Sertorio, el elegido de la diosa blanca 108
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Durante un año después de aquella experiencia, Sertorio siguió durmiendo poco. No porque lo desvelara el recuerdo de lo ocurrido en el sótano de Marta, aunque a veces le sucedía, sino porque le robaba horas al sueño para dedicarlas a otras cosas.

Por las mañanas alternaba sus estudios de retórica con el adiestramiento en el Campo de Marte junto a jóvenes de clase alta que le sacaban dos y tres años de edad, a mediodía jugaba al latrunculi con Lucilio por amistad y ocio, y por las tardes lo hacía con otros rivales para ganar dinero.

Por si fuera poca actividad, muchas noches se escabullía para reunirse con sus Mirmidones.

No lo hacía solo por diversión.

Sertorio, que absorbía como una esponja las lecciones de táctica y estrategia, ya fueran las que recibía de Mario y Lucilio como las que encontraba en monografías militares, se había propuesto conocer también con sus propios ojos y oídos una Roma de la que ni esos maestros ni esos tratados le hablaban.

Estaba bien familiarizarse, gracias a los contactos de Mario y de Pomponio, con la aristocracia que debatía de alta política en el Senado y en los salones de las domus del Palatino, el Celio o el Quirinal.

Pero la Roma que de verdad despertaba su curiosidad era la que bullía en los hormigueros humanos de sus ínsulas, la que respiraba, vivía y moría en las plazuelas y los callejones de la Subura o el Esquilino. (Del Aventino de Septimuleyo procuraba mantenerse apartado).

Por eso, siempre que podía se escabullía y, a veces solo y más a menudo con sus Mirmidones, se lanzaba a explorar como un Odiseo urbano los peligros evidentes y los tesoros no tan visibles de los barrios bajos.

Allí recibía un adiestramiento más informal.

El de la calle.

Peleas con palos, o con piedras, ya fueran lanzadas a mano o con la honda que aprendió a manejar, aunque nunca con tanta puntería como Minucio.

Con trozos de ánfora, tan abundantes en cada esquina. Una de ellas le dejó una herida en el brazo izquierdo que le costó un buen esfuerzo de inventiva justificar ante su madre.

Con los puños y con los pies, por supuesto. Los segundos los usaba a veces para golpear, pero más a menudo para huir cuando la banda rival era más numerosa o estaba formada por chicos mayores, como ocurrió en su memorable retirada a través del territorio de los Jabalíes.

Durante ese año, los Mirmidones sufrieron algún que otro revés, como en su segundo Caballo de Octubre, donde acabaron tan vapuleados como el resto de los suburanos y perdieron la cabeza del corcel.

Sin embargo, fueron más los éxitos.

Algunos de ellos fueron casi épicos, aunque se tratara de una épica en miniatura, como la guerra de los ratones y las ranas de la Batracomiomaquia .

Así fue, por ejemplo, cuando recuperaron su guarida de la cueva Lupercal.

Más covacha que cueva, en realidad, pero para ellos tan valiosa como el mismísimo Capitolio.

Por eso, cuando los intrusos que se la habían arrebatado tuvieron que abandonarla entre toses, cubiertos de hollín y cenizas, gracias a la estratagema urdida por Sertorio aprovechando el viento que arreciaba aquel día, los demás Mirmidones —Helvio el primero, para su sorpresa— lo subieron a hombros y lo aclamaron: « Imperator, Imperator! ! ».

Otras victorias exigieron más astucia que violencia, como cuando salvaron la masculinidad del hermano pequeño de Tigelio.

Sus padres pretendían castrarlo para evitar que, con la pubertad, le cambiara la voz como al mayor, ya que el mimo Sórix les había prometido un dineral a cambio de introducirlo como cantante —y probablemente como algo más— en su compañía teatral.

En esa ocasión, Quirinio y Horriblius, ataviados con elegantísimas togas prestadas de la tintorería del primero, representaron el papel de jóvenes abogados del Foro y pronunciaron un alegato plagado de leyes inventadas que sembró el miedo en el poco corazón que les quedaba a aquellos padres.

El niño conservó los testículos y Tigelio consiguió que lo enviaran a vivir fuera de Roma con unos parientes menos desalmados.

Igual que la treta del primer Caballo de Octubre, la argucia de la cueva Lupercal y tantas otras, aquel alegato ficticio era fruto del ingenio de Sertorio.

Fantasioso y literario, contagió a sus Mirmidones hasta tal punto que empezaron a llamar érga , «trabajos», a sus aventuras, e incluso las clasificaron en una escala de peligro siguiendo el modelo de las hazañas de Hércules: desde «Augías» para las más livianas hasta «Cerbero» para las que implicaban un riesgo mortal.

En realidad, solo llevarían a cabo un Cerbero.

Fue el último de sus trabajos.

Cuando, justo un año después de su entrevista con Marta, Sertorio convenció a sus Mirmidones para que le ayudaran a rescatar de la cruz al hombre de las cicatrices.

Y fue esa noche cuando, por fin, utilizó el regalo de la adivina.

El sombrero de Casandra.

Por supuesto, tal como ella había previsto.