Sertorio, el elegido de la diosa blanca 115
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Al terminar su mandato de pretor, Cepión confiaba en que le encomendaran vengar la humillación sufrida por Silano. Sin embargo, los cimbrios volvieron a desaparecer de los informes que llegaban de la Galia, y el Senado no asignó ningún ejército para combatir contra ellos.

A cambio, Cepión recibió el gobierno de Hispania Ulterior.

La misma provincia donde, treinta años antes, su padre derrotó a Viriato recurriendo a la traición.

Por aquel entonces todavía no era tan exageradamente tacaño como se volvió al envejecer, pero ya se las había arreglado para prometer a los lugartenientes del lusitano —Audax, Ditalco y Minuro, nombres grabados desde entonces en la historia de la infamia— una recompensa que se acabó quedando para él con la excusa de que no pensaba pagar a unos traidores.

Como la Ulterior no se consideraba del todo pacificada, el Senado concedió a Cepión un ejército consular. Gracias a eso, pudo contar con el doble de efectivos de los que le habrían correspondido como pretor en una provincia más tranquila.

Con dicho ejército se enfrentó a una abigarrada coalición de beturios y lusitanos en los alrededores de Nertóbriga.

Tras la victoria —conseguida con una superioridad numérica que luego las crónicas basadas en sus propios informes disimularon inflando sin pudor el número de enemigos—, el Senado le concedió los honores de un triunfo que Cepión celebró a su regreso a Roma, en octubre de aquel mismo año.

Aquel éxito tanto tiempo esperado no le resultó tan satisfactorio como había imaginado.

El botín con el que sus soldados desfilaron por las calles de Roma no podía compararse con el que exhibiera Manio Aquilio en su triunfo como gobernador de Asia.

Una ocasión en la que Cepión, como cuestor subordinado de Aquilio, marchaba unos pasos detrás del procónsul mientras fantaseaba con el día en que él mismo marcharía en su propio carro triunfal.

Por más que Cepión rascó en cientos de millas a la redonda de Nertóbriga a fin de adquirir tesoros que pudiera lucir ante sus conciudadanos en el festejo, la presa de aquella campaña era tan magra que en el camino de vuelta a Roma tuvo que echar mano de sus propios fondos para adquirir en la costa ibérica telas coloridas y joyas brillantes que hicieran más lustroso y, sobre todo, más abultado el botín.

También compró esclavos que acabaron desempeñando el papel de cautivos de guerra, convenientemente sucios y macilentos mientras arrastraban los grilletes tras su cuadriga triunfal.

Cepión era más que consciente de que había hecho ciertos ajustes, por no decir trampas, en sus comunicaciones con el Senado.

Los seis mil enemigos muertos en la batalla —un millar más de los cinco mil estipulados como requisito para el triunfo— fueron en realidad novecientos, y eso sumando las escaramuzas de jornadas previas y las ejecuciones de prisioneros en los días posteriores.

Para añadir más peso a su solicitud de un triunfo oficial, Cepión añadió en aquellos informes que, después de la batalla, los soldados lo habían aclamado como vencedor.

Esto era rigurosamente cierto, aunque habría que añadir que ese tipo de aclamaciones siempre resultaba más fácil cuando a los centuriones al mando se los incentivaba con una jugosa bonificación para que se encargaran de que sus hombres gritaran « Imperator, imperator! » con el mayor entusiasmo posible.

Entre unos gastos y otros, su mandato en Hispania Ulterior no solo no le sirvió para aminorar deudas —¿cómo se las arreglaban otros gobernadores provinciales para enriquecerse?—, sino que, al contrario, las acrecentó.

Ya entregado el imperium y convertido en un senador más, Cepión fue a visitar a su padre en la villa de Bayas donde lo tenía prácticamente recluido. Allí, en una terraza asomada al mar, se desahogó hablándole del dinero que había perdido por culpa del dichoso triunfo.

Si su padre hubiera estado en plenitud de condiciones, Cepión le habría ocultado su fracaso financiero por no sufrir su cólera, del mismo modo en que había procurado esconderle sus gastos y sus deudas desde que era adolescente.

Pero el viejo avariento había sufrido un ictus un tiempo atrás.

Desde entonces, su única forma de comunicarse era farfullar entre babeos, y su único entretenimiento consistía en agitar una bolsa de denarios en la mano derecha —la izquierda la tenía seca y agarrotada como un sarmiento— para disfrutar de su tintineo a modo de sonajero.

Reducido como lo veía a aquel estado, Cepión se divirtió de lo lindo contemplando cómo, por cada nuevo gasto que desgranaba ante él —cien mil denarios por aquí, doscientos mil por allá, medio millón en vestidos, casi un millón en joyas—, a su padre le temblaba la barbilla y se le enrojecía el rostro, mientras trataba en vano de insultarlo con aquella boca torcida de la que caían goterones de saliva y el tintineo de las monedas se hacía más frenético.

El resultado no lo sorprendió demasiado.

Cuando llegó a los dos millones que se había gastado en comprar esclavos —aquí se dejó llevar por el entusiasmo y casi duplicó la cifra—, la furia y el tartamudeo de su progenitor se convirtieron en un ataque de tos que en pocos minutos degeneró en una apoplejía.

En esta ocasión no se recuperó.

Mala suerte.

Cuando le pusieron el molde de cera en el rostro para sacarle la máscara mortuoria, Cepión se permitió otra venganza sobre él, negándose a corregir la deformación de los rasgos paralizados por el ictus.

Desde aquel momento, las facciones de Quinto Servilio Cepión, glorioso vencedor de Viriato, quedaron torcidas para la posteridad en el atrio de su morada, y con aquel feo visaje se exhibirían en los futuros funerales de la familia.