Sertorio, el elegido de la diosa blanca 104
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—¿Qué ocurrió la noche en que nací?

Cuando Sertorio le hizo esa pregunta a Marta, quedaban pocas horas para que terminaran los idus de enero del año del consulado de tío Mario. No era la forma en que esa fecha se grabaría en fastos e inscripciones, pero a Sertorio le gustaba pensar en ella con esa familiaridad.

Habían pasado siete días desde la asamblea que le otorgó a Mario el gobierno de la provincia de África.

Aprovechando que su madre estaba en Cabios, Sertorio se había escapado de casa. No era que no se escabullese también muchas noches cuando ella se encontraba en Roma. A tal fin, se había agenciado una llave de la reja que cerraba su alcoba. Un detalle, no sin importancia, que Rea ignoraba.

Esta noche la intención de Sertorio al saltar por la ventana no había sido, como otras veces, reunirse con los demás Mirmidones para ir a la cueva Lupercal, espiar a las brujas que removían los osarios del Esquilino o beber y cantar en la taberna de Fabricio, el tugurio favorito del grupo.

El motivo de su escapada tenía que ver con una conversación con Quirinio. Cuando esa misma mañana le contó que su madre se había ido a pasar unos días en la finca de Gabios, a su amigo le sorprendió que eligiera precisamente esas fechas.

—Pero ¿hoy no es tu cumpleaños?

Lo era. Con una precisión. Sertorio no cumplía diecisiete años, como hacía creer a Quirinio, a los Mirmidones y a casi todo el mundo fuera de su casa, sino catorce.

—En casa no es una jornada de celebración. Mi madre no me regala ni una triste lamparilla, y no deja que nadie me obsequie nada.

—¿Y se puede saber por qué?

Sertorio había levantado las cejas, su manera de encoger los hombros. (A fuerza de evitar ese gesto delante de su madre, había perdido hasta la costumbre de hacerlo).

—Los idus de enero no son una fecha de la que se suela hablar en esta casa —contestó.

—¿Por qué? ¿Qué ocurrió? —preguntó Quirinio.

—Eso me gustaría saber a mí.

Esa pregunta seguía dándole vueltas en la cabeza cuando se acostó. Incapaz de dormir, se revolvía entre las sábanas, con los ojos abiertos en la oscuridad.

Luchando por vencer al insomnio, estaba pensando en retirarse a su prado interior, cuando oyó algo al otro lado de la puerta.

Era un maullido largo, lastimero, tan débil que nadie con un oído menos fino que el suyo habría reparado en él.

Se levantó y abrió. A la tenue luz de la lamparilla que siempre ardía en el pasillo, vio a Thot en el umbral. El gato lo miró, arqueando el lomo y levantando el rabo como si le reprochara algo.

—Claro —murmuró Sertorio—. Es hoy.

Desde que vivían en la Torre Mamilia, todos los idus de enero sin falta, Thot se escapaba de noche —por dónde lo hacía era un misterio—, trepaba dos tramos de escaleras y se plantaba a maullar ante la puerta del apartamento donde se había cometido aquel crimen del que nadie quería dar detalles.

Invariablemente, Sertorio tenía que ir a buscarlo y bajarlo en brazos hasta su dormitorio.

Esta vez Thot no había subido.

A Sertorio no lo sorprendió. El gato estaba ya demasiado achacoso para tal peregrinación.

Tomándolo en brazos, lo llevó consigo a la cama. Su viejo amigo se acurrucó sobre la manta, se hizo un ovillo, ronroneó unos instantes y cerró los ojos.

Como buena mascota doméstica, Thot siempre había sido muy dormilón. Pero en los últimos tiempos apenas salía de los brazos de Hipnos y pasaba la mayor parte del día enroscado en un rincón, cerca del brasero y del sillón de mimbre donde, por su parte, Tifilnia descabezaba una siesta tras otra.

Es sabido que los años de un gato transcurren mucho más deprisa que los de un humano. Thot había alcanzado a la anciana etrusca. Ahora ambos daban la impresión de tener la misma edad y compartían el hábito de dormir a todas horas.

A Sertorio le gustaba imaginar que ambos pasaban ese tiempo viajando felices por el reino de los sueños, el país de Óneiros en el que Tifilnia podía ver y Thot podía hablar.

Durante un rato observó en silencio al gato, cuyo mullido pelaje gris subía y bajaba en un ritmo tranquilo, punteado por largos suspiros de vez en cuando, y trató de acompasar su respiración con él.

Ni siquiera eso le sirvió para atrapar el sueño.

No podía dejar de pensar que algo grave había pasado en su casa la noche en que nació, algo que todos se empeñaban en callar.

Algo había ocurrido asimismo en la Torre Mamilia en unos idus de enero. Un crimen del que nadie quería hablar y que, aniversario tras aniversario, perturbaba a Thot.

¿Se trataba de una coincidencia?

Sertorio lo dudaba.

Ya que sus preguntas solo encontraban silencio y miradas esquivas, recurriría a alguien más.

Por eso había ido a consultar a Marta la vidente.

Marta vivía en una domus situada en las Carinas, no muy lejos de la de Mario. A juzgar por su aspecto exterior, debía de ser al menos tan grande como la casa de la colina de la Salud donde Sertorio pasó su niñez.

Era ya la tercera hora de la noche, un momento improcedente para hacer visitas. Máxime si uno no había recibido invitación alguna. Pero ¿acaso no se colaba Marta en Limenia, el pequeño mundo privado de Sertorio, cuando le venía en gana?

En cualquier caso, «colarse» en casa de la adivina no parecía buena idea. Ya era bastante malo presentarse a una hora intempestiva como para, además, entrar de forma subrepticia y arriesgarse a una paliza o incluso una puñalada de los esclavos de Marta.

Por estrepitosos que sonaran los golpes a esa hora, no había otra opción que llamar.

Cuando agarró la aldaba de bronce, tan fría como cabía esperar en una noche de enero, Sertorio pensó que su madre jamás la habría tocado.

Representaba dos serpientes entrelazadas, forjadas con tanto detalle que daba la impresión de que en cualquier momento podían abrir la boca y sisear con su lengua bífida.

Rea detestaba a todos los animales que se arrastraban, pero aborrecía con una repugnancia especial a las serpientes.

Sin asomarse siquiera por el ventanillo para comprobar quién llamaba, un esclavo de aspecto celta le abrió la puerta y le franqueó el paso. Tampoco le preguntó cómo se llamaba ni a qué venía, y se limitó a decir:

—Entra.

—¿Marta me está esperando? —preguntó Sertorio.

El esclavo no contestó. Tras guiarlo a través del zaguán, le indicó que aguardara en el atrio y se internó en la casa. Sertorio imaginó que iba a avisar a su ama, aunque todo sugería que ella ya estaba advertida de su llegada. ¿Cómo?

Mientras alzaba la mirada hacia el impluvio, por cuya abertura se veía el creciente de la luna en un cielo gélido y despejado, él mismo se rio de lo absurdo de su pregunta.

Marta era una adivina. Una de verdad, no como el padre de Horriblius, el falso caldeo que vendía cartas astrales y amuletos en el Foro.

A la luz de los lampadarios y las antorchas que ardían sobre los tederos de bronce —o Marta solía permitirse ese derroche nocturno o esperaba visita—, Sertorio examinó la decoración.

Había aprendido lo suficiente sobre arte para reconocer que las obras expuestas en el atrio eran exquisitas, lo que implicaba que habían costado un dineral o que eran donaciones de clientes muy satisfechos y acaudalados.

Sin embargo, la sensación que despertaban era inquietante, casi amenazadora.

Todas guardaban relación con la muerte y el dolor infligidos por las divinidades.

En especial, por Apolo, el dios de la profecía por excelencia.

En un grupo escultórico, el sacerdote Laocoonte y sus hijos, Timbreo y Antifante, se retorcían bajo el ataque de unas serpientes marinas enviadas por el dios.

En una pintura se veía a los nióbidas, agonizando bajo las saetas de Ártemis y Apolo, mientras que en otra, en la pared opuesta, el propio Apolo desollaba al sátiro Marsias, colgado cabeza abajo de un árbol.

Estaba contemplando un fresco que representaba al dios arquero disparando sus dardos contra la monstruosa Pitón, cuando oyó un tintineo metálico a sus espaldas, como si varios cascabeles diminutos tañeran juntos.

—El dios de la luz y el conocimiento es cruel.

Sertorio se volvió hacia la voz.

Era Marta, envuelta en una túnica tejida en pequeños rombos de colores variados, con un chal violeta por encima. Un atuendo un tanto ligero para una noche de enero. Sobre todo, porque iba descalza y las losas del suelo no parecían precisamente cálidas.

El tintineo que había escuchado Sertorio era el de los pendientes y ajorcas que adornaban a la vidente, sumados a ocho anillos enjoyados y a un cabujón rojo y un relicario dorado que colgaban de su cuello.

La fina cadena que rodeaba su tobillo izquierdo se le antojó un detalle llamativo para alguien que no llevaba sandalias.

¿Dormía con ella, junto con el resto del oro y la pedrería que llevaba encima?

¿Se lo acababa de poner todo al levantarse de la cama?

¿O, simplemente, no se había acostado y seguía despierta y engalanada en su propia casa a aquellas horas de la noche?

El esclavo galo regresó a su puesto en la puerta.

En su lugar, permaneció junto a Marta una criada alta, de hombros anchos y antebrazos fibrosos, vestida con una túnica talar de lana blanca que realzaba el tono moreno, ligeramente dorado de su piel.

A Sertorio le recordó a Atalanta. Aunque la sirvienta era más guapa que su amiga —costaba trabajo apartar la mirada de aquellos ojos oscuros y rasgados—, tenía el mismo aire de alguien dispuesto a recurrir a la fuerza sin vacilación.

Y eso que su dueña no parecía una mujer que necesitara a nadie para protegerse.

—¿El conocimiento tiene que ser cruel? —preguntó Sertorio.

—No hay nada más terrible que la pura luz del sol —respondió Marta—. Si el éter no se encendiera sobre nuestras cabezas cuando asciende Helios, si no absorbiera parte de su resplandor, pereceríamos con los ojos y la mente abrasados por su brillo descarnado.

Sertorio, que desde niño entrecerraba los párpados y estornudaba cuando el sol le daba de frente, podía estar de acuerdo con Marta, aunque lo que decía sonaba más a metáfora sobre una iluminación de tipo intelectual o incluso místico que a una descripción objetiva de la naturaleza solar.

Marta se aproximó a Sertorio.

—Te acuerdas de mí —dijo.

No era una pregunta.

La adivina estaba tan cerca que Sertorio podía oler su perfume.

Violeta, como el color del chal. Una fragancia intensa que, tras saturar el olfato, desaparecía para volver en ráfagas suaves, intermitentes, insinuándose como la luz de la luna entre el follaje de un bosque agitado por la brisa.

Así lo había descrito Lucilio en un poema menos sarcástico de lo habitual en él.

—Me acuerdo.

—¿Cuántos años tenías?

—Cuatro.

—Esa era tu edad, en efecto. Veo que lo recuerdas bien.

—Claro.

—A los demás les cuesta creer que poseas una memoria tan vivida de una época en que apenas gateabas, ¿verdad?

Sertorio asintió.

—Incluso tu madre se niega a admitir que recuerdas perfectamente la noche en que ella y Mario te sacaron para que vieras el cometa.

—Dice que es imposible, que me lo he inventado a fuerza de oírselo contar a ellos.

—Pero no es así.

Sertorio negó con energía. Por detrás de Marta, vio cómo la esclava alzaba apenas la comisura de la boca en una media sonrisa.

—De todos modos, volví a verte después —dijo Sertorio, y agregó para sí: «Y lo sabes de sobra».

—¿Ah, sí?

—En la taberna de Vibio, junto al Tíber.

Marta se volvió hacia su criada.

—¿Recuerdas que yo haya ido alguna vez a esa taberna que menciona nuestro invitado, Kiru?

—No, señora. No es un lugar apropiado para una dama de tu categoría.

Sertorio encontró fascinante el acento sembrado de aspiraciones de la tal Kiru. Casi tanto como sus ojos.

Trató de centrarse en los de Marta. O mejor, por no mirarla directamente a las pupilas, en el rombo tatuado en su frente.

—En realidad, no fue en la taberna. Yo estaba allí, pero me trasladé a otro sitio y tú… tú apareciste allí. —Recordando sus modales, el joven añadió—: Señora.

Marta sonrió, pero no respondió. En lugar de eso, preguntó:

—¿A qué has venido?

—Seguro que lo sabes. —«¿No eres una adivina?», añadió mentalmente Sertorio. No le pareció conveniente decirlo en voz alta.

—«Saber» es la palabra, cierto. Porque eso es lo que quieres tú. Conocimiento.

—Así es.

Y fue entonces cuando Sertorio le hizo la pregunta.

«¿Qué ocurrió la noche en que nací?».

Marta le habló de la asamblea convocada en el Foro por los enemigos de Gayo Graco, de la terrible tormenta que cayó sobre Roma, de la violencia devastadora que se desató por las calles.

Y también le dijo que en su casa, a escala menor, habían acontecido otros sucesos «no menos ominosos».

—¿Qué sucesos?

—¿Por qué no preguntas a los tuyos?

—Nadie quiere responderme. Por eso he venido a consultarte a ti.

—Entonces, deberás encontrar la respuesta en otro lugar.

—¿Dónde?

—¿Tal vez en el espejo de agua?

Con esa respuesta, Marta acababa de reconocer lo que antes se había callado.

Que sabía de la existencia de Limenia, la pradera privada de Sertorio, y que tenía acceso a ella.

Nada que lo sorprendiera a él, desde luego.

—Prefiero no hacerlo —replicó Sertorio—. ¿Por qué no me respondes tú?

Por alguna razón que ni él mismo sabría explicar, temía que, si interrogaba al hombre tuerto por el día su nacimiento, él le hablaría de la fecha de su muerte. Y ese era un conocimiento que, por el momento, prefería no adquirir.

—La diosa no lo quiere así —dijo Marta. Tomándolo de la mano, añadió—: Pero ven conmigo. Hay otras cosas de las que sí puedo hablarte.