Sertorio, el elegido de la diosa blanca 107
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Una hora más tarde, ya en su alcoba, Sertorio estaba sentado en la cama. Si al principio de la noche le estaba costando dormirse, mucho se temía que ahora le iba a resultar imposible.

Al llegar a casa y colarse por la misma ventana por la que había saltado antes, no solo no se quitó el capote, sino que se envolvió en la manta de arriba abajo, dejando un extremo suelto sobre el colchón para que Thot estuviera más cómodo.

Ambos llevaban así, uno despierto y el otro dormido, desde entonces.

Ahora, tras remover el brasero para avivar los rescoldos, acarició el lomo del gato.

—¡Qué calentito estás, qué envidia!

La otra mano la tenía debajo de la ropa, aterida. El frío se le había quedado incrustado hasta los mismos huesos. No se trataba solo de la gelidez normal en una noche de enero, sino de algo diferente, innatural. ¿Lograría sacarse ese frío del cuerpo alguna vez?

Por enésima vez en el rato que llevaba en casa, volvió la mirada hacia el arcón que estaba junto a la cama. Había dejado sobre la tapa el frasquito de vidrio.

Al principio, cuando Marta se lo ofreció, él se negó a cogerlo.

—Me quiero ir de aquí ya.

—No te irás sin llevarte un regalo —insistió la adivina.

—No quiero ningún regalo tuyo.

—Lo quieras o no, te lo llevarás. Es tu cumpleaños.

Cogió el pomo y volvió a examinarlo de cerca. En la etiqueta, en diminutas letras rojas, podía leerse: Κασσάνδρας πίλος .

Sombrero de Casandra.

Pomponio tenía entre sus libros un largo poema de Nicandro de Colofón titulado Sobre los hongos o de la locura divina .

Sertorio solo lo había consultado por encima, ya que en su momento el tema —los delirios y visiones provocados por ciertas setas— no le pareció demasiado interesante.

Pero recordaba que el autor mencionaba el sombrero de Casandra, y aseguraba que el extracto de aquel hongo era la sustancia psicagógica más poderosa que existía.

Sertorio giró el frasco entre los dedos. Al tenue resplandor del brasero, le dio la impresión de que aquel polvillo brillaba, como si cada partícula fuese una estrella diminuta.

Las estrellas.

De hacer caso a Marta, aquel hongo podía hacer que su espíritu, desligándose de su cuerpo, ascendiera hasta ellas e incluso más allá.

—¿Para qué querría hacer eso?

—No para qué, sino por qué —había respondido ella—. Ya te lo he dicho antes, eres tan curioso que quieres conocer hasta el día treinta del Hades. No puedes desoír a tu propia naturaleza.

—Claro que puedo.

Su respuesta le pareció a él mismo la pataleta de un crío. Marta hizo caso omiso de su reacción y le preguntó:

—¿Recuerdas cómo has visto a los planetas girando alrededor de Helios?

Sertorio asintió. Quería que ella terminara de explicarse, para salir cuanto antes de aquel sótano y de aquella casa.

—Con esto ascenderás poco a poco, atravesando las esferas transparentes que envuelven el mundo. Primero las que contienen los planetas, hasta cruzar la órbita de Anu, al que vosotros llamáis Saturno, y alcanzar la última esfera, la de las estrellas. Y, allí, en el límite donde termina todo…

—Y allí, ¿qué? —preguntó él, sin tratar de mitigar la hostilidad de su voz.

—Allí podrás asomarte al otro lado y contemplar con los ojos de tu alma la luz inefable, el fuego eterno que arde fuera del espacio y del tiempo, y cuyo reflejo Kiru y tú apenas habéis intuido hace unos instantes.

Esa sola intuición había bastado para destruir la mente de la esclava y convertirla en una ruina ensangrentada y babeante.

Pensando en ello, Sertorio tuvo la tentación de ir a la letrina, abrir el frasco y verter su contenido allí.

Pero no lo hizo. Marta tenía razón en lo de su curiosidad.

Curiosidad que lo acuciaba con una pregunta que no acertaba a responder.

Marta no había utilizado ni con él ni con Kiru esa droga que después se empeñó en regalarle. Entonces, ¿cómo se las arregló para que ambos experimentaran aquella visión —por llamarla así— incluso a través de las vendas?

¿Había sido la magia de la bola de cristal? ¿El hechizo de algún talismán oculto dentro del relicario de oro que llevaba al cuello? ¿O era ella misma quien guardaba en su interior ese poder?

«Debería tirar esto», se repitió.

En lugar de hacerlo, guardó el pomo de vidrio en el fondo del arcón.

Quizá algún día lo usaría.

O, si con la edad se volvía menos curioso y más prudente —algo que, según Lucilio, les ocurría a todos los hombres—, se acabaría olvidando de él y jamás llegaría a abrirlo.

Por supuesto, se equivocaba.