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Después de derrotar a aquel ejército, los cimbrios y las demás tribus que viajaban a su estela desaparecieron de los informes y, aparentemente, del mundo.
La humillación a la que acababan de someter a Roma escocía, y mucho.
Pero, como todo indicaba que los cimbrios habían continuado de camino hacia el este por la orilla norte del Istro, la mayoría del Senado pensó que allá se las entendieran con los dados, los masagetas y los escitas.
Incluso con las amazonas, si es que moraban donde contaban las leyendas.
Con suerte, no volverían a tener noticias de ellos.
Quien no lo veía así era Cepión, que no dejaba de rogar a los dioses para que los invasores regresaran.
Siempre que lo hicieran en el momento oportuno para él.
Las siguientes noticias que llegaron de los cimbrios y sus compañeros de viaje no provenían del este.
En algún momento, debían de haber dado la vuelta para dirigirse de nuevo a occidente, y ahora se encontraban al noroeste de los Alpes y se estaban acercando a las fronteras de la Galia Transalpina.
Esta región se había establecido recientemente como provincia romana, tras la rendición de las tribus que la poblaban.
Incluso los alóbroges, que habitaban cien millas al norte del mar, habían aceptado someterse al vasallaje de Roma después de ser vencidos por el cónsul Fabio Máximo en el año, tan recordado, de la muerte de Gayo Graco.
En esta ocasión fueron, precisamente, embajadores alóbroges quienes, al ver en peligro sus campos y aldeas, acudieron a pedir ayuda a Roma.
El cónsul sénior de aquel año era Quinto Cecilio Metelo, hermano de Dalmático, el pontífice máximo. Por tanto, también primo político de Cepión. Aunque era un cabronazo tan presuntuoso como el resto de su familia, Cepión no se llevaba mal con él. A veces incluso compartían unas copas.
En una fiesta en la que ambos coincidieron, Metelo le rodeó los hombros con el brazo —para lo cual tuvo que ponerse un poco de puntillas, porque era más bajo— y le preguntó:
—¿Sabes en qué noto que me hago viejo, primo?
(Seguía llamándolo así incluso tiempo después de que su verdadera prima, la mujer de Cepión, ya hubiera fallecido).
—¿En qué?
—¡En que cada vez me gustan más el vino y las mujeres gordas!
Antes de que los alóbroges se presentaran en Roma con sus alarmantes noticias sobre los cimbrios, Metelo ya se había embarcado hacia África, decidido a poner fin a la guerra contra Yugurta.
Aquello alegró a Cepión por dos motivos. En primer lugar, el cónsul ausente no podría dirigir nuevas operaciones contra los cimbrios, de modo que no tendría que arrojar una maldición contra él como había hecho con Papirio.
El segundo motivo era que en la expedición a África viajaba como legado Gayo Mario.
Cepión aún recordaba aquella cena en Numancia, en la tienda de Escipión Emiliano, cuando este afirmó en presencia de los demás oficiales que, de todos ellos, quien podía convertirse en su sucesor como gran general de la República era Gayo Mario.
Habían ido pasando los años, y de sucesor, nada. Cuando Cepión vio que Mario partía a Numidia como segundón de Metelo, pensó con gran regocijo que a aquel paleto de Arpino se le iban a quemar los garbanzos de tanto tenerlos al fuego.
Metelo no sentía ninguna simpatía por Mario.
Si lo había escogido como legado, era únicamente para tenerlo controlado y evitar que ganara popularidad entre la plebe, que parecía considerarlo el heredero político de los Graco.
Mario, por su parte, no se atrevió a negarse a las órdenes de Metelo.
Hacerlo habría supuesto sepultar su carrera, que por entonces no pasaba por su momento más boyante.
Después de aquello, sin embargo, el supuesto palurdo de Arpino, demostrando ser más hábil y taimado de lo que todos imaginaban —Cepión incluido—, había logrado remontar su carrera para convertirse en el general que conducía ahora la guerra en Numidia.
A vueltas con los cimbrios.
Cuando los alóbroges se presentaron ante el Senado y solicitaron el envío de una fuerza que detuviera a los invasores, Cepión, que aquel año servía como pretor, pensó que había llegado el momento de recibir la recompensa por su paciencia.
¿Acaso no poseía imperium para mandar tropas?
No sería el primer caso en la historia de la República en que a un pretor se le otorgaba el mando de un ejército consular.
Fue de esa manera, por ejemplo, como el padre de los Graco consiguió el triunfo por sus campañas en Hispania.
Argumentando que Metelo estaba ocupado guerreando en Numidia y que no convenía que su colega también se ausentara de Roma, Cepión se ofreció al Senado para comandar una nueva expedición contra los cimbrios.
En su discurso, adujo que su padre había sido el único capaz de derrotar a Viriato, una pesadilla peor que el mismísimo Yugurta.
Él, que llevaba en la sangre idéntico talento militar, era el más indicado para acabar con aquellos bárbaros cimbrios…
—… que no pueden ser más fieros ni aguerridos que los lusitanos que tanto nos hicieron sufrir —concluyó.
Mientras pronunciaba estas palabras, advirtió en los escaños de los padres conscriptos miradas maliciosas y cuchicheos apenas disimulados.
Comprendió que él mismo había cargado la pluma con tanta tinta que había acabado echando un borrón en su discurso.
No resultaba muy coherente alardear de las virtudes castrenses de su progenitor ante aquel auditorio cuando muchos de esos mismos senadores lo escuchaban a menudo, copa en mano, ponerlo como un pingo en fiestas y banquetes.
El Senado agradeció su ofrecimiento, pero prefirió confiarle la misión al cónsul júnior, Junio Silano.
El premio de consolación para Cepión fue que durante aquellos meses ejerció de máxima autoridad en Roma en su calidad de pretor urbano.
Algo de lo que no sacó provecho material —lucrarse a cuenta de sobornos y corrupción no era tan sencillo en la propia urbe como en provincias—, y que le granjeó más trabajo y más quebraderos de cabeza de los que tenía previstos.
A falta de ganancias económicas o de gloria militar, se desquitó aprovechando la ausencia de Silano para acostarse con su joven y bella esposa.
Si ni siquiera lo intentó con la del otro cónsul no fue por respeto ni amistad, sino porque su mujer, Emilia, resultaba todavía menos agraciada que la difunta Tercia.
Antes de salir de Roma, Silano había tratado de reunir lo antes posible un ejército.
No le resultó fácil.
Los relatos de los supervivientes de la derrota de Nórico eran poco tranquilizadores.
Aquellas historias desanimaban a los posibles voluntarios e incitaban a muchos ciudadanos a fingir enfermedades, o incluso a infligirse lesiones y quedar así incapacitados para el servicio.
Los dedos meñiques de manos y pies fueron los que, como hijos pequeños de familias numerosas en el reparto de la herencia, más salieron perdiendo.
Con la exageración típica de los cuentos de taberna, se decía que los cimbrios eran una cabeza más altos y un palmo más anchos de espaldas que los galos, que se pintaban la cara y se untaban el cuerpo con la sangre de los prisioneros a los que sacrificaban, que se afilaban los dientes para morder mejor a los enemigos, que sus sacerdotisas eran brujas vestidas de blanco que se encaramaban a los carromatos para arengar desde allí a los hombres y que con sus hechizos y con filtros que preparaban con su propia sangre menstrual duplicaban la fuerza de los guerreros e incluso los volvían invulnerables.
Pese a las dificultades, Silano consiguió finalmente alistar las tropas que necesitaba y marchó al norte.
Una vez que cruzó los Alpes, se reunió con las unidades que guarnecían la Transalpina.
Al mando de treinta mil hombres, viajó remontando el Ródano hasta Vienna [43] .
Desde esta población, siguiendo los informes de los exploradores, se dirigió hacia las fronteras de los helvecios.
Una vez allí, demostrando que no había que confiar en generales que no descendían de cónsules —la gens Junia sería muy prestigiosa, pero la rama de los Silanos no dejaba de ser advenediza—, el muy torpe cayó en una emboscada, como Papirio Carbón.
Más grave en su caso, porque debería haber aprendido de la experiencia de su predecesor.
La táctica empleada por los cimbrios fue una copia casi literal de la que había utilizado Aníbal cuando venció a los romanos por tercera vez consecutiva, sorprendiéndolos cuando marchaban en columna entre los bosques y la orilla del lago Trasimeno, con la salvedad de que la celada de los cimbrios se produjo junto al lago Lemano.
Ante eso, algunos sospecharon que entre aquellos bárbaros había estrategas con lecturas clásicas.
—Eso es imposible —sentenció entonces Cepión, descartando con gesto displicente aquellas teorías disparatadas.
La verdadera causa, la única —alegó desde el estrado en el que presidía aquella sesión del Senado—, era que se estaba concediendo el mando a generales cada vez más ineptos.
—¡Esperemos que tengas razón y que la próxima vez no nos hagan lo mismo que Aníbal en Cannas! —exclamó un senador que Cepión no llegó a identificar.
«Majaderías», «Imposible», «Eso no lo verán nuestros ojos», se oyó entre las filas de los padres conscriptos.
Silano, que sobrevivió junto a tres cuartas partes de su ejército —la matanza fue algo menor que la de Nórico—, no se suicidó.
De hecho, todavía seguía vivo, aunque pendiente de que en cualquier momento lo llevaran a juicio, igual que habían hecho con Papirio Carbón, por haber trabado batalla iniussu populi , «sin orden del pueblo».
No era fácil sostener aquella acusación.
Lo sucedido unos años antes en Nórico suponía un casus belli más que suficiente para considerar a los cimbrios enemigos del pueblo romano y enfrentarse a ellos en combate allá donde estuvieran.
Pero el pobre Silano, entre la humillación de la derrota y la amenaza del litigio pendiente, no había dejado de perder peso y cabello desde entonces, y parecía que en los tres años transcurridos hubiera envejecido quince.
¿Tendría que ver ese deterioro también con la tablilla de plomo con su nombre que Cepión había enterrado en el Esquilino, regada de nuevo con la sangre de un cachorro negro y una bruja?
Al fin y a la postre, el único trofeo que consiguió Silano de aquella desastrosa campaña fueron los cuernos con que su esposa y Cepión decoraron su testa consular.