Sertorio, el elegido de la diosa blanca 110
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Según la mayoría de las crónicas y anales, fue Servio Tulio, penúltimo de los reyes, quien ordenó construir la muralla que rodea Roma.

Algunos eruditos, sin embargo, sostienen que fue erigida siglo y medio más tarde, después de que los galos de Brenno saquearan la ciudad, con el fin de evitar que se volviera a producir un desastre similar.

Fuera cual fuese su antigüedad, la muralla llevaba mucho tiempo descuidada.

Si había un trecho donde el abandono resultaba más patente era el de la parte nordeste, en el Esquilino.

El tramo en cuestión empezaba por debajo de la puerta Viminal y los arcos del Aqua Marcia Tepula y se extendía hasta el punto donde otro acueducto, el Anio Vetus, atravesaba las fortificaciones.

La muestra más visible de la degradación de ese sector era la zanja que corría de norte a sur por la parte exterior del muro.

Aquella larga fosa se había excavado como obstáculo militar, reforzándola con un terraplén levantado con la tierra extraída del suelo.

De ese modo, los enemigos que pretendieran asaltar la muralla tendrían que superar primero la trinchera y trepar después por el talud, todo ello bajo los disparos de los defensores del parapeto.

El último enemigo que se acercó tanto como para poner a prueba la solidez de los baluartes del Esquilino fue Aníbal.

De eso habían pasado más de cien años. Ya no quedaba nadie vivo que hubiera escuchado con sus propios oídos la voz de alarma, y el « Hannibal adportas!

» ya no era más que una frase con la que asustar a los niños desobedientes.

Con el peligro cada vez más difuminado en la memoria de los romanos, las defensas del Esquilino no dejaban de deteriorarse sin que nadie lo remediara.

Curiosamente, la vieja zanja se había ensanchado, pero a cambio de perder profundidad.

En parte porque las lluvias la habían ido colmatando con material arrastrado del terraplén, al que tampoco se prestaba la debida atención.

El motivo principal, sin embargo, era la cantidad de basura que los propios romanos iban arrojando en ella año tras año, hasta convertir aquella antigua trinchera en un vertedero descomunal, el puticulum .

Entre los desperdicios abundaban los restos humanos.

Cada amanecer los enterradores oficiales, los libitinarii , descargaban allí los cadáveres que recolectaban por las noches de las calles y plazuelas.

Vagabundos y pordioseros que morían de frío o de pura vejez, víctimas apuñaladas en reyertas a quienes nadie reclamaba, bebés abandonados que no llegaban a ver el alba y no tenían la suerte —o el infortunio— de ser recogidos por manos ajenas.

También eran muchos los pobres y esclavos que enterraban a sus familiares y amigos en aquel paraje.

Lo hacían sin lápidas ni estelas, excavando tumbas tan someras que muchas veces los perros, las ratas y otros animales carroñeros que pululaban por la zona no tardaban en desenterrar los cuerpos para alimentarse de sus restos antes de que se echasen a perder del todo.

Entre eso y las brujas y hechiceras que hurgaban en busca de huesos, cabellos, uñas o cualquier otro residuo que —por descompuesto que estuviese— pudiera servirles para sus pócimas y conjuros, el paraje se había convertido en una mezcla hedionda de osario y albañal.

A menos de cien pasos al norte del puticulum , en la arboleda de Venus Libitina, se encontraban las dependencias de los enterradores.

Quizá la fragancia resinosa de los pinos mitigase los efluvios que subían desde el vertedero.

En cualquier caso, los libitinarios estaban tan acostumbrados que ya apenas percibían la fetidez entre acre y dulzona de la muerte.

Una pestilencia que se adhería a su piel y a su ropa y que, si se hacía caso a la sabiduría popular, se transmitía de padres a hijos junto con tan tétrico oficio.

Aquella parte del Esquilino se hallaba fuera de las murallas y, lo que era más importante, del recinto sagrado del pomerio. De ahí que, aparte de ser un vasto cementerio, fuera también el sitio elegido para llevar a cabo la mayoría de las ejecuciones públicas.

En particular, las crucifixiones.

En el caso de estas, normalmente se elegía el terreno al sur del acueducto Anio Vetus o, por lo menos, se procuraba guardar cierta distancia con las emanaciones pútridas del vertedero y de sus fosas comunes.

No por delicadeza con los condenados al suplicio, sino para evitarles las molestias a sus verdugos y a los espectadores, que nunca faltaban.

A menudo, cuando se crucificaba a dos o más presos, algunos de esos espectadores se jugaban dinero por cuál de ellos aguantaba más antes de morir.

Entre ellos alguna vez estuvo el padre de Sertorio, que llegó a perder quinientos sestercios apostándolos al reo erróneo.

En este atardecer pálido y frío de mediados de enero, sin embargo, la única cruz que se veía en el Esquilino se encontraba en una zona poco habitual, a media distancia entre los dos acueductos y a poco más de cinco pasos del puticulum .

El reo atado de pies y manos a esa cruz era Stígmata.

El hombre de las cicatrices.

Aunque estaba ya más cerca de los cuarenta años que de los treinta, y pese a la postura tan poco airosa de la crucifixión, su cuerpo, desnudo salvo por un colgante de plomo, habría servido todavía como modelo para una estatua de un dios o un héroe a medias entre el armonioso Apolo y el musculoso Hércules.

De hecho, podría haber pasado por una estatua inerte, salvo porque de cuando en cuando se movía un poco, flexionando levemente las rodillas, apoyando las plantas de los pies en la cruz o echando la cabeza hacia atrás hasta tocar la madera de ciprés para presionar contra ella y arquear de este modo la espalda.

No se le había oído exhalar ni una queja.

Al pie de la cruz se hallaba el hombre que actuaba como juez, jurado y verdugo de la ejecución. El antiguo patrón y lanista de Stígmata, Aulo Vitelio Septimuleyo.

Todo era extraoficial. Septimuleyo jamás había desempeñado ninguna magistratura.

El título de Emperador del Aventino que se adjudicaba a sí mismo años atrás guardaba tanta relación con el cursus honorum como habría podido tenerla el de palanganero de Venus o mamporrero de Príapo.

Dios este último que, por cierto, tenía consagradas en aquel lugar numerosas tallas de madera y figuras de terracota que, a pesar de su tosquedad, representaban con minucioso detalle su enorme miembro viril, el más destacado, y casi único, de sus atributos.

No dejaba de ser curioso que en aquel lugar consagrado a la muerte se irguieran —vertical y horizontal mente— tantas representaciones de un dios cuya principal misión en el universo era esparcir su semilla.

Si bien la crucifixión era el castigo acostumbrado para los esclavos fugitivos, el hombre de las cicatrices nunca había ostentado la condición de siervo.

Septimuleyo, no obstante, podía aducir que Stígmata perdió todos los derechos cívicos en el momento en que, siendo todavía adolescente, pronunció el voto que lo convertía en auctoratus .

Este juramento hago: dejarme quemar, atar, azotar, matar por el hierro o cualquier otra cosa que ordene Septimuleyo.

Quidquid aliud , cualquier otra cosa. A estas dos palabras podría haberse aferrado Septimuleyo para justificar la condena a la que había sentenciado a su antiguo gladiador y sicario.

En cualquier caso, no era necesario. Nadie había levantado la mano ni alzado la voz para defender a Stígmata.

En su momento fue el gladiador favorito del público, pero de aquello ya habían pasado quince años.

La memoria de la gente suele ser breve, y su favor, antojadizo.

Ya había otros gladiadores recogiendo los aplausos de los espectadores del Foro Boario, y eran pocos los que todavía recordaban a Stígmata.

No se trataba únicamente de que nadie lo defendiera. Era, incluso, como si la propia República refrendara su castigo.

Con ciertos matices. Si bien dicho respaldo se personificaba en la presencia del cónsul sénior, Quinto Servilio Cepión, este asistía de forma privada.

Ni ostentaba las enseñas de su cargo ni se había hecho escoltar por los lictores, limitándose a la compañía de algunos sirvientes y a la de su guardaespaldas Nuntiusmortis.

Tras contemplar cómo los esbirros de Septimuleyo ataban a Stígmata a la cruz y alzaban esta para encajarla en un agujero previamente excavado en aquel suelo de escombro y cascajos, Cepión preguntó:

—¿Tan cerca del vertedero? ¿Era realmente necesario, Aulo?

—Eso no va a hacer que se muera antes, pero así se jode más —respondió Septimuleyo.

—Eso sin duda —respondió el cónsul, llevándose a la nariz un pomo de perfume de nardos y aspirando su aroma, como si con eso lograra contrarrestar las miasmas que emanaban del puticulum .

Septimuleyo había sopesado ordenar a su secuaz Búfalo, el pugilista, que atravesara las manos y los pies de Stígmata con clavos para hacer más intenso su sufrimiento.

Experto en suplicios, no tardó en desechar la idea, ya que la combinación de la pérdida de sangre y el dolor de las heridas podía acelerar la muerte del reo.

Por el momento, se había contentado con hacer que azotaran a Stígmata antes de traerlo al Esquilino. Ocho golpes de vara. Los suficientes para que al tormento propio de la crucifixión se sumara el escozor de la carne abierta en la espalda.

Que Septimuleyo no tuviera demasiada prisa por ver morir a su antiguo gladiador no significaba que quisiera eternizarse. Con el fin de que quedara claro, expuso ahora sus planes en voz lo bastante alta para que tanto el cónsul como sus esbirros los escucharan.

En particular, para que Stígmata se enterara de la suerte que lo aguardaba.

—Mañana a esta hora, sin desatarte, tumbaremos la cruz para apoyarla ahí.

Su dedo gordezuelo señaló un cipo funerario, un bloque rectangular de toba gris bajo el cual, según rezaba una inscripción medio borrada, reposaba un tal Pacuvio.

Era uno de los pocos monumentos dignos de tal nombre en aquella franja contigua al pudridero.

Por allí se veían también algunas estelas toscas, la mayoría tiradas en el suelo y resquebrajadas, y entre los hierbajos descoloridos por la escarcha asomaban las bocas de ánforas, medio sepultadas entre los cascotes y la tierra seca, donde las familias humildes depositaban las cenizas de sus deudos.

Septimuleyo había elegido el cipo porque medía unos tres pies de alto. La elevación justa para que, una vez inclinada la cruz y apoyada su parte superior en la piedra, la cabeza de Stígmata quedara a su alcance sin tener que agacharse ni ponerse de puntillas.

—Cuando te tenga ahí, empezaré arrancándote tiras de piel del pecho y de los muslos. Después te sacaré tajadas de carne bien finas.

Mientras hablaba, señalaba con la punta de un chuzo las partes mencionadas, sin resistirse a la tentación de pincharlas, aunque con cuidado de no desgarrar la piel.

—¡Como quien corta un jamón, jefe! —exclamó Búfalo. No sería el más avispado de los Lavemos, pero no había otro como él para celebrar las ocurrencias de su patrón.

—Como quien corta un jamón, sí —respondió Septimuleyo. Devolviendo su atención a Stígmata, añadió—: Te daré a comer tus propias lonchas de carne para que no pases hambre. Después te cortaré la polla y las pelotas, y también te las meteré en la boca.

Un nuevo puyazo en las partes mencionadas hizo que Stígmata torciera el gesto.

Siguió sin emitir un quejido.

—Solo te dejaré masticarlas un rato. No quiero que te asfixies tragándotelas. Luego te las sacaré de la boca y se las tiraré a los perros.

Quienes conocían bien a Septimuleyo advirtieron que, aunque vestía una gruesa toga sobre la túnica angusticlavia —había tenido elprurito de ataviarse como si fuese el magistrado que no era—, por debajo de su barriga se apreciaba una hinchazón creciente.

Entre practicar la tortura y el sexo, siempre prefería lo primero.

La descripción continuó con toda prolijidad.

Mientras Stígmata todavía respirara, Septimuleyo planeaba despellejarlo desde el occipucio hasta la barbilla, cabellera incluida, para añadir su rostro a su nutrida colección de máscaras.

Por último, sin soltarlo de la cruz, sus hombres lo descuartizarían a hachazos y arrojarían los trozos a los perros y los cerdos que abundaban por la zona.

—Algo dejaremos atado al madero para los buitres y los cuervos, no llores por ellos.

Otros crucificados maldecían, insultaban o suplicaban a sus verdugos.

Stígmata se limitó a mirar fijamente a Septimuleyo. Fue este quien acabó apartando los ojos.