Sertorio, el elegido de la diosa blanca 112
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Morir muchos años después de celebrar el triunfo sobre los cinabrios.

Ese era el deseo que Cepión acababa de expresar.

Sin embargo, mientras regresaba a su mansión para ataviarse con la toga consular y dirigirse después al Campo de Marte, donde supervisaría el reclutamiento, no pensaba tanto en los años venideros como en los ya transcurridos.

¿Dedicarse a rememorar el pasado significaba que estaba envejeciendo?

«La única manera de llegar a cónsul, si no te apellidas Escipión, es hacerse viejo», le había dicho Atilio Serrano, su colega consular. El hombre era una nulidad —lo cual convenía a Cepión para que su propio mandato brillara más por contraste—, pero no le faltaba razón.

Para alcanzar la cima, uno tenía que armarse de paciencia.

Y de años.

Ocho habían pasado desde que Marta le habló de los cimbrios —«El enemigo más formidable que alcances a concebir»— hasta que el Senado, por fin, le confió el mando de la guerra contra aquellos salvajes. («Bárbaros» se quedaba corto para describirlos).

Una predicción a largo plazo, sin duda. Aunque estaba a punto de cumplirse por fin, las esperanzas de Cepión habían flaqueado por el camino en varias ocasiones.

Tantas como generales recibieron ese mando antes que él.

Rivales que habrían podido derrotar a los cimbrios en su lugar y privarlo de la gloria prometida por la adivina.

Siete años antes, el nombre de aquella tribu hasta entonces ignota se escuchó por primera vez entre las paredes de la Curia Hostilia.

Cepión estaba presente en aquella sesión del Senado como edil curul, cargo para el que había recibido más votos que ningún otro candidato.

Por primera vez, ocupaba un asiento para él solo y no se veía obligado a apretar las posaderas ni juntar las rodillas en un banco compartido.

Al igual que otros magistrados, estaba apartado de los demás senadores en un lugar especial, mirando hacia las puertas de la Curia y no de cara al ancho pasillo central.

Al lado tenía a su colega edil, a continuación se hallaban los pretores y un poco más lejos se levantaba el estrado de los cónsules.

Los puestos que planeaba ocupar los próximos años. Por ese orden. El único posible, a menos que, como había comentado Atilio, uno fuese un Escipión y se las arreglara para que lo nombraran cónsul antes de tiempo saltándose el escalafón.

Eran las nonas de marzo. Al tratarse de un mes impar, quien ostentaba las fasces y, por tanto, el imperium superior era el cónsul que más votos había obtenido en las elecciones, Gneo Papirio Carbón [41] .

Cada vez que veía y oía a aquel hombre presidir una reunión del Senado, Cepión se animaba pensando que, si un miembro de la patulea de los Carbones había llegado a máximo magistrado de la República, él tenía que conseguirlo también por fuerza.

En aquella sesión se presentaron unos embajadores de Nórico, un reino situado al nordeste de los Alpes, habitado por una mancomunidad de tribus ilirias y celtas.

Como suele ocurrir en tales confederaciones, un pueblo prevalecía sobre los demás.

En este caso eran los tauriscos, que hablaban un idioma parecido a los celtas de la Galia y adoraban a unos dioses no demasiado diferentes.

Tauriscos eran, pues, los enviados que se presentaron ante el Senado, con sus trenzas rubias, sus espesas barbas, adornados con brillantes torques de oro y vestidos con recios pantalones de cuero y gruesos mantos de vivos colores (mejor para ellos, porque, en opinión de Cepión, la Curia Hostilia debía de ser el segundo lugar más frío de Roma después de la entrepierna de su difunta esposa).

Un espectáculo bárbaro pero también vistoso, eso había que reconocerlo.

Aunque los tauriscos se habían enfrentado unos años antes a Roma, después de sufrir varios reveses contra las legiones terminaron por comprender que era mejor coligarse con ella. Ahora tenían estatuto de amigos y aliados del pueblo romano. Como tales, solicitaban su ayuda.

En sus fronteras septentrionales, informaron, había aparecido una nueva amenaza. Una nación entera en peregrinación, una masa errante formada por varias tribus.

—Los que los mandan se hacen llamar cimbrios.

Al oír a Belatomaro, embajador de los tauriscos, pronunciar aquella palabra, Cepión se enderezó aún más en la silla curul.

«Si sabes esperar, llegará tu momento», le había dicho Marta.

Al darse cuenta de que se le aceleraba el corazón, Cepión trató de respirar hondo y soltar el aire por la boca en pequeños soplidos.

«Paciencia, paciencia. Ten paciencia», se recordó.

Las guerras solían durar años. Cinco o seis, no lo tenía muy claro, costó derrotar a Pirro.

Ocho, eso lo sabía bien por su padre, someter a Viriato.

Las guerras contra Cartago fueron incluso más largas: cada una se había prolongado prácticamente a lo largo de una generación.

Mientras él hacía esos cálculos, Papirio Carbón preguntó a Belatomaro cuántos guerreros formaban la horda invasora.

El embajador respondió que eran innumerables.

Incluso sus mujeres podían combatir, llegado el caso.

Uno no podía fiarse ni de los críos, que en las batallas a veces se colaban entre los hombres para acuchillar las corvas de los adversarios y competían entre ellos a ver quiénes cortaban más testículos de los cadáveres con el fin de colgárselos al cuello como trofeos.

De los pueblos que componían aquella hueste, los más temibles eran los propios cimbrios, el núcleo y al mismo tiempo la punta de lanza de aquella migración en masa.

—La lengua que hablan no tiene nada que ver con la nuestra. Es un idioma salvaje, como ladridos de perro —dijo Belatomaro, añadiendo una onomatopeya que a él le debía de resultar muy convincente—: Barf, barf .

Cepión, que a veces se permitía filosofar, había pensado en aquel momento que incluso los perros parecían ladrar de distinta manera según las diversas lenguas.

Los de los griegos y romanos lo hacían igual, bau, bau , aunque fuera con letras diferentes, mientras que los chuchos de los lusitanos sonaban más como guof, guof .

Belatomaro prosiguió su relato. El caudillo de aquellos cimbrios era un tal Lobo, nombre que en su tosco idioma sonaba algo así como Vulfas, pero que también recibía el epíteto de Boyórix.

—Ese sí que es un nombre celta —intervino Emilio Escauro, que como príncipe del senado tenía la prerrogativa de tomar la palabra cada vez que lo deseara. O, si no la tenía (para Cepión estas cuestiones de reglamento resultaban algo confusas), se la arrogaba por su cuenta y con excesiva frecuencia.

—Rey de los boyos —asintió Belatomaro, tras escuchar la traducción.

—¿Por qué llaman así a un caudillo cimbrio?

Los romanos conocían bien a los boyos, ya que muchas generaciones atrás se habían instalado con otras tribus celtas en la llanura del Po.

Hacía unos ochenta años, las legiones los expulsaron de aquellas tierras que la República consideraba su patio trasero.

En su emigración o huida, como quisiera entenderse, los boyos habían cruzado los Alpes para instalarse en las tierras al norte del Nórico, en la confluencia entre el Istro y el Eno [42] .

Muy cerca, por tanto, de los tauriscos.

Tauriscos y boyos mantenían relaciones complicadas. ¿A qué vecinos no les sucede lo mismo? A veces eran enemigos y a veces aliados, bien para lanzar incursiones contra otras tribus y robarles sus mujeres y sus vacas, bien para defenderse de sus ataques.

En el caso de los cimbrios, explicó Belatomaro, a los boyos no les había dado tiempo a solicitarles ayuda.

La horda invasora apareció de la nada, como una niebla que surgiera de las espesuras de la selva Hercinia, aquel inmenso macizo boscoso que se extendía al norte hasta llegar a los confines del mundo o quizá, incluso, más allá.

En una sola batalla, los cimbrios destrozaron a los boyos.

Durante la refriega, su caudillo, el tal Lobo, derrotó en combate singular a Verclovo, el orgulloso guerrero que hasta entonces ostentaba el nombre de Boyórix.

Como trofeos de su victoria, el Lobo se había quedado con su cabeza cercenada y con aquel título.

—Por eso lo llaman con ese nombre, aunque él no sea celta —aclaró Belatomaro.

Y era contra ese mismo caudillo y sus guerreros cimbrios, añadió, contra los que los tauriscos solicitaban auxilio al pueblo romano.

Tras despedir a los embajadores, los senadores deliberaron a puerta cerrada.

La amenaza en sí parecía lejana. Para entrar en Italia, los invasores tendrían que cruzar los Alpes, empresa que no se antojaba fácil si viajaban con sus familias cargadas en carromatos.

No obstante, entre Roma y Nórico había un pacto que debía ser honrado.

Existía un argumento incluso más poderoso. En Nórico había oro. Mucho oro. Mejor que siguiera controlado por negotiatores romanos y no por salvajes del norte.

El Senado encomendó a Papirio Carbón enfrentarse a aquella amenaza. Era de suponer que, sumando un ejército consular a las tropas del propio Nórico, gozaría de superioridad táctica y numérica y no tendría problemas para someter a la horda invasora.

Cuando Papirio iba a salir de Roma, se realizaron todas las ceremonias propiciatorias que exigía la costumbre.

El cónsul tomó los auspicios en el Capitolio, los arúspices examinaron las vísceras de los animales sacrificados, los augures escrutaron el vuelo de las aves que sobrevolaban la ciudad y observaron cómo los pollos sagrados picoteaban el grano, y el ejército entero fue purificado con una lustración antes de partir hacia el norte.

En público, Cepión se unió a los cánticos y libaciones, como se esperaba de un magistrado romano.

Pero aquella misma noche, en el Esquilmo, a poca distancia del lugar donde Stígmata estaba ahora crucificado, había llevado a cabo un rito muy distinto.

Iba bien embozado, para que nadie pudiera reconocerlo.

Usando la zanja del puticulum como altar, sacrificó un perro negro, apenas un cachorro, y vertió su sangre sobre la tierra antes de quemar el cuerpo entero.

Después, en la misma fosa, enterró una tablilla de plomo donde una bruja, a quien conocían en los bajos fondos por el pretencioso nombre de Medea, había grabado una maldición.

Te conjuro tres, cinco y siete veces por Hécate, diosa de las encrucijadas — Forforba, forforba —, por Koré Perséfone, la madre verdadera y terrible — Forforba, forforba, Brimo dardar —, y por Hermes y Hermécate — chychbachycb, bazabachych, oh Cebrochtho!

—, para que realices mi deseo y acudas en mi ayuda contra Gayo Papirio Carbón, cónsul de los romanos, y hagas que todo lo que emprenda desde ahora contra los cimbrios y contra cualquier otro enemigo en la guerra fracase, se confunda y no coseche más que desgracias.

A Cepión no le gustaba dejar cabos sueltos. Una vez sepultada la tablilla, Nuntiusmortis degolló a la bruja y arrojó su cadáver al vertedero del Esquilino. Con toda probabilidad, su sangre serviría para reforzar la eficacia del conjuro.