Sertorio, el elegido de la diosa blanca 116
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El año anterior, mientras Cepión preparaba su candidatura al consulado, volvieron a llegar noticias de movimientos de tribus en la Galia.

Para entonces, Gayo Mario, tras su sucia artimaña para arrebatarle el mando a Metelo, había partido a Numidia.

Fue su colega, el cónsul Casio Longino, quien recibió el encargo de enfrentarse a la nueva amenaza.

Longino reclutó tropas para reforzar las unidades que ya estaban estacionadas en Nemauso y se puso en marcha a finales de la primavera.

Aunque al principio los informes hablaban de los cimbrios, pronto se supo que no era así. En esta ocasión se trataba de los tigurinos, un pueblo helvecio que tenía la costumbre de lanzar expediciones de saqueo para después replegarse a sus montañas, donde se sentían a salvo de cualquier represalia.

En cualquier caso, Cepión ya le había dedicado a Longino su correspondiente maldición, grabada en plomo y regada con la sangre de una tercera bruja.

Se había prometido a sí mismo que, si al año siguiente no conseguía tanto el consulado como el mando de la Galia, la próxima hechicera a la que sacrificaría sería la mismísima Marta.

Persiguiendo a los tigurinos, Longino se dirigió al oeste de la Galia y se internó en el territorio de los volcas tectósages.

Allí alcanzó a la horda enemiga y, al primer envite, la puso en desbandada.

Si los legionarios no masacraron a los tigurinos fue porque interrumpieron la persecución para desvalijar el campamento enemigo, que no era sino una serie de anillos de carromatos. Cargados, eso sí, de cuantioso botín.

Cepión no se contrarió demasiado por la victoria de Longino ni lo achacó a un defecto en el ritual de maldición, ya que había pedido de manera explícita que el cónsul fracasara si combatía contra los cimbrios, no contra otras tribus.

Lo que sí le preocupó fue saber que la batalla se había librado junto a la capital de los tectósages.

Tolosa.

Era la primera vez que un ejército romano se adentraba en esa región. ¿Y si, por azar o por sus propias pesquisas, Longino acababa descubriendo el paradero del tesoro de Delfos?

El dichoso tesoro.

Años atrás, cuando Cepión dejó de recibir noticias tanto de Artemidoro como de los hombres que Septimuleyo y él habían enviado a Masalia para seguirle el rastro, trató de convencerse a sí mismo de que aquella historia no era más que una patraña fabulada por el erudito griego.

Durante todo ese tiempo, guardó la obsesión por el tesoro en un rincón de su mente al que procuraba no asomarse demasiado a menudo.

Pero cuando le llegaron las noticias de la batalla de Tolosa, se hallaba en plena campaña por el consulado, y sus gastos y deudas se estaban multiplicando. Con todo ello, el señuelo del tesoro se volvió más irresistible incluso que antes.

Por cuarta vez, Cepión acudió al Esquilino. Esta vez su invocación a los dioses del inframundo no mencionó a los cimbrios. Les rogó, en cambio, que Longino, tras su éxito inicial, cometiera un error y, a ser posible, encontrara la muerte en lugar del tesoro.

Y así fue.

Envalentonado por la victoria y el botín, Longino persiguió a los tigurinos hacia el oeste, Garona abajo, y estuvo a punto de alcanzar el Océano. Por fin, dio alcance a los enemigos en las inmediaciones de Burdigala [44] , cuyos habitantes habían ofrecido refugio y alianza a los tigurinos.

Cuando los dioses quieren perder a alguien, primero hacen que se confíe. Dejando media legión para guarnecer el campamento, Longino marchó contra el enemigo sin tomar la precaución de enviar exploradores adelantados.

¿Qué podía ocurrirle?

Lo que le ocurrió.

Cayó en una emboscada. Igual que Silano, igual que Papirio Carbón. ¿Tan difícil era aprender de los fracasos ajenos?

Una pregunta que se hizo Cepión con satisfacción malsana.

El ejército romano, sorprendido en una maniobra envolvente entre los bitúriges por un lado y los tigurinos por otro, volvió a ser aplastado. Con la diferencia de que, esta vez, en el desastre perecieron el propio cónsul Longino y su legado Pisón.

¡Loados fueran los dioses infernales!

Los supervivientes se refugiaron en el campamento, donde había quedado al mando el tribuno Gayo Popilio Lenas.

Al verse con tropas tan escasas y desmoralizadas, Popilio ofreció a los enemigos rendirse a cambio de entregarles rehenes, todo el botín conquistado en Tolosa y la mitad del bagaje de los propios soldados.

Los tigurinos apretaron aún más las condiciones, y no cejaron hasta conseguir que los supervivientes, con su tribuno incluido, pasaran inclinando el cuello bajo un yugo improvisado con lanzas.

Era lo mismo que había ocurrido siglos atrás, tras la derrota de las Horcas Caudinas. Una humillación que todavía escocía en la memoria de los romanos y de la que los samnitas seguían jactándose.

A su regreso a Roma, Popilio fue acusado de traición por rendirse al enemigo entregando rehenes, armas y bagajes.

Se defendió alegando que, tras los desastres anteriores, para la República era peor perder miles de hombres que sufrir un menoscabo transitorio en su dignidad, pero de nada le sirvió.

Hijo y nieto de cónsules, los méritos de sus antepasados no evitaron su condena al destierro.

¡Cuántos generales estaba devorando esta guerra!

Cepión quería creer que la racha iba a terminar con él. Que Marta llevaba razón y que él acabaría aclamado como tercer fundador de Roma por su victoria contra los cimbrios.

Pensando en ello, ya había llegado a su casa.

Al entrar, alzó la mirada hacia la fachada donde, bajo un tejadillo que las protegía de la lluvia, se exhibían las armas de Viriato.

Tras la muerte de su padre, Cepión, para disgusto de su hermana Servilia, se las había llevado de la casa donde ambos se criaron para traerlas aquí, a su mansión de las Carinas.

En la coraza aún se apreciaban las manchas oscuras de la sangre que la salpicó cuando los asesinos, al ver que Viriato dormía con ella puesta, lo apuñalaron en el cuello, donde la armadura no lo cubría.

Si todo iba bien, al año siguiente colgaría allí también las armas de Boyórix, Vulfas, Lobo o comoquiera que se llamase el caudillo supuestamente invencible de los cimbrios.

Y, junto a ellas, una selección de las piezas más hermosas del tesoro de Delfos.