Sertorio, el elegido de la diosa blanca 105
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Marta lo condujo al interior de la casa, más allá del primer patio. A través de las botas, Sertorio podía notar el frío de las losas, y se preguntaba cómo lo soportaban los pies descalzos de la adivina. Mientras, Kiru los escoltaba con una antorcha que arrojaba sombras vacilantes sobre las paredes.

Atravesaron una cortina de lana oscura y pasaron a una estancia sin ventanas, en cuyo fondo se abría una puerta que daba acceso a una escalera.

«¿Un descenso a los infiernos?», se preguntó Sertorio, entornando los ojos.

Bajaron despacio. El aire se notaba cada vez más húmedo, igual que las paredes, y cargado de olores no del todo agradables.

Tras un recodo a la izquierda y un segundo tramo de peldaños, llegaron a un sótano de paredes desnudas y un techo tan bajo que Dagulfo lo habría rozado con la coronilla. Allí el ambiente era más cálido, gracias a dos braseros cuyos rescoldos seguían incandescentes.

Los ojos de Sertorio examinaron rápidamente el entorno, como hacía siempre que entraba en una estancia, fuese familiar o, con más razón, desconocida como aquella.

Lo primero que llamó su atención fue una puerta sin pomo, reforzada con planchas de hierro, en la pared de la izquierda.

Se preguntó adonde conduciría y si había sido prudente seguir a aquella mujer que tenía tanto de adivina como de hechicera.

Nadie sabía dónde se hallaba. ¿Y si Marta decidía matarlo para aprovechar sus ojos y sus vísceras en encantamientos impíos, o sacrificarlo a oscuras deidades innominadas?

Ya que había decidido arriesgarse, era mejor no pensar demasiado en ello.

El sótano estaba lleno de objetos cuya función no acertaba a imaginar.

Junto a la pared opuesta a la escalera había una mesa baja, encima de la cual se alineaban recipientes de barro de variadas y extrañas formas, ennegrecidos por el fuego.

También había pequeños frascos de vidrio verdoso, algunos vacíos y otros sellados con cera y llenos de líquidos oscuros.

Lo que más le llamó la atención fue una vasija de la que salían tres tubos de cobre, curvos y rematados por ampollas transparentes, que a Sertorio se le antojaron tentáculos metálicos.

Al lado de la mesa ardía un pequeño fogón. Sobre las llamas se calentaba a fuego lento un ánfora achatada, cerrada con una tapa de bronce. Algo borboteaba en su interior, y el vapor que escapaba por las ranuras formaba una neblina rojiza cargada de olores entre acres y dulzones.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Sertorio.

—Esto es una kyrotakís —respondió Marta, rozando apenas con los dedos la tapa de bronce de la vasija. Después señaló la vasija de los tentáculos de cobre y añadió—: Y eso, un tribikós .

Los nombres sonaban griegos, pero no los había escuchado ni leído nunca.

—¿Para qué sirven?

—¡Lo quieres saber todo! Eres tan curioso que quieres conocer hasta el día treinta del Hades. Anda, ven aquí. Lo que quiero enseñarte es esto.

En el centro de la sala había una segunda mesa.

Mientras que la primera era de madera, esta otra tenía patas de bronce y la parte superior consistía en una plancha de basalto cortada en forma de triángulo equilátero.

En sus tres vértices había sendos velones.

Kiru los encendió uno tras otro, arrimando con cuidado la gruesa llama de la antorcha, como si se dispusiera a presentar una ofrenda.

En el centro del triángulo ahora iluminado por los hachones había un objeto cubierto por un paño oscuro. Su forma era esférica, y por el tamaño podría haber sido una pelota como la que se lanzan los jugadores en el trigon.

Sertorio dudaba mucho de que se tratara de algo tan cotidiano y prosaico.

Marta levantó el velo, descubriendo una esfera de algo más de medio pie de diámetro.

No era de cuero, sino de cristal. Un cristal casi perfecto, aunque en su interior se apreciaban veladuras lechosas, y también minúsculas burbujas y filamentos, como hebras de aire atrapadas en un bloque de hielo.

Las llamas de las velas y la antorcha se reflejaban en su superficie, multiplicadas e invertidas, y en su corazón parecía flotar una constelación de soles diminutos.

Sertorio había visto en el pórtico Margarita canicas y lentículas de cristal de roca, que se usaban para leer letras diminutas o para concentrar los rayos del sol sobre la yesca y prenderla. Según tenía entendido, algunos cirujanos recurrían a esas piezas para cauterizar heridas.

Era la primera vez que contemplaba una bola de cristal de tal tamaño o de tanta pureza.

—Este cuarzo proviene de la isla de los Muertos, en el mar Eritreo —explicó Marta—, entre las costas de Arabia y el desierto de piedra donde moran los trogloditas, y fue pulido por los mejores maestros de Berenice Pancrisia.

Sin saber muy bien por qué, aquellos nombres evocaron en Sertorio imágenes de ciudades blancas rodeadas de arena, rocas anaranjadas resquebrajándose bajo un sol ardiente y mares rojos como la sangre de la tierra.

Marta pasó la mano sobre la superficie de la esfera. Al rozarla, unos haces de luz como relámpagos en miniatura recorrieron el interior del cristal.

Los reflejos de las velas se apagaron. La esfera empezó a brillar por dentro y el resto de la estancia se sumió en las tinieblas.

Sertorio vio formarse un paisaje diminuto, suspendido en el corazón del cristal. Era un plano que atravesaba de parte a parte la esfera, una superficie verde en cuyo centro destacaba un círculo azul.

—¿Lo reconoces?

—Sí.

Eran su charca y su prado. Su mundo secreto. Limenia.

Visto de esa manera, le pareció de una simpleza que casi lo hizo sonrojar. Como demiurgo creador de universos, demostraba muy poca imaginación.

—No te avergüences —dijo Marta.

Sertorio se preguntó si la mujer era capaz de oír sus pensamientos o si, como hacía él, los interpretaba a partir de gestos casi imperceptibles.

—Entiendo que crearas un retiro así —continuó Marta—. Lo necesitas a veces, cuando te abruma la riqueza inabarcable de la realidad.

«La riqueza inabarcable de la realidad», musitó Sertorio. Una manera sencilla de expresar lo que sentía ante una complejidad que lo fascinaba y al mismo tiempo, como había dicho Marta, lo abrumaba.

Aquel paisaje monótono, aburrido —lo era porque él a veces necesitaba descansar de tanto estímulo exterior y aburrirse, esa era la verdad—, empezó a transformarse.

El verde del prado se difuminó y tomó la forma de un continente de color terroso y forma ovalada que no tardó en dividirse. La pequeña charca del centro se expandió y alargó, convirtiéndose en un mar interior sobre el que se proyectaban varias penínsulas de perfiles recortados.

Sertorio reconoció una de ellas por el mapa que había en el templo de Telus, la Tierra, que se alzaba a poca distancia de la morada de Marta.

—¡Eso es Italia!

Ella asintió.

—Así es como concebían el mundo las gentes de antaño, y como lo imagina aún el vulgo. Aunque es un lugar más complejo que tu pequeño universo, sigue siendo infinitamente más simple que la verdadera realidad.

Un anillo azul oscuro rodeaba aquellas tierras planas. Señalándolo con el dedo, sin atreverse a tocar el cristal, Sertorio preguntó:

—¿Es el Océano?

—Sí, el gran río Océano, que ciñe la Oikoumene , el mundo conocido.

Por encima de la tierra plana se arqueaba una bóveda resplandeciente, como una cúpula de vidrio donde titilaban luces en miniatura. Por debajo, en cambio, se extendía un vago resplandor rojizo, casi tenebroso.

—El cielo y el inframundo, espejo uno del otro —dijo Marta—. Entre ambos flota la morada de los vivos.

Sertorio miraba absorto.

El mundo apacible y sencillo de Limenia, nacido de su mente incluso antes de que tuviera conciencia de ello, se había disuelto dentro de otro más vasto.

Que, sin embargo, por lo que decía Marta, seguía siendo incompleto.

Él mismo podía comprender que aquella representación era errónea.

Gracias a sus estudios —Sertorio no pertenecía a ese vulgo mencionado por la adivina—, sabía que Gea no era plana.

Ni tenía la forma de un disco suspendido en el aire, como decía Anaxímenes, ni era la cima achatada de un gran cilindro, como afirmaba Anaximandro.

No, la Tierra era una esfera, como habían conjeturado los pitagóricos y como Aristóteles demostraba con argumentos en su tratado Sobre el cielo .

Marta volvió a deslizar la mano sobre el cristal.

El mapa plano comenzó a curvarse hasta adoptar la forma esférica de la bola, un globo dentro de otro globo.

Allí seguía el mar interior, el Mediterráneo, bañando las costas de Europa, Libia, Egipto, el Levante y Asia.

Estaba salpicado de islas. Algunas enormes, como Sicilia o Creta, otras tan diminutas que apenas se distinguían, agrupadas en archipiélagos que parecían enjambres de insectos.

Fuera de aquel círculo de aguas y tierras, el resto de la esfera terrestre se veía cubierto por un manto de nubes.

—¿Por qué se ve así? ¿Es que en todas esas regiones no brilla el sol?

—Esas regiones, como dices tú, son Terra Ignota.

Más allá del círculo que ves, por debajo de esas nubes, hay continentes con sus ríos y sus montañas, sus bosques y sus desiertos, y también con sus habitantes.

Todos ellos pertenecen a la vasta superficie de la gran madre Gea y reciben la luz del sol igual que la recibimos nosotros.

Solo que el conocimiento de los hombres que moran en la Oikoumene no alcanza hasta esos parajes…

y no es momento todavía de que el tuyo lo alcance.

Por eso permanecen ocultas bajo ese velo.

Más allá de los Pilares de Hércules, descendiendo hacia el meridión, Sertorio vio un archipiélago frente a la costa de África, justo antes de llegar al límite de lo que Marta acababa de denominar Terra Ignota.

Pensó que debían de ser las islas de los Bienaventurados de las que le había hablado Tifilnia, aquel lugar paradisíaco en el extremo occidental del mundo donde hombres y mujeres, supervivientes de la primera de las diez edades del mundo, vivían dichosos, libres de enfermedades y de todo mal.

Antes de que pudiera preguntarle a Marta por aquellas islas, la esfera volvió a transformarse.

La tierra y el mar se contrajeron, reduciéndose a una minúscula esfera azulada suspendida en el vacío.

A su alrededor flotaban otras luces semejantes, cada una con brillo y color propios, como las gemas engastadas en los anillos que lucía Marta.

Todas giraban lentamente en un mismo plano, alrededor de una esfera mayor que relucía con más fulgor que ninguna otra.

Rodeando aquella danza de luciérnagas, en los bordes del globo de cristal, una miríada de puntos incandescentes centelleaban como brasas ardiendo en una oscuridad fría y remota.

—¿Ves dónde está Gea?

Sertorio, que no había perdido de vista el globo azul mientras se empequeñecía, asintió y la señaló.

Era extraño —¿qué no lo era en aquel lugar?—, pero la bola de cristal parecía haber crecido. La mesa había desaparecido, y el globo se alzaba ahora desde el suelo hasta rozar el techo del sótano.

Por alguna razón, Sertorio aceptó aquello como si fuera lo más natural del mundo. Era como si se hallara en el país de Óneiros, donde se asume sin extrañeza todo lo que ocurre por absurdo y extravagante que sea.

La diferencia era que él sabía de sobra que no estaba soñando.

—Esta es otra visión del mundo —dijo Marta—. Más complicada que las que has contemplado antes.

—Infinitamente más —murmuró Sertorio.

Marta soltó una breve carcajada.

—«Infinitamente» se queda corto, créeme. ¿Sabes qué es esa luz dorada que brilla inmóvil en el centro?

—¿El Sol?

—Así es.

—Pero Gea no puede girar alrededor del Sol. ¡Es al revés!

—Según un sabio casi olvidado llamado Aristarco, lo que estás viendo es la verdad. O, al menos, algo más próximo a ella. Gea no es el centro inmóvil del universo, tan solo un astro entre muchos.

El pensamiento le provocó vértigo, acompañado de una sensación entre la maravilla y el sobrecogimiento.

¿Ocurriría con esos astros —que debían de ser los planetas que surcan la noche— lo mismo que con los continentes desconocidos de los que acababa de hablar Marta? ¿Tendrían, a su vez, mares y tierras?

¿Y habitantes?

No era el único que experimentaba aquella maravilla. Sin verla, pudo oír cómo Kiru, la esclava de Marta, exhalaba un suspiro de asombro detrás de él.

Mientras contemplaba fascinado aquel movimiento majestuoso, tan armonioso como el coro de las Musas danzando, un resplandor se desprendió de los confines de la esfera y cruzó el espacio interior dejando tras de sí un rastro de luz. Era una llama errante que se curvaba acercándose al Sol.

—¿Sabes lo que es eso?

—No, pero…

Pero había despertado un recuerdo.

Él mismo, montado a hombros de tío Mario.

—¡El cometa!

«Goeta», como decía él con su media lengua de chiquillo.

El resplandor del cometa se desvaneció poco a poco. Sertorio aún veía un último resto de su estela curvada, fundiéndose con el fulgor solar, cuando Marta volvió a hablar.

—Has contemplado varias visiones del mundo, cada una más compleja que la anterior.

Sertorio asintió. Primero, su simplona —aunque tranquilizadora— Limenia.

Después la tierra plana de Homero o Hesíodo, seguida por la esfera terrestre de Aristóteles.

Y la última, la imagen de un vasto sistema de planetas bailando alrededor de Helios, tal como había propugnado aquel Aristarco.

(Ya haría averiguaciones sobre él en la biblioteca de Pomponio).

Se corrigió. No era la última ni la definitiva. Estaba seguro de que Marta le iba a mostrar algo más.

¿Qué nuevas maravillas estaba a punto de contemplar?