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Tras marchar al norte con sus legiones y sus unidades de aliados itálicos, Carbón tomó posiciones en un paso de las estribaciones septentrionales de los Alpes.
Su propósito era cortar el paso allí a los invasores.
Pero, en el momento en que los cimbrios empezaron a arrasar campos y aldeas, los habitantes de Nórico le pidieron que actuase y no se limitase a esperar.
El cónsul, que no quería parecer timorato, bajó de las montañas para presentarles batalla.
Cuando los cimbrios se encontraron en su avance con un ejército fortificado en un campamento, en lugar de atacar, enviaron embajadores. Aparentemente, la organización militar de los romanos los había impresionado.
—Desde luego, esto no es un campamento bárbaro —dijo uno de ellos. Al menos, los intérpretes tradujeron así estas palabras, que recordaban a las pronunciadas por el legendario rey Pirro cuando se encontró por primera vez con un ejército romano instalado tras una empalizada.
Los testigos que informaron después al Senado de todo aquello recordaban bien a ese embajador.
Un individuo de lo más peculiar. Era tuerto, se tapaba el ojo que no tenía con un parche de oro, caminaba con una cojera que aliviaba con un báculo tan alto como él y solía llevar un cuervo posado en el hombro, cuando no eran dos.
Hablando en nombre de Boyórix-el-Lobo y de su asociado Teutobudo, que comandaba el contingente teutón, el hombre de los cuervos declaró que los cimbrios estaban dispuestos a buscarse la vida más al este, alejándose de los Alpes y del territorio de influencia romana.
Carbón se mostró de acuerdo con este plan y les ofreció guías locales para orientarlos hasta las fronteras orientales de Nórico.
Actuaba así en connivencia con los tauriscos, que pretendían con la misma jugada librarse de aquella amenaza y lanzarla contra los dacios y los getas, pueblos con los cuales se las tenían tiesas.
Los guías habían sido sobornados previamente por Carbón, con la intención de que condujeran a la horda por los desvíos más serpenteantes y los barrancos más anfractuosos, hasta llevarlos a un lugar conocido como Darubria, ya en los límites orientales de Nórico.
La verdadera intención del cónsul era llegar a ese mismo paraje por caminos menos sinuosos y tender una emboscada a los invasores.
Los cimbrios habían accedido a las exigencias del cónsul, por lo que no existía un casus belli legítimo que amparase aquella acción.
Pese a ello, Carbón debió de considerar que, si destrozaba al enemigo y se presentaba en Roma con miles de cautivos y un cuantioso botín, nadie se pondría tiquismiquis con esas pejigueras de leguleyos.
Por otra parte, la oportunidad de conquistar gloria y un triunfo contra un enemigo misterioso y exótico no se le iba a presentar otra vez. Eso Cepión lo entendía más que de sobra. Probablemente, él habría hecho lo mismo.
Con la diferencia de que lo habría hecho bien.
Para sorpresa y desolación del cónsul, fue él quien cayó en la celada, ya que los invasores se le habían adelantado en su llegada a Darubria.
Nunca llegó a saberse si se debió a una traición de los tauriscos —ellos alegaron tanto su ignorancia como su inocencia— o a que los cimbrios eran más astutos de lo que Papirio Carbón daba por supuesto.
Astutos tal vez lo fueran, tal vez no. Lo que no podía discutirse era que como guerreros no tenían parangón.
Marta le había asegurado que eran más valientes, más salvajes, más grandes y más fuertes que los galos.
Al parecer, no exageraba.
Según los relatos contradictorios de los supervivientes, los cimbrios eran gigantes sedientos de sangre que atacaban entre cánticos ensordecedores enarbolando sus enormes hachas y sus largas espadas, y al mismo tiempo fantasmas pálidos que brotaban del suelo y de las copas de los árboles para abatirse en silencio sobre ellos.
Lo que salvó al ejército consular de la aniquilación total en aquella jornada fue que el enemigo cayó sobre ellos cuando ya era casi de noche y, además, empezó a llover con violencia.
Aprovechando el aguacero, muchos romanos y aliados consiguieron huir de la emboscada.
Tardaron tres días en reagruparse en la ciudad de Noreya, donde descubrieron que, en un solo golpe devastador, el orgulloso ejército consular había quedado reducido a algo más de la mitad.
En lugar del triunfo que ambicionaba, Carbón no cosechó más que vergüenza y deshonor.
Actuar a traición contra un enemigo, hacerlo a espaldas del Senado y arriesgar un ejército entero sin haber recibido órdenes en tal sentido podía disculparse si uno conseguía la victoria.
Incluso podía recompensarse con un triunfo.
Cuando uno era aplastado por el adversario, no cabía el perdón.
Ya en Roma, Carbón fue llevado a juicio. Para empeorar su situación, su acusador fue el senador Marco Antonio. Aunque no tenía más que treinta años, incluso sus adversarios lo consideraban ya un orador superdotado, el mejor de Roma.
Desesperado, sin esperar al veredicto ni a la sentencia —que habría consistido en el destierro y la confiscación de buena parte de sus bienes—, Papirio Carbón se dio muerte envenenándose con tinte negro de zapatero.
Cepión, que lo despreciaba, consideraba que se había resignado a un final exento del menor ápice de grandeza, pero acorde con su escasa categoría. Un romano de verdad se habría arrojado sobre su espada.
¿Habría fracasado igual Papirio si él no hubiera invocado aquel conjuro?
Probablemente. Pero Cepión no estaba dispuesto a dejar nada al albur.
Mientras aguardaba el cumplimiento de la promesa que le había hecho Marta, se propuso seguir maldiciendo, uno por uno, a todos los generales que el Senado enviara contra los cimbrios.