Sertorio, el elegido de la diosa blanca 109 - Idus de enero
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109 - Idus de enero

IDUS DE ENERO

Era poco después de medianoche, el momento que señalaba el cambio de fecha.

Sertorio cumplía quince años. Dieciocho para sus amigos y para los registros de la tribu suburana.

Cuando abrió los ojos, había alguien al pie de la cama. Aunque no era ninguno de los esclavos de la casa, ni tampoco Quirinio o algún otro de sus amigos Mirmidones, Sertorio no se sobresaltó. No era la primera vez que ese hombre se presentaba en su alcoba.

Su visitante era fibroso y menudo. Los ojos grandes y oscuros destacaban como los de un búho sobre unas facciones angostas.

Vestía un manto púrpura de pliegues profundos y pesados, como tallados en bronce, y lucía en la cabeza una corona de laurel, trenzada con láminas de oro tan finas que daba la impresión de que podrían quebrarse entre los dedos como copos de nieve.

Llevaba el rostro embadurnado de rojo, según se contaba que hacían antaño los generales que entraban en Roma por la vía Triunfal.

Sobre sus mejillas hundidas el tinte bermellón se veía cuarteado, como el fondo de un charco desecado por el sol.

Tanto la toga picta como la corona y la pintura componían un atavío incongruente. Sertorio sabía que ese hombre no había alcanzado el honor de celebrar un triunfo por las calles de Roma, ya que no había ejercido una magistratura con imperium que le otorgara mando de tropas.

Tampoco la iba a ejercer.

Su visitante ya estaba muerto.

Bien lo sabía Sertorio. Gayo Sempronio Graco perdió la vida en una fecha señalada para él.

Exactamente quince años antes. El mismo día en que él nació.

Sertorio no le había confesado a nadie que Gayo Graco se le aparecía en sueños. No se lo callaba, como sí se guardaba otras cosas, por temor a que lo tildaran de loco. Al fin y al cabo, ¿quién, empezando por los héroes homéricos, no recibía visiones nocturnas de los muertos?

Su silencio se debía a que, desde muy pequeño, había percibido que el nombre de Graco despertaba en su casa una tensión soterrada. Cada vez que lo escuchaba, su padre torcía el gesto, como si la mera mención hiciera aflorar recuerdos incómodos o dolorosos.

Su padre no era el problema, en realidad, pues llevaba años muerto cuando Graco se presentó por primera vez en los sueños de Sertorio.

Pero este tenía comprobado que su madre también se ponía nerviosa cuando alguien mentaba al difunto tribuno.

No tanto por cuestiones políticas, ya que Rea no sentía ninguna simpatía por los adversarios que no cejaron hasta acabar con él.

Más bien, sospechaba Sertorio, el motivo era que Graco había muerto illa nocte , la noche ominosa en la que ella dio a luz.

—Sabes qué día es hoy —dijo Graco. No era una pregunta.

—Hoy hace quince años de tu muerte.

—¿Sabes que, cuando te torturan, gritas?

—¿Por qué me dices eso ahora?

—Te lo recordaré cuando llegue el momento. Entonces lo comprenderás.

—¿Por qué lo sabes tú? ¿Tiene que ver con tu muerte?

—Así es.

—Pero a ti no te torturaron. Tu muerte fue rápida.

—¿Eso crees?

—Hiciste que tu esclavo Filócrates te matara con tu propia espada.

—Así que eso es lo que cuentan.

—Es la versión más extendida sobre cómo moriste.

—Es una buena versión. La prefiero.

—¿Qué quieres decir?

—Es más decoroso para mi recuerdo que los romanos crean esa historia, aunque la verdad sea otra.

—¿No te mató tu criado? Algunos dicen que te diste muerte tú mismo.

—No. Ni me suicidé ni me mató Filócrates, como dices que dicen.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

—El hombre que me quitó la vida…

Sertorio empezó a notar los síntomas que le avisaban de que el sueño iba a interrumpirse de un momento a otro.

—¡Sigue! —apremió al visitante.

—Fue el mismo que te la dio a ti.

—¿El hombre que me dio la vida?

—El hombre de las cicatrices.

—¿Qué quieres…?

—… decir?

Sertorio pronunció la última palabra sentado en la cama, mirando hacia la puerta de la habitación. Estaba cerrada, la estancia se hallaba a oscuras y allí no había nadie.

¿Qué significaban las palabras de Graco?

«El hombre de las cicatrices».

¿Estaba ahí el secreto de aquella noche, el misterio que ni siquiera acudiendo a Marta la siria había conseguido desvelar?

Por alguna razón, al referirse al hombre de las cicatrices, Graco lo había dicho en griego.

«Ho ánthrõpos tôn stigmát ō n».

—Stígmata —susurró Sertorio.

Unas horas más tarde, cuando por fin se durmió de nuevo, lo hizo con esa palabra en los labios.

A mediodía, Sertorio regresó del Foro, de un juicio al que asistió como espectador junto a Quirinio y a otros alumnos de la escuela de retórica.

Por la noche él y su amigo volverían a reunirse, pero en circunstancias menos formales.

Se habían citado con el resto de los Mirmidones en la taberna de Faustino, en el Bajo Esquilino, para despedirse, ya que algunos de ellos se acababan de alistar en el ejército con el que el cónsul Servilio Cepión —sí, ese mismo Servilio Cepión— planeaba dirigirse a la Galia en cuanto las tropas estuvieran mínimamente adiestradas.

Normalmente, lo primero que hacía al entrar en el apartamento era saludar a su madre, pero Rea había salido de Roma la víspera y no volvería de Gabios hasta dentro de unos días. Exactamente igual que en el último cumpleaños de su hijo.

Tras dejar que Metilia le quitara la toga, Sertorio pasó a su cubículo y se tendió en la cama. Por la noche, después de aquel sueño entre inquietante y misterioso, le había costado mucho dormirse de nuevo, y ahora estaba agotado.

Tenía los ojos cerrados y empezaba a notar la sensación familiar de hundirse en las aguas tenebrosas y, sin embargo, acogedoras de Hipnos, cuando algo lo espabiló de golpe.

Era esa palabra.

¡Stígmata!

Alguien la había pronunciado.

Se levantó de la cama, pegó la oreja a la puerta y escuchó. Edetana y Metilia estaban hablando. Aunque no se hallaban en la habitación contigua, sino dos tabiques más allá, el oído de Sertorio era tan fino que pudo captar algunos retazos de conversación.

—¿Stígmata? —estaba preguntando Edetana—. ¿Cómo no me voy a acordar?

Metilia respondió algo, pero su voz sonaba más débil y, además, nunca había vocalizado demasiado bien. Sertorio solo captó algunas palabras sueltas.

—… en el Esquilino… esta tarde…

Después pasaron a otra estancia y él dejó de oírlas.

Volvió a acostarse, con los ojos abiertos y mirando al techo.

No podía ser casualidad que ese nombre, Stígmata, se pronunciara en su casa el mismo día en que un muerto se le había aparecido para hablarle del «hombre de las cicatrices».

Tenía que ver a ese tal Stígmata. Necesitaba conocerlo y preguntarle qué significaban las palabras de Graco.

«El hombre que te dio la vida a ti».

Obviamente, ya no fue capaz de dormirse.

Quizá lo habría intentado con más afán de haber sabido que se avecinaba una noche muy larga.