Sertorio, el elegido de la diosa blanca 111
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Una vez satisfecho su interés por ver a Stígmata crucificado y colmada su curiosidad, Cepión empezaba a aburrirse. Bien arrebujado en su capote, el cónsul se acercó a Septimuleyo.

—Estimado Aulo, veo que lo tienes todo perfectamente planeado. Por mi parte, he de marcharme ya.

—Tu presencia ha sido un honor, noble cónsul.

—Una cosa he de reconocerte. Con el talento que demuestras para la organización, harías un buen cuestor.

—«Haría»…

—La lástima es que ya no tengas edad.

Cepión solía zaherir al hampón con pullas de ese tipo. A veces de forma tan sutil que su víctima ni se percataba.

En este caso, no fue así. La ironía hurgaba en un punto débil.

Septimuleyo, que había conseguido ascender hasta el orden ecuestre desde lo más bajo de la sociedad —gracias, sobre todo, al pingüe negocio que había hecho a costa del difunto Tito Sertorio—, acariciaba desde hacía tiempo la ilusión de embutirse en la armadura de oficial del ejército.

Al parecer, le emocionaba la idea de comandar manípulos, ¡o incluso legiones! , en lugar de bandas de malhechores.

Unos sueños de grandeza cuyo fundamento Cepión no alcanzaba a entender, pero que le resultaban graciosos en su ridícula ambición.

—¿Que no tengo edad?

—Me he expresado mal. Quizá lo que tienes es un exceso de edad.

—O sea, que soy viejo para cuestor.

—Es probable que los ciudadanos romanos lo vieran así a la hora de votar.

—Hay puestos muy honorables para los que no hace falta convencer a los votantes.

Aunque ya sabía por dónde iba el hampón, Cepión preguntó:

—¿Como cuáles?

—Como el de tribuno militar.

—También los elige el pueblo.

—Pero no a todos.

Ahí llevaba razón Septimuleyo. Un general tenía la potestad de nombrar a algunos tribunos, los llamados rufuli , que se sumaban a los elegidos por los comicios.

Cepión ya había designado por ese procedimiento a varios oficiales para que lo acompañaran a la Galia. Uno de ellos era su propio hijo, Quinto. El muchacho acababa de cumplir veintidós años y, hasta el momento, solo había servido en un par de campañas. Una de ellas con él, en Hispania.

Muy joven, y más bien inexperto. Cepión, no obstante, consideraba que, teniéndolo cerca a él para instruirle y darle consejos certeros —no siempre los que aparecían en los manuales—, el muchacho no tardaría en estar preparado para las responsabilidades más elevadas.

Siempre que espabilara y dejara de cometer dislates en nombre de unos supuestos ideales, como cuando se negó a que su padre lo recompensara con una corona cívica porque el compañero a quien supuestamente salvó la vida en realidad lo había salvado a él.

Con el tiempo, le quitaría esas tonterías. Ahora, Cepión devolvió la atención a su interlocutor.

—Querido Aulo, ya que te veo tan informado, sabrás que lo más normal es desempeñar el puesto de tribuno antes del de cuestor.

—Pero no siempre es así. Y de lo que sí que estoy informado es de que te vas a llevar a la Galia a algunos tribunos que son más viejos que yo.

—¿Sí? ¿De veras voy a hacer eso? —respondió Cepión, espantando una mosca particularmente pegajosa que se había empeñado en posarse en su cuello. En aquel lugar tan abundante en basura y carroña de todo tipo, los insectos seguían proliferando en lo más frío del invierno.

—Por ejemplo, ¿cuántos años tiene Flavio Fimbria?

El personaje mencionado, todo un veterano, se había presentado voluntario como tribuno para la II Legión.

Cepión aceptó, pensando que el ofrecimiento de Fimbria serviría de ejemplo y acicate para que se alistara más gente en aquella campaña.

Algo muy de agradecer, ya que los relatos que corrían sobre los cimbrios hacían retraerse a muchos posibles voluntarios.

Fimbria —en eso llevaba parte de razón Septimuleyo— pasaba de largo la edad mínima no ya para el grado de tribuno, sino incluso para ser cónsul.

Cargo este último al que, tal como declaraba él mismo, pensaba presentarse el año próximo, pese a que carecía de grandes valedores en el Senado y a que nadie en su familia lo había ostentado antes.

¿Qué edad podía tener Fimbria? A ojo de buen cubero, Cepión diría que frisaba en los cincuenta.

Eso suponía un par de años menos de los cincuenta y dos que Septimuleyo afirmaba tener…

, y diez menos de los que probablemente tenía.

Cepión habría apostado el anillo de oro con su sello a que el jefe de los Lavemos, por mucho que se embadurnara el pelo y la barba de tinte negro, había entrado ya en su séptima década de vida.

Bastante malo era que llegaran a cónsules homines novi como el mencionado Fimbria.

O como Gayo Mario, que a la sazón dirigía la guerra en África, para gran disgusto de Cepión y de cuatro quintas partes del Senado.

Pero que un detrito de las cloacas como Septimuleyo aspirara a la dignidad de tribuno militar, cuando incluso el grado de centurión le quedaba grande…

¿De centurión? ¡Si hasta el de optio era demasiado para él!

Cepión no lo expresó de forma tan descarnada. Por mucho desdén que le inspirara Septimuleyo, no era conveniente demostrarlo abiertamente. Rodeándole los hombros con el brazo e inclinándose para hablarle al oído, le dijo:

—Te recuerdo lo que te he dicho, mi estimado amigo. Tú consígueme ese documento que no hace falta ni mencionar, y yo veré qué puedo hacer para satisfacer tus aspiraciones militares.

—Yo también te recuerdo lo que te he dicho, nobilísimo cónsul. —El resentimiento perenne de Septimuleyo hizo que rechinara los dientes, o lo poco que le quedaba de ellos después de tantos años de hacerlos crujir entre sí.

—Y lo que me has dicho es…

—No te puedo conseguir ese documento del que no hablamos por la sencilla razón de que Stígmata no lo llevaba encima, ni tampoco lo tenía entre sus cosas.

Cepión asintió, fingiendo aceptar las explicaciones. Seguía sin tenerlas todas consigo. No era descartable que Septimuleyo se hubiera guardado el certificado del préstamo con la intención de chantajearlo en algún momento.

Habían pasado quince años de la muerte de Gayo Graco, único testigo del dinero que Cepión había recibido de Tito Sertorio, y siete de la de este último.

El contrato que Stígmata se llevó al huir de Roma no debería inquietar ya a Cepión.

En el remoto caso de que reaparecieran aquellas tablillas, ¿quién iba a certificar su autenticidad?

¿Recurrirían a un nigromante para que invocara a Graco y Sertorio desde el más allá?

Y el caso era que, pese a esos argumentos, aquel cabo suelto no dejaba de incomodarlo.

—¿Nunca te ocurre, mi querido Aulo, que estás a punto de dormirte y, de pronto, sientes una inoportuna comezón en el tobillo?

—¿Comezón?

—Uno de esos malditos picores que no puedes ignorar. Te resistes, porque sabes que, si estiras la mano y te rascas, ese simple gesto te espabilará y tendrás que cerrar los ojos y empezar a adormilarte de nuevo.

Septimuleyo se encogió de hombros.

—Yo me duermo siempre a la primera.

—¡Ah, el sueño del hombre justo que tiene la conciencia tranquila!

—«Y la panza llena de vino», añadió para sí Cepión—.

Pues a mí me pasa algo parecido con ese asunto, ese asuntillo diría yo, del documento.

No es que me quite el sueño, no es eso. Pero me produce una especie de picazón interna que, a su vez, sí que me puede desvelar a veces.

—Entiendo —dijo Septimuleyo, con cara de no haber entendido nada.

—Estaba pensando, querido amigo, que tal vez, mientras experimentas con Stígmata todas esas… prácticas anatómicas que con tan exquisito gusto has descrito… puede que todavía consigas extraerle algún último secreto antes de que se lo lleve con él a la tumba.

—¿A qué tumba? —replicó Septimuleyo, señalando a unos cerdos que hozaban en el vertedero buscando alimento.

Cepión saludó la ocurrencia del hampón con una carcajada y, tras palmearle otra vez la espalda, se marchó de allí. No sin antes aspirar de nuevo el perfume de aquel carísimo pomo de vidrio de Sidón para tratar de tapar la pestilencia del puticulum .

Nuntiusmortis, que se había quedado contemplando la cruz, tardó un instante en seguirlo. Al ver que se acercaba, los cuatro criados que acompañaban a Cepión se apartaron unos pasos, como hacían siempre. Para la mayoría de la gente, el celtíbero era como la piedra de Magnesia, pero al revés.

Cuando el guardaespaldas llegó a su altura, Cepión comentó:

—No se te ve contento.

Estrictamente hablando, a Nuntiusmortis no se lo veía contento nunca. Pero ahora daba la impresión de que alguna duda rondaba por aquella cabezota redonda hundida entre los dos enormes trapecios.

—No está bien —respondió.

—¿Qué es lo que no está bien?

—La cruz no es un final digno.

—¿Es una crítica en general a la cruz como castigo o…?

—No es digno para él.

—¡Nunca dejas de sorprenderme, mi buen amigo! No habría sospechado que sintieras afecto por Stígmata.

—Guárdate tus chanzas. Ya sabes que no es eso.

Si había alguien que se atrevía a dirigirse a él con la sutileza de un carnero embistiendo, ese era el celtíbero. El hecho de que Cepión fuera su superior —y, a mayores, cónsul de la República— no lo coartaba en absoluto.

—Nunca te he visto disgustarte al ver cómo atormentan a alguien.

«Por ejemplo, cuando vertían plomo fundido en la boca de Gayo Graco».

Nuntiusmortis meneó la cabeza. Cada vez que hacía ese gesto, uno casi podía oír sus vértebras rechinando por dentro como el cabrestante de una grúa.

—No está bien. Él no debería morir así.

—¿Por ser gladiador?

Nuntiusmortis contestó con un gruñido que Cepión interpretó como un «sí».

—¿Es que temes acabar como él?

—Uno nunca sabe.

—¿Uno nunca sabe qué?

—Cómo va a acabar. —Mirándolo a los ojos con aquellas pupilas opacás, Nuntiusmortis preguntó—: ¿Lo sabes tú?

—Saberlo no lo sé, pero confío en acabar muriendo plácidamente, y que eso ocurra muchos años después de celebrar el triunfo que voy a alcanzar ahora sobre los cimbrios, y también después de desempeñar el cargo de censor, de construir el mejor acueducto que haya visto Roma y de convertirme en el príncipe del senado.

Y todo eso más rico, más viejo, más sano y, por supuesto, mejor follado que mi padre, a quien espero que la tierra le resulte lo menos leve posible.

La fortuna siempre me ha sonreído, y espero que siga siendo así hasta el final.

Nuntiusmortis negó con la cabeza.

—A veces los dioses te hacen creer que tienes fortuna, y al final, ¡zas!, te aplastan —dijo, ilustrando sus palabras golpeando su propia mano con un puño que habría desmenuzado una piedra—. Hasta que uno está muerto, uno nunca sabe.

—Eres una jarra llena de sorpresas, amigo. Cualquiera diría que has leído a Tucídides.

Era Heródoto el autor en quien estaba pensando Cepión. Como solía ocurrirle, las lecturas —leer nunca había ocupado demasiadas horas de su rutina— se le confundían.

—No sé quién es ese Tudíceles, pero lo que sé es que no está bien. Stígmata no tenía que acabar así, y no hay más que hablar.

De nuevo, si había alguien capaz de rematar una conversación con el magistrado supremo de Roma diciendo «no hay más que hablar», ese no era otro que Nuntiusmortis.