Sertorio, el elegido de la diosa blanca 101 #2
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Con aquella campaña, Mario estaba emulando a su admirado Escipión Emiliano, que en su momento había inundado el Senado con un diluvio de cartas hasta conseguir que, mucho antes de la edad reglamentaria, le otorgaran el mando en la guerra contra Cartago.

Los que desdeñaban a Mario, considerándolo un vulgar gañán de Arpino para quien los matices de la política eran tan abstrusos como los principios de la metafísica aristotélica, se llevaron un buen chasco.

Era innegable que lo habían subestimado.

No tardaron en llegar cartas de Roma presionando a Metelo, que se sumaron a la insistencia del propio Mario para que le concediera el permiso.

Las discusiones entre ambos se enconaron tanto que, durante una cena de oficiales en la tienda de mando, estuvieron a punto de llegar a las manos.

En tal caso, Metelo habría llevado las de perder.

Mario tenía unos dedazos de labriego capaces de partir una piedra como si fuera una hogaza.

Finalmente, el procónsul capituló y le concedió la autorización para viajar a Roma. Faltaban solo doce días para las elecciones. A Mario aún le sobró la mitad de aquel plazo para recorrer más de quinientas millas por tierra y por mar y presentarse a tiempo.

Sus adversarios en las filas del Senado hicieron todo lo posible por manipular las votaciones el día de los comicios.

Pero, merced a la ley que el propio Mario había hecho aprobar en su segundo tribunado, los pucherazos eran más difíciles que antes.

Gracias a las pasarelas de votación, montadas a cinco pies de altura, cuando el elector recogía la tablilla de manos del funcionario, marcaba los nombres en ella y la introducía en la urna, lo hacía a la vista de todo el mundo.

No había posibilidad de amenazarlo en el último momento o de dar cambiazo a su voto por arte de birlibirloque.

Aunque la votación estuvo reñida —y trucada en todo aquello que fue posible—, Mario consiguió por fin convertirse en cónsul. Júnior, por detrás de Lucio Casio Longino, y a los cincuenta y dos años, diez más de la edad mínima exigida.

No era como para presumir demasiado.

Pero, en cualquier caso, el homo novus , el advenedizo de Arpino que no tenía ni un solo antepasado no ya cónsul, sino tan siquiera magistrado romano, había alcanzado el puesto de poder más alto de la República.

Si Marta estaba en lo cierto, lo que para otros políticos representaba la culminación de su carrera política, para él no debía suponer más que el principio.

Lo que Mario ignoraba era que la adivina siria también había tendido a Servilio Cepión el señuelo de la gloria y el título de tercer fundador de Roma.

Para ambos, la clave eran los cimbrios.

Mario no lo tuvo fácil ni siquiera después de convertirse en cónsul, lo que explicaba su gesto sombrío en casa de Sertorio mientras este tomaba la toga viril.

El uno de enero, tras la toma de posesión de ambos magistrados en el templo de Júpiter Óptimo Máximo, el Senado se reunió allí mismo para asignar los gobiernos provinciales.

Meses antes, conforme a una ley de Gayo Graco que seguía en vigor, se había decretado que las provincias consulares de ese año serían Numidia y Galia.

Parecía una decisión lógica. Era allí donde se encontraban las mayores amenazas para Roma. Por un lado, Yugurta. Por otro, los elusivos cimbrios. Se desconocía el paradero de estos, pero su sombra seguía pendiendo como la espada de Damocles sobre el sur de la Galia y el norte de Italia.

Durante la sesión, los senadores aprobaron casi por unanimidad prorrogar el mandato de Metelo en Numidia. Eso reducía a una las provincias disponibles, mientras que los cónsules eran dos. En esos casos, la tradición mandaba que se pusieran de acuerdo o que recurrieran a un sorteo.

Como no hubo arreglo entre ellos, ya que ambos querían la Galia, se procedió al antiguo ritual de las sortes .

Se llevó a cabo en la escalinata del templo, ante la multitud que abarrotaba la explanada capitolina y con las puertas abiertas para que tanto los senadores como Júpiter, Juno y Minerva —los miembros de la tríada que moraba en el santuario— pudieran ver el resultado desde el interior.

Fue Longino, como cónsul sénior, quien primero metió la mano en la urna donde el custodio oficial había introducido previamente dos tablillas de madera. Con el brazo metido hasta el codo en el cilindro de cuero, Longino estuvo rebuscando unos instantes.

Mario pensó que, más que rebuscar, estaba palpando. ¿Para qué hurgar tanto si no había más que dos tablillas?

Por fin, Longino sacó una y se la guardó en la mano, esperando a que su colega hiciera lo propio.

Cuando Mario extrajo la suya, ya sabía lo que le esperaba.

Al mirarla, simplemente lo corroboró.

Estaba en blanco.

Ambos entregaron las tablillas al custodio, quien a su vez se las mostró al heraldo.

Aquel hombre, conocido como Esténtor por el alcance de su voz, había ido perdiendo facultades con la edad, y ahora sus proclamas sonaban más roncas y menos potentes.

Con todo, todavía era capaz de ensordecer a quienes se encontraban cerca de él, como era el caso de Mario.

—¡Por voluntad de los dioses, el noble cónsul Lucio Casio Longino gobernará la provincia de la Galia en nombre del pueblo y del Senado romanos!

Aunque hubo aplausos entre la multitud, los abucheos sonaron con más fuerza.

Y eso, pensó Mario, que entre quienes habían subido al Capitolio eran menos los miembros de las centurias humildes, donde se acumulaba el grueso de sus partidarios, y más los de las primeras clases.

Las protestas contra el resultado no le sirvieron de consuelo.

Sabía que el supuesto sorteo no había sido limpio.

Aunque el custodio se apresuró a guardar las tablillas y llevárselas con la urna sin dejar que nadie las examinara de cerca, a Mario no le pasó desapercibido que la tinta negra de la que había sacado Longino no disimulaba que las tres letras, gal, habían sido grabadas a conciencia.

No hacía falta tener la sensibilidad en las yemas de Tifilnia, la esclava ciega de Rea, para reconocer al tacto las ranuras y saber cuál de las dos tablillas estaba inscrita y en cuál no había nada.

Resuelto así el sorteo, ambos cónsules entraron de nuevo en el templo.

Como magistrado sénior, era Longino quien presidía la sesión.

Tras unas cuantas intervenciones, el Senado le autorizó a reclutar dos legiones y dos alas auxiliares, que se unirían a las tropas que invernaban en las cercanías de Masalia.

En cuanto a Mario, se le encomendó quedarse en Roma durante todo el año, por si surgía alguna contingencia.

Era un golpe contra alguien que presentaba como mayor mérito sus dotes de estratega y que poseía una reputación militar mucho más fiable que la de su colega.

El tribuno de la plebe Manlio Mancino —que en los últimos años se había convertido en cliente de Mario— pidió la palabra.

—Padres conscriptos, ¿os dais cuenta de que hemos sufrido ya dos reveses muy graves contra los cimbrios?

¿No os quita el sueño pensar en ello, no os trae recuerdos de lo que sabemos por los relatos de nuestros mayores, por las crónicas de nuestros historiadores, por las propias lápidas de nuestras tumbas?

¿Queréis que se repitan los errores que nos llevaron al borde de la ruina en la guerra contra Aníbal?

—¿Qué tendrán que ver esos bárbaros cimbrios con Aníbal? —preguntó Escauro, el princeps senatus .

—¡Es una insensatez dejar la guerra del norte al albur de un sorteo, cuando todo el mundo sabe que Gayo Mario es el general más capacitado para dirigirla!

—Con un gesto que pretendía ser conciliador, el tribuno miró hacia el cónsul que presidía la sesión y añadió—: Sin pretender ofender a Casio Longino.

Por el modo en que el aludido removió el trasero sobre su silla curul, era evidente que o bien tenía lombrices o bien sí que se había sentido ofendido.

Las palabras de Mancino hicieron saltar como una catapulta al pontífice máximo, Metelo Dalmático, hermano del procónsul de África.

—¡No es albur ni es azar, sino la voluntad de los dioses la que se ha manifestado!

¡Ese hombre, Gayo Mario, que solo es medio romano y que está en Roma desobedeciendo las órdenes de mi hermano, ni siquiera tendría que ser cónsul, y mucho menos gobernar una provincia en nombre de una ciudad en la que no ha nacido!

Mientras que algunos aplaudieron las palabras de Dalmático, hubo otros que le reprocharon aquella salida de tono, pues entre los padres conscriptos había quienes, al igual que Mario, provenían de otras ciudades.

Durante unos momentos aquello se convirtió en un pandemónium, y tanto Esténtor como los lictores del cónsul tuvieron que aporrear el suelo varias veces para pedir que sus señorías se callaran.

Cuando, a duras penas, se hizo el silencio, Mario lo aprovechó para levantarse de su asiento y recorrer las filas de senadores con una mirada de silenciosa amenaza, acentuada por aquellas cejas tonantes. Por fin, dijo:

—De acuerdo. Vosotros lo habéis querido. ¡Ateneos a las consecuencias!

Dicho esto, abandonó el templo seguido por sus lictores.

Mientras salía por la puerta, nadie reaccionó. Luego se desataron conversaciones indignadas por todas partes. Rutilio Rufo, amigo de Mario, le contó luego una que había escuchado.

—A ver por dónde sale este patán —comentó Cepión. (Rutilio omitió lo de patán)—. Nos puede dar algún disgusto.

—¿Por dónde va a salir? —dijo Servilio Glaucia—. ¿Qué puede hacer? ¿Amenazarnos a todos? ¿Declararnos la guerra? ¿Con qué tropas, si no se las hemos asignado?

—Me temo que Mario ya dispone de ellas, aunque no sean regulares —comentó Fabiano, otro senador que se sentaba detrás de ambos.

—¿Cuáles? —preguntó Glaucia.

—El pueblo.

—¡El pueblo! ¡Bah! Que organice un par de algaradas si quiere, que no se saldrá con la suya.

—Yo no estoy tan seguro —dijo Cepión—. Dejarlo sin provincia ha sido como herir de refilón a un jabalí. A ver por dónde nos clava los colmillos.