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Mientras Cepión revolvía recuerdos del pasado y planes para el futuro, el hombre que —sin que él lo supiera— había impedido que sus espías descubrieran el paradero del tesoro de Delfos seguía colgado de una cruz en el Esquilino.
A unos veinte pasos de aquella cruz, agazapada tras una de las pocas estelas lo bastante grandes para servirle de escondite, una joven contemplaba la escena.
Sierpe llevaba al servicio de Septimuleyo desde niña, ejerciendo para él de ladrona y espía, y también de asesina ocasional.
Suyo había sido el estilete que, en los idus de enero de hacía quince años, dio muerte al lictor Antilio y desencadenó los tumultos que culminaron con la caída de Gayo Graco y la matanza de miles de sus seguidores.
Que Sierpe no tuviera más remedio que obedecer a Septimuleyo no significaba que no lo aborreciera con toda su alma.
Hoy, ese odio era más intenso que nunca por lo que le estaba haciendo a Stígmata.
Su adorado Stígmata. Su protector, el único amigo que había tenido en el Hórreo de Laverna.
—¿Por qué te quedaste tan cerca de Roma? —murmuró—. ¿Por qué no huiste a los confines de la tierra?
Sierpe no podía saber que, aunque no hubiese alcanzado esos remotos confines, Stígmata había viajado lo suyo: el sur de la Galia, la costa oriental de Hispania y buena parte de Sicilia, desde donde hizo la travesía hasta Campania.
Cuando lo atraparon en Herculano, planeaba dirigirse al este para conocer Alejandría, la fabulosa ciudad de la que tanto le hablaba cuando era niño el maestro Evágoras.
Ignorante tanto de los viajes pasados como de los proyectos futuros de Stígmata, Sierpe no dejaba de preguntarse: «¿Qué hago aquí?
». Pero, cada vez que se decía a sí misma que era el momento de marcharse, descubría que las piernas se negaban a obedecerla y que sus ojos seguían empeñados en presenciar el suplicio de Stígmata.
En los quince años transcurridos desde la desaparición del gladiador de las cicatrices, Sierpe no había dejado de pensar en él ni un solo instante.
Muchas noches, mientras cerraba los ojos y apretaba contra su pecho a Pulcra —las jóvenes romanas consagraban sus muñecas a Venus cuando llegaban a la edad nubil, pero ella no pensaba desprenderse nunca de la suya—, fantaseaba con que volvía a reunirse con él.
Durante un tiempo, en aquellos ensueños siguió viéndolo como un protector, alguien parecido al padre a quien nunca llegó a conocer.
Después, conforme su cuerpo comenzó a sufrir cambios, algunas de las visiones con las que jugueteaba mientras se adormecía empezaron a ser menos inocentes.
Septimuleyo sabía bien cuánto quería Sierpe a Stígmata. Un amor que el jefe de los Lavemos jamás consiguió despertar en ella —ni en nadie, a decir verdad—, y que siempre había despertado su envidia y su rencor.
Movido por esa envidia, horas antes, el patrón había insistido en que Sierpe estuviera presente mientras Tambal azotaba al exgladiador.
La joven llegó a contar cinco vergajazos, hasta que decidió que no tenía por qué soportar el espectáculo y salió corriendo.
Lo hizo a sabiendas de que eso iba a contrariar a Septimuleyo, pero convencida también de que, tratándose de ella, no tomaría más represalias que, a lo sumo, recetarle su propia dosis de vara de olivo.
El Imperator Aventini disponía de secuaces de sobra.
No eran libras de músculo lo que le faltaban.
Sustituir a Sierpe, en cambio, no resultaba tan fácil.
Entre aquella caterva de esbirros de rostro patibulario con los que nadie habría querido toparse de frente, ni siquiera a plena luz del día en mitad del Foro, ¿quién sino Sierpe era capaz de disimular su talento para el crimen con sus rasgos delicados e inofensivos, con aquel aire inocente y virginal que sabía adoptar cuando le convenía?
Aunque ya no era la niña que inició su carrera de sicaria asesinando al hijo de un rival de Septimuleyo, Sierpe seguía siendo lo bastante menuda, ligera y, sobre todo, discreta para colarse entre multitudes, bien fuera para cortar una bolsa cargada de denarios o para clavar su daga en una garganta o una femoral.
No, Septimuleyo no se excedería castigándola, por la cuenta que le traía.
A cambio, era ella misma quien se estaba torturando ahora. Si no había tenido estómago para ver cómo azotaban a Stígmata y había huido del Hórreo con la visión emborronada por las lágrimas, ¿por qué demonios había acudido después al Esquilino para contemplar cómo lo ataban a la cruz?
—Bájate de ahí, Stígmata —murmuraba, juntando las manos en una plegaria—. Suéltate y baja. Tú eres capaz de eso y mucho más…
Claro que era capaz, insistía la Sierpe más optimista. ¿Por qué no iba a serlo? ¿No había aprendido ella de él, del gran Stígmata, el arte de forzar cerraduras y de desatar los nudos más enmarañados?
«Esta vez no es lo mismo, idiota», respondía la Sierpe que veía el mundo en su desnuda y cruel realidad.
No, no podía ser lo mismo deshacerse de unas sogas cuando estas inmovilizaban a Stígmata de brazos y piernas, cuando era su propio peso el que tiraba de las ligaduras y las tensaba hasta clavárselas en la carne.
Aun en el quimérico caso de que consiguiera soltarse, caería automáticamente al pie de la cruz, rodeado de enemigos.
Mientras se mortificaba a sí misma con esos pensamientos, Sierpe oyó a su espalda el ruido de algo que se desplazaba arrastrando tierra y guijarros y se giró, repentinamente alerta. Entre los escombros y las malas hierbas que abundaban en esa zona, se acercaba alguien gateando.
Por puro instinto, Sierpe se llevó la mano a la empuñadura de la daga.
—Tranquila, no voy a hacerte daño —dijo el desconocido, deteniéndose a cierta distancia y levantando del suelo una mano y después la otra para que Sierpe comprobara que las llevaba vacías.
Lo cual no significaba que no escondiera algún arma bajo la ropa, igual que ella.
—Claro que no vas a hacerme daño. Aunque quisieras.
El recién llegado era un muchacho delgado, de rasgos afilados y una mirada extrañamente intensa.
Sierpe le calculó diecisiete o dieciocho años, la típica edad en que los jóvenes ciudadanos —él tenía aspecto de serlo— se enrolaban en las legiones.
—He soñado con ese hombre —dijo el muchacho. Hablaba con tal confianza como si conociera a Sierpe de toda la vida.
Y quizá era así.
Porque Sierpe tuvo la impresión de que ella sí que lo conocía.
—¿Qué hombre?
—El que está en la cruz.
—¿Y qué hacía en tu sueño?
—No hacía nada. No he llegado a verlo, pero en el sueño me han hablado de él.
—¿Quién te ha hablado de él?
—Alguien que a veces se me aparece mientras duermo. Un hombre que ya está muerto.
—¿Quién?
—Cuando te conozca un poco más, a lo mejor te lo digo —respondió él, con media sonrisa.
La seguridad con que hablaba resultaba irritante.
Y también extrañamente tranquilizadora.
Por un momento, la luz oblicua del atardecer se coló en los ojos del joven.
Sus iris se encendieron como dos luciérnagas.
Cuando Sierpe se fijó en ellos, regresaron a su memoria las palabras de la mujer de los varios nombres —Marta, Adrastea, Hécate— que le leyó la mano de niña.
En realidad, nunca se habían borrado del todo.
«Conocerás a un hombre de mirada rara».
«Tendrá los ojos como luciérnagas».
Los ojos de ese muchacho eran raros, no podía negarse. Demasiado verdes, demasiado rasgados. Más separados de lo normal. No tanto como para afearlo, pero sí para crear una sensación un tanto desconcertante.
Esa parte de la predicción se cumplía. Pero ¿un hombre? Sierpe habría esperado que el desconocido del que hablaba la mujer fuese alguien más maduro. No un chaval cuyas mejillas tenían aspecto de no haber conocido aún el filo de una navaja.
—¿Qué te decía la aparición de tu sueño?
El muchacho contestó con tono solemne, como si recitara una antigua profecía:
—«El hombre que me quitó la vida fue el mismo que te la dio a ti. El hombre de las cicatrices».
«El hombre de las cicatrices».
Eso no implicaba por fuerza que se tratara de Stígmata.
Mucha gente tenía cicatrices. Ella misma podía enseñar una minúscula en la mejilla, de cuando era cría y quiso hacerse una marca para imitar, precisamente, a Stígmata.
Conservaba otra que no solía exhibir, en el interior del muslo izquierdo.
Recuerdo de alguien que creyó, equivocadamente, ser más hábil que ella con el puñal.
En cualquier caso, Sierpe se descubrió a sí misma convencida de que el muchacho llevaba razón, de que el hombre de las cicatrices de su sueño tenía que ser Stígmata.
No podía ser casualidad que los dioses o los espíritus de los muertos le hubieran enviado esa visión al chico precisamente hoy, el día de la crucifixión.
Era una señal, seguro.
Pero ¿qué significaba? ¿Algo bueno o algo malo para Stígmata?
No se atrevía a albergar esperanzas.
—¿Qué significa que te dio la vida?
—No tengo ni idea. Pero, cuando me he enterado de que lo habían crucificado, he venido a verlo.
—¿Cómo te has enterado?
—No pasa nada en el Esquilino sin que yo me entere.
De nuevo esa sonrisa petulante. Sierpe le respondió con cierta displicencia.
—Ya has visto a Stígmata. Y ahora ¿qué?
—Voy a preguntarle a él qué significa lo que me ha dicho el hombre del sueño.
«Pero ¿este tío está loco?».
—¿Cómo piensas preguntárselo? ¿Crees que te van a dejar acercarte? ¿Crees que él se va a poner a charlar contigo desde la cruz?
—Desde la cruz, no. Por eso tenemos que bajarlo.
—¿Bajarlo? ¿Cómo piensas hacerlo?
—Cuando se haga de noche.
—He preguntado cómo, no cuándo.
—Con ayuda.
Por un lado, la seguridad con la que se expresaba el joven le seguía resultando molesta, casi exasperante. Por otra parte, había algo contagioso en aquel aplomo.
Sierpe se dio cuenta de que, sin querer, ella misma empezaba a preguntarse: «¿Y si todavía…?».