inocentes cuando lloraba.
El llanto de aquella noche ya lejana se debió a que, en esa última conversación, Stígmata la había regañado por haber hecho algo malo, un reproche que ella malinterpretó.
Él se refería a que Sierpe, por orden del patrón, se había deslizado entre la multitud del Foro para apuñalar a uno de los lictores del cónsul Opimio.
El lictor murió desangrado y aquel incidente sirvió de pretexto para desatar la violencia contra Graco y sus seguidores, y sembrar de cadáveres la ciudad.
Sierpe no se sentía culpable por aquel crimen, que ni siquiera era el primero que llevaba a cabo. En su lugar, había supuesto que la desaprobación del gladiador se debía a algo «muy feo» que ella había hecho con Mamerco, el lugarteniente de Septimuleyo, y así se lo confesó entre lágrimas.
En realidad, como le hizo ver Stígmata entonces tratando de consolarla, y como Sierpe comprendía ahora, ella no había hecho nada, ni malo ni bueno. Fue Mamerco quien le agarró la mano y la usó para…
Todavía, al recordarlo, se estremecía de asco y de miedo. De toda la ralea que rodeaba a Septimuleyo, Mamerco era el peor.
Nada de esto le dijo ahora a Sertorio.
Tampoco le contó que, esa noche, Septimuleyo había mandado a Mamerco, a otro esbirro y al propio Stígmata a realizar un trabajo.
Los tres tenían que allanar la casa de cierto personaje, abrir un baúl blindado y robar su contenido. Lo más importante eran unas tablillas lacradas que preocupaban sobremanera a Servilio Cepión.
Sierpe lo sabía porque estuvo espiando desde un escondrijo la conversación en la que Septimuleyo le impartía instrucciones a Mamerco, y solo a Mamerco.
Refiriéndose a Stígmata, que era el encargado de forzar la cerradura del arcón, el patrón le dijo a su hombre de confianza: «En cuanto él abra la caja, tú le das… ».
Aunque Sierpe no llegó a oír bien la última palabra, más tarde comprendió qué era lo que Mamerco tenía que darle a Stígmata.
Salida.
Entre los Lavemos, «darle salida» a alguien era liquidarlo, a ser posible a traición, y después deshacerse del cadáver.
Septimuleyo pretendía que, una vez cumplido el encargo, los otros dos hombres se libraran de Stígmata.
Las cosas no salieron como el patrón planeaba.
Mamerco y el otro sicario —así se pudrieran en el infierno— habían muerto. Fue Stígmata quien les dio «salida» a ellos. Lo hizo, al parecer, con la colaboración de un par de perros guardianes.
Después, huyó de Roma.
Sin regresar al Hórreo de Laverna. Sin despedirse de Sierpe.
En aquel momento, a ella le dolió como si le hubieran clavado en el pecho su propia daga. Con el tiempo, no obstante, acabó comprendiendo que a Stígmata no le quedaba otro remedio que actuar así.
Había algo más que Sierpe podría haberle contado ahora a Sertorio, y que también se calló.
Mientras espiaba la conversación entre Septimuleyo y Mamerco, había creído entender que la casa que debían allanar pertenecía a un tal Tito Sardonio.
Cuando se lo contó a Stígmata, este la corrigió.
El apellido del dueño de aquella casa no era Sardonio, sino Sertorio.
De niña, a Sierpe le costaba trabajo acordarse de los nombres. Todavía seguía confundiendo algunos, por culpa de esa costumbre tan romana de repetirlos una y otra vez en cada familia.
Aun así, estaba segura de que no había vuelto a escuchar ese apellido en concreto. Suetonios, Sempronios, Sulpicios, Servilios, esos sí.
Pero ningún Sertorio.
Hasta ahora.
No podía ser casualidad. Este muchacho, Quinto Sertorio, tenía que ser hijo de aquel otro hombre.
Los dioses. El destino. Las líneas de la mano. Marta-Adrastea-Hécate, la mujer del rombo en la frente.
Todo estaba relacionado, sin duda.