Sertorio, el elegido de la diosa blanca 117 #2
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¡Absurdo! Aquel desconocido no era más que un crío.

Para empeorar las cosas, olía a cien millas a chico de buena familia que no había matado una mosca en su vida.

¿Qué podía hacer contra el amo del Aventino, un sujeto que, además de ser el mayor y más cruel bastardo jamás engendrado por la coyunda blasfema de una arpía y un demonio del Averno, era aliado del mismísimo cónsul?

—No me has dicho cómo te llamas, por cierto —añadió el joven.

—No te lo he dicho, pero tú tampoco me has preguntado. —¿Qué se habría creído ese tipo? No obstante, ella respondió—: Soy Sierpe.

—Qué nombre más peculiar.

—Es el que tengo. ¿Cómo te llamas tú?

El chico volvió a sonreír.

—Encantado de conocerte, Sierpe. Yo soy Quinto Sertorio.

¡Sertorio!

Ella conocía ese apellido.

Y lo conocía, precisamente, gracias a Stígmata.

Por el momento, no le dijo nada al muchacho.

—Antes has asegurado que no ocurre nada en el Esquilino sin que tú te enteres.

—Mis Mirmidones y yo lo conocemos muy bien.

De nuevo la jactancia.

—¿Tus Mirmo-qué?

—Mis Mirmidones.

—Pues espero que, sean quienes sean, conozcan el Esquilino mejor que tú.

—¿Es que no crees que yo pueda conocer bien este sitio?

«A lo mejor sí que lo conoce», reconoció Sierpe para sus adentros. Pero lo que respondió fue:

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no.

—Menudo argumento. ¿Has pensado en dedicarte a la abogacía?

—No tienes pinta de ser del Esquilino.

—Uno puede conocer un sitio sin ser obligatoriamente de ese sitio —respondió Sertorio—. De todos modos, ¿de qué tengo pinta?

—Tu ropa está limpia. Bueno, no es que esté limpia. Ahora te la has manchado.

Al oír eso, el joven que se acababa de presentar como Sertorio se sacudió la túnica y el manto.

Casi toda la suciedad que llevaba encima consistía en polvo y telarañas fáciles de limpiar, pero en el abrigo se veía un churrete alargado que sugería que, al reptar, había aplastado algo que hasta entonces estaba vivo.

Una babosa o algún otro tipo de sabandija que había dejado un residuo viscoso en el tejido.

Al darse cuenta de que la mancha no salía, Sertorio puso un gesto de desagrado.

No era un melindre de repulsión, tal como Sierpe se imaginaba que hacían las damas de alta sociedad cuando pisaban un excremento de perro o les caía una cagarruta de paloma sobre sus encopetadas cabezas.

Se trataba más de una muestra de desaprobación, como si aquello quebrantara las severas exigencias de un código que el joven hubiera establecido para sí mismo.

—He venido arrastrándome entre las tumbas para que no me vieran —se justificó.

—Es lo que quiero decir. Se ve que tu ropa estaba limpia antes de arrastrarte. Muy limpia. Y no se ve deshilachada.

«Como la mía», implicaban las palabras de Sierpe. Ella hacía lo que podía por ofrecer buen aspecto, pero no resultaba fácil cuando una no podía comprar o confeccionarse prendas nuevas cada poco tiempo como hacían los ricos.

Sin pedir permiso, tomó la mano de Sertorio.

Observó durante un instante las líneas que cruzaban su palma, lo que hizo que evocara de nuevo el recuerdo de la bruja que había leído las suyas —«Tendrá ojos como luciérnagas»—.

Después, le dio la vuelta sin demasiada delicadeza para examinarle las uñas.

Impecables. Ni Servilio Cepión las tenía tan cuidadas. Algo que a Sierpe le constaba, porque había escanciado vino al noble las veces suficientes como para observar de cerca sus manos.

Las uñas de Sertorio estaban cortadas y limadas apenas por encima de la yema, dibujando unas curvas tan perfectas como el arco de la luna creciente.

Por comparación, las de ella se veían mordisqueadas, casi en carne viva.

Aun así, a ninguna le faltaba su pequeño cerco de roña.

Un cerco que llevaba viendo en sus dedos y en los de los demás desde que guardaba memoria, hasta el punto de que, de niña, llegó a creer que las uñas nacían y crecían con ese ribete negro de forma natural.

—Estas tampoco son las manos de un chaval del Esquilino.

—¿Chaval? ¿Cuántos años piensas que tengo?

Sierpe lo observó con más atención. La estatura, los pómulos marcados, la barbilla afilada, el empaque con que se expresaba. Todo parecía corroborar su primera impresión. Diecisiete o dieciocho años.

Pero algo en la forma de hacer la pregunta, una sutil combinación de ingenuidad y afectación en el tono de voz, le hizo sospechar que era más joven y que todavía no tenía edad para servir en el ejército.

Lo que significaba que era incluso más crío de lo que le había parecido a primera vista.

—Menos años de los que tú crees que yo creo que tienes —respondió.

Él se rio con sinceridad. La réplica debía de haberle parecido ingeniosa.

«Tiene dieciséis como mucho», se dijo Sierpe. ¡El mismo tipo que se estaba planteando rescatar a Stígmata de las garras de Aulo Vitelio Septimuleyo y sus secuaces!

Más adelante se enteraría de que Quinto Sertorio había nacido en los idus de enero del consulado de Lucio Opimio, tres lustros atrás.

Lo que significaba que acababa de cumplir quince años.

De haberlo sabido en aquel momento, quizá lo habría mandado a esparragar a Boviano.

O quizá no.

—¿De qué conoces a ese hombre? —preguntó Sertorio—. ¿Quién es, realmente?

—¿Y tú? ¿De qué lo conoces tú?

—Ya te lo he dicho. Lo he visto en un sueño.

—¿Cómo puedes ver en un sueño a alguien a quien no conoces y después acordarte de él?

—¿A ti nunca te pasa? ¿Contemplar en sueños lugares en los que nunca has estado, encontrarte con personas a las que nunca había visto?

—No lo sé. Yo no sueño.

—¿Cómo que no sueñas? Todo el mundo sueña.