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Al día siguiente de la asamblea, en la Curia Hostilia se alzaron voces indignadas.
¿Cómo se había atrevido Mario a recurrir a la plebe?
¿Qué desfachatez era aquella? ¡La política exterior era prerrogativa del Senado!
¿Quién se creía que era la chusma de la Subura, del Aventino, del Esquilmo para enmendar a los senadores y nombrar generales?
Su papel era combatir y morir como legionarios y obedecer órdenes, y la misión de los nobles, impartirlas.
Por mucho que protestaran los senadores —entre ellos, algunos simpatizantes del propio Mario—, una vez aprobada una ley en una asamblea de la plebe, no quedaba más remedio que cumplirla.
El pueblo era soberano. El Senado, en teoría, era un órgano asesor que emitía consejos.
Con la particularidad de que dichos consejos, obedeciendo a una tradición secular, equivalían a decretos y leyes.
Mario, por decirlo sin rodeos, se había ciscado en esa tradición.
Lejos de conformarse con eso, el nuevo cónsul decidió revolver el avispero aún más.
A la hora de reclutar el ejército para su nueva provincia, aceptó por primera vez a los miembros del censo por cabezas, los proletarios cuyos ingresos eran tan insignificantes que no se los clasificaba por su patrimonio, sino contándolos como si fueran cabezas de ganado.
Aquella patulea, la infrachusma por debajo de la chusma, no participaba en las campañas más que como criados o, a lo sumo, como tropas auxiliares encargadas del forrajeo y de hostigar al enemigo en alguna que otra escaramuza.
Pero Mario alistó a cientos de ellos como infantería de línea, aunque eso implicara que el Estado tuviese que pagarles armas y equipo.
—Debe de creer que esos hombres le serán más leales a él que al Senado, o incluso que a la propia Roma —comentó el pretor Gayo Bilieno durante una cena en casa de Cepión.
—Probablemente tiene razón —respondió Tito Didio, siempre dispuesto a opinar—. Solo hay que ver cómo el populacho lo aclama en el Foro y lo jalea por las calles.
—Se me revuelve el estómago acordándome de la soflama de esta mañana —dijo Bilieno—. ¿Dónde ha quedado la dignidad de la Rostra? Valiente demagogo de aldea, dando zancadas sobre la tribuna y agitando los brazos como un poseso.
—¡Y dándole la espalda al Senado, como hacía Gayo Graco! —intervino otro comensal.
—¿Dándole la espalda… o dándole por lo que hay debajo de la espalda? —dijo Didio, que era muy aficionado a los juegos de palabras siempre que fuesen lo bastante groseros.
Cepión había presenciado la arenga a la que se refería el pretor Bilieno. Había asistido a ella embozado, por no llamar demasiado la atención.
Aunque la oratoria de Mario no fuese tan preciosista ni rítmica como la de Marco Antonio, Cepión tenía que reconocer que, como compensación, resultaba más contundente.
Su discurso le había provocado tanta repugnancia como preocupación, porque observaba el efecto que causaba entre la gente.
Murmullos constantes de asentimiento, abucheos cada vez que se refería a la nobleza, vítores cuando exhibía sus propios logros.
—¡Romanos, compatriotas! —había empezado—.
Me habéis encomendado la guerra contra el pérfido Yugurta, algo que ha disgustado mucho a la nobleza.
Decidme, ¿preferiríais enviar a uno de esos aristócratas con tres, cuatro, hasta cinco nombres ilustres y un atrio plagado de retratos de antepasados, pero sin experiencia?
¿Un bisoño en el arte de la guerra que acabaría dependiendo de los centuriones, la espina dorsal de nuestro ejército, para que le enseñen lo que él mismo debería saber?
—¡¡Nooooo!! —respondió la plebe al unísono, como un coro bien adiestrado por su corifeo.
—Muchos de ellos, tras ser elegidos cónsules, corren a leer sobre las hazañas de sus antepasados y consultan tratados militares griegos. ¡Pero yo os digo que el mando no se aprende en los libros, sino en el campo de batalla!
—¡Putos griegos, que les den! —se oyó al pie de la Rostra.
—¡Comparadme con esos estrategas de salón, quirites! Lo que ellos han leído, yo lo he visto. Lo que ellos han oído, yo lo he hecho. ¡Lo que han imaginado, yo lo he vivido!
»No puedo mostrar máscaras ni retratos, porque no ha habido consulados en mi familia. Pero sí estandartes, faleras, torques ganados a guerreros enemigos en duelo singular, condecoraciones. ¡Y cicatrices!
En este punto, Mario se abrió el manto y la túnica para enseñar la parte izquierda de su pecho. Subido como estaba en la Rostra, solo el mítico Linceo podría haber distinguido las cicatrices a las que aludía, pero el resultado fue el mismo.
La chusma enloqueció de entusiasmo.
Mientras, al lado de Cepión, Nuntiusmortis mascullaba algo en su lengua bárbara. No sentía el menor cariño por Mario, el único hombre que lo había derrotado en combate.
Solo por esto, y a su pesar, Cepión le tenía un sano temor —casi casi respeto— a Mario.
—¡Estas son mis máscaras fúnebres, esta mi nobleza! No la he recibido en herencia como esa gente que todos conocéis, sino que me la he ganado con estas manos, a fuerza de trabajo y de peligros.
»Me critican porque dicen que no domino la retórica ni las letras de los griegos, pero es que nunca he visto que esos conocimientos vuelvan a nadie más virtuoso. Lo que sé, en cambio, es lo que de verdad importa. ¿Sabéis a qué me refiero?
La gente lo animó a que se explicara.
—Sé resistir el hambre y la sed, la fatiga y el sueño. Sé combatir sin miedo, soportar los hielos del invierno y los ardores del verano. Sobre todo, amigos y compatriotas, sé que un romano únicamente debe temer a algo en esta vida. ¿Sabéis a qué?
En esta ocasión, la respuesta a su pausa fue un silencio que se podía palpar.
—¡Al deshonor!
La muchedumbre volvió a prorrumpir en gritos y vítores. Mario levantó ambas manos para acallarlos, aunque al hacerlo la túnica se le resbaló y tuvo que usar la derecha para evitar que se le cayera.
«Principiante», pensó en aquel momento Cepión.
No se lo creía ni él.
—¿Os digo un secreto?
—¡¡Sííííí!!
—Nadie ha alcanzado la gloria con cobardía. ¡Nunca! Y os digo más: no hay padre que prefiera tener un hijo indigno que viva muchos años en lugar de otro valiente que muera joven y dé honor a su patria y a sus antepasados.
»Romanos, compatriotas, quirites. ¿Estáis dispuestos a seguirme para recuperar el honor de Roma? ¿Qué me decís?
El clamor que saludó el final de su discurso resonó como una tormenta de truenos por todo el Foro.
Cepión, que no había escuchado nunca un griterío tan ensordecedor, se dio cuenta, para su propio asombro, de que le corría un escalofrío por la nuca y se le estaban erizando los antebrazos, pese a que se los había depilado la víspera.
Algo tenía Mario, algo tenían sus palabras que, incluso en el propio Cepión, apelaban a una naturaleza visceral, escondida bajo la piel y bajo la razón. Una naturaleza instintiva, feral, capaz de surgir de repente como el agua de un dique reventado y arrasarlo todo.
Por eso, comprendió Cepión, Gayo Mario era tan peligroso.
El problema era que la mayoría de los romanos todavía no lo sabían.