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Tal como había anticipado Cepión cuando Mario abandonó la sesión del Senado —«Humeando como el brasero de un prostíbulo», en palabras de Tito Didio, cliente de Cepión—, la respuesta del nuevo cónsul fue como la embestida de un jabalí.
Tosca, brutal.
Pero eficaz.
Apenas tres días después del sorteo de las provincias, el tribuno Manlio Mancino convocó una asamblea popular. Cuando esta se reunió en el Foro dos jornadas más tarde, presentó una propuesta de ley para otorgarle a Gayo Mario la provincia de…
(Cepión, que escuchaba el discurso desde las escalinatas de la Curia Hostilia, sintió que se le paralizaba el corazón, y no volvió a latirle a un ritmo normal hasta que Mancino completó la frase):
—¡… la provincia de África y el mando de la guerra contra el pérfido usurpador Yugurta!
La aprobación fue prácticamente unánime.
Cepión, como patricio, no podía votar en una asamblea de la plebe, y se limitaba a observar desde la distancia.
De haber tenido ese derecho, no obstante, también habría apoyado la propuesta de Mancino.
Que Mario se quedara con África y se la metiera entera por el agmen novissimum .
Con suerte, alguna flecha númida impregnada en boñiga de cabra lo infectaría y lo mandaría al otro lado del Aqueronte.
La inquietud de Cepión era otra. Temía que Mario, envalentonado y dispuesto a enfrentarse al Senado, se atreviera a disputarle la Galia a su colega Longino.
Cepión, que ya planeaba la campaña para el consulado del año siguiente, estaba dispuesto a remover cielo e infierno con tal de asegurarse para sí el mando de la Galia y la guerra contra los cimbrios en la que, según le había vaticinado Marta, conseguiría la gloria.
(Lo de remover el infierno era algo más que una frase hecha, ya que había recurrido a los servicios de una bruja que practicaba la magia negra, y no por primera vez).
Llegado el caso, preferiría arrebatarle esa provincia a Longino, si es que a este le prorrogaban el mando, que a Mario, un hueso mucho más duro de roer.
Cepión ignoraba un par de hechos.
Uno más antiguo: Marta también le había hablado a Mario de los cimbrios, de una guerra sin precedentes y de la gloria de convertirse en tercer fundador de Roma.
Otro más reciente: la primera intención de Mario había sido valerse de la asamblea no para arrebatarle a Metelo el mando de la guerra contra Yugurta, sino para reclamar el gobierno de la Galia.
Hacía años que Mario tenía la profecía de Marta grabada entre sus poderosas cejas.
Solo alcanzaría los siete consulados y el título de tercer fundador de Roma si se enfrentaba a los cimbrios, los bárbaros del norte.
Para ello, necesitaba la provincia que aquel sorteo adulterado le había concedido a Casio Longino.
Puesto que tan impopular era en el Senado, la solución era recurrir al pueblo romano, que sin duda estaría dispuesto a apoyarlo para que Mario, en su nombre, propinara una gran patada en el trasero de los poderosos boni .
No era costumbre llevar el reparto de las provincias a la asamblea de la plebe, pero tampoco iba en contra de las leyes.
En cualquier caso, tratándose de una decisión tan trascendental, no se atrevía a dar el paso sin recibir una señal clara de cuál era la voluntad, o el capricho, de los dioses.
En público, podía consultar a los ancianos del Auguráculo que avizoraban los cielos, a los arúspices que escudriñaban vísceras o al pullarius que estudiaba el comportamiento de los pollos sagrados.
En privado, siempre acababa recurriendo a Marta.
Mario estaba convencido de que aquella mujer —fuera de la religión tradicional, más hechicera que sacerdotisa— comprendía los pensamientos de las potencias que rigen el mundo mucho mejor que los miembros del venerable colegio de augures, los astrólogos que vendían sus horóscopos en el Foro o incluso la mismísima Sibila de Cumas.
En el fondo de su alma, sospechaba que la siria llegaba un paso más allá, y no se limitaba a conocer la voluntad de los dioses, sino que era capaz de manipularla.
La misma noche de las calendas de enero, después de la sesión en la que amenazó al Senado entero —«¡Ateneos a las consecuencias!
»—, pero antes de indicarle a Mancino que convocara la asamblea, Mario fue a visitar a Marta.
Lo hizo sin lictores, acompañado solo por cuatro esclavos y envuelto en el viejo sagum de su campaña en Numancia.
La entrevista fue breve. Tras estudiar las líneas de la mano de Mario, Marta le dijo:
—Déjale la Galia a Casio Longino. Tu momento no ha llegado.
—¿Y a qué debo esperar para que llegue? ¿A cuando deje de ser cónsul y no pueda hacer nada?
—Tu idea de recurrir al pueblo contra el Senado es buena. Pero utilízala para quitarle a tu antiguo superior la provincia de África. Es lo que más te conviene ahora.
—Tú me hablaste hace años de los cimbrios. De la gloria que conseguiré cuando los derrote. ¿Desde cuándo los cimbrios están en Numidia?
—Ni están ahora ni lo estarán nunca… si tú lo impides, claro.
Créeme, Mario. África te vendrá bien. Allí podrás reclutar y adiestrar un ejército como tú quieres, un arma forjada a tu voluntad que templarás combatiendo contra Yugurta.
Solo con soldados tan duros y experimentados como tú derrotarás a los cimbrios y a su caudillo Wulfaz.
—¿Su rey no se llama Boyórix?
—Boyórix es su título. Su nombre es Wulfaz, el Lobo. Para que la loba romana derrote al lobo cimbrio, necesitas tiempo y preparación. Haz lo que te digo, si confías en mí.
La idea lo sedujo. Numidia sería un vasto campo de entrenamiento donde aplicar sus ideas de táctica y disciplina para crear una máquina de guerra como el mundo nunca había visto.
Roma —se repetía una y otra vez— necesitaba una gran victoria contra un enemigo a la altura de su pasado.
Yugurta no lo era.
Los cimbrios sí.
La Roma de ahora, corrompida por el lujo y la molicie —y por los sobornos de personajes como el mismo Yugurta—, solo recobraría su esencia a través de la guerra.
Una guerra de verdad.
Con miles de muertos, o con decenas de miles, como había profetizado Marta.
Así tenía que ser. La sangre purifica, la lucha decanta a los mejores y el sacrificio aplaca a los dioses que deciden el destino.
Al principio, cuando no solo dejó con vida a Artemidoro, sino que le ayudó a conseguir dinero para el viaje —a sabiendas de que pretendía llegar al país de los cimbrios—, e incluso le dio como acompañante a un esclavo que nunca regresó, Mario solía atormentarse discutiendo consigo mismo.
«Si de verdad amaras a tu patria, la habrías salvado matando a Artemidoro antes de que trajera esa amenaza sobre Roma».
«¿Aunque nadie se hubiera enterado?».
«Lo sabrías tú, y eso debería bastarte».
Sin embargo, las voces que debatían se habían callado hacía tiempo.
En su mente ya no quedaba lugar para el remordimiento.
Solo estaba siguiendo el camino que los dioses habían trazado para él.