Sertorio, el elegido de la diosa blanca 106
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—Más allá de esas visiones, existe otra —continuó Marta—.

La verdadera. No es la que los cartógrafos dibujan en sus mapas, ni la que imaginan los filósofos o los astrólogos cuando escrutan el cielo.

Es la que se oculta bajo todas las demás, la realidad escondida.

Pero no se puede mirar directamente a ella, como no se puede mirar al sol.

Quien contempla esa verdad sin velos enloquece.

—Tras una pausa casi dramática, la adivina añadió—: O muere.

Sertorio la miró, sin entender del todo si la amenaza era literal.

«O muere».

Volvió a preguntarse si había sido prudente venir hasta aquí sin decírselo a nadie.

La respuesta era evidente.

No.

Pero ya no tenía vuelta atrás.

Marta se volvió hacia Kiru, que había dejado la antorcha en una argolla de la pared y contemplaba a su ama con las manos a la espalda y sin apenas parpadear, en un silencio que a Sertorio se le antojó una combinación de temor, fascinación y adoración.

Thámbos , llamaban los griegos a esa actitud más allá de la reverencia.

—Dame las vendas —ordenó Marta.

La esclava se acercó a la otra mesa, cogió dos largos paños negros y se los tendió a su dueña.

—Date la vuelta, Kiru. Te vendaré primero a ti.

Con un cuidado casi maternal, Marta rodeó con una de las telas la cabeza de la criada, cubriéndole no solo los ojos, sino también los oídos antes de anudar la venda por detrás.

Después le indicó a Sertorio que se girara.

—Pero…, yo quiero ver.

Su propia voz le sonó infantil. «Yo quiero ver» era lo que solía decirles a su madre, a tío Mario, a Dagulfo o a las esclavas —nunca a su padre— para que lo alzaran en brazos y le mostraran lo que fuese que hubiera despertado su curiosidad.

—¿Conoces el mito de la caverna? —preguntó Marta.

—Sí.

—Platón solo lo intuyó. Los hombres de su caverna creen vivir encadenados, contemplando las sombras que proyectan los reflejos de un fuego lejano que no alcanzan a ver.

Pero ese fuego que arde detrás de ellos no es más que otra sombra, proyectada a su vez por un resplandor que está fuera del mundo y del propio tiempo.

Ese resplandor, si se contempla sin el velo de la ignorancia, abrasa la mente, como ya te he advertido.

—Entonces, ¿este es el velo de la ignorancia? —preguntó Sertorio, señalando la venda que Marta tenía extendida entre las manos.

—Considéralo así.

Sertorio se resignó, se dio la vuelta y dejó que Marta le tapara los ojos y los oídos.

Por un instante notó la textura áspera de la tela, y le pareció que olía a la medicina para el asma que la propia Marta le había recetado de niño.

Después todo se volvió negro, dejó de sentir y oler la tela, dejó de oír el crepitar de la antorcha y también la respiración de Marta a su espalda. Solo notaba, amplificados por la ausencia de todo estímulos externo, los latidos de su corazón. Bmmmm, bmmmm .

Pensó que aquella venda debía de ser mágica si era capaz de apagar todo el ruido del mundo exterior. De tener algo así en casa, no le haría falta retirarse a su pradera tan a menudo.

Los latidos siguieron un tiempo, acompasados.

Pero había algo extraño en ellos, desasosegante. En cierto momento, perdió la noción de si procedían de su pecho o de algún otro lugar.

Aquel palpitar se expandió, se dividió y se multiplicó. Sertorio tuvo la certeza de que no estaba escuchando un solo corazón, sino miles, latiendo al mismo ritmo y, sin embargo, desacompasados. Lo uno y lo otro, dos contrarios entre los que su mente no era capaz de decidirse.

Aunque no pudo verlo, supo que la oscuridad se curvaba a su alrededor, como si un abismo insondable vuelto sobre sí mismo lo contemplara con millones de ojos.

Ojos sin párpados ni pupilas. Hostiles y a la vez indiferentes. Nunca compasivos.

Poderosos.

A su manera, eran los ojos de la locura.

Sertorio no los veía —mejor que así fuera—, pero estaban allí.

Lo sabía.

A ciegas, a sordas, sin tacto, sin olfato, se dio cuenta de que quedaba otro sentido que la venda todavía no bloqueaba.

El que percibe el paso del tiempo.

En el momento en que pensó en ello, el mismo tiempo dejó de ser fluido, se volvió viscoso, se solidificó.

Si el tiempo dejaba de existir, él ya no podía hilar pensamientos. Intentó concentrarse en su nombre, en cualquier cosa que pusiera en marcha de nuevo el reloj del universo, o al menos el suyo. Pero palabras e imágenes se congelaban en su mente y se anudaban entre sí como trapos mojados.

En ese momento, cuando ya no era capaz ni de escuchar su voz interior, oyó otra.

Una voz que se dirigió a él en una lengua anterior a todas las lenguas.

No comprendió lo que le decía, pero la vibración lo atravesó de parte a parte.

En ese instante detenido, eterno, sintió que alguien, o algo, lo observaba. Desde fuera, y desde su propio interior, porque ese algo se hallaba en todas partes, tanto en la esfera exterior de las estrellas fijas como en las más diminutas partículas del ser que algunos filósofos creían indivisibles.

Luego todo se disolvió, y los latidos de su corazón volvieron a ser solo suyos.

La venda se deslizó por su rostro y cayó al suelo. Recuperados sus sentidos de golpe, con una intensidad casi dolorosa, pudo sentir el tenue desplazamiento de aire, el aroma del ungüento, hasta el contacto de la tela en sus pies a través del cuero de las botas.

El aire volvía a estar cargado de olores. Incluido el perfume de violetas de Marta.

Había otro más. El olor pungente y acre de la orina.

Se llevó una mano a la entrepierna, avergonzado.

Su ropa estaba seca. No era él.

Miró en derredor. Todo parecía haber vuelto a la normalidad.

La bola de cristal era de nuevo una esfera de cuarzo que, salvo por el tamaño, podría haber estado en el mostrador de cualquier joyero o lapidario del pórtico Margarita.

Las velas de la mesa y la antorcha de la pared seguían ardiendo, los braseros aún conservaban algo de su resplandor rojizo.

Marta lo contemplaba, asintiendo con la barbilla de forma casi imperceptible, como si Sertorio hubiera superado una prueba en la escuela. Sus dedos acariciaban el relicario de oro, pero lo soltó en cuanto notó que los ojos de él se fijaban en ese gesto.

¿Tenía algo que ver el medallón con la experiencia por la que acababa de pasar?

Algo le hacía sospechar que sí.

—¿Qué ha ocurrido?

—No te lo puedo decir —respondió Marta.

Sertorio se dio cuenta de que le temblaban las piernas. No había dónde sentarse y, en cualquier caso, prefería no demostrar debilidad. Flexionó un poco las rodillas y contrajo los músculos para controlar el temblor. Tratando de mostrarse sereno, casi desenfadado, preguntó:

—¿Por qué no me lo puedes decir? ¿Es como los misterios de Eleusis, un conocimiento que está prohibido divulgar?

—No te lo puedo decir porque es inefable. ¿Serías capaz tú de expresar en palabras lo que has experimentado?

—No —reconoció Sertorio.

Solo entonces se acordó de Kiru, y volvió la mirada a su izquierda.

La esclava estaba de pie, como él, pero se balanceaba ligeramente con un movimiento rítmico, monótono. En una niña habría parecido casi un juego, pero en una mujer de su estatura resultaba inquietante, perturbador.

Marta se acercó a ella, le quitó la venda y se apartó.

Sertorio se llevó la mano a la boca para sofocar un gemido de horror.

Kiru tenía los ojos fijos en la nada y los iris rodeados de sangre.

De la comisura de sus labios goteaban hilillos de saliva espumosa, y de sus oídos descendían unos regueros oscuros y viscosos que le manchaban el cuello.

Su respiración era rápida, un jadeo entrecortado y mezclado con susurros que sonaban como un arrullo acelerado hasta lo grotesco.

Entre sus pies había un charco de orina.

Sertorio tragó saliva, se apartó la mano de la boca y dijo:

—Pero… si llevaba la venda puesta. ¿Qué le ha pasado?

—Ni siquiera así ha resistido la contemplación de la realidad.

—Pero se recuperará, ¿verdad?

Marta negó despacio. En su mirada había un dejo de pesar, aunque a Sertorio le pareció más la contrariedad de la dueña a quien se le ha roto un jarrón valioso que auténtica compasión.

—Su cuerpo sigue vivo, pero su mente ha quedado destruida, abrasada. Como los ojos de alguien que mira al sol. —Con un gesto indescifrable, Marta añadió—: O a un cometa que cae del cielo.

Sertorio volvió a tragar saliva. Notaba la garganta seca y no quería que le saliera un gallo al hablar.

—¿Y yo? ¿Me podía haber pasado a mí?

—Tú has resistido. Era lo que esperaba de ti, pero quería comprobarlo.

—¿Por qué?

—¿Qué te suele decir tu esclava ciega cuando habla de esa marca que tienes en la espalda?

Sertorio levantó la mano y la pasó sobre el hombro, buscando el antojo en forma de cierva blanca que tenía en la paletilla izquierda, pero no llegó a terminar aquel movimiento casi inconsciente.

—Ella dice que soy…

—Un elegido de la diosa blanca. Ahora lo he verificado.

Sertorio volvió a mirar a Kiru. Seguía balanceándose y tarareando, o jadeando, o lo que estuviera haciendo, y había empezado a gotearle sangre de los lagrimales.

Esos ojos tan bonitos, destruidos.

Como toda ella.

—¿Y si yo no lo hubiera resistido? —preguntó, mirando de nuevo a Marta— ¿Y si me hubiera ocurrido como a ella? ¿Cómo se lo habrías explicado a mi madre?

La sonrisa de Marta fue leve y glacial.

Le bastó para entender que su madre jamás habría recibido explicaciones.

Como tampoco habría recibido su cuerpo.